En todo lo cual, que dicho ha, parece cuán bien informado fué de los

que desta isla en la corte á la sazon se hallaron, y cuánto crédito

les dió al abatimiento é infamia destas gentes, que todo cuanto en

estos capítulos dijo lo fundó en la inhabilidad, y cuasi aniquilacion

de hombres, quitándoles todo cuasi el ser humano, nunca habiendo

visto indio alguno, más de la relacion de los seglares que morian por

matallos, chupándoles por sus codicias la sangre, no curando de se

informar del padre fray Antonio Montesino, á quien debiera dar más

crédito, como á hombre religioso y letrado, y cognoscido en el reino

por tal, y de su Órden, que cognoscia los indios é iba de acá, y que no

pretendia interese temporal alguno, más de volver y defender aquestas

gentes inocentes, de todos desmamparadas, y de todos destruidas y

consumidas, sólo por la excesiva y ardiente llama del ambicion y

codicia de los de nuestra nacion, ántes buscó soluciones frívolas para

responder á las razones y auctoridades que el dicho padre fray Antonio

alegaba, y defender su error, concebido solamente de aquellos que en

cualquiera juicio meritísimamente fueran repelidos como capitales

enemigos, interesales, y lobos hambrientos despedazadores, con verdad

hablo, destas ovejas mansísimas, que, de tan inmenso número, habian

destruido y disminuido. Fuera bien preguntar á aquel padre, y yo se

lo preguntara cuando lo cognoscí despues, si supiera que tal parecer

habia dado, si los insulares de Inglaterra, y de Sicilia, y de Candía,

ó los más cercanos de España, los baleares, ó mallorquinos, fuera bien

repartillos entre otras gentes, porque la luna señorea las aguas.

