--¡Oh! ¡Yo soy muy sensible! ¡No puedo pasar por delante de la casa
donde viví con mi pobre marido!--decia hace poco tiempo delante de mí
una viuda bonita y muy coqueta.
--¡Ah! ¡Sacadme, sacadme de esta casa! gritaba otra jóven á quien
tambien conozco, ¡no quiero estar en ella durante la agonía de mi padre!
--Y sin embargo, mi querida sobrina, objetó una hermana del que
agonizaba, ¡tu padre moriria más tranquilo si pudiera verte hasta el
último instante!
--¡Oh! ¡Pero yo sufriria horriblemente!
La anciana señora se encogió de hombros, y una amarga sonrisa
entreabrió sus labios.
La hija salió de la casa, conducida por una amiga que elogiaba su
_sensibilidad_, y el padre murió sin el consuelo de fijar su última
mirada en los ojos de su hija.
Cualquiera podria pensar que aquella jóven ha deplorado el no haber
recibido el último abrazo de su padre; pero nada de eso: se creyó en su
derecho huyendo de un espectáculo que la hacía padecer.
En cambio, estas personas que nada sienten, que por nada se conmueven,
padecen de convulsiones, desmayos, síncopes y risas nerviosas, en tales
términos, que su salud está siempre quebrantada, y que es preciso
mimarlas de contínuo y sin descanso.
Las _sensibleras_ creen que todo se les debe de justicia: yo he escrito
una novela titulada _El Sol de invierno_, en la que pinté una de esas
mujeres monstruos de egoismo con cara de ángel, y algunas de la especie
se han visto retratadas allí con sobrada fidelidad, lo que no es
extraño, porque el retrato estaba tomado del natural y estudiado en sus
detalles.
En este libro, Gertrúdis á los veinticinco años ve partir á su marido á
Cuba, y no llora por no estropear sus bellos ojos, pues tiene que
asistir al siguiente dia á un baile: confia despues la educacion y el
cuidado de sus hijas á una aya, porque _le hacen sufrir horriblemente_
las dos niñas con los cuidados que exigen: doce años despues es una de
las mujeres más á la moda de Madrid, y la llaman _Tulita_, gastando su
caudal en mantener parásitos y amigas íntimas, que contemplan su
sensibilidad y la llenan de mimos: y diez años más tarde se convierte
en santurrona, pasándose las mañanas en oir misas y las tardes en rezar
trisagios, dejando á sus hijas que pasen á su vez el tiempo como mejor
les parezca, y evitándose cuidados que _le hacen sufrir mucho_.
Este retrato es el de muchas _sensibleras_, de voz melosa y plañidera,
de gestos sentimentales, y que en el fondo de su alma no aman ni
estiman á nadie, ni reconocen otro deber que el de mirar por sí mismas
y cuidar su extrema impresionabilidad.
Muchas de esas señoras no saben si su marido tiene disgustos, ni á qué
hora sale de casa, ni á la que vuelve: ignoran si sus hijos estudian, y
si sus hijas leen libros peligrosos: son tan sensibles que se ahorran
toda clase de cuidados.
--¡Oh! decia hace pocos dias delante de mí una sensiblera: ¡no hay nada
mejor en el mundo que aproximarse todo lo posible á la piedra! ¡Para
conseguirlo trabajo yo todo lo imaginable!
--Pero ¿y los goces del sentir? le preguntó una persona de su familia,
riéndose por adelantado de la respuesta que iba á darle.
--¡Oh! ¡Sentir es el castigo de la humanidad! ¡Sólo el que no siente es
feliz!
--¿Entónces los chopos y los alcornoques son muy dichosos, segun tú?
--¡Alcornoque quisiera yo ser!
--¡Y lo eres! murmuró la otra dama con una burlona y graciosa sonrisa.