El aspecto que ofrecía el teatro era animadísimo; estaba lleno de bote
en bote, y en la entrada general, en los pasillos se veía mucha gente
de pié, pugnando por sacar la cabeza ó meter un ojo entre un cuello
y una oreja. Los palcos descubiertos, llenos en su mayor parte de
señoras, parecían canastillas de flores, cuyos pétalos agitára una leve
brisa (hablo de los abanicos), y en donde zumban insectos mil. Solo
que como hay flores de delicado y fuerte perfume, flores que matan y
flores que consuelan, en las canastillas de nuestro teatro tambien
se aspiran perfumes parecidos, se oyen diálogos, conversaciones,
frases que pican ó corroen. Solo tres ó cuatro de los palcos estaban
aun vacíos apesar de lo avanzado de la hora; para las ocho y media
se había anunciado la funcion, eran ya las nueve menos cuarto, y el
telon no se levantaba porque S. E. no había llegado todavía. Los de
la entrada general, impacientes é incómodos en sus asientos, armaban
un alboroto pataleando y golpeando el suelo con sus bastones.
--¡Bum-bum-bum! ¡qué se abra el telon! ¡bum-bum-bum!
Los artilleros no eran los menos alborotadores. Los émulos de Marte,
como los llama Ben Zayb, no se contentaban con esta música; creyéndose
tal vez en una plaza de toros, saludaban á las señoras que pasaban
delante de ellos con frases que por eufemismo se llaman en Madrid
flores cuando á veces se parecen á humeante basura. Sin hacer caso
de las miradas furibundas de los maridos, pregonan en alta voz los
sentimientos y deseos que en ellos despiertan tantas hermosuras...
En las butacas--á donde parece que temen bajar las señoras tan no
se ve á ninguna--reina un murmullo de voces, de risas reprimidas,
entre nubes de humo... Discuten el mérito de las artistas, hablan de
escándalos, si S. E. ha reñido con los frailes, si la presencia del
General en semejante espectáculo es una provocacion ó sencillamente
una curiosidad; otros no piensan en estas cosas, sino en cautivar las
miradas de las señoras adoptando posturas más ó menos interesantes,
más ó menos estatuarias, haciendo jugar los anillos de brillantes,
sobre todo cuando se creen observados por insistentes gemelos; otros
dirigen respetuosos saludos á tal señora ó señorita bajando la cabeza
con mucha gravedad, mientras le susurran al vecino:
--¡Qué ridícula es! ¡qué cargante!
La dama contesta con la más graciosa de sus sonrisas y un movimiento
encantador de cabeza y murmura á la amiga que asiente, entre dos
indolentes abanicazos:
--¡Qué pretencioso! Chica, está loco enamorado.
Entre tanto los golpes menudean: ¡bum-bum-bum! ¡toc-toc-toc! ya
no quedan más que dos palcos vacíos y el de S. E. que se distingue
por sus cortinas rojas de terciopelo. La orquesta toca otro vals,
el público protesta; afortunadamente se presenta un héroe caritativo
que distrae la atencion y redime al empresario; es un señor que ha
ocupado una butaca y se niega á cederla á su dueño, el filósofo don
Primitivo. Viendo que sus argumentos no le convencían, don Primitivo
acude al acomodador.--¡No me da la gana! le responde el héroe fumando
tranquilamente su cigarrillo. El acomodador acude al director.--¡No
me da la gana! repite y se arrellana en la butaca. El director sale,
mientras los artilleros de las galerías empiezan á cantar en coro:
--¡A que no! ¡A que sí! ¡A que no! ¡A que sí!
Nuestro actor que ya ha llamado la atencion de todos cree, que ceder
sería rebajarse y se agarra á la butaca mientras repite su contestacion
á la pareja de la Veterana que fué á llamar el director. Los guardias,
teniendo en consideracion la categoría del rebelde, van á buscar al
cabo, mientras casi toda la sala se deshace en aplausos, celebrando
la entereza del señor que continúa sentado como un senador romano.
