á los Reyes daba, de los agravios que decia haber recibido del
comendador Bobadilla, pidiendo justicia, y cosas que, para imputarle
culpas, delante los Reyes alegaba, y por otras razones que á los
Reyes movieron, determinaron Sus Altezas de proveer y enviar nuevo
Gobernador á esta isla Española; y, por consiguiente, lo era entónces,
gobernándola, de todas las Indias, porque hasta entónces, y despues
algunos años, ninguno habia otro en isla ni tierra firme, ni parte
otra de todas ellas. Este fué don fray Nicolás de Ovando, de la órden
de Alcántara, que á la sazon era Comendador de Lares; despues, algunos
años, vacó en Castilla la Encomienda mayor de Alcántara, estando él
acá gobernando, y le hicieron merced los Reyes de la dicha Encomienda
mayor, enviándole acá su título, y dende adelante le llamamos el
Comendador mayor, como de ántes Comendador de Lares. Este caballero era
varon prudentísimo y digno de gobernar mucha gente, pero no indios,
porque, con su gobernacion, inestimables daños, como abajo parecerá,
les hizo. Era mediano de cuerpo, y la barba muy rubia ó bermeja, tenia
y mostraba grande autoridad, amigo de justicia; era honestísimo en su
persona en obras y palabras, de cudicia y avaricia muy grande enemigo,
y no pareció faltarle humildad, que es esmalte de las virtudes; y,
dejado que lo mostraba en todos sus actos exteriores, en el regimiento
de su casa, en su comer y vestir, hablas familiares y públicas,
guardando siempre su gravedad y autoridad, mostrólo asimismo, en que
despues que le trajeron la Encomienda mayor, nunca jamás consintió que
le dijese alguno señoría. Todas estas partes de virtud y virtudes,
sin duda ninguna, en él cognoscimos. Este tal varon, pues, los Reyes
católicos acordaron enviar y enviaron por Gobernador á esta isla é
Indias, con largas provisiones é instrucciones para todo lo que habia
de hacer, señalándole dos años que durase su gobernacion. Diéronle
poder para que tomase residencia al comendador fray Francisco de
Bobadilla, y examinase las causas del levantamiento de Francisco Roldan
y sus secuaces, y los delitos que habian hecho; item, las culpas de
que era notado el Almirante, y la causa de su prision, y que todo á la
corte lo enviase. Entre otras cláusulas de sus instrucciones fué una
muy principal, y muy encargada y mandada, conviene á saber, que todos
los indios vecinos y moradores desta isla fuesen libres y no sujetos á
servidumbre, ni molestados ni agraviados de alguno, sino que viviesen
como vasallos libres, gobernados y conservados en justicia, como lo
eran los vasallos de los reinos de Castilla, y mandándole asimismo, que
diese órden, como en nuestra sancta fe católica fuesen instruidos; y
cerca deste cuidado, del buen tratamiento y conversion destas gentes,
siempre fué la bienaventurada Reina muy solícita. Trujo consigo por
Alcalde mayor un caballero de Salamanca y licenciado, llamado Alonso
Maldonado, persona muy honrada, prudente y amigo de hacer justicia, y
humano. Despacharon este Gobernador los Reyes de la ciudad de Granada,
donde la corte á la sazon estaba. Hízose una flota de 32 naos y
navíos, entre chicos y grandes; la gente que se embarcó, llegaron á
2.500 hombres, muchos, entre ellos, y los más, eran personas nobles,
caballeros y principales. Vino Antonio de Torres, hermano del ama del
príncipe D. Juan, de quien arriba hemos hablado, por Capitan general,
el cual habia de venir é ir siempre por Capitan de todas las flotas.
