Cuando veo á las niñas vestidas desde los ocho años con trajes que son
una reproduccion en miniatura de los de sus madres; cuando las veo con
vestidos completamente bordados que cuestan seiscientos y mil reales,
con cintas en el talle de á dos duros la vara, con sombreros de paja de
arroz guarnecidos de plumas y flores costosísimas, con botas de raso,
con guantes largos y con encajes en el cuello y las mangas; cuando veo
así vestidas á las niñas, siento como una impresion de tristeza en el
alma.
¿Cómo se exigirá de estas criaturas el amor á la sencillez, la
modestia, tan encantadora en la mujer, cuando tengan más edad?
¿Cómo se les reprenderán las pretensiones exageradas y el amor al lujo,
cuando la coquetería, natural en la adolescencia, ocupe el sitio de la
inocencia de la infancia?
¿Cómo serán buenas esposas? Y sobre todo, ¿cómo serán buenas madres?
Acostumbrándolas al lujo, exponen las madres á sus hijas á ser muy
desgraciadas; el primer mal que las proporcionan es el hastío, que nace
de la saciedad de todos los deseos; el carácter de estas niñas, á las
que el vulgo llama felices, se agria, se hace vanidoso, despreciativo,
duro para los demas, antipático, en una palabra. Sus caprichos, sus
exigencias no tienen fin ni medida, y sus padres son las primeras
víctimas.
Cuando estas niñas llegan á la edad de amar y de ser amadas, el lujo es
tambien el orígen de su desgracia; toda fortuna del que desea casarse
con ellas les parece poca; saben sumar y restar, como la Cecilia de _Le
Duc Job_, que escribió en frances Leon Laya y arregló un académico
español con el título de _Lo Positivo_, y saben calcular perfectamente
lo que necesitan para alimentar la voracidad de ese dragon que se llama
lujo.
Suelen casarse, pues, no con el que aman, sino con el que es más rico,
porque el _descender_ les sería insoportable.
Pero si la suerte inconstante convierte, por uno de esos incidentes tan
comunes en nuestra época, la opulencia en medianía, ¡cuánto tienen que
sufrir esas pobres criaturas! ¡Cuánto más que la que ha sido educada
con modestia y sencillez!
No entra por poco tambien el miedo al lujo en la aversion que muchos
hombres tienen al matrimonio; muy pocos hay que quieran ver sufrir á la
mujer que aman, y ántes prefieren renunciar á ella, que someterla á
privaciones de todos los instantes.
El lujo, el detestable lujo, ha hecho imposible el hogar y la familia:
el carruaje, el abono en los teatros, la modista cara, la peinadora,
las telas de valor, los encajes y las joyas, parecen en el dia--y sobre
todo en nuestra pobre España--necesidades imprescindibles, necesidades
que ni nuestras abuelas, ni áun nuestras madres conocian.