No espereis, mis amables lectoras, á las ocasiones solemnes para probar
á vuestros padres vuestro amor y respeto, porque éstas se presentan
raras veces, y más de una existencia se pasa sin haber podido dar
pruebas de abnegacion, á no ser en las _pequeñas cosas_ de cada dia: no
dejeis pasar esas ocasiones, y pagad vuestra deuda filial en pequeña
moneda, por decirlo así, ya que no os sea dado hacerlo en grandes
sumas, pues, si no, correis peligro de morir insolventes.
Á todas horas y de todos modos podeis dar á vuestros padres testimonios
de afecto; la dulzura en el lenguaje, las atenciones en la mesa, en la
calle y dentro de casa, son otros tantos homenajes que les debeis, y de
los que no podeis excusaros sin falta notoria de respeto y cariño.
No es de buen gusto la familiaridad chocante que algunas jóvenes
ostentan con sus madres: nosotros no aceptamos la familiaridad y
desatenta llaneza, ni áun en la amistad más íntima, ni áun en el amor,
ni áun en el matrimonio; la cortesía, los modales afectuosos y dulces
son el mejor sosten de los afectos, áun de los más santos y legítimos;
y muchas veces nos ha lastimado profundamente el ver confundir el
cariño con la desatencion, que está muy cerca de la insolencia; hemos
visto hijos que se presentaban ante sus padres mal vestidos y con un
desaliño que se hubieran avergonzado de mostrar ante la persona más
indiferente: los hemos visto tomar posturas contrarias á la buena
educacion, cantar, responder con negligencia y aspereza, murmurar del
mandato maternal ó paterno y obrar en la mesa como si estuviesen, no
con sus iguales, sino con sus inferiores, sirviéndose, comiendo y
levantándose con la más extraña libertad.
¿Por qué no se han de guardar con los autores de nuestros dias todas
las atenciones que la educacion ordena y el decoro manda con los
extraños? ¿Por qué una jóven no ha de ser con sus padres lo que es para
todos los demas?
Imposible le sería estimar quien estas líneas escribe, á una jóven que
respondiese duramente á su madre, aunque ésta adoleciese de los más
graves defectos; imposible concederle el más pequeño lugar en su
corazon, aunque por otro lado aquella hija estuviera adornada de las
más relevantes y bellas cualidades, porque nada se puede esperar de
quien no guarda en el alma como una flor inmaculada y pura, el tierno
sentimiento del amor filial.
Jóvenes que áun vivís bajo el ala dulce del amor materno y paternal, á
vosotras os toca ser la alegría del hogar y el consuelo de vuestros
padres: dejad á vuestros hermanos seguir á cada uno el camino que la
suerte le destine: vosotras sois los ángeles custodios de la casa, y
las que debeis rodear á vuestros padres de cuidados y de alegría:
vosotras las que debeis evitarles las penas y las fatigas, y las que
debeis condenaros hasta á un asiduo y penoso trabajo, si es preciso,
para pagarles así la inmensa deuda de gratitud que contraeis al nacer.