Vinieron con él 12 frailes de Sant Francisco, personas religiosas, y
trajeron un Prelado, llamado fray Alonso del Espinal, varon religioso
y persona venerable, y entónces vino acá la órden de Sant Francisco
para poblar de propósito. Partió de Sant Lúcar á 13 dias de Febrero,
primer domingo de Cuaresma, entrante año de 1502. Desde á ocho dias,
que fué domingo segundo de Cuaresma, ya que quedaba poca mar de andar
para llegar á las islas de Canaria, comenzó á venir un vendabal, que es
viento Austro ó del Austro colateral, tan recio y desaforado, que causó
tan grande tormenta en la mar, que ninguno de todos 32 navíos pensó
escapar. Perdióse allí entónces una nao grande con 120 pasajeros, sin
los marineros, segun creo llamada la _Rábida_. Todos los 31 navíos se
desparcieron sin parar uno con otro, alijando, que es echando á la mar
toda cuanta ropa, vino y agua llevaban encima de cubierta, por escapar
las vidas, y unas fueron á Berbería y cabo de Aguer, que es tierra
de moros vecina de las Canarias, otras á una isla dellas, Tenerife,
Lanzarote, La Gomera y Gran Canaria, cada uno donde mejor guiarse pudo.
Y porque acaeció salir de Canaria dos carabelas cargadas de azúcar y
otras cosas, y perderse, y como la misma tormenta echó toda la cajería
y maderas y pipas dellas, y de la nao _Rábida_, á la costa ó ribera
de Cáliz y de los otros marítimos lugares, todos creyeron que toda la
flota era ya perdida y sumida en el agua, segun la fuerza del viento
y braveza de la mar. Van las nuevas luego á los Reyes, á Granada; fué
inextimable el dolor que en oirlo recibieron, y pesar; supimos que
habian estado ocho dias retraidos, sin que hombre los viese ni hablase.
Finalmente plugo á Dios, que, á cabo de grandes peligros y trabajos,
escaparon, y se juntaron todos 31 navíos en la isla de la Gomera;
tomó en Gran Canaria otro navío para la gente que de allí quiso acá
venir, no me acuerdo por qué otras causas. Allí dividió la flota en
dos partes, porque algunos dellos andaban muy poco, y escogió los 15 ó
16 más veleros para que fuesen consigo, y los demas llevase Antonio de
Torres. Llegó á esta isla, y entró en este puerto de Sancto Domingo, á
15 dias de Abril; Antonio de Torres, con la otra media flota, despues,
doce ó quince dias, así como el Comendador mayor con su media flota,
entró por este rio y echaron anclas los navíos. La gente española y
vecinos desta ciudad, que entónces era villa y estaba de la otra parte
del rio, allegáronse á la ribera con grande alegría. Viendo los de
tierra y conociendo á los que venian, algunos de los que habian estado
acá, preguntaban estos por nuevas de la tierra, y aquellos por nuevas
de Castilla, y por quién á gobernar venia; los que venian respondian
que buenas nuevas, y que los Reyes enviaban por su Gobernador destas
Indias al Comendador de Lares, de la órden de Alcántara, y que quedaba
buena Castilla; los de tierra decian, que la isla estaba muy buena,
y, dando razon de su bondad y regocijo, añidian el por qué, conviene
á saber, porque habia mucho oro, y se habia sacado un grano sólo que
pesaba tantos mil pesos de oro, y porque se habian alzado ciertos
indios de cierta provincia, donde captivarian muchos esclavos. Yo lo
oí por mis oidos mismos, porque yo vine aquel viaje con el Comendador
de Lares á esta isla, por manera que daban por buenas nuevas y materia
de alegría, estar indios alzados, para poderles hacer guerra, y, por
consiguiente, captivar indios para los enviar á vender á Castilla, por
esclavos. Abajo se dirá, placiendo á Dios, por qué se alzaron, y la
guerra que, desde á pocos dias que llegamos, se les hizo. El grano que
dije, de que dieron nueva, fué cosa monstruosa en naturaleza, porque
nunca otra joya tal, que la naturaleza sola formase, vieron los vivos;
pesaba 35 libras, que valian 3.600 pesos de oro; cada peso era ó tenia
de valor 450 maravedís; era tan grande como una hogaza de Alcalá (que
hay en Sevilla, y de aquella hechura, que pesa tres libras), y yo lo
vide bien visto. Juzgaban que ternia de piedra, mezclada y abrazada con
el oro (la cual, sin duda, habia de ser por tiempo en oro convertida),
los 600 pesos, y porque la piedra que está entrejerida y abrazada con
el oro en los granos que se hallan, son como manchezuelas menudas,
