La primera figura que se ofrece á nuestras miradas al empezar á
distinguir los objetos es la de nuestra madre; que se apoya en nuestra
cuna y espía nuestra primera sonrisa.
Crecemos, y nuestra inteligencia se va desenvolviendo, mirándola velar
nuestro sueño, escuchando el dulce cantar con que le arrulla, sintiendo
en nuestra frente el dulce calor de sus besos.
¡Feliz la que ha conocido jóven áun y hermosa á su madre!
¡La imágen que guarda de ella en su corazon reune la perfeccion física
á la moral, y cualesquiera que sean las pruebas por que pase, halla su
refugio en aquel recuerdo incomparable!
¿Pero cuándo puede una madre dejar de ser bella?
¡Jamas!
Ora la veamos con los cabellos blancos, ya estén vestidos con el matiz
de oro ó de ébano de la juventud, la madre está siempre rodeada de una
aureola de belleza y de poesía.
La amistad, el amor mismo nos engañan muchas veces; el amor paternal es
tambien capaz de flaqueza y de olvido; sólo el amor de la madre es
infinito, como la clemencia celeste.
Una madre es la figura más noble y más poética que la humanidad nos
presenta.
María, Madre de Dios, es la personificacion del amor tierno y sublime,
que llega hasta la heroicidad.
La Vírgen de Judá no es más que madre desde el instante en que el ángel
le anuncia que ha concebido; su pensamiento, su corazon, su alma entera
está unida á su adorado Hijo: en él piensa á todas horas, y desde el
dia que le da á luz, se consagra única y exclusivamente al cuidado de
su infancia; síguele en su vida errante y trabajosa, oye su divina
palabra confundida entre las gentes del pueblo, y llora y siente,
conmovida hondamente por el raudal de sabiduría que brota de los labios
de aquel hombre, el más grande que ha nacido del seno de una mujer.
El suyo se enorgullece de haber abrigado á Jesus; su corazon palpita
acelerado, sus mejillas se ponen encendidas, sus ojos están húmedos y
brillantes; la Vírgen divina deja el lugar á la Madre, que siente con
su Hijo, que se arrebata al oirle, de amor y de entusiasmo.
Síguele más tarde en todo el curso de su dolorosa pasion, y le acompaña
durante su prolongado martirio. ¿Qué dolores son comparables á los que
sufre aquella madre, la más amorosa y tierna de cuantas han existido?
¿Qué tormentos pueden igualarse á los suyos?
¡La muerte es mil veces más dulce que aquella agonía prolongada,
amarga, lenta, fria, por decirlo así, pues no tenía ni podia hallar
consuelo en lo humano!
Vedla despues, sentada al pié de la cruz, sin lágrimas, y contraidas
sus facciones por aquel mortal dolor, que despedaza su corazon. ¿Cómo
aquella bella y delicada naturaleza supo soportar tan acerbo martirio?
Sólo porque su mismo Hijo la impuso la vida, haciéndola la Madre de
todos los hombres en la persona del discípulo amado.
--¡Hé aquí á tu Madre! dijo al apóstol.
--¡Hé aquí á tu Hijo! añadió dirigiéndose á María.
De esta suerte dió á la humanidad entera el santo escudo del amor
maternal.