Al día siguiente, con gran sorpresa del barrio, pedía hospitalidad en
casa de Cabesang Tales el joyero Simoun, seguido de dos criados que
cargaban sendas maletas con fundas de lona. En medio de su miseria,
aquel no se olvidaba de las buenas costumbres filipinas y estaba muy
confuso al pensar que no tenía nada para agasajar al estrangero. Pero
Simoun traía todo consigo, criados y provisiones, y solo deseaba
pasar el día y la noche en aquella casa por ser la más cómoda del
barrio y por encontrarse entre San Diego y Tianì, pueblos de donde
esperaba muchos compradores.
Simoun se enteraba del estado de los caminos y preguntaba á Cabesang
Tales si con su revólver tendría bastante para defenderse de los
tulisanes.
--¡Tienen fusiles que alcanzan mucho! observó Cabesang Tales algo
distraido.
--Este revólver no alcanza menos, contestó Simoun disparando un tiro
contra una palmera de bonga que se encontraba á unos doscientos pasos.
Cabesang Tales vió caer algunas nueces, pero no dijo nada y continuó
pensativo.
Poco á poco fueron llegando varias familias atraidas por la fama de
las alhajas del joyero: se saludaban deseándose las buenas pascuas,
hablaban de misas, santos, malas cosechas, pero con todo iban á gastar
sus economías en piedras y baratijas que vienen de Europa. Se sabía
que el joyero era amigo del Cpn. General y no estaba de más estar en
buenas relaciones con él por lo que pueda suceder.
Cpn. Basilio vino con su señora, su hija Sinang y su yerno, dispuestos
á gastar lo menos tres mil pesos.
Hermana Penchang estaba allí para comprar un anillo de brillantes que
tenía prometido á la Virgen de Antipolo: á Julî la había dejado en
casa aprendiendo de memoria un librito que le había vendido el cura
por dos cuartos, con cuarenta días de indulgencia concedidos por el
arzobispo para todo el que lo leyere ú oyere leer.
--¡Jesus! decía la buena devota á Capitana Tikâ; ¡esa pobre muchacha
creció aquí como un hongo sembrado por el tikbálang!... La he hecho
leer el librito en voz alta lo menos cincuenta veces y nada se le
queda en la memoria: tiene la cabeza como un cesto, lleno mientras
está en el agua. ¡Todos, de oirla, hasta los perros y los gatos,
habremos ganado cuando menos veinte años de indulgencias!
Simoun dispuso sobre la mesa las dos maletas que traía: la una era
algo más grande que la otra.
--Ustedes no querrán alhajas de doublé ni piedras de imitacion... La
señora, dijo dirigiéndose á Sinang, querrá brillantes...
--Eso, sí señor, brillantes y brillantes antiguos, piedras antiguas,
¿sabe usted? contestó; paga papá y á él le gustan las cosas antiguas,
las piedras antiguas.
Sinang se guaseaba tanto del mucho latin que sabía su padre como del
poco y malo que conocía su marido.
--Precisamente tengo alhajas muy antiguas, contestó Simoun, quitando
la funda de lona de la maleta más pequeña.
Era un cofre de acero pulimentado con muchos adornos de bronce y
cerraduras sólidas y complicadas.
Tengo collares de Cleopatra, legítimos y verdaderos, hallados en las
pirámides, anillos de senadores y caballeros romanos encontrados en
las ruinas de Cartago...
--¡Probablemente les que Anibal envió despues de la batalla de
Cannes! añadió Cpn. Basilio muy seriamente y estremeciéndose de júbilo.
El buen señor, aunque había leido mucho sobre los antiguos, por falta
de museos en Filipinas jamás había visto nada de aquellos tiempos.
--Traigo además, costosísimos pendientes de damas romanas encontrados
en la quinta de Annio Mucio Papilino en Pompeya...
Cpn. Basilio sacudía la cabeza dando á entender que estaba al corriente
y que tenía prisa por ver tantas preciosas reliquias. Las mujeres
decían que tambien querían tener de Roma, como rosarios benditos
por el Papa, reliquias que perdonan los pecados sin necesidad de
confesion, etc.
Abierta la maleta y levantado el algodon en rama que la protegía,
descubrióse un compartimento lleno de sortijas, relicarios,
guardapelos, cruces, alfileres, etc. Los brillantes, combinados con
piedras de diferentes colores, lanzaban chispas y se agitaban entre
flores de oro de matices varios, con vetas de esmalte, con caprichosos
dibujos y raros arabescos.