cuasi todo el grano parece oro, aunque con cantidad de piedra: este,
cierto, era hermosísima pieza. Hallólo una india, desta manera,
conviene á saber: habia dado el comendador Bobadilla, Gobernador,
tan larga licencia á los españoles que se aprovechasen de los indios
y echasen á las minas, cada dos compañeros, sus cuadrillas de 15, y
20, y 30, y 40 indios, hombres y mujeres; Francisco de Garay é Miguel
Diaz (de quien algo se ha tocado, y abajo se dirá más, si á Dios
pluguiere), eran compañeros, y traian su cuadrilla ó cuadrillas en
las minas que dijimos Nuevas, porque se descubrieron despues de las
primeras, que llamaron por esto Viejas, de la otra parte del rio Hayna,
cuasi frontero, ocho leguas ó nueve, desta ciudad de Sancto Domingo;
una mañana, estando la gente almorzando, estaba una india de las de la
misma cuadrilla, sentada en un arroyo, comiendo, y descuidada, pensando
quizá en sus trabajos, captiverio y miseria, y daba con una vara, ó
quizá una barreta, ó almocafre, ó otra herramienta de hierro en la
tierra, no mirando lo que hacia, y, con los golpes que dió, comenzóse á
descubrir el grano de oro que decimos; la cual, bajando los ojos, vido
un poquito dél relucir, é, visto, de propósito descubre más, y, así
descubierto todo, llama al minero español, que era el verdugo que no
los dejaba resollar, y dícele: _ó cama guaxeri guariquen caona yari_.
_Ó cama_, dice oyes, _guaxeri_, señor, _guariquen_, mira ó ven á ver,
_yari_, el joyel ó piedra de oro; _caona_ llamaban al oro. Vino el
minero, y con los vecinos hacen grandes alegrías, quedando todos como
fuera de sí en ver joya tan nueva y admirable y tan rica; hicieron
fiesta asando un lechon ó cochino, lo cortaron y comieron en él,
loándose que comieron en plato de oro muy fino, que nunca otro tal lo
tuvo algun Rey. El Gobernador lo tomó para el Rey, dando lo que pesaba
y valia á los dos compañeros, Francisco de Garay y Miguel Diaz. Pero,
sin pecado, podemos presumir que á la triste india que lo descubrió,
por hallazgo no se le dieron de grana ni de seda faldrillas, y ¡ojalá
le hayan dado un sólo bocado del cochino!
CAPÍTULO IV.
Dejemos agora, llegado no más á esta isla Española, el Comendador de
Lares, y despues Mayor, y tornemos á tractar del principio de otros
nuevos trabajos que ocurrieron al Almirante. En este tiempo y año de
501, despues que los Reyes le mandaron soltar, y vino á la corte,
y lo recibieron benignísimamente, y le consolaron, y certificaron
su prision no haber procedido de su voluntad real, en especial, la
serenísima reina Doña Isabel, que era, como ya se ha dicho, la que
más lo favorecia y estimaba, porque mejor sentia, por ventura, que el
Rey, el servicio inextimable que les habia hecho en haber descubierto
este mundo de acá indiano; el Almirante, siempre les suplicaba que
le tornasen á restituir en su estado, guardándole sus privilegios de
las mercedes que le habian prometido, pues él habia cumplido lo que
prometió, y mucho más, sin comparacion, como era notorio, y no les
habia deservido por obra ni por voluntad, para que desmereciese y
hobiese de perder las mercedes prometidas, ántes, por su servicio,
habia sufrido en esta isla grandes angustias, tolerando y haciendo
comedimientos grandes con Francisco Roldan y los alzados, á los cuales
no dió causa ni ocasion para que le fuesen rebeldes, pues estando él
en su servicio en Castilla, y en el descubrimiento de la tierra firme,
se rebelaron á su hermano; y que no diesen lugar á los émulos que ante
Sus Altezas le calumniaban, y otras muchas razones que en favor de la
justicia que creia tener, alegaba. Item, que aunque ya era viejo, y muy
cansado de tan inmensos trabajos, todavía tenia propósito de gastar
la vida que le quedaba en descubrir, por su servicio, muchas otras
tierras más de las que habia descubierto, y que creia hallar estrecho
de mar en el paraje del puerto del Retrete, que agora es el Nombre
de Dios, por las cuales, sobre todos los reinos del mundo, fuesen los
más esclarecidos y ricos los de España. Los Reyes lo sustentaban con
benignas y dulces palabras, certificándole que tuviese por cierto
que sus previlegios y las mercedes en ellos contenidas, le serian
cumplidas, guardadas, y conservadas, y no sólo las prometidas, pero
de nuevo le serian aquellas confirmadas, y otras hechas y aumentadas.
