Un dia salió el Conde en carruaje y rehusó absolutamente que le
acompañase Elena; pero exigió que fuese con él su hijo, que á la sazon
contaba cerca de 11 años.
El anciano dió á su cochero las señas de uno de los mejores joyeros de
Madrid, y se apeó trabajosamente á la puerta de su almacen.
Pidió que le sacasen las pedrerías de más valor que hubiese, y
extendieron ante sus ojos un tesoro.
Las miradas del anciano se fijaron desde luégo en un soberbio brazalete
de esmeraldas montadas en oro: la pureza, igualdad y tamaño de las
piedras, su engaste y su prodigioso número, le hacía la más rica joya
de cuantas habia allí.
Formaba una ancha cinta de esmeraldas, cerrada con una estrella de las
mismas piedras, en cuyo centro habia una mucho mayor que las demas.
El Conde hizo el ajuste y le compró.
Luégo volvió á subir al coche con su hijo, y se dirigió á su casa.
--Elena, dijo á su esposa, dentro de pocos dias ya no existiré yo; toma
este brazalete, última dádiva que te hago y la única que te quedará,
pues hace largo tiempo que no te regalo nada, con el fin de que cuanto
te he dado quede consumido ántes de mi muerte. Elena, no te prohibo que
busques tu dicha en una nueva union; lo que te ruego es que no
consientas que las miradas de tu esposo profanen los dones que debiste
á mi ternura; si algo me sobrevive, quémalo ó enciérralo en donde sola
tú puedas verlo.
En cuanto á este brazalete, continuó el Conde, el dia que te unas á
otro hombre entrégaselo á tu hijo, que lo guardará en memoria mia.
La Condesa no respondió más que con lágrimas; pero Gonzalo echó sobre
el brazalete una mirada ardiente y sombría.
Dos dias despues murió el Conde, como habia predicho.