Simoun levantó la bandeja y descubrió otra llena de fantásticas alhajas
que hubieran podido hartar la imaginacion de siete jóvenes en siete
vísperas de bailes dados en su honor. Formas á cual más caprichosas,
combinaciones de piedras y y perlas imitando insectos de azulado lomo y
élitros transparentes; el zafiro, la esmeralda, el rubí, la turquesa,
el brillante, se asociaban para crear libélulas, mariposas, avispas,
abejas, escarabajos, serpientes, lagartos, peces, flores, racimos,
etc.: había peinetas en forma de diademas, gargantillas, collares
de perlas y brillantes tan hermosos que varias dalagas no pudieron
contener un ¡nakú! de admiracion y Sinang castañeteó con la lengua,
por lo que su madre, Cpna. Tikâ, la pellizcó temiendo que por ello
encareciese más sus alhajas el joyero. Cpna. Tikâ seguía pellizcando
á su hija aun despues que se hubo casado.
--Ahí tiene usted brillantes antiguos, repuso el joyero; ese anillo
perteneció á la princesa de Lamballe, y esos pendientes á una dama
de María Antonieta.
Eran unos hermosos solitarios de brillantes, grandes como granos de
maiz, de brillo algo azulado, llenos de una severa elegancia como si
conservasen aun el estremecimiento de los días del Terror.
--¡Esos dos pendientes! dijo Sinang mirando hácia su padre y
protegiendo instintivamente con la mano el brazo que tenía cerca de
la madre.
--Otras más antiguas todavía, las romanas, contestaba Cpn. Basilio
guiñando.
La devota Hermana Penchang pensó que con aquel regalo la Virgen
de Antipolo se ablandaría y le concedería su deseo más vehemente:
hácia tiempo que le pedía un milagro ruidoso en que vaya mezclado
su nombre para inmortalizarse en la tierra yendo al cielo despues,
como la Cpna. Inés de los curas, y preguntó por el precio. Pero Simoun
pedía tres mil pesos. La buena mujer se santiguó. ¡Susmariosep!
Simoun descubrió el tercer compartimento.
Este estaba lleno de relojes, petacas, fosforeras y relicarios
guarnecidos de brillantes y de finísimos esmaltes con miniaturas
elegantísimas.
El cuarto contenía las piedras sueltas y al descubrirlo un murmullo
de admiracion resonó en la sala, Sinang volvió á castañetear con la
lengua, su madre la volvió á pellizcar no sin soltar ella misma un
¡Sus María! de admiracion.
Nadie había visto hasta entonces tanta riqueza. En aquel cajon
forrado de terciopelo azul oscuro, dividido en secciones, veíanse
realizados los sueños de las Mil y una noches, los sueños de las
fantasías orientales. Brillantes, grandes hasta como garbanzos
centelleaban arrojando chispas de movilidad fascinadora como si
fuesen á liquidarse ó á arder consumidos en las reverberaciones
del espectro; esmeraldas del Perú, de diferentes formas y tallado,
rubíes de la India, rojos como gotas de sangre, zafiros de Ceylan,
azules y blancos, turquesas de Persia, perlas de nacarado oriente,
de las cuales algunas, rosadas, plomizas y negras. Los que han visto
durante la noche un gran cohete deshacerse sobre el fondo azul oscuro
del cielo en millares de lucecitas de todos colores, tan brillantes
que hacen palidecer á las eternas estrellas, pueden imaginarse el
aspecto que presentaba el compartimento.
Simoun, como para aumentar la admiracion de los presentes, removía
las piedras con sus morenos y afilados dedos gozándose en su canto
cristalino, en su resbalar luminoso como de gotas de agua que colora el
arcoiris. Los reflejos de tantas facetas, la idea de sus elevadísimos
precios fascinaban las miradas. Cabesang Tales que se había acercado
curioso, cerró los ojos y se alejó inmediatamente como para ahuyentar
un mal pensamiento. Tanta riqueza insultaba su desgracia; aquel
nombre venía allí á hacer gala de su inmensa fortuna precisamente
en la víspera del día en que él, por falta de dinero, por falta de
padrinos tenía que abandonar la casa que había levantado con sus manos.
--Aquí tienen ustedes dos brillantes negros, de los más grandes que
existen, repuso el joyero: son muy difíciles de tallar por ser los
más duros... Esta piedra algo rosada es tambien brillante, lo mismo
que esta verde que muchos toman por esmeralda. El chino Quiroga me
ha ofrecido por él seis mil pesos para regalárselo á una poderosísima
señora... Y no son los verdes los más caros sino estos azules.
