LA FUNCION

El aspecto que ofrecía el teatro era animadísimo; estaba lleno de bote

en bote, y en la entrada general, en los pasillos se veía mucha gente

de pié, pugnando por sacar la cabeza ó meter un ojo entre un cuello

y una oreja. Los palcos descubiertos, llenos en su mayor parte de

señoras, parecían canastillas de flores, cuyos pétalos agitára una leve

brisa (hablo de los abanicos), y en donde zumban insectos mil. Solo

que como hay flores de delicado y fuerte perfume, flores que matan y

flores que consuelan, en las canastillas de nuestro teatro tambien

se aspiran perfumes parecidos, se oyen diálogos, conversaciones,

frases que pican ó corroen. Solo tres ó cuatro de los palcos estaban

aun vacíos apesar de lo avanzado de la hora; para las ocho y media

se había anunciado la funcion, eran ya las nueve menos cuarto, y el

telon no se levantaba porque S. E. no había llegado todavía. Los de

la entrada general, impacientes é incómodos en sus asientos, armaban

un alboroto pataleando y golpeando el suelo con sus bastones.

--¡Bum-bum-bum! ¡qué se abra el telon! ¡bum-bum-bum!

Los artilleros no eran los menos alborotadores. Los émulos de Marte,

como los llama Ben Zayb, no se contentaban con esta música; creyéndose

tal vez en una plaza de toros, saludaban á las señoras que pasaban

delante de ellos con frases que por eufemismo se llaman en Madrid

flores cuando á veces se parecen á humeante basura. Sin hacer caso

de las miradas furibundas de los maridos, pregonan en alta voz los

sentimientos y deseos que en ellos despiertan tantas hermosuras...

En las butacas--á donde parece que temen bajar las señoras tan no

se ve á ninguna--reina un murmullo de voces, de risas reprimidas,

entre nubes de humo... Discuten el mérito de las artistas, hablan de

escándalos, si S. E. ha reñido con los frailes, si la presencia del

General en semejante espectáculo es una provocacion ó sencillamente

una curiosidad; otros no piensan en estas cosas, sino en cautivar las

miradas de las señoras adoptando posturas más ó menos interesantes,

más ó menos estatuarias, haciendo jugar los anillos de brillantes,

sobre todo cuando se creen observados por insistentes gemelos; otros

dirigen respetuosos saludos á tal señora ó señorita bajando la cabeza

con mucha gravedad, mientras le susurran al vecino:

--¡Qué ridícula es! ¡qué cargante!

La dama contesta con la más graciosa de sus sonrisas y un movimiento

encantador de cabeza y murmura á la amiga que asiente, entre dos

indolentes abanicazos:

--¡Qué pretencioso! Chica, está loco enamorado.

Entre tanto los golpes menudean: ¡bum-bum-bum! ¡toc-toc-toc! ya

no quedan más que dos palcos vacíos y el de S. E. que se distingue

por sus cortinas rojas de terciopelo. La orquesta toca otro vals,

el público protesta; afortunadamente se presenta un héroe caritativo

que distrae la atencion y redime al empresario; es un señor que ha

ocupado una butaca y se niega á cederla á su dueño, el filósofo don

Primitivo. Viendo que sus argumentos no le convencían, don Primitivo

acude al acomodador.--¡No me da la gana! le responde el héroe fumando

tranquilamente su cigarrillo. El acomodador acude al director.--¡No

me da la gana! repite y se arrellana en la butaca. El director sale,

mientras los artilleros de las galerías empiezan á cantar en coro:

--¡A que no! ¡A que sí! ¡A que no! ¡A que sí!

Nuestro actor que ya ha llamado la atencion de todos cree, que ceder

sería rebajarse y se agarra á la butaca mientras repite su contestacion

á la pareja de la Veterana que fué á llamar el director. Los guardias,

teniendo en consideracion la categoría del rebelde, van á buscar al

cabo, mientras casi toda la sala se deshace en aplausos, celebrando

la entereza del señor que continúa sentado como un senador romano.

