Si las mujeres no hallásemos en nuestra razon y en nuestro corazon
bastantes motivos para obligarnos á tomar el partido de la dulzura y de
la complacencia, deberíamos pedirlas á la habilidad: ésta nos
enseñaria, en efecto, que la violencia puede imponer ciertos
sacrificios, pero que el que los lleva á cabo se sustrae más pronto ó
más tarde á esta dura dominacion: la habilidad en defecto de la bondad
nos impone la paciencia y el disimulo de las contrariedades, y en las
personas que saben discurrir, la habilidad inspira concesiones
equivalentes á las que impone la abnegacion.
¡Qué grandes cosas ha producido la santa, la modesta paciencia!
¡Cuántas gloriosas empresas ha deshecho la falta de aquélla! Aun en las
cosas más triviales de la vida vemos muchas veces que la impaciencia es
un daño muy grave.
--Este vestido no ha quedado bien, porque no he tenido paciencia para
terminarle, dice una jóven avergonzada del mal efecto de su traje entre
otros bien concluidos.
--Tenía tal impaciencia al ver que no venía mi modista, que no he
querido salir, y he pasado una tarde aburridísima, añade otra.
--Es tanto lo que me impacientan mis criados, que estoy siempre mala, y
ademas, los cambio todos los dias, oí decir hace poco tiempo á una
señora.
Está, pues, probado, que la impaciencia, más bien que hacer daño á la
persona que la inspira lo hace á la que la siente, y que debe dominarse
como un azote de nuestra existencia.
La impaciencia aumenta todos los defectos de las personas que nos
rodean, y léjos de hacernos amar, nos hace odiosos y temibles, porque
no hay persona constantemente descompuesta é impaciente que inspire
cariño, confianza y estimacion, ni á sus amigos ni áun á su propia
familia.