Resuenan silbidos, el señor que tiene firmeza de caracter vuelve la
cabeza airado creyendo que le silban; se oye galopar de caballos,
se nota movimiento; cualquiera diría que ha estallado una revolucion
ó cuando menos un motin; no, la orquesta suspende el vals y toca la
marcha real; es S. E. el Capitan General y Gobernador de las Islas
el que llega: todas las miradas le buscan, le siguen, le pierden
y aparece al fin en su palco y, despues de mirar á todas partes y
hacer felices á algunos con un omnipotente saludo, se sienta como
si fuera un hombre sobre el sillon que le espera. Los artilleros se
callan entonces y la orquesta ataca la introduccion.
Nuestros estudiantes ocupan un palco frente á frente del de Pepay
la bailarina. Este palco era un regalo de Makaraig que ya se había
puesto en inteligencia con ella para tener á don Custodio propicio. La
Pepay había escrito aquella misma tarde una carta al célebre ponente
esperando una contestacion y dándole una cita en el teatro. Por esta
razon don Custodio, apesar de la ruda oposicion que había desplegado
contra la opereta francesa, se iba al teatro, lo cual le valió finas
pullas de parte de don Manuel, su antiguo adversario en las sesiones
del Ayuntamiento.
--¡Vengo para juzgar la opereta! había replicado con el tono de un
Caton satisfecho de su conciencia.
Makaraig pues, cambaba miradas de inteligencia con la Pepay, quien le
daba á entender que algo tenía que decirle; y como la bailarina tenía
cara alegre, todos auguraban que el éxito estaba asegurado. Sandoval,
que acababa de llegar de unas visitas que había hecho en otros palcos,
aseguró que el dictamen había sido favorable y que aquella tarde misma
lo había examinado la comision superior y lo había aprobado. Todo pues
era júbilo, Pecson mismo se olvidaba de sus pesimismos viendo á la
Pepay enseñar sonriendo una cartita; Sandoval y Makaraig se felicitaban
mútuamente, solo Isagani permanecía algo frío y apenas se sonreía.
¿Qué le había pasado al joven?
Isagani, al entrar en el teatro, vió á Paulita en un palco y á
Juanito Pelaez conversando con ella. Púsose pálido y creyó que se
equivocaba. Pero no, era ella misma, ella que le saludaba con una
graciosa sonrisa mientras sus hermosos ojos parecían pedirle perdon y
prometerle explicaciones. En efecto, habían convenido en que Isagani
iría primero al teatro para ver si en el espectáculo no había nada
inconveniente para una joven, y ahora la encontraba él, y nada menos
que en compañía de su rival. Lo que pasó por el alma de Isagani era
indescriptible: ira, celos, humillacion, resentimiento rugieron en su
interior; hubo un momento en que deseó que el teatro se desplomase;
tuvo ganas violentas de reir á carcajadas, de insultar á su amada,
provocar á su rival, armar un escándalo, pero se contentó con sentarse
lentamente y no dirigirla jamás la mirada. Oía los hermosos proyectos
que hacían Makaraig y Sandoval y le sonaban á ecos lejanos; las frases
del vals le parecían tristes y lúgubres, todo aquel público, fátuo
é imbecil, y varias veces tuvo que hacer esfuerzos para contener las
lágrimas. De la cuestion del caballero que no quería dejar la butaca,
de la llegada del Capitan General se apercibió apenas; miraba hácia el
telon de boca que representaba una especie de galería entre suntuoso
cortinaje rojo, con vista á un jardin en medio del cual se levanta un
surtidor. ¡Cuán triste se le antojaba la galería y qué melancólico el
paisaje! Mil reminiscencias vagas surgían en su memoria como lejanos
ecos de música oida durante la noche, como aires de una cancion de
la infancia, murmullo de bosques solitarios, riachuelos sombríos,
noches de luna á los bordes del mar que se estendía inmenso delante de
sus ojos... Y el enamorado joven que se consideraba muy desgraciado,
se puso á mirar al techo para que las lágrimas no cayesen de sus ojos.
Una salva de aplausos le sacó de su meditacion.
El telon acababa de levantarse y el alegre coro de campesinos de
Corneville se presentaba á sus ojos, vestidos con sus gorros de
algodon y pesados zuecos de madera en los piés. Ellas, unas seis ó
siete muchachas, bien pintadas de carmin en los labios y mejillas,
con grandes circulos negros en torno de los ojos para aumentar
su brillo, enseñaban blancos brazos, dedos llenos de brillantes
y piernas redondas y bien torneadas. Y mientras cantaban la frase
normanda allez, marchez! allez, marchez! sonreían á sus respectivos
adoradores de las butacas con tanta desfachatez que don Custodio,
despues de mirar al palco de la Pepay como para asegurarse de que
no hacía lo mismo con otro admirador, consignó en la cartera esta
indecencia y para estar más seguro, bajó un poco la cabeza para ver
si las actrices no enseñaban hasta las rodillas.