Y porque mostraba querer ir á descubrir de nuevo, los Reyes se lo
agradecieron, y comenzaron á tratar dello y exhortalle que lo pusiese
por obra, entre tanto que el Comendador mayor la declaracion de las
cosas pasadas en esta isla enviaba, y que le mandarian dar todo
recaudo. Dió sus memoriales, pidió cuatro navíos y bastimentos para dos
años; fuéle todo concedido cuanto dijo serle necesario, prometiéndole
Sus Altezas, que si Dios dél algo en aquel viaje dispusiese, á que no
tornase, de restituir á su hijo el mayor, llamado D. Diego Colon, en
toda su honra y estado. Mandaron al Comendador de Lares que restituyese
al Almirante y á sus hermanos, todo el oro y joyas, y las haciendas
de ganados y bastimentos de pan y vino, y libros, y los vestidos y
atavíos de sus personas, que el comendador Bobadilla les habia tomado,
y que le acudiesen sus oficiales con el diezmo y ochavo del oro, y
de todas las otras ganancias y provechos, segun que sus privilegios
rezaban. Diéronle licencia para que en esta isla Española, tuviese una
persona que entendiese y tuviese cargo de su hacienda, y recibiese las
rentas y lo que hobiese de haber, conforme á sus privilegios, y que
estuviese presente, con el Veedor del Rey, en las fundiciones, para que
viese fundir y marcar el oro que della y de las otras islas y tierra
firme se fundiese y marcase, de todo lo cual rescibiese la décima
parte, y tambien asistiese, con el Factor del Rey, en las cosas de las
mercaderías, y negociacion y ganancias dellas, de las cuales habia de
llevar el Almirante la ochava parte. La persona que señaló el Almirante
para esto, y los Reyes admitieron, fué un caballero nombrado Alonso
Sanchez de Carvajal, creo que natural de Úbeda ó de Baeza. Sobre todas
estas cosas, hicieron los Reyes declaracion, por muchos capítulos, la
cual yo vide, mandando al Comendador de Lares, Gobernador, y Contador,
y Oficiales, y Justicias, y personas destas islas y tierra firme, que
la guardasen y cumpliesen como en ella se contenia, que es lo que
arriba, en suma, queda dicho. Allende la cual dicha declaracion y
mando, que fué hecha en la ciudad de Granada, á 27 dias de Setiembre de
501, mandaron despachar la siguiente Cédula:
«El Rey é la Reina: Comendador de Lares, nuestro Gobernador de las
Indias, Nos habemos mandado y declarado la órden que se ha de tener
en lo que se ha de hacer con don Cristóbal Colon, nuestro Almirante
del mar Océano y sus hermanos, cerca de las cosas que el comendador
Bobadilla les tomó, y sobre la forma que se ha de tener en el acudir al
dicho Almirante con la parte del diezmo y ochavo, que ha de haber de
los bienes muebles de las islas y tierra firme del dicho mar Océano,
y de las mercaderías que Nos de acá enviáremos, segun vereis por la
dicha nuestra declaracion y mandamiento, firmado de nuestros nombres,
que sobre ello les mandamos dar. Por ende vos mandamos que veais la
dicha declaracion, y, conforme á ella, les fagais entregar los dichos
sus bienes, y acudir al dicho Almirante con lo que le pertenece de
lo susodicho; por manera, que el dicho Almirante y sus hermanos, ó
quien su poder hobiere, sean de todo ello entregados, y si el oro y
otras cosas que así el dicho comendador Bobadilla les tomó, lo hobiere
gastado ó vendido, que se lo fagais luego pagar; lo que fuere gastado
en nuestro servicio se les pague de nuestra facienda, y lo que el dicho
comendador Bobadilla hobiere gastado en sus cosas propias, se les pague
de los bienes y facienda del dicho Comendador, y no fagades ende al.