Item, los de Normandía y parte del Delfinado, si los repartieron como

atajos de ganados, por razon de predicarles la fe ó poner en policía,

y otras virtudes dotarlos. No imaginó aquel padre, sino que las gentes

desta isla debian ser algunas manadas de salvajes de hasta 3 ó 4.000,

como ganado en alguna dehesa, que se podian repartir entre algunas

buenas personas para que las enseñasen, y de la vida salvaje reducillos

á vida y costumbres más urbanas; y si él no fuera tan crédulo á los

seglares, y cegarse ó cerrarse con sólo aquello que les referian, en

lo cual debiera estar recatado y sospechoso si á aquellos les iba

en lo que decian algo, debiera de interrogar (pues que la cosa era

de tan gran importancia, y á dar parecer sobre lo que no sabia se

determinaba), cuántas gentes habia en esta isla, y si tenian pueblos y

quien los rigiese y gobernase, y si vivian en paz, y si comian ó morian

de hambre, ó si vinieron los españoles á hartallos, y haciendo esta

inquisicion, hallara que en esta isla habia sobre tres ó cuatro cuentos

de ánimas, que tenian sus pueblos y poblaciones ordenadas, como habia

cinco Reyes, y cinco reinos principales, y otros infinitos señores que

á aquellos obedecian, la abundancia de los mantenimientos y las grandes

labranzas, con las cuales infinitas veces hartaron las hambres y dieron

las vidas á los holgazanes españoles, que de ociosos y holgazanes

los infamaron, como todo lo dicho queda en los libros superiores

asaz probado y declarado. Y cosa es ésta maravillosa, y con verdad

hablo, que ninguna gente del mundo jamás se vió tan ociosa, inútil,

ni holgazana, que los españoles que á esta isla vinieron y vienen,

y á todas estas partes, y que del vicio pestilencial que ellos son

maculados y señoreados, hayan tan falsamente y tan perniciosa á estas

gentes infamado. Estas gentes, como no pretendian más de naturalmente

vivir y sustentarse y no atesorar, lo que la perfeccion evangélica

reprueba y daña, y las tierras tenian tan felices y abundantes, que con

muy poco trabajo, todo lo necesario alcanzaban, todo el demas tiempo

en sus cazas, y pesquerías, y sus fiestas y bailes, y en ejercicios de

sus manos, en cosas que hacian harto delicadas, careciendo de hierro

y instrumentos, como en el primero libro, pero más largo y muy claro

en nuestra Historia apologética demostramos, se ocupaban, y así no

estaban del todo ociosos mano sobre mano; tenian tambien sus guerras

de cuando en cuando, unas provincias ó reinos con otros, sobre algunas

causas. Concedemos que, segun la diligencia y solicitud ferviente,

y infatigable cuidado que nosotros tenemos de atesorar riquezas, y

amontonar bienes temporales por nuestra innata ambicion y codicia

insaciable, que podrán ser aquestas gentes por ociosas juzgadas,

pero no segun la razon natural y la misma ley divina y perfeccion

evangélica, que, como dije, la parcidad y contentamiento, con sólo lo

necesario, destas gentes aprueba y loa, y nuestra ánsia y demasiada

soberbia, solicitud y codicia detesta, y da por condenada; y como á

gente acostumbrada á poco trabajar, por las razones dichas, viviendo

en abundancia, sobrevino tanta priesa y tanto cuidado de los españoles

por ser ricos, á lo cual se siguieron los intolerables trabajos como se

pasan en sacar oro, que son trabajos infernales, y los indios fuesen

forzados á pasar de un extremo á otro, juzgue quien quiera que sea,

si tuvieron razon de sentir los trabajos y tenerse por agraviados,

por lo cual se huian á los montes, como el buey ó la res huye de la

carnicería por instinto natural, cuanto más los hombres racionales que

habian experimentado su reposo, y trabajo para sí moderado, siendo

señores de sí mismos y de sus casas, y se vian puestos en tantos

tormentos y amarguras, de la vida pasada tan exorbitantes, y morir

para provecho de aquellos que cognoscian no tener otro fin, sino, por

haber oro, consumillos, gastallos y acaballos, y de aquesta huida de

aquella vida infernal y desesperada, nació y tomaron los españoles

su principio para de ociosos y holgazanes infamallos. Y porque se

conozca claro si tuvieron causa y razon de huir á los montes, é si

pudieran meterse debajo de la tierra y dentro de sus entrañas, y no

parezca que encarecer tanto los trabajos de las minas es cosa fingida

y demasiadamente exagerada, quiero traer aquí lo que dice Diódoro,

antiguo historiador y de mucho crédito entre los antiguos, de los

trabajos que trae consigo el oficio de sacar el oro, puesto que en

el libro II, cap. 3.º, queda tambien relatado. Cuenta en el libro

IV, cap. 2.º, que los Reyes de Egipto á todos los que cometian crímen

alguno digno de muerte, y á los enemigos que prendian en las guerras,

y á los que calumniaban falsamente á otros, y á los que, por ira del

Rey, eran condenados á cárcel, por pena los echaban á las minas á sacar

oro; á estos, porque por los trabajos intolerables no se huyesen, los

echaban en hierros, y poníanles soldados de diversas lenguas, que

con suma diligencia los guardaban, para que, no entendiéndose, unos

con otros no hablasen, y así no cobrasen amistad con alguno, y por

ruegos, ó por amor, ó compasion lo soltasen, á los cuales se daba

tanta priesa y tan importuno trabajo, que de noche ni de dia no se les

daba chica ni grande holganza. Sobre los trabajos añidíanles injurias,

afrentas, azotes y palos; allí no perdonaban á viejos, ni á mujeres,

ni á muchachos, y á niño y á cada uno daban su oficio, unos cavaban,

otros molian las piedras que suelen estar con el oro entrañadas.

Andaban todos desnudos sin tener con que sus partes secretas se

tapasen, todos sucios y enlodados, tanto, que ninguno los via, que

tuviese alguna parte de humanidad, que de tanta calamidad no hobiese

lástima, porque ninguna piedad, ningun descanso, ninguna holganza se

les daba, que fuese viejo, que estuviese enfermo, que la fiebre ó otro

dolor y mal le fatigase, fuese mujer ó hombre, con carnes ó flaco,

ninguna misericordia con ellos se usaba, ántes con palos y azotes al

continuo trabajo eran forzados, hasta que de flaqueza y angustia los

desventurados echaban el ánima; muchos, por temor de vivir vida tan

amarga, escogian la muerte por más descanso, y así se mataban. Así lo

dice Diódoro: _Ægipti enim reges crimine damnatos, omnes ac ex hostibus

captos, insuper ob aliquam falsam calumniam aut regum iram in carcerem

detrusos, auro effodiendo deputant, simul sumpta facinorum pæna, et

magno quæstu ex eorum labore percepto, illi compedibus vincti, magnus

hominum numerus absque ulla intermissione die nocteque exercentur,

nulla neque requies concesa; omnique ablata fugiendi facultate, nam

barbari milites diversa invicem lingua, eorum custodiæ præsunt, quorum

nullus sermonis comercio sublato aut precibus aut amore potest

corrumpi._ Et infra: _Ab hoc labore nunquam conquiescunt, contumeliis

verberibusque ad continuum opus coacti._ Et parum infra: _Omnibus

horum corporis illuvies neque veste ulla operiente pudenda, nemo est

quin eo aspectu fedo tetroque motus, tantæ misereatur calamitatis.