--¡Oh, estas francesas! murmuró mientras su imaginacion se perdía
en consideraciones de un grado más elevado y hacía comparaciones
y proyectos.
Quoi v'là tous les cancans d'la s'maine!...
canta Gertrude, una soberbia moza que mira picarescamente de reojo
al Capitan General.
--¡Cancan tenemos! exclamó Tadeo, el primer premio de francés en
su clase, y que pudo pescar esta palabra. Makaraig, ¡van á bailar
el cancan!
Y se frotó alegremente las manos.
Tadeo, desde que se levantó el telon, no hacía caso de la música;
solo buscaba lo escandaloso, lo indecente, lo inmoral en los gestos y
en los trajes, y con su poco de francés aguzaba el oido para pillar
las obscenidades que tanto habían pregonado los censores severos de
su patria.
Sandoval que se las daba de saber francés, se había convertido en una
especie de intérprete para sus amigos. Sabía tanto como Tadeo pero
se ayudaba del argumento publicado por los periódicos y lo demás se
lo suplía su fantasía.
--Sí, dijo, van á bailar el cancan y ella lo va á dirigir.
Makaraig y Pecson se pusieron atentos sonriéndose de antemano. Isagani
miró á otra parte, avergonzado de que Paulita asistiese á semejante
espectáculo y pensaba que debía desafiarle á Juanito Pelaez al día
siguiente.
Pero nuestros jóvenes esperaron en vano. Vino la Serpolette, una
deliciosa muchacha con su gorro de algodon igualmente, provocadora
y belicosa;
Hein! qui parle de Serpolette?
pregunta á las chismosas, con los brazos en jarras y aire
batallador. Un caballero aplaudió y despues siguieron todos los de
las butacas. Serpolette, sin dejar su actitud de buena moza, miró
al que primero la aplaudió y le pagó con una sonrisa enseñando unos
diminutos dientes que parecían collarcito de perlas en un estuche
de terciopelo rojo. Tadeo siguió la mirada y vió á un caballero,
con unos bigotes postizos y una nariz muy larga.
--¡Voto al chápiro! dijo, ¡Irenillo!
--Sí, contestó Sandoval, le he visto dentro hablando con las actrices.
En efecto, el P. Irene que era un melómano de primer orden y conocía
muy bien el francés, fué enviado por el P. Salví al teatro como una
especie de policía secreta religiosa, así al menos lo decía él á las
personas que le reconocían. Y como buen crítico que no se contenta
con ver las piezas de lejos, quiso examinar de cerca á las artistas,
confundióse en el grupo de los admiradores y elegantes, se introdujo en
el vestuario donde se cuchicheaba y se hablaba un francés de necesidad,
un francés de tienda, idioma que es muy comprensible para la vendedora
cuando el parroquiano parece dispuesto á pagar bien.
La Serpolette estaba rodeada de dos gallardos oficiales, de un marino
y un abogado, cuando le divisó rondando y metiendo en todas partes
y rendijas la punta de su larga nariz como si sondease con ella los
misterios de la escena.
La Serpolette suspendió su charla, frunció las cejas, las levantó,
abrió los labios y con la vivacidad de una parisienne dejó á sus
admiradores y se lanzó como un torpedo contra nuestro crítico.
--Tiens, tiens, Toutou! mon lapin! exclamó cogiéndole del brazo al
P. Irene y sacudiéndole alegremente mientras hacía vibrar el aire de
notas argentinas.
--Chut, chut! dijo el P. Irene procurando esconderse.
--Mais, comment! toi ici, grosse bête! Et moi qui t'croyais...
--'Fais pas d'tapage, Lily! il faut m'respecter! 'suis ici l'Pape!
A duras penas pudo el P. Irene hacerla entrar en razon. La alegre
Lily estaba enchantée de encontrar en Manila á un antiguo amigo que
le recordaba las coulisses del teatro de la Grande Opéra. Y así fué
como el P. Irene, cumpliendo á la vez con sus deberes de amistad y de
crítico, iniciaba un aplauso para animarla: la Serpolette lo merecía.