Y separó tres piedras no muy grandes, pero gruesas y muy bien talladas,
con una ligera coloracion azul.
--Con ser más pequeños que el verde, continuó, cuestan el doble. Miren
ustedes este que es el más pequeño de todos--no pesa más de dos
quilates,--me ha costado veinte mil pesos y ya no lo doy en menos de
treinta. He tenido que hacer un viaje expresamente para comprarlo. Este
otro, encontrado en las minas de Golconda, pesa tres quilates y medio
y vale más de setenta mil. El Virrey de la India por una carta que
recibí antes de ayer me ofrece doce mil libras esterlinas.
Ante tanta riqueza, reunida en poder de aquel hombre que se espresaba
con tanta naturalidad, los circunstantes sentían cierto respeto
mezclado de terror. Sinang varias veces castañeteó y su madre no la
pellizcó, quizás porque estuviese abismada ó porque juzgase que un
joyero como Simoun no iba á tratar de ganar cinco pesos más ó menos
por una exclamacion más ó menos indiscreta. Todos miraban las piedras,
ninguno manifestaba el menor deseo de tocarlas, tenían miedo. La
curiosidad estaba embotada por la sorpresa. Cabesang Tales miraba
hácia el campo, y pensaba que con un solo brillante, quizás con el
más pequeño, podía recobrar á su hija, conservar la casa y quizás
labrarse otro campo... ¡Dios! que una de aquellas piedras valiese más
que el hogar de un hombre, la seguridad de una joven, ¡la paz de un
anciano en sus viejos días!
Y como si adivinase su pensamiento, Simoun decía dirigiéndose á las
familias que le rodeaban.
--Y vean, vean ustedes; con una de estas piedrecitas azules que
parecen tan inocentes é inofensivas, puras como arenillas desprendidas
de la bóveda del cielo, con una como ésta, regalada oportunamente,
un hombre ha podido desterrar á su enemigo, á un padre de familias,
como perturbador del pueblo... y con otra piedrecita igual á ésta,
roja como la sangre del corazon, como el sentimiento de la venganza
y brillante como las lágrimas de los huérfanos, se le ha dado la
libertad, el hombre ha sido vuelto al hogar, el padre á sus hijos,
el esposo á la esposa y se ha salvado quizás á toda una familia de
un desgraciado porvenir.
Y dando golpecitos á la caja,
--Aquí tengo yo, como en las cajas de los médicos, añadía en voz alta
en mal tagalo, la vida y la muerte, el veneno y la medicina, y con este
puñado puedo sumir en lágrimas ¡á todos los habitantes de Filipinas!
Todos le miraban con terror y comprendían que tenía razon. En la voz
de Simoun se notaba cierto timbre estraño y siniestros rayos parecían
pasar al través de sus anteojos azules.
Como para hacer cesar la impresion que aquellas piedras hacían sobre
tan sencillas gentes, Simoun levantó la bandeja y descubrió el fondo
donde encerraba los sancta sanctorum. Estuches de piel de Rusia,
separados entre sí por capas de algodon, llenaban el fondo forrado
de terciopelo gris. Todos esperaban maravillas. El marido de Sinang
confiaba ver carbunclos, piedras arrojando fuego y brillando en
medio de las tinieblas. Cpn. Basilio estaba ante las puertas de la
immortalidad; iba á ver algo positivo, algo real, la forma de lo que
tanto había soñado.
--Este es el collar de Cleopatra, dijo Simoun sacando con mucho
cuidado una caja plana en forma de media luna; es una joya que no se
puede tasar, un objeto de museo, solo para los gobiernos ricos.
Era una especie de collar formado por diferentes dijes de oro
representando idolillos entre escarabajos verdes y azules, y en
medio una cabeza de buitre, hecha de una piedra de un jaspe raro,
entre dos alas estendidas, símbolo y adorno de las reinas egipcias.
Sinang al verlo arrugó la nariz é hizo una mueca de infantil desprecio,
y Cpn. Basilio con todo su amor á la antigüedad no pudo contener un
¡abá! de desencanto.
--Es una magnífica joya muy bien conservada y cuenta casi dos mil años.
--¡Psh! se apresuró á decir Sinang para que su padre no cayese en
la tentacion.
