El mundo, casi siempre justo, se ha encargado del castigo de Lady
Byron; en vez de rodear su memoria de la aureola de gloria eterna que
de justicia se debia á la madre de tan gran hombre, sólo la representa
cubierta con los negros velos del sombrío escepticismo y del helado
orgullo.
Deploremos todas las mujeres que aquella mujer ilustre, que aquella
madre, no se haya elevado sobre su pedestal de palmas y de flores;
deploremos que no adorne su frente la augusta corona del amor materno;
ciñéronla, es verdad, la de la hermosura y la del talento; pero ¿qué
valen éstas, si no sostiene los suaves y perfumados velos del amor
maternal y de la fe cristiana?
¡Nada! Todo perece en la tierra para aquella que, habiendo dado á luz
hijos, no puede esperar que se grabe en su losa funeraria:
_¡Aquí reposa una buena madre!_