Entre tanto nuestros jóvenes esperaban el cancan, Pecson se volvía
todo ojos; todo menos cancan había. Hubo un momento en que si no
llega gente de curia, se iban á pegar las mujeres, y arrancarse los
moños, azuzadas por los pícaros paisanos que esperaban, como nuestros
estudiantes, ver algo más que un cancan.
Scit, scit, scit, scit, scit, scit,
Disputez-vous, battez-vous,
Scit, scit, scit, scit, scit, scit
Nous allons compter les coups.
La música cesó, se fueron los hombres, volvieron poco á poco las
mujeres y empezó entre ellas un diálogo del que nada comprendieron
nuestros amigos. Estaban hablando mal de una ausente.
--¡Parecen los macanistas de la pansitería! observó Pecson en voz baja.
--¿Y el cancan? preguntó Makaraig.
--¡Están discutiendo el sitio más á propósito para bailarlo! repuso
gravemente Sandoval.
--¡Parecen los macanistas de la pansitería! repitió Pecson disgustado.
Una señora, acompañada de su marido, entraba en aquel momento y
ocupaba uno de los dos palcos vacíos. Tenía el aire de una reina y
miraba con desden á toda la sala como si dijese: «¡He llegado más
tarde que todas vosotras, monton de cursis y provincianas, he llegado
más tarde que vosotras!» En efecto personas hay que van á los teatros
como los burros en una carrera: gana el que llega el último. Hombres
muy sensatos conocemos que primero subían al patíbulo que entraban
en el teatro antes del primer acto. Pero el gozo de la dama fué de
corta duracion; había visto el otro palco que continuaba vacío;
frunció las cejas, y se puso á reñir á su cara mitad armando tal
escándalo que muchos se impacientaron.
--¡Sst! ¡sst!
--¡Los estúpidos! ¡como si entendieran el francés! dijo la dama
mirando con soberano desprecio á todas partes y fijándose en el palco
de Juanito de donde creyó oir partir un imprudente sst.
Juanito en efecto era culpable; desde el principio se las echaba de
entender todo y se daba aires, sonriendo, riendo y aplaudiendo á
tiempo como si nada de lo que decían se le escapase. Y eso que no
se guiaba de la mímica de los artistas porque miraba apenas hácia
la escena. El truhan decía muy intencionadamente á Paulita, que,
habiendo mujeres muchísimo más hermosas, no quería cansarse mirando
á lo lejos... Paulita se ruborecía, se cubría la cara con el abanico
y miraba de hurtadillas hacía donde estaba Isagani, que sin reirse
ni aplaudir presenciaba distraido el espectáculo.
Paulita sintió despecho y celos; ¿se enamoraría Isagani de aquellas
provocadoras actrices? Este pensamiento la puso de mal humor y apenas
oyó las alabanzas que doña Victorina prodigaba á su favorito.
Juanito desempeñaba bien su papel: á veces movía la cabeza en señal
de disgusto y entonces se oían toses, murmullos en algunas partes; á
veces sonreía, aprobaba y un segundo despues resonaban aplausos. Doña
Victorina estaba encantada y hasta concibió vagos deseos de casarse con
el joven el día que don Tiburcio se muriera. ¡Juanito sabía francés
y de Espadaña no! ¡Y empezó á hacerle zalamerías! Pero Juanito no
se apercibía del cambio de táctica, atento como estaba en observar á
un comerciante catalan que estaba junto al consul suizo: Juanito que
los había visto hablando en francés, se inspiraba en sus fisonomías
y daba soberanamente el pego.
Vinieron escenas sobre escenas, personajes sobre personajes, cómicos
y ridículos como el bailli y Grenicheux, nobles y simpáticos como el
marqués y Germaine; el público se rió mucho del bofeton de Gaspard,
destinado para el cobarde Grenicheux y recibido por el grave bailli,
de la peluca de éste que vuela por los aires, del desorden y alboroto
cuando cae el telon.
--¿Y el cancan? pregunta Tadeo.
Pero el telon se levanta inmediatamente y la escena representa el
mercado de criados, con tres postes cubiertos de banderolas y llevando
los anuncios de servantes, cochers y domestiques. Juanito aprovecha
la ocasion y, en voz bastante alta para que le oiga Paulita y esté
convencida de su saber, se dirige á doña Victorina.