Sed nulla pietas, nulla requies, nulla venia illis datur, sive æger,

sive febricosus, sive senes, sive feminæ debiles fuerint, sed plagis

omnes ad continuum opus coguntur quoad miseri ex debilitate deficiant.

Sunt qui timore futuræ vitæ, quæ presenti putant pena deteriorem,

mortem vitæ preferant._ Y porque más copiosamente se pruebe qué vida

y descanso suceda el oficio de sacar oro á los que lo sacan, quiero

tambien traer aquí lo que el mismo Diódoro, libro VI, cap. 9.º, refiere

que con esta obra y ejercicio padeció España. Despues que los romanos

sojuzgaron á España, los italianos, con ánsia de se enriquecer, como

lo hicieron, entrar en la misma granjería acordaron; compraron gran

copia de esclavos españoles que habian captivado los romanos, y

metiéronlos en las minas de oro y plata; los esclavos que en aquellas

minas trabajaban traian á sus señores grande ganancia, mas como de dia

y de noche ocupados estuviesen en los trabajos, muchos morian por el

demasiado y excesivo trabajo, como quiera que ninguna holganza se les

daba, ántes, con azotes y palos, al continuo ejercicio los forzaban,

y muy raros eran los que vivian vida larga, sino eran los que de

fuerzas y vigor del ánimo hacian á los otros alguna ventaja, á los

cuales, empero, la muerte, mucho más que la vida, por la grandeza de la

miseria, era deseada. _Postea cum Romani Iberiam subegissent, Italici,

qui lucri cupiditate id sibi opus sumpsere, maxime ex eo ditati sunt;

emptam enim servorum copiam ad effodienda metalla deputant, qui variis

locis metallorum venas scructati._ Et infra: _Servi qui ad hæc metalla

deputati sunt, incredibilem quæstum afferunt dominis, verum cum die

noctuque in labore perseverent, multi ex nimio labore moriuntur,

cum nulla eis ab opere detur requies, aut laboris intermissio, sed

verberibus ad continuum opus coacti, raro diutius vivunt. Robustiori

quidam corpore et animi vigore, plurimum temporis in ea versantur

calamitate, quibus tamen ob miseriæ magnitudinem mors est vita

optabilior._ Yo digo verdad, como cristiano, que lo mismo que Diódoro

dice en estos dos ambos lugares, sin alguna cosa faltar, se cumplió y

cumplia en las gentes desta isla que traian los españoles en las minas,

y así, porque huian desta pestilente calamidad, decian los españoles

que de haraganes y ociosos lo hacian; y ésto entendió y creyó el padre

fray Bernardo dellos mismos, más de lo que debiera, y por eso trabaja

en su parecer dar remedio para que no estén ociosos los indios.

CAPÍTULO XI.

