II.

Mauricio llevaba cada dia á la solitaria un ramo de flores, y al dia

siguiente las veia prendidas en sus cabellos y en su cintura, como para

aspirar hasta sus últimos perfumes.

Un dia dijo Dolores:

--Entre usted.

La puerta se abrió y los dos amantes se sentaron frente á frente: en el

fondo de la estancia, oscura y triste, los dos ancianos dormitaban en

sus sillones, ya casi entregados á un idiotismo completo.

--¿Qué le parezco á V. ahora? preguntó Dolores mirándole con sus dulces

y profundos ojos.

--Más bella que ántes, respondió Mauricio; y la amo á V. de tal suerte,

que deseo que las primeras palabras que oiga V. de mi labio al llegar á

su lado, sean para probarle mi afecto y mi lealtad; ¿quiere V. ser mi

esposa?

Dolores iba á responder--¡Sí!--pero se volvió á mirar á sus padres: una

nube pasó por su frente, y dijo con voz trémula:

--Mañana le responderé á usted.

Al dia siguiente Mauricio volvió por la contestacion. Dolores le abrió

la puerta, y él se sorprendió dolorosamente al hallarla pálida como un

cadáver, y vestida de negro.

--Mauricio, le dijo, yo le amo á V., pero no puedo ser su esposa... Me

debo á mis padres...

--Nada les faltará, repuso Mauricio; no soy pobre, y tendrán medios

para vivir rodeados de comodidades.

--¡Les faltarán mi amor y mis cuidados! objetó la jóven meciendo la

cabeza. ¡Mauricio, no puedo casarme!

--Piense V. que dentro de dos dias salgo de aquí con mi regimiento: que

renuncia V. á mí para siempre... ¿No me ama V., Dolores?

--¡Con toda mi alma! ¡Jamas he amado á nadie, ni de nadie he sido

querida, que yo sepa... Piense V., pues, en lo que es V. para mí!

--¿Y así me rechaza V.? ¿Así renuncia V. al amor, es decir á la vida?

--¡Ese es mi deber!

--Amor que así está subyugado por un deber que no es una verdad, es

amor muy débil, exclamó Mauricio con amargura, y cayendo así en la

vulgar indignacion del hombre que se ve rechazado, aunque sea por el

más santo motivo. ¡Adios, Dolores!

Un sollozo respondió á estas palabras.

--No espere V. ya al amor, dijo Mauricio volviendo hácia ella:

¡desdichada! Piense en que el que yo le tengo es el último rayo de

felicidad que se viene á posar en su frente.

--Lo sé, murmuró Dolores.

--¿Y no quiere V. ser mia?

--¡No puedo!

--¿Piensa V. que esos ancianos casi insensibles, le van á agradecer su

sacrificio?

--No he pensado en eso, sino en cumplir con mi deber.

Mauricio lanzó una exclamacion, en la que entraban por partes iguales

la cólera y el dolor, y se lanzó fuera de la pobre casita.

--¡Adios, murmuró Dolores: sombra adorada de mi primero y único amor,

sueños de felicidad, para siempre adios!

Y cayó sobre su asiento, cubriéndose el rostro con las manos y

sollozando amarga y dolorosamente.

Cuando alzó la frente, todo rastro de belleza y de juventud habia

desaparecido en ella; sólo quedaba la grandiosa y triste poesía de un

dolor eterno.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 258 / 399 题