--Servantes significa sirvientes, domestiques domésticos...
--¿Y en qué se diferencian los servantes de los domestiques? pregunta
Paulita.
Juanito no se queda corto.
--Domestiques, los que están domesticados: ¿no ha observado usted
como algunos tenían aire de salvajes? Esos son los servantes.
--¡Es verdad! añade doña Victorina; algunos tenían muy malas
maneras... y yo que creía que en Europa todos eran finos y... pero,
como pasa en Francia... ¡ya lo veo!
--¡Sst, sst!
Pero el apuro de Juanito cuando, llegada la hora del mercado y abierta
la barrera, los criados que se alquilaban se colocaban al lado de los
respectivos anuncios que señalaban su clase. Los criados, unos diez ó
doce tipos rudos, vestidos de librea y llevando una ramita en la mano,
se situaban debajo del anuncio domestiques.
--¡Esos son los domésticos! dice Juanito.
--A la verdad que tienen aire de recien domesticados, observa doña
Victorina; ¡vamos á ver á los medio salvajes!
Despues, la docena de muchachas, á su cabeza la alegre y viva
Serpolette, ataviadas con sus mejores trajes, llevando cada una un
gran ramillete de flores á la cintura, risueñas, sonrientes, frescas,
apetitosas, se colocan con gran desesperacion de Juanito junto al
poste de las servantes.
--¿Cómo? preguntó cándidamente Paulita; ¿son esas las salvajes que
usted dice?
--No, contesta Juanito imperturbable; se han equivocado... se han
cambiado... Esos que vienen detrás.
--¿Esos que vienen con un látigo?
Juanito hace señas de que sí, con la cabeza, muy inquieto y apurado.
--¿De modo que esas mozas son los cochers?
A Juanito le ataca un golpe de tos tan violenta que provoca la
impaciencia de algunos espectadores.
--¡Fuera ese! ¡fuera el tísico! grita una voz.
¿Tísico? ¿Llamarle tísico delante de la Paulita? Juanito quiere ver
al deslenguado y hacerle tragar la tísis. Y viendo que las mujeres
se interponían, se envalentonó más y le crecieron los ánimos. Por
fortuna era don Custodio el que había hecho el diagnóstico y temiendo
llamar la atencion se hacía el desentendido escribiendo al parecer
la crítica de la pieza.
--¡Si no fuera porque voy con ustedes! dice Juanito haciendo girar los
ojos como los de ciertos muñecos que mueve el péndulo da un reloj. Y
para ser más parecido, sacaba de tiempo en tiempo la lengua.
Aquella noche se conquistó á los ojos de doña Victorina la fama de
valiente y pundonoroso y ella decidió dentro de su tórax casarse con
él tan pronto se muera don Tiburcio.
Paulita se ponía más triste cada vez, pensando en como unas muchachas
que se llaman cochers podían ocupar la atencion de Isagani. Cochers
le recordaba ciertas denominaciones que las colegialas usan entre sí
para explicar una especie de afectos.
Al fin termina el primer acto y el marqués se lleva como criadas á
Serpolette y á Germaine, el tipo de la belleza tímida de la troupe
y por cochero al estúpido Grenicheux. Una salva de aplausos los hace
reaparacer cogidos de la mano los que hace cinco segundos se perseguían
y se iban á pegar, saludando aquí y allá al galante público manileño
y cambiando ellas miradas inteligentes con varios espectadores.
Mientras reina el pasagero tumulto, causado por los que se atropellan
para ir al vestuario y felicitar á las actrices, por los que van á
saludar á las señoras en los palcos, algunos emiten su juicio sobre
la pieza y los artistas.
--Indudablemente, la Serpolette es la que más vale, dice uno dándose
aires de inteligente.
--Prefiero la Germaine, es una rubia ideal.
--¡Si no tiene voz!
--¿Y qué me hago con la voz?
--¡Pues, como formas, la alta!
--¡Psh! dice Ben Zayb, ninguna vale un comino, ninguna es artista.
Ben Zayb es el crítico de «El Grito de la Integridad» y su aire
desdeñoso le da mucha importancia á los ojos de los que se contentan
con tan poco.
