Mauricio llevaba cada dia á la solitaria un ramo de flores, y al dia
siguiente las veia prendidas en sus cabellos y en su cintura, como para
aspirar hasta sus últimos perfumes.
Un dia dijo Dolores:
--Entre usted.
La puerta se abrió y los dos amantes se sentaron frente á frente: en el
fondo de la estancia, oscura y triste, los dos ancianos dormitaban en
sus sillones, ya casi entregados á un idiotismo completo.
--¿Qué le parezco á V. ahora? preguntó Dolores mirándole con sus dulces
y profundos ojos.
--Más bella que ántes, respondió Mauricio; y la amo á V. de tal suerte,
que deseo que las primeras palabras que oiga V. de mi labio al llegar á
su lado, sean para probarle mi afecto y mi lealtad; ¿quiere V. ser mi
esposa?
Dolores iba á responder--¡Sí!--pero se volvió á mirar á sus padres: una
nube pasó por su frente, y dijo con voz trémula:
--Mañana le responderé á usted.
Al dia siguiente Mauricio volvió por la contestacion. Dolores le abrió
la puerta, y él se sorprendió dolorosamente al hallarla pálida como un
cadáver, y vestida de negro.
--Mauricio, le dijo, yo le amo á V., pero no puedo ser su esposa... Me
debo á mis padres...
--Nada les faltará, repuso Mauricio; no soy pobre, y tendrán medios
para vivir rodeados de comodidades.
--¡Les faltarán mi amor y mis cuidados! objetó la jóven meciendo la
cabeza. ¡Mauricio, no puedo casarme!
--Piense V. que dentro de dos dias salgo de aquí con mi regimiento: que
renuncia V. á mí para siempre... ¿No me ama V., Dolores?
--¡Con toda mi alma! ¡Jamas he amado á nadie, ni de nadie he sido
querida, que yo sepa... Piense V., pues, en lo que es V. para mí!
--¿Y así me rechaza V.? ¿Así renuncia V. al amor, es decir á la vida?
--¡Ese es mi deber!
--Amor que así está subyugado por un deber que no es una verdad, es
amor muy débil, exclamó Mauricio con amargura, y cayendo así en la
vulgar indignacion del hombre que se ve rechazado, aunque sea por el
más santo motivo. ¡Adios, Dolores!
Un sollozo respondió á estas palabras.
--No espere V. ya al amor, dijo Mauricio volviendo hácia ella:
¡desdichada! Piense en que el que yo le tengo es el último rayo de
felicidad que se viene á posar en su frente.
--Lo sé, murmuró Dolores.
--¿Y no quiere V. ser mia?
--¡No puedo!
--¿Piensa V. que esos ancianos casi insensibles, le van á agradecer su
sacrificio?
--No he pensado en eso, sino en cumplir con mi deber.
Mauricio lanzó una exclamacion, en la que entraban por partes iguales
la cólera y el dolor, y se lanzó fuera de la pobre casita.
--¡Adios, murmuró Dolores: sombra adorada de mi primero y único amor,
sueños de felicidad, para siempre adios!
Y cayó sobre su asiento, cubriéndose el rostro con las manos y
sollozando amarga y dolorosamente.
Cuando alzó la frente, todo rastro de belleza y de juventud habia
desaparecido en ella; sólo quedaba la grandiosa y triste poesía de un
dolor eterno.