III.

--¡Oh! ¡Yo soy muy sensible! ¡No puedo pasar por delante de la casa

donde viví con mi pobre marido!--decia hace poco tiempo delante de mí

una viuda bonita y muy coqueta.

--¡Ah! ¡Sacadme, sacadme de esta casa! gritaba otra jóven á quien

tambien conozco, ¡no quiero estar en ella durante la agonía de mi padre!

--Y sin embargo, mi querida sobrina, objetó una hermana del que

agonizaba, ¡tu padre moriria más tranquilo si pudiera verte hasta el

último instante!

--¡Oh! ¡Pero yo sufriria horriblemente!

La anciana señora se encogió de hombros, y una amarga sonrisa

entreabrió sus labios.

La hija salió de la casa, conducida por una amiga que elogiaba su

_sensibilidad_, y el padre murió sin el consuelo de fijar su última

mirada en los ojos de su hija.

Cualquiera podria pensar que aquella jóven ha deplorado el no haber

recibido el último abrazo de su padre; pero nada de eso: se creyó en su

derecho huyendo de un espectáculo que la hacía padecer.

En cambio, estas personas que nada sienten, que por nada se conmueven,

padecen de convulsiones, desmayos, síncopes y risas nerviosas, en tales

términos, que su salud está siempre quebrantada, y que es preciso

mimarlas de contínuo y sin descanso.

Las _sensibleras_ creen que todo se les debe de justicia: yo he escrito

una novela titulada _El Sol de invierno_, en la que pinté una de esas

mujeres monstruos de egoismo con cara de ángel, y algunas de la especie

se han visto retratadas allí con sobrada fidelidad, lo que no es

extraño, porque el retrato estaba tomado del natural y estudiado en sus

detalles.

En este libro, Gertrúdis á los veinticinco años ve partir á su marido á

Cuba, y no llora por no estropear sus bellos ojos, pues tiene que

asistir al siguiente dia á un baile: confia despues la educacion y el

cuidado de sus hijas á una aya, porque _le hacen sufrir horriblemente_

las dos niñas con los cuidados que exigen: doce años despues es una de

las mujeres más á la moda de Madrid, y la llaman _Tulita_, gastando su

caudal en mantener parásitos y amigas íntimas, que contemplan su

sensibilidad y la llenan de mimos: y diez años más tarde se convierte

en santurrona, pasándose las mañanas en oir misas y las tardes en rezar

trisagios, dejando á sus hijas que pasen á su vez el tiempo como mejor

les parezca, y evitándose cuidados que _le hacen sufrir mucho_.

Este retrato es el de muchas _sensibleras_, de voz melosa y plañidera,

de gestos sentimentales, y que en el fondo de su alma no aman ni

estiman á nadie, ni reconocen otro deber que el de mirar por sí mismas

y cuidar su extrema impresionabilidad.

Muchas de esas señoras no saben si su marido tiene disgustos, ni á qué

hora sale de casa, ni á la que vuelve: ignoran si sus hijos estudian, y

si sus hijas leen libros peligrosos: son tan sensibles que se ahorran

toda clase de cuidados.

--¡Oh! decia hace pocos dias delante de mí una sensiblera: ¡no hay nada

mejor en el mundo que aproximarse todo lo posible á la piedra! ¡Para

conseguirlo trabajo yo todo lo imaginable!

--Pero ¿y los goces del sentir? le preguntó una persona de su familia,

riéndose por adelantado de la respuesta que iba á darle.

--¡Oh! ¡Sentir es el castigo de la humanidad! ¡Sólo el que no siente es

feliz!

--¿Entónces los chopos y los alcornoques son muy dichosos, segun tú?

--¡Alcornoque quisiera yo ser!

--¡Y lo eres! murmuró la otra dama con una burlona y graciosa sonrisa.

Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · 第 76 / 399 题