IV.

Si las mujeres no hallásemos en nuestra razon y en nuestro corazon

bastantes motivos para obligarnos á tomar el partido de la dulzura y de

la complacencia, deberíamos pedirlas á la habilidad: ésta nos

enseñaria, en efecto, que la violencia puede imponer ciertos

sacrificios, pero que el que los lleva á cabo se sustrae más pronto ó

más tarde á esta dura dominacion: la habilidad en defecto de la bondad

nos impone la paciencia y el disimulo de las contrariedades, y en las

personas que saben discurrir, la habilidad inspira concesiones

equivalentes á las que impone la abnegacion.

¡Qué grandes cosas ha producido la santa, la modesta paciencia!

¡Cuántas gloriosas empresas ha deshecho la falta de aquélla! Aun en las

cosas más triviales de la vida vemos muchas veces que la impaciencia es

un daño muy grave.

--Este vestido no ha quedado bien, porque no he tenido paciencia para

terminarle, dice una jóven avergonzada del mal efecto de su traje entre

otros bien concluidos.

--Tenía tal impaciencia al ver que no venía mi modista, que no he

querido salir, y he pasado una tarde aburridísima, añade otra.

--Es tanto lo que me impacientan mis criados, que estoy siempre mala, y

ademas, los cambio todos los dias, oí decir hace poco tiempo á una

señora.

Está, pues, probado, que la impaciencia, más bien que hacer daño á la

persona que la inspira lo hace á la que la siente, y que debe dominarse

como un azote de nuestra existencia.

La impaciencia aumenta todos los defectos de las personas que nos

rodean, y léjos de hacernos amar, nos hace odiosos y temibles, porque

no hay persona constantemente descompuesta é impaciente que inspire

cariño, confianza y estimacion, ni á sus amigos ni áun á su propia

familia.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 82 / 399 题