Resuenan silbidos, el señor que tiene firmeza de caracter vuelve la

cabeza airado creyendo que le silban; se oye galopar de caballos,

se nota movimiento; cualquiera diría que ha estallado una revolucion

ó cuando menos un motin; no, la orquesta suspende el vals y toca la

marcha real; es S. E. el Capitan General y Gobernador de las Islas

el que llega: todas las miradas le buscan, le siguen, le pierden

y aparece al fin en su palco y, despues de mirar á todas partes y

hacer felices á algunos con un omnipotente saludo, se sienta como

si fuera un hombre sobre el sillon que le espera. Los artilleros se

callan entonces y la orquesta ataca la introduccion.

Nuestros estudiantes ocupan un palco frente á frente del de Pepay

la bailarina. Este palco era un regalo de Makaraig que ya se había

puesto en inteligencia con ella para tener á don Custodio propicio. La

Pepay había escrito aquella misma tarde una carta al célebre ponente

esperando una contestacion y dándole una cita en el teatro. Por esta

razon don Custodio, apesar de la ruda oposicion que había desplegado

contra la opereta francesa, se iba al teatro, lo cual le valió finas

pullas de parte de don Manuel, su antiguo adversario en las sesiones

del Ayuntamiento.

--¡Vengo para juzgar la opereta! había replicado con el tono de un

Caton satisfecho de su conciencia.

Makaraig pues, cambaba miradas de inteligencia con la Pepay, quien le

daba á entender que algo tenía que decirle; y como la bailarina tenía

cara alegre, todos auguraban que el éxito estaba asegurado. Sandoval,

que acababa de llegar de unas visitas que había hecho en otros palcos,

aseguró que el dictamen había sido favorable y que aquella tarde misma

lo había examinado la comision superior y lo había aprobado. Todo pues

era júbilo, Pecson mismo se olvidaba de sus pesimismos viendo á la

Pepay enseñar sonriendo una cartita; Sandoval y Makaraig se felicitaban

mútuamente, solo Isagani permanecía algo frío y apenas se sonreía.

¿Qué le había pasado al joven?

Isagani, al entrar en el teatro, vió á Paulita en un palco y á

Juanito Pelaez conversando con ella. Púsose pálido y creyó que se

equivocaba. Pero no, era ella misma, ella que le saludaba con una

graciosa sonrisa mientras sus hermosos ojos parecían pedirle perdon y

prometerle explicaciones. En efecto, habían convenido en que Isagani

iría primero al teatro para ver si en el espectáculo no había nada

inconveniente para una joven, y ahora la encontraba él, y nada menos

que en compañía de su rival. Lo que pasó por el alma de Isagani era

indescriptible: ira, celos, humillacion, resentimiento rugieron en su

interior; hubo un momento en que deseó que el teatro se desplomase;

tuvo ganas violentas de reir á carcajadas, de insultar á su amada,

provocar á su rival, armar un escándalo, pero se contentó con sentarse

lentamente y no dirigirla jamás la mirada. Oía los hermosos proyectos

que hacían Makaraig y Sandoval y le sonaban á ecos lejanos; las frases

del vals le parecían tristes y lúgubres, todo aquel público, fátuo

é imbecil, y varias veces tuvo que hacer esfuerzos para contener las

lágrimas. De la cuestion del caballero que no quería dejar la butaca,

de la llegada del Capitan General se apercibió apenas; miraba hácia el

telon de boca que representaba una especie de galería entre suntuoso

cortinaje rojo, con vista á un jardin en medio del cual se levanta un

surtidor. ¡Cuán triste se le antojaba la galería y qué melancólico el

paisaje! Mil reminiscencias vagas surgían en su memoria como lejanos

ecos de música oida durante la noche, como aires de una cancion de

la infancia, murmullo de bosques solitarios, riachuelos sombríos,

noches de luna á los bordes del mar que se estendía inmenso delante de

sus ojos... Y el enamorado joven que se consideraba muy desgraciado,

se puso á mirar al techo para que las lágrimas no cayesen de sus ojos.

Una salva de aplausos le sacó de su meditacion.

El telon acababa de levantarse y el alegre coro de campesinos de

Corneville se presentaba á sus ojos, vestidos con sus gorros de

algodon y pesados zuecos de madera en los piés. Ellas, unas seis ó

siete muchachas, bien pintadas de carmin en los labios y mejillas,

con grandes circulos negros en torno de los ojos para aumentar

su brillo, enseñaban blancos brazos, dedos llenos de brillantes

y piernas redondas y bien torneadas. Y mientras cantaban la frase

normanda allez, marchez! allez, marchez! sonreían á sus respectivos

adoradores de las butacas con tanta desfachatez que don Custodio,

despues de mirar al palco de la Pepay como para asegurarse de que

no hacía lo mismo con otro admirador, consignó en la cartera esta

indecencia y para estar más seguro, bajó un poco la cabeza para ver

si las actrices no enseñaban hasta las rodillas.

