Nunca he podido oir hablar de la emancipacion de la mujer sin que una
sonrisa de lástima se haya asomado á mis labios.
¿Para qué quiere la mujer vivir por sí sola? Tal como vive hoy tiene
ancha esfera donde moverse y donde lucir santas y adorables virtudes; y
léjos de separarla del hombre, convendria educarla para que viviese á
su lado, y para que fuese lo que debe ser.
No há menester el valor para seguir una carrera de áridos y monótonos
estudios; no le necesita para manejar por sí sola sus negocios, para
luchar con dificultades, para vencerlas, para defender un pleito ó para
matar á quien la calumnie ó la ofenda; necesita el valor para sufrir
como cristiana, para soportar las amarguras de la vida, y para separar
de los suyos las espinas, dejándoles ver sólo las flores.
Necesita el valor para conservar en su hogar el calor y para que brille
en él la luz suave y vivificante de las creencias religiosas,
mantenidas con su ejemplo.
Le necesita para trabajar en las más prosaicas tareas de la casa, á fin
de que no falte á su familia la decencia, lujo de las fortunas
modestas, ó la limpieza, lujo de la desgracia.
Le necesita para educar á sus hijos, para consolar á su marido si
sufre, para alegrar los últimos dias de sus ancianos padres: éste es el
valor, ésta es la hermosa ciencia de la mujer, y no la que puede hallar
en las aulas ó el que puede desplegar en los combates.
Mujeres valerosas necesita más que nada la sociedad: mujeres valerosas
que se priven animosamente de las galas que puedan arruinar á su
marido: que se humillen á los importantes, aunque al parecer fútiles
cuidados del ama de la casa: que se doblegue á coser, á zurcir, á
enseñar á su cocinera el modo de condimentar un plato y á arreglar sus
habitaciones: para defender las grandes cuestiones sociales, para
hablar en la tribuna, para verter sangre en la guerra, para las
cátedras y para otros elevados destinos están los hombres; si algun dia
llega en que la mujer sepa desempeñar todas esas cosas y en que no le
sea necesario el hombre, en ese dia fatal habrán recibido una herida de
muerte el hogar y la familia: porque el prestigio de la mujer debe
cifrarse en valer para las cosas insignificantes en la apariencia, pero
que son en realidad el eje en que descansa el gran edificio de la dicha
doméstica.