Siete años hace que pasó en Madrid, casi ignorado de todos, el terrible
drama que voy á referir.
La Condesa de M., viuda y riquísima, vivia á los 32 años con su hijo
Gonzalo, que iba á cumplir 16.
Madre é hijo se adoraban; pero la Condesa era aún jóven y necesitaba
otro amor que llenase su corazon.
Se habia casado á los 15 años con un anciano de cabellos de plata y
corazon de oro, que la habia hecho muy feliz enseñándola á vivir segun
su conciencia, despreciando las murmuraciones del mundo.
Ademas, la Condesa era italiana, y la libertad de costumbres en que se
habia criado hacía su carácter más independiente, su ternura más
expansiva y sus sentimientos ménos reprimidos de lo que generalmente se
ve en las mujeres del gran mundo.
En Italia se habia casado: en seguida vino á España, patria de su
esposo, y un año despues dió á luz á Gonzalo.
El Conde creyó volverse loco de alegría: viudo dos veces cuando casó
con Elena, habia renunciado á la ternura paterna y recibió á su hijo
como una flor enviada por Dios para perfumar su ancianidad.
La condesa Elena era casi una niña; el amor materno llenó enteramente
su corazon, y durante diez años nada echó de ménos sobre la tierra,
pasando su vida en acariciar á su hijo, y en prevenir todos los deseos
de su anciano esposo.
Éste empezó á decaer visiblemente; una enfermedad de consuncion, de
esas á las cuales la medicina no halla causa, se apoderó de él; feliz y
sonriendo veia demacrarse su cuerpo y caer sus cabellos blancos, y
léjos de amargarse su bondadoso carácter con la idea de su próximo fin,
solia decir que Dios, cansado de verlo ya en el mundo, lo llamaba á sí,
sin pena y sin dolor.