--¡Oh, estas francesas! murmuró mientras su imaginacion se perdía

en consideraciones de un grado más elevado y hacía comparaciones

y proyectos.

Quoi v'là tous les cancans d'la s'maine!...

canta Gertrude, una soberbia moza que mira picarescamente de reojo

al Capitan General.

--¡Cancan tenemos! exclamó Tadeo, el primer premio de francés en

su clase, y que pudo pescar esta palabra. Makaraig, ¡van á bailar

el cancan!

Y se frotó alegremente las manos.

Tadeo, desde que se levantó el telon, no hacía caso de la música;

solo buscaba lo escandaloso, lo indecente, lo inmoral en los gestos y

en los trajes, y con su poco de francés aguzaba el oido para pillar

las obscenidades que tanto habían pregonado los censores severos de

su patria.

Sandoval que se las daba de saber francés, se había convertido en una

especie de intérprete para sus amigos. Sabía tanto como Tadeo pero

se ayudaba del argumento publicado por los periódicos y lo demás se

lo suplía su fantasía.

--Sí, dijo, van á bailar el cancan y ella lo va á dirigir.

Makaraig y Pecson se pusieron atentos sonriéndose de antemano. Isagani

miró á otra parte, avergonzado de que Paulita asistiese á semejante

espectáculo y pensaba que debía desafiarle á Juanito Pelaez al día

siguiente.

Pero nuestros jóvenes esperaron en vano. Vino la Serpolette, una

deliciosa muchacha con su gorro de algodon igualmente, provocadora

y belicosa;

Hein! qui parle de Serpolette?

pregunta á las chismosas, con los brazos en jarras y aire

batallador. Un caballero aplaudió y despues siguieron todos los de

las butacas. Serpolette, sin dejar su actitud de buena moza, miró

al que primero la aplaudió y le pagó con una sonrisa enseñando unos

diminutos dientes que parecían collarcito de perlas en un estuche

de terciopelo rojo. Tadeo siguió la mirada y vió á un caballero,

con unos bigotes postizos y una nariz muy larga.

--¡Voto al chápiro! dijo, ¡Irenillo!

--Sí, contestó Sandoval, le he visto dentro hablando con las actrices.

En efecto, el P. Irene que era un melómano de primer orden y conocía

muy bien el francés, fué enviado por el P. Salví al teatro como una

especie de policía secreta religiosa, así al menos lo decía él á las

personas que le reconocían. Y como buen crítico que no se contenta

con ver las piezas de lejos, quiso examinar de cerca á las artistas,

confundióse en el grupo de los admiradores y elegantes, se introdujo en

el vestuario donde se cuchicheaba y se hablaba un francés de necesidad,

un francés de tienda, idioma que es muy comprensible para la vendedora

cuando el parroquiano parece dispuesto á pagar bien.

La Serpolette estaba rodeada de dos gallardos oficiales, de un marino

y un abogado, cuando le divisó rondando y metiendo en todas partes

y rendijas la punta de su larga nariz como si sondease con ella los

misterios de la escena.

La Serpolette suspendió su charla, frunció las cejas, las levantó,

abrió los labios y con la vivacidad de una parisienne dejó á sus

admiradores y se lanzó como un torpedo contra nuestro crítico.

--Tiens, tiens, Toutou! mon lapin! exclamó cogiéndole del brazo al

P. Irene y sacudiéndole alegremente mientras hacía vibrar el aire de

notas argentinas.

--Chut, chut! dijo el P. Irene procurando esconderse.

--Mais, comment! toi ici, grosse bête! Et moi qui t'croyais...

--'Fais pas d'tapage, Lily! il faut m'respecter! 'suis ici l'Pape!

A duras penas pudo el P. Irene hacerla entrar en razon. La alegre

Lily estaba enchantée de encontrar en Manila á un antiguo amigo que

le recordaba las coulisses del teatro de la Grande Opéra. Y así fué

como el P. Irene, cumpliendo á la vez con sus deberes de amistad y de

crítico, iniciaba un aplauso para animarla: la Serpolette lo merecía.

