Hay otra tercera clase de personas á las que se les figura que les
falta todo, á causa de una modestia que ya llega á ser como una
dolencia del ánimo.
Esta clase es tambien desgraciada, y quizá más que ninguna, porque
cuando falta la completa estimacion de sí mismo no hay valor para nada,
y el alma está en una angustia contínua.
No hay nada que me cause más lástima que el ver á una persona dominada
por una timidez excesiva; porque hay muy pocos sufrimientos morales que
se puedan comparar á éste.
La vanidad es á la vez osada y feliz; el descontento de la vida es
altivo y algunas veces amargo; pero la excesiva modestia, el pobre
concepto de sí mismo, es un mal gravísimo y de difícil curacion.
_¡Yo no valgo nada!_
Este pensamiento es terrible, amargo, desconsolador, y poco á poco va
empequeñeciendo el ánimo y amenguando insensiblemente el valor moral é
intelectual de quien le abriga.
Todos valemos algo; todos somos útiles en la tierra; todos llevamos en
el alma el grano de oro, la centella divina que, en un momento dado,
puede enriquecer y alumbrar, y todos debemos estimarnos para que nos
estimen, porque la primera condicion de la dignidad es el conocimiento
de la propia valía.
Apelemos, pues, á la razon para hallar el justo medio, que está tan
léjos de la excesiva vanidad como del extremo descontento, y tengamos
equidad para los demas, á la vez que la tenemos para nosotros mismos.