--¡Tonta! díjole éste que había podido vencer su primer desencanto;
¿qué sabes tú si se debe á ese collar la faz actual de toda la
sociedad? Con ése habrá cautivado Cleopatra á Cesar, á Marco
Antonio... ése ha oido las ardientes declaraciones de amor de los
dos más grandes guerreros de su tiempo, ¡ése oyó frases en el más
puro y elegante latin y ya quisieras tu habértelo puesto!
--¿Yo? ¡no doy tres pesos!
--Veinte se pueden dar, ¡gonga! dijo Cpna. Tikâ en tono de conocedor;
el oro es bueno y fundido servirá para otras alhajas.
--Este es un anillo que debió pertenecer á Sila, continuó Simoun.
Era un anillo ancho, de oro macizo, con un sello.
--Con él había firmado las sentencias de muerte durante su dictadura,
dijo Cpn. Basilio pálido de emocion.
Y trató de examinarlo y decifrar el sello, pero por más que hizo y
le dió vueltas, como no entendía de paleografía, nada pudo leer.
--¡Qué dedo tenía Sila! observó al fin; caben dos de los nuestros;
como digo, decaemos.
--Tengo aun otras muchas alhajas...
--Si son todas por el estilo, ¡gracias! contestó Sinang; prefiero
las modernas.
Cada uno escogió una alhaja, quien un anillo, quien un reloj, quien un
guardapelo. Capitana Tikâ compró un relicario que contenía un pedazo de
la piedra sobre la cual se apoyó N. S. en su tercera caida; Sinang, un
par de pendientes y Cpn. Basilio, la cadena de reloj para el alférez,
los pendientes de señora para el cura con más otras cosas de regalo;
las otras familias del pueblo de Tianì por no quedarse menos que las
S. Diego vaciaron igualmente sus bolsillos.
Simoun compraba tambien alhajas viejas, hacía cambios, y las económicas
madres habían traido las que no les servían.
--Y ¿usted, no tiene nada que vender? preguntó Simoun á Cabesang
Tales, viéndole mirar con ojos codiciosos todas las ventas y cambios
que se hacían.
Cabesang Tales dijo que las alhajas de su hija habían sido vendidas
y las que quedaban no valían nada.
--¿Y el relicario de María Clara? preguntó Sinang.
--¡Es verdad! exclamó el hombre, y un momento sus ojos brillaron.
--Es un relicario con brillantes y esmeraldas, dijo Sinang al joyero;
mi amiga lo usaba antes de entrar de monja.
Simoun no contestó: seguía ansioso con la vista á Cabesang Tales.
Despues de abrir varios cajones dió con la alhaja. Contemplólo Simoun
detenidamente, lo abrió y lo cerró repetidas veces: era el mismo
relicario que María Clara llevaba en la fiesta de San Diego y que en
un movimiento de compasion había dado á un lazarino.
--Me gusta la forma, dijo Simoun, ¿cuánto quiere usted por ella?
Cabesang Tales se rascó la cabeza perplejo, despues la oreja y miró
á las mujeres.
--Tengo un capricho por ese relicario, repitió Simoun; quiere usted
ciento... ¿quinientos pesos? ¿Quiere usted cambiarlo con otro? ¡Escoja
usted lo que quiera!
Cabesang Tales estaba silencioso, y miraba embobado á Simoun como si
dudase de lo que oía.
--¿Quinientos pesos? murmuró.
--Quinientos, repetió el joyero con voz alterada.
Cabesang Tales cogió el relicario y le dió varias vueltas: sus sienes
le latían violentamente, sus manos temblaban. ¿Si pidiese él más? aquel
relicario les podría salvar; era excelente ocasion aquella, y no se
volvería á presentar otra.
Todas las mujeres le guiñaban para que lo vendiese menos la Penchang
que temiendo rescatasen á Julî observó devotamiente:
--Yo lo guardaría como reliquia... Los que vieron á María Clara en
el convento la hallaron tan flaca, tan flaca que dicen, apenas podía
hablar y se cree que morirá como una santa... El P. Salví habla muy
bien de ella como que es su confesor. Por eso será que Julî no ha
querido desprenderse de él prefiriendo empeñarse.
La observacion surtió efecto.
El recuerdo de su hija detuvo á Cabesang Tales.
--Si me permitís, dijo, iré al pueblo á consultarlo con mi hija:
antes de la noche estaré de vuelta.
Quedáronse en ello y Cabesang Tales bajó inmediatamente.
