I.

Al dedicar un recuerdo al célebre santuario de las montañas de

Cataluña, á nadie mejor que á tí, mi amada Antonia, hubiera podido

dirigirme: á tí, que tantas veces me has instado en tus cartas para que

escribiera algo acerca de mis viajes, y á quien he prometido hacerlo:

sin embargo, no me agradezcas la presente, porque necesitaba

escribírtela para aliviar mi corazon de una emocion profunda, y para

hablarte del asilo más grandioso que posee en la tierra la Reina de los

Cielos, la Madre Celestial, que tanto amamos tú y yo.

Poco despues de las once de una calurosa mañana de Julio, salimos de

Barcelona y tomamos el camino de Monserrat, adonde llegamos á eso de

las siete de la tarde[1].

[1] El modo de hacer el viaje y la enumeracion de todas las

poblaciones y accidentes pintorescos del camino, se hallan en el

curioso libro escrito por el Excmo. Sr. D. Víctor Balaguer,

titulado _Guía de Montserrat_.

Durante dos horas, y á pesar de ir sentada en la delantera del

carruaje, mis ojos no descubrian más que altísimos montes.

En el centro de éstos se eleva el Monserrat, el cual, segun la opinion

de todos los viajeros célebres que han escrito sus impresiones y

recuerdos, _no tiene igual ni semejanza en todo el orbe_.

Su altura piramidal es de 1.300 varas, y por lo maravilloso de su forma

diríase, al mirarle desde alguna distancia, que es una ciudad

inexpugnable, rodeada de un cinturon de fuertes torres, y que sólo la

mano de Dios puede destruir.

¡Oh, Antonia mia! Cuando me vi al pié del inmenso monte, consagrado por

la presencia de la Vírgen Madre de Dios, que ha hecho de él su palacio;

cuando en derredor mio vi aquellas enormes peñas, suspendidas al

parecer en los aires y prontas á desprenderse; cuando vi la cúspide del

Montserrat tocando á las nubes, tan diáfanas y movibles que parecian el

manto del Señor, mi corazon tembló dentro del pecho y humillé la frente

confundida, no sólo de mi pequeñez, sino de la pequeñez humana.

En la falda de la gran montaña se eleva el santuario como un puerto de

paz y de esperanza.

La guerra con todos sus horrores ha pasado por aquel sagrado recinto,

incendiando y destruyendo cuanto ha hallado á su paso; pero las ruinas,

que en todas partes son tristes, respiran allí una augusta y

melancólica grandeza.

Adivínase sin trabajo lo que sería el santuario ántes que los soldados

franceses arrojasen en él las teas del incendio: yo vi aquellos

majestuosos restos á la melancólica luz de la luna, y me arrodillé y

oré, pareciéndome que á traves de las arruinadas paredes veia el

semblante de ese Dios todo amor, todo grandeza y misericordia.

El fuego ha consumido las esculpidas puertas y ha ennegrecido las

gruesas paredes de piedra.

Cascadas de hiedra silvestre se precipitan por las derruidas ventanas,

como ingratas hijas que huyen del techo paternal porque es triste, ó

bien como cautivas jóvenes que buscan aire y sol.

Las fugitivas están, sin embargo, cubiertas de campanillas blancas y

azules, como si quisieran llevar consigo en la partida todas sus joyas.

No podria, no sabria, Antonia mia, decirte, aunque quisiera, hasta qué

extremo me conmovió la vista de aquel verdor lujoso, de aquella loca

lozanía entre lo triste y solitario de las sagradas ruinas.

Parecíame oir sonoras carcajadas de alegría entre las notas de un canto

funeral.

Creia ver jóvenes vestidas de rosa y blanco, entre una cohorte de

enlutadas y afligidas ancianas.

Pero á medida que rezaba el consuelo descendia á mi alma.

Pensaba en que Dios coloca siempre la alegría junto al dolor, y que

quizá sin aquella hiedra cubierta de flores, el espectáculo hubiera

sido demasiado tétrico y desconsolador para mi alma.

En el ala de la derecha del santuario se halla la hospedería: los

monjes dan allí la más cristiana y cariñosa hospitalidad: cada viajero

tiene su cuarto; algunos domésticos cuidan del aseo y servicio de las

habitaciones, y por la noche se ve á los religiosos, envueltos en sus

largos mantos negros, pasar por los claustros para informarse de si los

visitadores de aquellas santas soledades están bien asistidos.

En la cima de una roca, que desde el camino parece inaccesible, está

situada la iglesia, servida por los monjes y por algunos niños de

familias pobres, á los cuales se les proporciona una educacion

religiosa y gratuita.

La comunidad de estos niños se llama _Escolanía_, y su habitacion,

situada en el interior del Monasterio, tiene sobre la puerta un cuadro

encantador, que representa á la Vírgen cobijando bajo su manto á

algunos niños casi desnudos.

Enfrente de la iglesia se extienden cordilleras de montes inmensos,

cubiertos de flores y medio ocultos en las horas de la tarde, entre las

brumas que descienden del cielo hasta los picos más elevados.

Para tí cogí un pequeño ramo de aquellas flores; ya las has visto, son

pobres de colores y humildes; pero las guarda la Vírgen de las

montañas, y me parecen consagradas por su presencia.

La iglesia es espaciosa y sencilla: toda su magnificencia, los dorados

y mármoles con que tantos reyes y príncipes cristianos la enriquecieron

en el pasado siglo, han desaparecido: ahora está blanca y pobre, como

la casta Vírgen que ha depuesto sus galas para vestir el ropaje de la

pureza y de la humildad.

En el altar mayor está la hermosa imágen: es muy morena, así como el

niño que tiene sentado sobre sus rodillas; aunque todos los

historiadores están discordes acerca de la procedencia de esta imágen,

la opinion más válida y admitida asegura que es la misma que trajo á

España el apóstol San Pedro, obra de San Lúcas, y escondida cuando la

invasion de los árabes en las peñas de Monserrat por el godo Gregorio y

por Pedro, obispo de Barcelona.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 165 / 399 题