Entre estas dos situaciones hay un abismo, á pesar de que muchas veces
se las confunde.
La pobreza no es una desgracia.
La miseria es una desgracia horrible.
La pobreza es carecer de lo supérfluo, pero tener lo necesario.
La miseria es carecer de todo: ¡es el hambre, la desnudez, el frio, la
enfermedad, el dolor, la muerte!
He visto gentes muy contentas con la pobreza, y que habiendo llegado á
ser ricas por una herencia inesperada, por el logro de algun negocio
lucrativo, han echado de ménos el tiempo de su medianía, y han
deplorado el tener fortuna y los cuidados que ésta trae consigo.
Las mujeres se lamentan de la pobreza mucho más que los hombres, y se
han visto algunas que, solas, aisladas, sin familia, han hecho
esfuerzos inauditos para llegar á la opulencia, símbolo para ellas de
todos los goces de la tierra.
Pero la riqueza se escapa siempre de las débiles manos de nuestro sexo:
al ingenio, al talento de la mujer le falta constantemente la principal
cualidad, la fuerza: no tiene ni las dotes ni los defectos masculinos,
por más que se esfuerce en adquirirlos.
La energía ficticia y febril que una mujer da á su talento, es siempre
estéril y pasajera: despues de estos esfuerzos, despues de estos
ataques de epilepsía intelectual, recae en el vacío, más débil y más
desalentada, porque esta energía pasajera la obtiene sólo á expensas de
su fuerza natural, que no reside, como la del hombre de genio, en la
violencia de las pasiones, en la gravedad de los estudios y en el vigor
de los pensamientos, sino en la profundidad de las observaciones, en la
exaltacion de las creencias y en la sublimidad de los sentimientos.
Así es que pocas mujeres han llegado á la fortuna por la sola fuerza de
su talento, y en nuestro país desde luégo, no conozco ninguna; hay
muchas que se han elevado al pináculo de sus deseos, manejando la
intriga y la lisonja en un grado más ó ménos hábil, y han llegado á un
enlace brillante, que les ha dado la opulencia y todos los goces de su
exigente vanidad.
¡Mas cuántas veces es posible que estas mujeres hayan echado de ménos
la apacible medianía, la casi pobreza que moraba en el techo paterno!
¡Cuántas veces habrán pensado en el modesto traje de lanilla, hecho por
sus manos y estrenado con tanta alegría, al sentirse devoradas por el
hastío que produce el no tener nada que desear!