Entre tanto nuestros jóvenes esperaban el cancan, Pecson se volvía

todo ojos; todo menos cancan había. Hubo un momento en que si no

llega gente de curia, se iban á pegar las mujeres, y arrancarse los

moños, azuzadas por los pícaros paisanos que esperaban, como nuestros

estudiantes, ver algo más que un cancan.

Scit, scit, scit, scit, scit, scit,

Disputez-vous, battez-vous,

Scit, scit, scit, scit, scit, scit

Nous allons compter les coups.

La música cesó, se fueron los hombres, volvieron poco á poco las

mujeres y empezó entre ellas un diálogo del que nada comprendieron

nuestros amigos. Estaban hablando mal de una ausente.

--¡Parecen los macanistas de la pansitería! observó Pecson en voz baja.

--¿Y el cancan? preguntó Makaraig.

--¡Están discutiendo el sitio más á propósito para bailarlo! repuso

gravemente Sandoval.

--¡Parecen los macanistas de la pansitería! repitió Pecson disgustado.

Una señora, acompañada de su marido, entraba en aquel momento y

ocupaba uno de los dos palcos vacíos. Tenía el aire de una reina y

miraba con desden á toda la sala como si dijese: «¡He llegado más

tarde que todas vosotras, monton de cursis y provincianas, he llegado

más tarde que vosotras!» En efecto personas hay que van á los teatros

como los burros en una carrera: gana el que llega el último. Hombres

muy sensatos conocemos que primero subían al patíbulo que entraban

en el teatro antes del primer acto. Pero el gozo de la dama fué de

corta duracion; había visto el otro palco que continuaba vacío;

frunció las cejas, y se puso á reñir á su cara mitad armando tal

escándalo que muchos se impacientaron.

--¡Sst! ¡sst!

--¡Los estúpidos! ¡como si entendieran el francés! dijo la dama

mirando con soberano desprecio á todas partes y fijándose en el palco

de Juanito de donde creyó oir partir un imprudente sst.

Juanito en efecto era culpable; desde el principio se las echaba de

entender todo y se daba aires, sonriendo, riendo y aplaudiendo á

tiempo como si nada de lo que decían se le escapase. Y eso que no

se guiaba de la mímica de los artistas porque miraba apenas hácia

la escena. El truhan decía muy intencionadamente á Paulita, que,

habiendo mujeres muchísimo más hermosas, no quería cansarse mirando

á lo lejos... Paulita se ruborecía, se cubría la cara con el abanico

y miraba de hurtadillas hacía donde estaba Isagani, que sin reirse

ni aplaudir presenciaba distraido el espectáculo.

Paulita sintió despecho y celos; ¿se enamoraría Isagani de aquellas

provocadoras actrices? Este pensamiento la puso de mal humor y apenas

oyó las alabanzas que doña Victorina prodigaba á su favorito.

Juanito desempeñaba bien su papel: á veces movía la cabeza en señal

de disgusto y entonces se oían toses, murmullos en algunas partes; á

veces sonreía, aprobaba y un segundo despues resonaban aplausos. Doña

Victorina estaba encantada y hasta concibió vagos deseos de casarse con

el joven el día que don Tiburcio se muriera. ¡Juanito sabía francés

y de Espadaña no! ¡Y empezó á hacerle zalamerías! Pero Juanito no

se apercibía del cambio de táctica, atento como estaba en observar á

un comerciante catalan que estaba junto al consul suizo: Juanito que

los había visto hablando en francés, se inspiraba en sus fisonomías

y daba soberanamente el pego.

Vinieron escenas sobre escenas, personajes sobre personajes, cómicos

y ridículos como el bailli y Grenicheux, nobles y simpáticos como el

marqués y Germaine; el público se rió mucho del bofeton de Gaspard,

destinado para el cobarde Grenicheux y recibido por el grave bailli,

de la peluca de éste que vuela por los aires, del desorden y alboroto

cuando cae el telon.

--¿Y el cancan? pregunta Tadeo.

Pero el telon se levanta inmediatamente y la escena representa el

mercado de criados, con tres postes cubiertos de banderolas y llevando

los anuncios de servantes, cochers y domestiques. Juanito aprovecha

la ocasion y, en voz bastante alta para que le oiga Paulita y esté

convencida de su saber, se dirige á doña Victorina.

