Réstame hablar de la más bella de nuestras armas; del puñalito con cabo
incrustado de pedrería y delicadamente cincelado; del primoroso juguete
cuyo resplandor atrae y seduce.
Esta es... la coquetería.
¿Os asustais? No hay por qué; la coquetería no tiene nada que ver con
el coquetismo.
Es sencillamente el deseo de agradar y el arte de conseguirlo.
La mujer necesita conservar la coquetería para su felicidad, porque la
coquetería es una especie de conocimiento de su propio mérito, que la
induce á realzarlo en cuanto puede y á aumentarlo con mil graciosos é
inocentes recursos; puede decirse que la coquetería es amable; puesto
que se ocupa de complacer.
Entre una mujer que descuide su traje y su atavío y una mujer vestida
con coquetería, no hay que dudar cuál de las dos alcanzará más
victorias: no será la más buena, sino la más agradable.
Casi todos los maridos negarán una cosa justa, solicitada en nombre del
derecho por su esposa, y no resistirán á la vista de un brazo blanco y
torneado que se apoya en su hombro, en tanto que los labios piden por
favor la misma cosa entre dos lágrimas y una sonrisa.
¡Oh, las lágrimas! Las lágrimas á tiempo son otro de los auxiliares de
la coquetería.
Pero las lágrimas vertidas dulcemente, y, sobre todo, sin cólera,
aunque sea con sentimiento.
Ellas son las balas de que debemos servirnos para tomar las fortalezas
más inexpugnables.
La dulzura, la persuasion, la belleza, el llanto; y cuando nada de esto
baste, la paciencia; hé aquí nuestros medios de conquista y nuestros
recursos diplomáticos para alcanzar la felicidad en esta vida.