La modestia impone deberes, que quizá parecerán muy arduos á las
jóvenes cuya educacion haya hecho que los desconozcan: porque es muy
cierto que la modestia la inculca una buena madre en el carácter de sus
hijas desde su más tierna edad.
La modestia prohibe las posturas indecorosas, los modales desenvueltos,
los trajes cuya hechura exagerada dé lugar á la crítica por llamar
excesivamente la atencion.
La modestia exige esa delicada reserva, de que ya he hablado, y que
aconseja á la mujer salir poco de su casa y no prodigarse demasiado en
público.
La modestia exige que toda jóven ignore, ó al ménos aparente ignorar,
todo aquello que su edad y estado le prohiben saber.
Por más que halague á una jóven, por la viveza de su carácter, esa
reputacion de _chistosa_ que se concede á otras, debe preferir la de
_modesta_.
Confundir la _gracia_ con el _chiste_ es un error lamentable. La
_gracia_ es inseparable de la modestia. El _chiste_ sienta bien algunas
veces al hombre, pero jamas á la mujer, porque es consecuencia de la
desenvoltura.
He visto muy de cerca á algunas jóvenes, que apénas habian salido de la
infancia, y tenian ya en la conversacion ciertas libertades, inocentes
en un principio, pero que eran aplaudidas como otras tantas gracias.
Aquellas licencias iban creciendo poco á poco mucho más de lo
conveniente, mas los padres y hermanos exclamaban sin cesar:
--¡Qué chistes tan oportunos! ¡Qué sal!
Y la sal y la gracia se convirtieron al fin en una desenvoltura
repugnante, en una maledicencia insoportable, y en una absoluta falta
de pudor y de delicadeza.
¿Cómo era posible que estas mujeres no estuviesen rodeadas de enemigos?
Quizá, sin más faltas que sus _chistes_ y su _sal_, han perdido su
reputacion por la venganza de los que han sido ofendidos con su
maledicencia, ó blanco de sus _chispeantes_ burlas.
La que ansía la reputacion de chistosa será muy fácil que adquiera la
de maldiciente, porque de la sátira á la murmuracion es tan rápido el
declive, que no basta la débil inteligencia de la mujer para que la
conduzca por él sin despeñarla.
La madre que ambicione la felicidad de su hija, hágale entender, desde
que su tierna inteligencia lo permita, que es mejor pasar por mujer
modesta que por mujer vivaz y chistosa. Á estas últimas se las teme.
Las primeras son casi siempre simpáticas ó, al ménos, se juzgan
inofensivas.
La modestia llegará á serles natural si la buena educacion les hace
comprender su belleza; porque si bien es cierto que la modestia nace
con la criatura, no lo es ménos que ésta pueda adquirirla aunque haya
nacido destituida de ella.
Si á una niña en vez de aplaudirle los modales desenvueltos de que use,
se le afean aconsejándole otros más dulces y templados, es indudable
que dejará los primeros para no hacerse odiosa y despreciable. Si se le
enseña á hablar poco y oportunamente, á no criticar á nadie y á cuidar
de sus propias acciones y decoro, seguramente que no charlará sin tino
cayendo en la murmuracion, escollo inevitable cuando se habla mucho. Si
se le dice que la gracia es la moderacion, la dulzura, la templanza, la
modestia en fin, no hará alarde de descaro ni de chistes poco
convenientes en su edad. Por último, si se conserva en su alma esa flor
delicada que se llama pudor, no la veréis nunca con la mirada oblícua
de la hipocresía, ni con esa otra descocada que vende el fatal _¿qué se
me da á mí?_, cáncer de nuestra sociedad y de la virtud de la mujer.