Debiera tambien considerar el padre fray Bernardo, habiendo primero

hecho la dicha indagacion é interrogacion, que pues tenian sus pueblos

y grandes poblaciones, y tenian sus Reyes y señores muy grandes, y de

grande tierra, y gentes y señorío, y vivian en paz, y tenian tanta

abundancia de provisiones, y cada uno estaba contento con lo suyo, que

aquesto era señal de guardarse entre ellos justicia, porque la paz y

sosiego de los pueblos, y vivir cada uno seguro, y ser señor de lo

suyo, donde concurre multitud de gente, no suele conseguirse sino donde

hay órden y justicia, segun el Filósofo, y tambien Sant Agustin lo

afirma y es claro de sí. Pues donde hay Reyes y señores, y obediencia

grande á ellos, y hay órden, justicia y paz, y cada uno está en su

casa seguro, contento con lo que tiene, y ésto tiene en abundancia

para sustentar la naturaleza humana, y cada dia crece la gente, como

estas naciones crecian en inmenso, y las vimos con nuestros ojos ser

sin número, no debia ser desordenada ni mala su policía; y si contenia

su policía todas las partes que están dichas, como es verísimo y fué

manifestísimo, y á una voz todos lo confiesan, muertos y vivos, que

ninguno lo niega, áun los que no lo vieron, por ser cosa manifestísima,

despues áun de asolada esta isla, no tenian falta de entendimiento,

ni por consiguiente eran siervos por natura por ello, y tampoco por

la naturaleza de la tierra, ni por el aspecto del cielo, como los

destruidores dellos levantaron, y el padre fray Bernardo, dándoles

algun crédito, en su proposicion segunda dice; y fué harto demasiado,

y temerario en lo que en la postrera solucion que dió, dijo, afirmándo

lo que nunca vido ni supo, conviene á saber, que osaba decir haber en

los indios tan pequeña dispusicion de naturaleza, que, para traerlos á

la fe y buenas costumbres, era menester tomar mucho trabajo, por estar

en tan remota dispusicion. Mala, y no prudentemente dicho; y bien dijo

que osaba decir, porque osar decir es atreverse, y el atrevimiento

importa vicio digno de reprension, donde parece cuánto crédito dió á

los capitales enemigos de los indios. Esto es verdad, cierto, que tanto

entendimiento y capacidad tenian las gentes desta isla, cuanto les era

necesario para regirse y bien regirse, así los particulares vecinos

para regir sus casas, como los Reyes y señores para gobernar sus

pueblos, repúblicas, reinos y señorios, cuanto sin fe y cognoscimiento

del verdadero Dios se pudo hallar entre otras muchas naciones, en lo

cual, á muchas otras excedieron; y si fuéramos nosotros tan dichosos,

que, como Dios nos dió noticia dellos para que á ellos y á nosotros

salvásemos, los instruyéramos segun cristianos debiamos, por su buena

innata y natural complexion é inclinacion, en cristiandad y virtudes

morales, y pacífica, y ordenada policía, hicieran ventaja á muchas

gentes del mundo, pero, por nuestros grandes pecados de ambicion,

crueldad y cudicia, no fuimos dignos. Faltó tambien el dicho padre fray

Bernardo en no considerar que, pues aquestas gentes tenian sus Reyes y

señores, ¿con qué derecho y con qué conciencia podian ser despojados

de sus estados y señoríos? lo cual supone en su tercera proposicion,

no haciendo mencion alguna dellos, sino llamando Príncipe que era el

rey de Castilla, tratando de los tributos; y aunque confesamos que el

rey de Castilla y Leon, por la concesion de la Sede apostólica, para

fin de convertir aquestas gentes es Príncipe soberano en todo aqueste

orbe, pero no por eso se sigue que sean privados de sus estados y

señoríos los Reyes y señores naturales destas gentes, porque ésto

seria desbaratar todas las policías humanas, y escandalizar y turbar

el mundo, y así contra ley natural y divina, como en nuestro libro,

_De unico trahendi modo universas gentes ad veram religiones_, habemos

evidentemente probado y declarado; y la ignorancia ha hecho caer en

grandes y perniciosos errores á muchos, y no se escapó dellos el padre

fray Bernardo, y así debiera de hacer cuenta de los señores naturales,

cuando hablaba de dar tributo al Príncipe. Erró tambien no ménos en

