Con tanto asombro como pena he oido á algunas mujeres quejarse de que
no existe la amistad, y de que han sufrido ya muchas decepciones, lo
que dicho por bocas jóvenes y sonrosadas me ha parecido increible, ó
por lo ménos muy dudoso; creo más bien que estas mujeres comprenden mal
la amistad, y la exigen más de lo que puede dar, queriendo que se eleve
á la categoría del más sublime heroismo.
Y es por cierto un error bien lamentable que, así en amistad como en
amor, queramos siempre recibir y no dar; deseemos abnegacion constante
y no demos en cambio tolerancia y prudencia.
Si para conceder nuestra amistad esperamos encontrar una persona
perfecta, jamas tendrémos amigos. Ningun mortal está exento de
defectos; sólo se debe, pues, procurar que los seres á quienes amemos
tengan los ménos posibles, y que sean de tal naturaleza que podamos
soportarlos sin menoscabo de nuestra dignidad.
Una señora me dió no hace muchos dias, al oirme hablar así, la
siguiente lógica contestacion:
--No hay necesidad de soportar las faltas ajenas por amistad solamente:
amigos que hagan padecer no son convenientes, y mejor se está uno solo
en su casa, que sufriendo las impertinencias de los más.
--Mas ¿qué nos queda, repuse, si despreciamos las simpatías del alma,
si desairamos las bellas prendas que posee una persona, sólo porque se
le reconoce algun defecto?
--Nos queda el estar tranquilos, y el pasar la vida con las menores
penas posibles.
--¡Ah, señora! exclamé; nos queda sólo el egoismo, y el egoismo no ha
hecho jamas la dicha de nadie; ¡no se queje V. de que no hay amistad en
la tierra, puesto que nada quiere hacer por ella!