Hay un consuelo para todas las penas de la vida: un bálsamo para todos
los dolores: un rayo de sol que disipa todas las tinieblas que
incesantemente oscurecen el horizonte de nuestra existencia: la caridad.
Se han visto personas cuyo corazon se hallaba yerto y marchito á fuerza
de sentir amargos sinsabores, que en el ejercicio de esta virtud han
hallado un consuelo supremo é inagotable, y que en pos de la caridad ha
venido á visitarles la esperanza, esa hermosa mensajera del Dios de las
misericordias.
La caridad es un beneficio para el que la ejerce, porque nada es tan
consolador como el espectáculo del bien que se ha hecho, de la
felicidad que es obra nuestra y que ha reemplazado al llanto de la
desesperacion.
La caridad lleva en su manto el consuelo y la alegría. El que la ejerce
ama á Jesucristo en el mendigo andrajoso y macilento, en la enferma
anciana y desvalida, en el niño lloroso y abandonado.
¡Oh caridad! la pureza inmaculada de tu ropaje y la blancura de tus
alas toman nueva brillantez al rozarse con la miseria que procuras y
consigues aliviar. ¡Tú extiendes tanto tus beneficios que es imposible
señalarles un término! ¡No te contentas con dar pan al hambriento, con
vestir al desnudo y con prestar consuelo á todos los dolores! ¡Perdonas
ademas todas las penas, y no hay injuria que no haga olvidar tu plácida
dulzura!