decir que los indios eran obligados á dar servicios personales al

Rey, suponiendo una cosa falsa, que estas gentes no tenian riquezas

naturales. Manifiesto es que las riquezas naturales, segun el Filósofo

en su libro de la Política, no son otra cosa sino las labranzas y

frutos que dá la tierra, con que naturalmente, sin oro y sin plata,

nos sustentamos y vivimos, y destas, más ricos los hallamos y eran,

que otras muchas naciones, por la abundancia que de labranzas y

mantenimientos tenian, como ya queda probado y muchas veces dicho, y

bastaba dar destas por tributos al Rey, segun el padre fray Bernardo

dice deber al Príncipe. De las artificiales riquezas, que son oro y

plata, ni las tenian ni eran dignas de ser tenidas, pues la perficcion

evangélica, y áun la verdadera y natural filosofía, las estima por

estiércol, y por tanto no se les puede dar á estas gentes carecer

dellas por vicio; y bastábales, y áun sobrábales, para cumplir con el

Príncipe, tener en sus tierras muy ricas minas, y dar lugar y conceder

el Rey, en cuya tierra y señorío estaban las minas, que si el Príncipe

queria allegar muchas artificiales riquezas, enviase gente de Castilla

que las cavase y sacase de las minas, porque ni por la concesion

apostólica perdieron los Reyes las minas, ni cosa alguna de las que

justamente dentro de sus reinos y provincias poseian. Y más añidimos,

que los súbditos indios de los Reyes naturales desta isla, ni de las

demas, no eran obligados á dar tributo cada uno al rey de Castilla, su

Principe, sino los Reyes naturales bastaba que diesen ciertas parias,

ó ciertas joyas, ó otras cosas, por chicas y de poco valor que fuesen,

para en recognoscimiento de su universal señorío; y con ceder ó abrir

mano de las minas y las salinas, y otros derechos generales que parece

ser derechos reales del Príncipe, habian mucho más de lo que debian

con el Príncipe cumplido: y esta algarabía, no le ocurrió al padre

fray Bernardo en aquellos dias. Y lo que no carece de gran sospecha,

que quisiese aquel padre agradar al Rey más de lo que debia, es lo

que concluyó en su proposicion tercera, que pues los indios no tenian

riquezas naturales ni artificiales, que el servicio que debian dar era

con las personas en aquello, en las cosas que más convinientes fuesen

á su Rey y señor; palabra inícua y horrible, dentro de la cual estuvo

incluido para estas gentes el cruel cuchillo, el cual al cabo los

degolló y consumió á todos, como se ha visto, porque allí parece dar á

entender que los podia echar á las minas, como parecerá despues en las

leyes que por este parecer y por otros semejantes se hicieron. Faltóle

otra consideracion al dicho padre fray Bernardo, y hizo no chica

ceguera y gravísimo error en la quinta proposicion, diciendo que era

lícito al Rey repartir los indios entre los fieles de buena conciencia,

para evitar que los indios no estuviesen ociosos, y aquellos fieles

tuviesen cargo de los ocupar y de enseñallos en las cosas de la fe, y

en las otras virtudes. Ya dije arriba que debia pensar aquel padre que

los indios desta isla debian ser cuales que 3 ó 4.000 descarriados,

como los ganados del campo, porque si toda España viniera acá para

que se les repartieran los indios, era poca segun el infinito número

habia de gente en esta isla; y agora digo, que debia tambien pensar

que los españoles que acá pasaron y pasan eran y son ermitaños, y que

venian y vienen por acá para dejar el mundo y recogerse á vivir por

las montañas. Y cuánto en aquella quinta proposicion haya errado aquel

padre, parece, lo primero por lo que acaba agora de decir; lo segundo,

en contradecirse diciendo arriba, en la segunda proposicion, que no

halla por qué los indios son siervos por ninguna razon de servidumbre

civil, sino libres, y que como súbditos y vasallos los debia tener y

estimar el Rey, y en la quinta los hace todos esclavos, diciendo que

los deben repartir, porque, ¿qué libertad pueden tener los hombres

repartidos, subjectos noches y dias al mando y voluntad de otro

inmediato, y que siempre tienen sobre sí, el cual los ha de ocupar en

trabajos continuos, y mayormente los trabajos mortíferos de las minas?