Fecha en Granada, á 28 dias del mes de Setiembre de 1501 años.--Yo
el Rey.--Yo la Reina.--Por mandado del Rey é de la Reina, Gaspar de
Grisio.»
Despacharon finalmente los Reyes al Almirante, mandándole dar todas
las provisiones que para Sevilla y Cáliz eran necesarias para la
expedicion de su flota ó armada; salió con ellas de la ciudad de
Granada, en el mes de Octubre, para Sevilla, donde luego, con mucha
diligencia, entendió en su despacho. Compró cuatro navíos de gavia,
cuales convenian, el mayor no pasaba de 70 toneles, ni el menor de 50
bajaba; juntó 140 hombres, entre chicos y grandes, con los marineros
y hombres de tierra, entre los cuales fueron algunos de Sevilla;
llevó consigo á D. Bartolomé Colon, el Adelantado, su hermano. Toda
esta gente fué á sueldo de los Reyes, como habian venido, por la
mayor parte, los españoles primeros á esta isla. Proveyóse de muchos
bastimentos y de armas, y de toda manera de rescates. Desde Cáliz,
donde tenia los navíos y se aparejaba, ó quizá desde Sevilla, escribió
á los Reyes suplicándoles algunas cosas que le parecieron convenir
para su viaje, algunas, y otras que á él tocaban y á sus hijos y
hermanos. Una fué, que le diesen licencia para entrar en el puerto
desta isla Española, la cual, ántes les habia suplicado, por proveerse
allí de refresco y de cosas que suelen ocurrir, necesarias en todas
las navegaciones, por cortas que sean, cuanto más en viaje tan largo;
pero no se la quisieron dar, diciendo que porque no se detuviese,
sino que lo más presto que pudiese navegase. Pidió tambien tuviesen
por bien que llevase consigo á su hijo el menor, D. Hernando, el cual
era de trece años; concediéronselo de buen grado. Pidió eso mismo que
pudiese llevar dos ó tres hombres que supiesen arábigo, porque siempre
tuvo opinion, que pasada esta nuestra tierra firme, si estrecho de mar
hallase, que habia de topar gente del Gran Khan ó de otras que aquella
lengua ó algo della hablasen, y no era muy remota parte de providencia;
concediéronselo los Reyes, con que no se detuviese por buscallos ó
esperallos. Envió ciertos memoriales suplicando á los Reyes sobre sus
negocios y favor de sus hijos y de sus hermanos, porque si él muriese
los tuviesen por encomendados; á todas estas suplicaciones respondieron
los reyes Católicos con la siguiente Cédula, que fué la final cerca
deste viaje, y áun la postrera que de Sus Altezas rescibió:
«El Rey é la Reina: D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante de las islas
y tierra firme, que son en el mar Océano á la parte de las Indias.
Vimos vuestra letra de 26 de Febrero, y las que con ella enviastes y
los memoriales que nos distes, y á lo que decís que para este viaje á
que vais querríades pasar por la Española, ya os dijimos, que, porque
no es razon que para este viaje á que agora vais se pierda tiempo
alguno, en todo caso vais por este otro camino, que, á la vuelta, si os
pareciere que será necesario, podeis volver por allí de pasada, para
deteneros poco; porque, como veis, convendrá que vuelto vos del viaje
á que agora vais, seamos luego informados de vos en persona de todo lo
que en él hobiéredes hallado y hecho, para que, con vuestro parecer y
consejo, proveamos sobre ello lo que más cumpla á nuestro servicio,
y las cosas necesarias para el rescate de acá se provean. Aquí vos
enviamos la instruccion de lo que, placiendo á Nuestro Señor, habeis de
facer en este viaje, y á lo que decís de Portugal, Nos escrebimos sobre
ello al rey de Portugal, nuestro hijo, lo que conviene, y vos enviamos
aquí la Carta nuestra que decís, para su Capitan, en que le facemos
saber vuestra ida hácia el Poniente, y que habemos sabido su ida hácia
el Levante, que si en camino vos topáredes, vos trateis los unos á los
otros como amigos, y como es razon de se tractar Capitanes y gentes de
Reyes, entre quien hay tanto deudo, amor y amistad, diciendo que lo