--Servantes significa sirvientes, domestiques domésticos...

--¿Y en qué se diferencian los servantes de los domestiques? pregunta

Paulita.

Juanito no se queda corto.

--Domestiques, los que están domesticados: ¿no ha observado usted

como algunos tenían aire de salvajes? Esos son los servantes.

--¡Es verdad! añade doña Victorina; algunos tenían muy malas

maneras... y yo que creía que en Europa todos eran finos y... pero,

como pasa en Francia... ¡ya lo veo!

--¡Sst, sst!

Pero el apuro de Juanito cuando, llegada la hora del mercado y abierta

la barrera, los criados que se alquilaban se colocaban al lado de los

respectivos anuncios que señalaban su clase. Los criados, unos diez ó

doce tipos rudos, vestidos de librea y llevando una ramita en la mano,

se situaban debajo del anuncio domestiques.

--¡Esos son los domésticos! dice Juanito.

--A la verdad que tienen aire de recien domesticados, observa doña

Victorina; ¡vamos á ver á los medio salvajes!

Despues, la docena de muchachas, á su cabeza la alegre y viva

Serpolette, ataviadas con sus mejores trajes, llevando cada una un

gran ramillete de flores á la cintura, risueñas, sonrientes, frescas,

apetitosas, se colocan con gran desesperacion de Juanito junto al

poste de las servantes.

--¿Cómo? preguntó cándidamente Paulita; ¿son esas las salvajes que

usted dice?

--No, contesta Juanito imperturbable; se han equivocado... se han

cambiado... Esos que vienen detrás.

--¿Esos que vienen con un látigo?

Juanito hace señas de que sí, con la cabeza, muy inquieto y apurado.

--¿De modo que esas mozas son los cochers?

A Juanito le ataca un golpe de tos tan violenta que provoca la

impaciencia de algunos espectadores.

--¡Fuera ese! ¡fuera el tísico! grita una voz.

¿Tísico? ¿Llamarle tísico delante de la Paulita? Juanito quiere ver

al deslenguado y hacerle tragar la tísis. Y viendo que las mujeres

se interponían, se envalentonó más y le crecieron los ánimos. Por

fortuna era don Custodio el que había hecho el diagnóstico y temiendo

llamar la atencion se hacía el desentendido escribiendo al parecer

la crítica de la pieza.

--¡Si no fuera porque voy con ustedes! dice Juanito haciendo girar los

ojos como los de ciertos muñecos que mueve el péndulo da un reloj. Y

para ser más parecido, sacaba de tiempo en tiempo la lengua.

Aquella noche se conquistó á los ojos de doña Victorina la fama de

valiente y pundonoroso y ella decidió dentro de su tórax casarse con

él tan pronto se muera don Tiburcio.

Paulita se ponía más triste cada vez, pensando en como unas muchachas

que se llaman cochers podían ocupar la atencion de Isagani. Cochers

le recordaba ciertas denominaciones que las colegialas usan entre sí

para explicar una especie de afectos.

Al fin termina el primer acto y el marqués se lleva como criadas á

Serpolette y á Germaine, el tipo de la belleza tímida de la troupe

y por cochero al estúpido Grenicheux. Una salva de aplausos los hace

reaparacer cogidos de la mano los que hace cinco segundos se perseguían

y se iban á pegar, saludando aquí y allá al galante público manileño

y cambiando ellas miradas inteligentes con varios espectadores.

Mientras reina el pasagero tumulto, causado por los que se atropellan

para ir al vestuario y felicitar á las actrices, por los que van á

saludar á las señoras en los palcos, algunos emiten su juicio sobre

la pieza y los artistas.

--Indudablemente, la Serpolette es la que más vale, dice uno dándose

aires de inteligente.

--Prefiero la Germaine, es una rubia ideal.

--¡Si no tiene voz!

--¿Y qué me hago con la voz?

--¡Pues, como formas, la alta!

--¡Psh! dice Ben Zayb, ninguna vale un comino, ninguna es artista.

Ben Zayb es el crítico de «El Grito de la Integridad» y su aire

desdeñoso le da mucha importancia á los ojos de los que se contentan

con tan poco.

--¡Ni la Serpolette tiene voz, ni la Germaine tiene gracia, ni eso

es música ni es arte ni es nada! termina con marcado desden.