Mas cuando se encontró fuera del barrio, divisó á lo lejos, en un
sendero que se internaba en el bosque, al fraile hacendero, y á un
hombre que él reconoció por el que le había tomado sus terrenos. Un
marido que ve á su mujer entrando con un hombre en una secreta alcoba,
no habría sentido más ira, ni más celos que Cabesang Tales viendo á
aquellos dos dirigirse á sus campos, á los campos por él trabajados
y que creía poder legar á sus hijos. Se le figuró que aquellos dos
se reían, se burlaban de su impotencia; le vino á la memoria lo que
él había dicho «no los cederé sino al que los regase con su sangre
y enterrase en ellos á su mujer y á su hija»...
Paróse, se pasó una mano por la frente y cerró los ojos; cuando
los abrió, vió que el hombre se retorcía riendo y el lego se cogía
el vientre como para evitar que estalle de alegría y luego vió que
señalaban hácia su casa y volvían á reir.
Un ruido vibró en sus orejas, sintió al rededor de las sienes el
chasquido de un latigazo, la nube roja reapareció ante sus ojos,
volvió á ver los cadáveres de su mujer é hija, y al lado el hombre
y el fraile riendo y cogiéndose la cintura.
Olvidóse de todo, dió media vuelta y siguió el sendero por donde
marchaban aquellos: era el sendero que conducía á sus terrenos.
Simoun aguardó en vano que volviese aquella noche Cabesang Tales.
Al día siguiente cuando se levantó, observó que la funda de cuero
de su revólver estaba vacía: abrióla y dentro encontró una papel
que contenía el relicario de oro con las esmeraldas y brillantes y
algunas líneas escritas en tagalo que decían:
«Perdonareis, señor, que estando en mi casa os prive de lo que
es vuestro, mas, la necesidad me obliga, y en cambio de vuestro
revólver os dejo el relicario que tanto deseabais. Necesito armas
y parto á reunirme con los tulisanes.
Os recomiendo no sigais vuestro camino, porque si caeis en nuestro
poder, como ya no sois mi huesped, os exigiremos un considerable
rescate.»
Telesforo Juan de Dios.
--¡Al fin tengo á mi hombre! murmuró respirando Simoun; es algo
escrupuloso... pero tanto mejor: ¡sabrá cumplir con sus compromisos!
Y ordenó á su criado que por el lago se fuese á Los Baños se llevase
la maleta grande y le esperase allí, porque él por tierra iba á seguir
su viaje llevándose la que contenía sus famosas piedras.
La llegada de cuatro Guardias Civiles acabó de ponerle de buen
humor. Venían á prender á Cabesang Tales y no encontrándole se llevaban
á Tandang Selo.
Tres asesinatos se habían cometido durante la noche. El fraile
hacendero y el nuevo inquilino de los terrenos de Cabesang Tales se
habían encontrado muertos, rota la cabeza y llena de tierra la boca,
en los linderos de los terrenos de aquel; en el pueblo, la mujer del
inquilino muerto amaneció tambien asesinada, la boca llena igualmente
de tierra y el cuello cortado, con un papel al lado donde se leía el
nombre «Tales» escrito en sangre como trazado por un dedo...
¡Tranquilizaos, pacíficos vecinos de Kalamba! ¡Ninguno de vosotros
se llama Tales, ninguno de vosotros ha cometido el crímen! ¡Vosotros
os llamais Luis Habaña, Matías Belarmino, Nicasio Eigasani, Cayetano
de Jesus, Mateo Elejorde, Leandro Lopez, Antonino Lopez, Silvestre
Ubaldo, Manuel Hidalgo, Paciano Mercado, os llamais todo el pueblo
de Kalamba!... ¡Habeis limpiado vuestros campos, habeis empleado
en ellos el trabajo de toda vuestra vida, economías, insomnios,
privaciones, y os han despojado de ellos, lanzado de vuestros hogares
y han prohibido á los demás os diesen hospitalidad! No se contentaron
con violar la justicia, hollaron las sagradas tradiciones de vuestro
pais... Vosotros habeis servido á España y al rey, y cuando en nombre
de ellos pedisteis justicia, y se os desterró sin proceso, se os
arrancó de los brazos de vuestras esposas, de los besos de vuestros
hijos... Cualquiera de vosotros ha sufrido más que Cabesang Tales y
sin embargo ninguno, ninguno se ha hecho justicia... No hubo piedad
ni humanidad para vosotros y se os ha perseguido hasta más allá de la
tumba como á Mariano Herbosa... ¡Llorad ó reid en las islas solitarias
donde vagais ociosos, inciertos del porvenir! ¡La España, la generosa
España vela sobre vosotros y tarde ó temprano obtendreis justicia!