Item, si siempre habian de estar subjectos á la voluntad de aquellos

á quienes fuesen repartidos y ocupados, poniéndolos en los dichos

trabajos, ¿cómo dice en la sétima, que el Rey debe mandar que tengan

propia hacienda y casas, é imponerlos en policía? Y ¿qué policía se

puede poner á los hombres repartidos de 20 en 20, y 30 en 30, y 50 en

50, como se hizo? Y si Dios les hizo merced de traerlos al servicio

de Su Alteza, como dice, ¿cómo se les puede dar á sentir que no son

siervos, sino libres debajo del yugo de Jesucristo, sacándolos de sus

tierras, pueblos y casas, quitándoles sus naturales señores, y viéndose

repartidos y forzados á servir en los trabajos que se han dicho, y áun

llevando un español los padres, y otros las mujeres, y otro los hijos,

como acaecia cada dia? Parece, cierto, quimera, lo que aquel padre fray

Bernardo en su parecer dijo. Mas lo tercero, se muestra su error en

aquella su quinta proposicion, en que hacia á los seglares apóstoles y

doctores de los indios; veamos, ¿son indóneos predicadores de infieles,

que han de ser enseñados desde los primeros rudimientos y principios de

la fe, y que hablan su lengua oscurísima y distintísima de todas las

que en el mundo ha habido, y que para sabella y penetralla se requiere,

como es necesario para predicalles la fe, no tener otro negocio y

emplear en ello toda su vida, los seglares que vienen rabiando y

hirviendo en cudicia de ser ricos, y los más, quizá, pospuesta toda

razon y toda ley, con propósito de haber lo que desean, sin diferencia

de lugar ni de persona, ni de modo, sino como lo pudieren haber? Item,

¿son idóneos predicadores los seglares, ya que las lenguas y lo demas

tuviesen, y á sola la conversion destas gentes, de Castilla viniesen,

que por la mayor parte ni saben el credo, ni los mandamientos, ni lo

que para su salvacion necesario les es? Más, ¿son idóneos apóstoles

y doctores de las gentes simplicísimas, infieles, que por la mayor

parte, al ménos los destas islas, vivian segun la ley natural, los

seglares que, por la mayor parte, y sacando muy poquitos, y quizá no de

ciento uno, vimos vivir vida profanísima y llena de todas maneras de

vicios, que los aires, cuanto más los simples ánimos y costumbres de

los infieles, que eran como tablas rasas, para pintar en ellos lo que

quisiéremos, corrompian? Y esto es verdad, que acaecia decir el indio,

«pese á tal,» y reprendelle alguna persona que lo oia, y responder el

indio: «¿pues ésto es malo? ¿no lo dicen los cristianos?»; y así de

los otros malos ejemplos y vicios. De aquí es el grande engaño que

los Reyes, entre otros, rescibieron, y tambien los letrados que en la

junta primera, que arriba se dijo, se ayuntaron, que determinaban,

que, para ser los indios más presto cristianos, se diese manera para

que siempre tuviesen con los españoles conversacion. Esto es verdad,

que segun lo que en aquellos tiempos por nuestros ojos vimos, y lo que

despues por muchos años habemos experimentado, que se debe tener por

regla cierta moral, que para que los indios de todas estas Indias sean

cristianos, es necesario que nunca tuviesen conversacion, ni viesen,

si posible fuese, á ninguno de todos ellos, por la corrupcion que con

sus malos ejemplos les causan; y escriptóseme há por persona religiosa,

prudente y letrado, y bien experimentado, que tiene por cierto que el

mayor milagro que Dios en aquellas tierras hace, es que los indios

crean y resciban nuestra fe, viendo las obras de los nuestros viejos

cristianos: y así, parece la ceguedad de aquel padre, que hacia

apóstoles de los indios, repartidos entre ellos, á los seglares. Lo

cuarto, parece su yerro no por ambajes, porque para que alguna ley

se instituya y ponga á los hombres, en ellos dos condiciones son

necesarias; la una, que sea pueblo ayuntado, porque la ley es precepto

comun, y que para el bien comun es ordenado; la otra, que los hombres

vecinos del pueblo tengan libertad con efecto, y no de palabras, porque

los siervos, como estén á mando y disposicion de otro, no son parte de

pueblo ni de ciudad á quien la ley comun se deba de dar, como prueba

el Filósofo en el tercero de su «Política»; y por esta causa no dió

Dios la Ley vieja en tiempo de Abraham, porque no era pueblo, ni en

tiempo de la captividad de Egipto, aunque los hebreos habian en inmenso

multiplicádose; pero dióseles cuando era pueblo, y salidos de Egipto,

donde gozaron de su libertad. Nunca hobo religion en el mundo, ni ley

se dió á gente alguna, que tanto requiriese ser pueblo y gozar de

libertad los que la han de recebir, como la religion cristiana y Ley

evangélica, por el ejercicio frecuente, activo y pasivo de los Sanctos

Sacramentos, en los cuales siempre se han de ocupar; y así al propósito

parece, que si halláramos estas gentes desparcidas como vacas por

los campos, para instruillas en la fe y dalles la ley de Cristo era

necesario que los juntáramos y hiciéramos pueblos dellos, como ellos

estaban, y si fueran todos esclavos, los habiamos de poner en libertad;

pero no lo hicimos así, ántes, hallándolos en pueblos y poblaciones

grandes, viviendo en policía y ordenados, los desparcimos, haciendo

á ellos manadas como de ganados, repartiéndolos, á uno 20, y á otro

30, etc., como dejamos probado. Hallámoslos en grande y conveniente

sosiego y libertad, subjectámoslos, hechos, cierto, mucho más captivos

que jamás fueron esclavos; y á este fin se ordenó el parecer que tan

inconsideradamente dió aquel padre, por no acertar en la teología y áun

filosofía moral, clara y razonable, que hallára en Sancto Tomás, _Prima

secundæ, quæst._ 98, art. 6.º, y en la tercera parte, _quæst._ 70, si

la buscara.

CAPÍTULO XII.

Historia de las Indias (vol. 3 de 5) · 第 31 / 37 段