En medio de todas las amarguras, de todas las penas de la vida, Dios
nos ha dado un amigo, un consolador, un refugio; amigo fiel que nunca
engaña, consolador incansable y lleno de abnegacion, refugio seguro y
jamas asaltado por las tempestades.
El trabajo.
Dios nos lo impuso como castigo y como ley: mas nos dió tambien en él
un inmenso beneficio, á la manera que un padre pone en un rincon del
encierro donde ha confinado á su hijo travieso, un alimento sano y
nutritivo que sostenga sus fuerzas.
Las diversiones que el mundo ofrece son impotentes para calmar los
grandes dolores, para consolar las penas del corazon; el que es
verdadera y profundamente desgraciado, se halla solo con su desconsuelo
en medio de la multitud; sólo ve tinieblas en su interior y en derredor
suyo; la alegría de los demas le fatiga y le parece un insulto; en el
egoismo de su dolor quisiera que la naturaleza entera estuviese de
luto, y se cree con derecho para exigirlo; su amargura es terrible,
inagotable, desolada; mas si llega á recurrir al trabajo, si halla
valor para vencer su pena durante algun tiempo y busca á aquel fiel
amigo, está salvado.
Verdad es que las primeras horas le costarán un esfuerzo supremo;
verdad es que durante algun tiempo desmayará, y el desaliento invadirá
de nuevo su espíritu como una ola negra; mas poco á poco el trabajo le
irá calmando y se irá insinuando como un amigo dulce y firme á la vez,
que le infundirá ánimo y confianza.
El trabajo hace las veces de la familia de que se carece; del amor que
se perdió en el vacío del cansancio ó en la amargura de los desengaños;
de los hijos que duermen en el sepulcro; de la fortuna que ha
naufragado; de todos los bienes de la vida; llena no sólo el tiempo
sino el pensamiento, y las horas vuelan rápidas cuando el dolor las
hacía eternas.