mismo habemos mandado á vos; y procuraremos que el rey de Portugal,
nuestro hijo, escriba otra tal carta al dicho su Capitan, etc. (y,
pasados ciertos capítulos en respuestas de las cosas que arriba dijimos
quel Almirante suplicaba, dicen los Reyes abajo): Cuanto á lo otro
contenido en vuestros memoriales y letras, tocantes á vos y á vuestros
hijos y hermanos, porque, como vedes, á causa que Nos estamos en camino
y vos de partida, no se puede entender en ello hasta que paremos de
asiento en alguna parte, y si esto hobiésedes de esperar se perdería
el viaje á que agora vais, por esto es mejor, que, pues de todo lo
necesario para vuestro viaje estais despachado, vos partais luego sin
detenimiento alguno, y quede á vuestro hijo el cargo de solicitar lo
contenido en los dichos memoriales; y tened por cierto, que de vuestra
prision nos pesó mucho, y bien lo vistes vos y lo cognoscieron todos
claramente, pues que luego que lo supimos lo mandamos remediar, y
sabeis el favor con que vos habemos mandado tractar siempre, y agora
estamos mucho más en vos honrar y tractar muy bien, y las mercedes
que vos tenemos fechas vos serán guardadas enteramente, segun forma y
tenor de nuestros privilegios, que dellas teneis, sin ir en cosa contra
ellas, y vos y vuestros hijos gozareis dellas como es razon, y, si
necesario fuese confirmarlas de nuevo, las confirmaremos, y á vuestro
hijo mandaremos poner en la posesion de todo ello, y en más que esto
tenemos voluntad de vos honrar y facer mercedes, y de vuestros hijos
y hermanos Nos ternemos el cuidado que es razon, y todo esto se podrá
facer, yéndovos en buena hora, y quedando el cargo á vuestro hijo, como
está dicho; y así vos rogamos que en vuestra partida no haya dilacion.
De Valencia de la Torre, á 14 de Marzo de 502 años.--Yo el Rey.--Yo la
Reina.--Por mandado del Rey y de la Reina, Almazán.»
Ciertamente, para la alteza que tenian y acostumbrada gravedad y
autoridad de que los reyes de Castilla solian y suelen, con sus
súbditos, aunque sean los de mayores estados, usar, grande humanidad y
favores usaban con el Almirante, y no sin razon, pues nunca algun otro
tal servicio hizo, chico ni grande, á sus Reyes, jamás.
CAPÍTULO V.
Concluido todo lo que convenia para su despacho, y sus navíos bien
bastecidos y aparejados, hízose á la vela el Almirante con sus cuatro
navíos, á 9 dias del mes de Mayo de 1502 años, y, porque supo el
Almirante que habian los moros cercado y en gran estrecho puesto la
villa y fortaleza de Arcila, en allende, que tenian los portugueses,
acordó de ir á socorrella, porque viendo los moros cuatro navíos de
armada, podian creer que iba socorro de propósito para los hacer mal, y
así alzar el cerco; el cual llegó desde á dos ó tres dias, y halló que
ya eran descercados. Envió el Almirante al Adelantado, su hermano, y
á los Capitanes de los navíos con él, que fuesen á visitar en tierra,
de su parte, al Capitan de Arcila, que estaba herido de los moros, y
á ofrecerle todo lo que él podia de su armada. El Capitan le tuvo en
mucha merced la visita y ofrecimiento, y envió á visitalle y dalle las
gracias, con algunos caballeros que con él estaban, algunos de los
cuales eran deudos de Doña Felipa Moñiz, mujer que fué del Almirante,
en Portugal, como en el primer libro dijimos. Hízose aquel mismo dia
á la vela, y llegaron á la Gran Canaria en 20 del mismo mes de Mayo;
tomaron agua y leña, y, creo que á 25, alzaron las velas para su
viaje. Tuvieron muy próspero tiempo, de manera que sin tocar en las
velas vieron la isla que llamamos y se llama por los indios Matininó,
la última luenga, en 15 dias de Junio. Allí dejó el Almirante saltar
en tierra la gente, para que se refrescasen, y holgasen, y lavasen
sus paños, y cogiesen agua y leña á su placer, todo lo que desean en
largas navegaciones los mareantes; estuvieron allí tres dias, y de allí
partieron, yendo por entre muchas islas, harto frescas y señaladas,