Para echárselas de gran crítico no hay como mostrarse descontento de

todo. La empresa no había mandado más que dos asientos á la Redaccion.

En los palcos se preguntaba quién sería el dueño del palco vacío. Aquel

ganaba en chic á todos pues llegaría el último.

Sin saberse de dónde vino la especie, díjose que era de Simoun. El

rumor se confirmó. Nadie había visto al joyero en las butacas, ni en

el vestuario, ni en ninguna parte.

--¡Y sin embargo le he visto esta tarde con Mr. Jouy! dijo uno.

--Y ha regalado un collar á una de las actrices...

--¿A cual de ellas? preguntan algunas curiosas.

--A la mejor de todas, ¡la que seguía con la vista su Excelencia!

Miradas de inteligencia, guiños exclamaciones de duda, de afirmacion,

frases entrecortadas.

--¡Se las está echando de Monte-Cristo! observó una que se preciaba

de literata.

--¡O de proveedor de la Real Casa! añadió su adorador, celoso ya

de Simoun.

En el palco de nuestros estudiantes se habían quedado Pecson, Sandoval

é Isagani. Tadeo se había ido para distraer á don Custodio dándole

conversacion y hablándole de sus proyectos favoritos mientras Makaraig

se entrevistaba con la Pepay.

--Nada, como le decía á usted, amigo Isagani, peroraba Sandoval

haciendo grandes gestos y sacando una voz armoniosa para que

las vecinas del palco, las hijas del rico que debía á Tadeo, le

oyesen; nada, la lengua francesa no tiene la rica sonoridad ni la

varia y elegante cadencia del idioma castellano. Yo no concibo,

yo no me imagino, yo no puedo formarme una idea de los oradores

franceses y dudo que los haya habido jamás y los pueda haber en

el verdadero sentido de la palabra, en el estricto sentido del

concepto oradores. Porque no confundamos la palabra orador con la

palabra hablador ó charlatan. Habladores ó charlatanes los puede

haber en todos los paises, en todas las regiones del mundo habitado,

en medio de los fríos y secos ingleses así como entre los vivos é

impresionables franceses...

Y seguía una hermosísima revista de los pueblos con sus poéticos

caracteres y epítetos más sonoros. Isagani asentía con la cabeza

mientras pensaba en Paulita á quien había sorprendido mirándole,

una mirada que hablaba y quería decir muchas cosas. Isagani quería

decifrar lo que espresaban aquellos ojos; ¡estos sí que eran elocuentes

y nada charlatanes!

--Y usted que es poeta, esclavo de la rima y del metro, hijo de las

Musas, continuaba Sandoval haciendo un elegantísimo gesto con la mano

como si saludase en el horizonte á las nueve hermanas, ¿comprende

usted, puede usted figurarse cómo con un idioma tan ingrato y poco

cadencioso como es el francés se puedan formar poetas de la talla

gigantesca de nuestros Garcilasos, nuestros Herreras, nuestros

Esproncedas y Calderones?

--Sin embargo, observa Pecson, Victor Hugo...

--Victor Hugo, amigo Pecson, Victor Hugo si es poeta es porque lo debe

á España... porque es cosa averiguada, es cosa fuera de toda duda,

cosa admitida aun por los mismos franceses que tanta envidia tienen

de España, que si Victor Hugo tiene genio, si es poeta, es porque su

niñez la ha pasado en Madrid, allí ha bebido las primeras impresiones,

allí se ha formado su cerebro, allí se ha coloreado su imaginacion,

su corazon se ha modelado y han nacido las más bellas concepciones

de su mente. Y despues de todo ¿quién es Victor Hugo? ¿Es comparable

acaso con nuestros modernos...?

Pero la llegada de Makaraig con aire abatido y una sonrisa amarga

en los labios cortó la peroracion del orador. Makaraig tenía en las

manos un papel que entregó á Sandoval sin decir una palabra.

Sandoval leyó:

«Pichona: Tu carta ha llegado tarde; he presentado ya mi dictamen

y ha sido aprobado. Sin embargo, como si hubiese adivinado

tu pensamiento, he resuelto el asunto segun el deseo de tus

protegidos.

Me iré al teatro y te esperaré á la salida.

Tu tierno palomillo,

El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · 第 46 / 83 题