III.

La modestia impone deberes, que quizá parecerán muy arduos á las

jóvenes cuya educacion haya hecho que los desconozcan: porque es muy

cierto que la modestia la inculca una buena madre en el carácter de sus

hijas desde su más tierna edad.

La modestia prohibe las posturas indecorosas, los modales desenvueltos,

los trajes cuya hechura exagerada dé lugar á la crítica por llamar

excesivamente la atencion.

La modestia exige esa delicada reserva, de que ya he hablado, y que

aconseja á la mujer salir poco de su casa y no prodigarse demasiado en

público.

La modestia exige que toda jóven ignore, ó al ménos aparente ignorar,

todo aquello que su edad y estado le prohiben saber.

Por más que halague á una jóven, por la viveza de su carácter, esa

reputacion de _chistosa_ que se concede á otras, debe preferir la de

_modesta_.

Confundir la _gracia_ con el _chiste_ es un error lamentable. La

_gracia_ es inseparable de la modestia. El _chiste_ sienta bien algunas

veces al hombre, pero jamas á la mujer, porque es consecuencia de la

desenvoltura.

He visto muy de cerca á algunas jóvenes, que apénas habian salido de la

infancia, y tenian ya en la conversacion ciertas libertades, inocentes

en un principio, pero que eran aplaudidas como otras tantas gracias.

Aquellas licencias iban creciendo poco á poco mucho más de lo

conveniente, mas los padres y hermanos exclamaban sin cesar:

--¡Qué chistes tan oportunos! ¡Qué sal!

Y la sal y la gracia se convirtieron al fin en una desenvoltura

repugnante, en una maledicencia insoportable, y en una absoluta falta

de pudor y de delicadeza.

¿Cómo era posible que estas mujeres no estuviesen rodeadas de enemigos?

Quizá, sin más faltas que sus _chistes_ y su _sal_, han perdido su

reputacion por la venganza de los que han sido ofendidos con su

maledicencia, ó blanco de sus _chispeantes_ burlas.

La que ansía la reputacion de chistosa será muy fácil que adquiera la

de maldiciente, porque de la sátira á la murmuracion es tan rápido el

declive, que no basta la débil inteligencia de la mujer para que la

conduzca por él sin despeñarla.

La madre que ambicione la felicidad de su hija, hágale entender, desde

que su tierna inteligencia lo permita, que es mejor pasar por mujer

modesta que por mujer vivaz y chistosa. Á estas últimas se las teme.

Las primeras son casi siempre simpáticas ó, al ménos, se juzgan

inofensivas.

La modestia llegará á serles natural si la buena educacion les hace

comprender su belleza; porque si bien es cierto que la modestia nace

con la criatura, no lo es ménos que ésta pueda adquirirla aunque haya

nacido destituida de ella.

Si á una niña en vez de aplaudirle los modales desenvueltos de que use,

se le afean aconsejándole otros más dulces y templados, es indudable

que dejará los primeros para no hacerse odiosa y despreciable. Si se le

enseña á hablar poco y oportunamente, á no criticar á nadie y á cuidar

de sus propias acciones y decoro, seguramente que no charlará sin tino

cayendo en la murmuracion, escollo inevitable cuando se habla mucho. Si

se le dice que la gracia es la moderacion, la dulzura, la templanza, la

modestia en fin, no hará alarde de descaro ni de chistes poco

convenientes en su edad. Por último, si se conserva en su alma esa flor

delicada que se llama pudor, no la veréis nunca con la mirada oblícua

de la hipocresía, ni con esa otra descocada que vende el fatal _¿qué se

me da á mí?_, cáncer de nuestra sociedad y de la virtud de la mujer.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 170 / 399 题