como quien va por entre vergeles, aunque están unas de otras 5 y 6,
y 10 y 12 leguas desviadas. Y porque llevaba uno de los cuatro navíos
muy espacioso, así porque era mal velero que no tenia con los otros,
como porque le faltaba costado para sostener velas, que con un vaiven,
por liviano que fuese, metia el bordo debajo del agua, tuvo necesidad
de llegar á Sancto Domingo á trocar aquel con alguno de los de la
flota que habia llevado el Comendador mayor, ó comprar otro. Llegó á
este puerto de Sancto Domingo á 29 de Junio, y, estando cerca, envió
en una barca del un navío, al Capitan dél, llamado Pedro de Terreros,
que habia sido su Maestre-sala, á que dijese al Comendador de Lares
la necesidad que traia de dejar aquel navío, que tuviese por bien que
entrase con sus navíos en el puerto, y, no sólo por cambiar ó comprar
otro, pero por guarecerse de una gran tormenta, que tenia por cierto
que habia presto de venir. El Gobernador no quiso dalle lugar para
que en este rio y puerto entrase, y creo yo que así lo habia traido,
por mandado de los Reyes, porque en la verdad, estando áun allí el
comendador Bobadilla, de quien tantas quejas él tenia, y Francisco
Roldan y los que con él se le alzaron, y que tanto mal habian dicho
y escrito á los Reyes dél, y otras razones que se podian considerar,
y de donde pudieran nacer algunos y graves escándalos, y los Reyes
proveyeron en ello prudentísimamente, no dándole licencia para que
aquí entrase, y mandallo tambien al Comendador y Gobernador, que no
lo admitiese; y, que no se lo mandaran los Reyes, no admitiéndolo
él lo hiciera como prudente. Finalmente, viendo que no le dejaban
entrar, y sabiendo como la flota de las 32 naos, en que habia venido
el Comendador de Lares, estaba para se partir, envióle á decir que no
la dejase por aquellos ocho dias, porque tuviese por cierto que habia
de haber una grandísima tormenta, de la cual huyendo, él se iba á
meter en el primer puerto que más cerca hallase. Fuése á meter en el
puerto que llaman puerto Hermoso, 16 leguas deste de Sancto Domingo,
hácia el Poniente. El Comendador de Lares, no curó de creerlo, cuanto
á no dejar salir la flota, y los marineros y pilotos, desque oyeron
que aquello habia enviado á decir el Almirante, unos burlaron dello, y
quiza dél, otros lo tuvieron por adivino, otros, mofando, por profeta,
y así no curaron de se detener; pero luego se verá cómo les fué. Y
para esto, es aquí de saber, que no es menester ser el hombre profeta
ni adivino para saber algunas cosas por venir, que son efectos de
causas naturales, sino basta ser los hombres instructos y doctos en
filosofía natural, ó en las cosas que por la mayor parte suele acaecer
tener experiencia. De los primeros son los astrólogos, que dicen,
ántes muchos dias que acaezca, que ha haber eclipse, porque teniendo
ciencia de los cursos y movimientos de los cuerpos celestiales, que
son causas naturales de los eclipses, cognoscen que, de necesidad, de
aquellas causas han de proceder aquellos efectos, y así de otras muchas
cosas naturales, como que ha de haber en aquel año muchas lluvias, ó
sequedad, etc.; de los segundos son los marineros, y que han navegado
muchas veces, por las señales naturales que por la mar en el ponerse
ó salir el sol de una ó de otra color, en la mudanza de los vientos,
en el aspecto de la luna, que vieron y experimentaron muchas veces. Y
una señal muy eficaz de haber de venir tormenta, y que por maravilla
yerra, es cuando sobreaguan muchas toninas, que son, creo que, los
que llaman por otro nombre delfines, y los lobos marinos; y esta es
la más averiguada, porque andan por lo hondo buscando su comida, y la
tempestad de la mar se causa de cierta conmocion y movimientos que se
hace abajo en el profundo de la mar, en las arenas, por los vientos que
allá entran, y, como aquestas bestias lo sienten, van luego huyendo
con gran estruendo, de aquellos movimientos, arriba á la superficie
