Si hay alguna cosa que disculpe en la mujer el atrevimiento de escribir
para el público, es sin duda la buena intencion con que debe hacerlo.
Y no creais, lectoras mias, que yo considero una culpa en mi sexo el
dedicarse á las tareas literarias: si abrigase esta persuasion, no
escribiria.
Vale más, á mi modo de ver, llevar la frente erguida, aunque desnuda de
coronas, que inclinada con sonrojo, aunque ceñida de laureles.
La mujer cuando escribe debe hacerlo guiada por una buena intencion, no
para disculpar una falta, sino para excusar un atrevimiento; que tal
considero el exponer al público los sentimientos del alma.
Yo soy la primera en conceder que la mujer debe concretar su talento y
su poesía al cuidado de su casa y al embellecimiento de la existencia
de su esposo y de sus hijos.
Pero si nace alguna con tan rico caudal de imaginacion y actividad que
le sobre aún despues de emplear el que requiere el cumplimiento de sus
deberes; si su corazon, demasiado amante, ó su imaginacion viva, ó su
juventud, demasiado solitaria, necesitan mayor pasto que la
generalidad, ¿por qué ha de privársele de un desahogo ó distraccion que
á nadie ofende y que puede enseñar algo ó servir de algun consuelo á
las demas mujeres?
Y no creais tampoco que la palabra _enseñar_ encierra gigantescas y
ridículas pretensiones; que muy provechosas lecciones puede dar una
mujer sin más que tener corazon, á aquellas criaturas que le tienen
dormido por su naturaleza, desgarrado por la desgracia ó endurecido por
el desengaño.
Yo aspiro á probar si sé enseñar á creer en este artículo, porque creer
es uno de los mayores beneficios de la vida.
Y no obstante, para enseñar á creer se requiere tan sólo no carecer de
fe, de esa fe que tiene por morada una alma tierna y un corazon sano;
se necesita haber sufrido y haber llorado, pues sólo en el dolor es
cuando nuestro corazon busca un consuelo más elevado que los que
podemos hallar en el mundo.
En la alegría olvidamos á Dios; el primer grito de nuestra pena es éste:
--¡Piedad, Dios mio!