II.

La primera figura que se ofrece á nuestras miradas al empezar á

distinguir los objetos es la de nuestra madre; que se apoya en nuestra

cuna y espía nuestra primera sonrisa.

Crecemos, y nuestra inteligencia se va desenvolviendo, mirándola velar

nuestro sueño, escuchando el dulce cantar con que le arrulla, sintiendo

en nuestra frente el dulce calor de sus besos.

¡Feliz la que ha conocido jóven áun y hermosa á su madre!

¡La imágen que guarda de ella en su corazon reune la perfeccion física

á la moral, y cualesquiera que sean las pruebas por que pase, halla su

refugio en aquel recuerdo incomparable!

¿Pero cuándo puede una madre dejar de ser bella?

¡Jamas!

Ora la veamos con los cabellos blancos, ya estén vestidos con el matiz

de oro ó de ébano de la juventud, la madre está siempre rodeada de una

aureola de belleza y de poesía.

La amistad, el amor mismo nos engañan muchas veces; el amor paternal es

tambien capaz de flaqueza y de olvido; sólo el amor de la madre es

infinito, como la clemencia celeste.

Una madre es la figura más noble y más poética que la humanidad nos

presenta.

María, Madre de Dios, es la personificacion del amor tierno y sublime,

que llega hasta la heroicidad.

La Vírgen de Judá no es más que madre desde el instante en que el ángel

le anuncia que ha concebido; su pensamiento, su corazon, su alma entera

está unida á su adorado Hijo: en él piensa á todas horas, y desde el

dia que le da á luz, se consagra única y exclusivamente al cuidado de

su infancia; síguele en su vida errante y trabajosa, oye su divina

palabra confundida entre las gentes del pueblo, y llora y siente,

conmovida hondamente por el raudal de sabiduría que brota de los labios

de aquel hombre, el más grande que ha nacido del seno de una mujer.

El suyo se enorgullece de haber abrigado á Jesus; su corazon palpita

acelerado, sus mejillas se ponen encendidas, sus ojos están húmedos y

brillantes; la Vírgen divina deja el lugar á la Madre, que siente con

su Hijo, que se arrebata al oirle, de amor y de entusiasmo.

Síguele más tarde en todo el curso de su dolorosa pasion, y le acompaña

durante su prolongado martirio. ¿Qué dolores son comparables á los que

sufre aquella madre, la más amorosa y tierna de cuantas han existido?

¿Qué tormentos pueden igualarse á los suyos?

¡La muerte es mil veces más dulce que aquella agonía prolongada,

amarga, lenta, fria, por decirlo así, pues no tenía ni podia hallar

consuelo en lo humano!

Vedla despues, sentada al pié de la cruz, sin lágrimas, y contraidas

sus facciones por aquel mortal dolor, que despedaza su corazon. ¿Cómo

aquella bella y delicada naturaleza supo soportar tan acerbo martirio?

Sólo porque su mismo Hijo la impuso la vida, haciéndola la Madre de

todos los hombres en la persona del discípulo amado.

--¡Hé aquí á tu Madre! dijo al apóstol.

--¡Hé aquí á tu Hijo! añadió dirigiéndose á María.

De esta suerte dió á la humanidad entera el santo escudo del amor

maternal.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 220 / 399 题