La murmuracion, ese vicio que tan arraigado se halla en la sociedad, y
áun en los círculos más elevados y escogidos, es enemiga mortal de la
benevolencia, y la que hace alarde de ella demuestra, no sólo malos
sentimientos, sino tambien mala educacion.
El tocado, la figura, los modales, las costumbres de las personas á
quienes tratan, ofrecen incesante pasto á la murmuracion de algunas
mujeres, y no pocas veces me he preguntado yo si serán tan dichosas que
la escasez de sus propios cuidados les haga pensar tanto en los ajenos.
Las que así viven, las que de eso se ocupan, deben tener un corazon muy
seco, una cabeza muy vacía y una casa muy mal arreglada.
La felicidad y el buen órden de una familia exigen una atencion
constante y grande cuidado.
¿Cómo pensará en lo que le concierne quién sólo se ocupa de investigar
y de censurar lo que hacen los demas?
Es de todo punto imposible combinar el deseo de saber y de criticar
vidas ajenas, con el cuidado de la propia.
La benevolencia trae consigo una dulce paz y una inefable quietud,
porque no habiendo amargura en el alma es segura la dicha.
¡Hacer bien! ¡Qué grata ocupacion!
¡Pensar bien! ¡Qué noble empleo de la inteligencia!
Disculpar, amar, consolar; ¡qué tres cosas tan dulces y tan fáciles!
Cuando nos creemos ofendidos, olas de amargura invaden el ánimo, y la
sed de la venganza es como la túnica de Neso, que abrasaba al que la
llevaba consigo.
Una mujer que adoraba á su marido fué no sólo olvidada de éste, que se
aburrió de ella, sino perjudicada en sus intereses, casi arruinada por
él.
--¿Por qué le sufres eso? le preguntaba un dia una amiga suya,
indignada de verla soportar con paciencia uno de los ultrajes más duros
que puede sufrir una mujer.
--Porque le amé, respondió la pobre ofendida.
--¿Y hoy le amas?
--Ya no.
--¿Por qué dejas que te arruine?
--Porque le amé.
--Si á lo ménos dijeras que áun le quieres, tendriais disculpa en tu
debilidad.
--Pero mentiria: ya no le quiero; y no obstante, le quise tanto, que el
recuerdo de aquel amor basta para que le perdone.
--Lo que tú buscas siempre es motivo para no acusarle.
--Es verdad.
--Y cuando no encuentras motivo, hallas pretexto.
--Tambien es cierto: y al obrar así, miro por mi tranquilidad: no me
aconsejes la desesperacion negra, sombría y desolada: déjame para
alivio la benevolencia, esa suave hija del cielo que cobija mi sueño
con sus alas, que hace dulces lágrimas de los raudales de mi amargo
llanto: siendo indulgente y generosa, soy ménos infeliz.