--¡Ni la Serpolette tiene voz, ni la Germaine tiene gracia, ni eso
es música ni es arte ni es nada! termina con marcado desden.
Para echárselas de gran crítico no hay como mostrarse descontento de
todo. La empresa no había mandado más que dos asientos á la Redaccion.
En los palcos se preguntaba quién sería el dueño del palco vacío. Aquel
ganaba en chic á todos pues llegaría el último.
Sin saberse de dónde vino la especie, díjose que era de Simoun. El
rumor se confirmó. Nadie había visto al joyero en las butacas, ni en
el vestuario, ni en ninguna parte.
--¡Y sin embargo le he visto esta tarde con Mr. Jouy! dijo uno.
--Y ha regalado un collar á una de las actrices...
--¿A cual de ellas? preguntan algunas curiosas.
--A la mejor de todas, ¡la que seguía con la vista su Excelencia!
Miradas de inteligencia, guiños exclamaciones de duda, de afirmacion,
frases entrecortadas.
--¡Se las está echando de Monte-Cristo! observó una que se preciaba
de literata.
--¡O de proveedor de la Real Casa! añadió su adorador, celoso ya
de Simoun.
En el palco de nuestros estudiantes se habían quedado Pecson, Sandoval
é Isagani. Tadeo se había ido para distraer á don Custodio dándole
conversacion y hablándole de sus proyectos favoritos mientras Makaraig
se entrevistaba con la Pepay.
--Nada, como le decía á usted, amigo Isagani, peroraba Sandoval
haciendo grandes gestos y sacando una voz armoniosa para que
las vecinas del palco, las hijas del rico que debía á Tadeo, le
oyesen; nada, la lengua francesa no tiene la rica sonoridad ni la
varia y elegante cadencia del idioma castellano. Yo no concibo,
yo no me imagino, yo no puedo formarme una idea de los oradores
franceses y dudo que los haya habido jamás y los pueda haber en
el verdadero sentido de la palabra, en el estricto sentido del
concepto oradores. Porque no confundamos la palabra orador con la
palabra hablador ó charlatan. Habladores ó charlatanes los puede
haber en todos los paises, en todas las regiones del mundo habitado,
en medio de los fríos y secos ingleses así como entre los vivos é
impresionables franceses...
Y seguía una hermosísima revista de los pueblos con sus poéticos
caracteres y epítetos más sonoros. Isagani asentía con la cabeza
mientras pensaba en Paulita á quien había sorprendido mirándole,
una mirada que hablaba y quería decir muchas cosas. Isagani quería
decifrar lo que espresaban aquellos ojos; ¡estos sí que eran elocuentes
y nada charlatanes!
--Y usted que es poeta, esclavo de la rima y del metro, hijo de las
Musas, continuaba Sandoval haciendo un elegantísimo gesto con la mano
como si saludase en el horizonte á las nueve hermanas, ¿comprende
usted, puede usted figurarse cómo con un idioma tan ingrato y poco
cadencioso como es el francés se puedan formar poetas de la talla
gigantesca de nuestros Garcilasos, nuestros Herreras, nuestros
Esproncedas y Calderones?
--Sin embargo, observa Pecson, Victor Hugo...
--Victor Hugo, amigo Pecson, Victor Hugo si es poeta es porque lo debe
á España... porque es cosa averiguada, es cosa fuera de toda duda,
cosa admitida aun por los mismos franceses que tanta envidia tienen
de España, que si Victor Hugo tiene genio, si es poeta, es porque su
niñez la ha pasado en Madrid, allí ha bebido las primeras impresiones,
allí se ha formado su cerebro, allí se ha coloreado su imaginacion,
su corazon se ha modelado y han nacido las más bellas concepciones
de su mente. Y despues de todo ¿quién es Victor Hugo? ¿Es comparable
acaso con nuestros modernos...?
Pero la llegada de Makaraig con aire abatido y una sonrisa amarga
en los labios cortó la peroracion del orador. Makaraig tenía en las
manos un papel que entregó á Sandoval sin decir una palabra.
Sandoval leyó:
«Pichona: Tu carta ha llegado tarde; he presentado ya mi dictamen
y ha sido aprobado. Sin embargo, como si hubiese adivinado
tu pensamiento, he resuelto el asunto segun el deseo de tus
protegidos.
Me iré al teatro y te esperaré á la salida.
Tu tierno palomillo,