II.

Corria el año del Señor 880 cuando se oyeron coros celestes y se vieron

resplandores extraños en la montaña: era el anochecer de un sábado

cuando advirtieron este prodigio unos pastores: llegada la noticia á

Gundemaro, obispo de Vich, pasó con el clero y muchos fieles al lugar

de los prodigios; y despues de vencer muchas dificultades y peligros, á

causa de lo escabroso del monte, hallaron una pequeña cueva cavada en

la roca, y dentro de ella una hermosa imágen de María, con el niño

Jesus en los brazos, que exhalaba y exhala aún hoy una fragancia

exquisita.

Tomóla en los brazos el santo Obispo, para conducirla en procesion á

una iglesia donde fuese venerada con el decoro debido; pero á los pocos

pasos la sagrada imágen quedóse inmóvil y sin poder ninguna fuerza

humana separarla de aquel sitio.

En él, pues, se le edificó una capilla, que poco despues se convirtió

en monasterio de religiosas de la órden de San Benito, por disposicion

y voto del conde Vifredo, el _Velloso_, del cual fué abadesa su hija la

jóven y bella Riquilda.

Poco despues el Conde de Barcelona, sucesor de Vifredo, sustituyó

monjes de San Benito, traidos del convento de Santa María de Ripoll,

por cuanto era tanta la afluencia de peregrinos al sagrado monte, que

no podian darles las religiosas hospitalidad con el decoro debido.

No quiero acabar esta carta, mi querida Antonia, sin hablarte de la

_Baranda de los monjes_, extensa galería, á la cual se pasa por el

interior del monasterio, y que está guardada por tres colosales

estatuas de religiosos.

Esas impasibles y mudas figuras de piedra, eternos guardadores del

monasterio, eternos testigos de sus glorias y de su devastacion, sobre

cuyas calvas cabezas pasan los años y las tempestades, á cuyos piés

vuelan las águilas sobre el abismo, me han inspirado un respeto en que

entra tambien el terror.

¡Cuánto pudieran decir aquellas heladas bocas, si un milagro del que

todo lo puede las abriera!

¡Cuántos imponentes espectáculos habrán contemplado aquellos ojos sin

luz!

Ellos han visto subir al santuario á los Reyes Católicos, con su hija

_Juana la Loca_; á la emperatriz Isabel, esposa de Cárlos V; á Felipe

II, que estuvo en él cuatro veces; á sus hijas las infantas Catalina é

Isabel; á Felipe III; á Maximiliano II; á D. Juan de Austria; á Cárlos

III; á Cárlos IV; á Fernando VII y á Isabel II.

No pueden los límites de una carta reseñar detenidamente á Monserrat;

muchas deberia dirigirte para ello; pero como quieres que te escriba

sobre otros asuntos, me contento con darte en este una ligera idea del

más grande de todos los santuarios del mundo cristiano.

El fuego, como si fuera el eterno enemigo de las santas montañas, ha

vuelto á invadirlas hace algunos años; tú lo sabes tambien, pues la

prensa toda dió cuenta de ese espantoso siniestro, que atribuyeron á

una mano aleve; ya los religiosos iban á sacar de la iglesia la sagrada

imágen para ponerla á salvo de las llamas: Barcelona entera, Manresa y

todas las poblaciones inmediatas, acudieron llenas de agonía á

agruparse en la hora del peligro en derredor del palacio solitario de

María, y sus esfuerzos lograron felizmente extinguir el fuego.

Si hubo culpables ¡Dios los perdone en su misericordia infinita! Ni tú

ni yo sabemos llamar anatemas sobre las cabezas de los extraviados.

Adios, Antonia mia, te abrazo con el corazon.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 166 / 399 题