del agua, y á la orilla, y, si pudiesen, saldrian á tierra; y así,
dan cierta señal de que ha de venir tempestad por la causa que dello
sintieron. Y así, como el Almirante, destas causas y efectos y señales,
de haberlas visto infinitas veces, tuviese larguísima experiencia, pudo
cognoscer y tener por cierta la tormenta; y haber dicho verdad, y tener
dello buen cognoscimiento, pareció luego, desde á no muchas horas,
por sus efectos. Embarcóse el comendador Bobadilla y Francisco Roldan,
el alzado, con otros de su ralea, que tantos daños y escándalos habian
causado y hecho en esta isla; embarcáronse estos y mucha otra gente
en la nao _Capitana_, que era de las mejores de toda la flota, donde
iba Antonio de Torres, el hermano del ama del Príncipe, por Capitan
general. Metieron allí tambien, preso y con hierros, al rey Guarionex,
Rey y señor de la grande y real Vega, cuya injusticia que padeció
bastaba para que sucediera el mal viaje que les sucedió, sin que otra
se buscara, como en el primer libro declaramos, cap. 121. Metieron
en esta nao _Capitana_ 100.000 castellanos del Rey, con el grano que
dijimos, grande, de 3.600 pesos ó castellanos, y otros 100.000 de los
pasajeros que iban en la dicha nao. Estos 200.000 pesos, entonces,
más eran y más se estimaban, segun la penuria que habia entónces de
dinero en España, que agora se estiman y precian 2 millones, y áun, en
la verdad, más se hacia y proveia y sustentaba, en paz ó en guerra,
en aquellos tiempos con 200.000 castellanos, que agora con todas las
millonadas; y así les conviene, millonadas, porque son cuasi nada.
Así que salió por principio de Julio nuestra flota de 30 á 31 navíos,
aunque algunos dijeron que eran 28, entre chicos y grandes; y desde á
treinta ó cuarenta horas vino tan extraña tempestad y tan brava, que
muchos años habia que hombres, en la mar de España ni en otras mares,
tanta, ni tal, ni tan triste, habian experimentado. Perecieron con ella
las 20 velas ó naos, sin que hombre, chico ni grande, dellas escapase,
ni vivo ni muerto se hallase; y toda esta ciudad que estaba de la otra
banda del rio, como todas las casas eran de madera y paja, toda cayó en
el suelo, ó della muy gran parte; no parecia sino que todo el ejército
de los demonios se habian del infierno soltado. Al principio della,
con la gran escuridad, que llaman los marinos cerrazon, los navíos
del Almirante se apartaron los unos de los otros, y cada uno padeció
gran peligro, estimando de los otros que seria milagro si escapasen.
Finalmente, tornáronse á juntar en el dicho puerto Hermoso ó el de
Açua, que está de aquel cuatro ó cinco leguas; ó quizá alguna más; y
así escapó el Almirante y sus navíos, y los de la flota perecieron por
no creelle. Allí hobo fin el comendador Bobadilla, que envió en grillos
presos, al Almirante y á sus hermanos; allí se ahogó Francisco Roldan
y otros que fueron sus secuaces rebelándose, y que á las gentes desta
isla tanto vejaron y fatigaron; allí feneció el rey Guarionex, que,
gravísimos insultos, y violencias, daños y agravios habia rescibido
de los que se llamaban cristianos, y, sobre todos, la injusticia que
al presente padecia, privado de su reino, mujer é hijos, y casa,
llevándolo en hierros á España, sin culpa, sin razon y sin legítima
causa, que no fué otra cosa sino matallo mayormente siendo causa que
allí se ahogase. Allí se hundió todo aquel número de 200.000 pesos de
oro, con aquel monstruoso grano de oro, grande y admirable. Aqueste tan
gran juicio de Dios no curemos de escudriñallo, pues en el dia final
deste mundo nos será bien claro. En esta flota fué Rodrigo de Bastidas,
pero escapóse en un navío de los ocho ó seis que escaparon; y así erró
Gonzalo Hernandez de Oviedo, en el capítulo 8.º del lib. III de su
Historia, donde dijo que lo habia enviado preso el comendador Bobadilla
con el Almirante: yo sé que esto no es verdad.
CAPÍTULO VI.