La noticia de aquella desgracia se supo en el pueblo; unos lo
lamentaron y otros se encogieron de hombros. Ninguno tenía la culpa
y nadie lo cargaba sobre su conciencia.
El teniente de la Guardia Civil ni se inmutó siquiera; tenía orden de
recoger todas las armas y había cumplido con su deber; perseguía á los
tulisanes siempre que podía, y cuando secuestraron á Cabesang Tales,
él organizo inmediatamente una batida y trajo al pueblo maniatados
codo con codo á cinco ó seis campesinos que le parecieron sospechosos,
y si no apareció Cabesang Tales era porque no estaba en los bolsillos
ni debajo de la piel de los presos que fueron activamente sacudidos.
El lego hacendero se encogió de hombros. Él nada tenía que ver:
¡cuestion de tulisanes! y él solo cumplía con su obligacion. Cierto
que si no se hubiese quejado, acaso no hubieran recogido las armas y
el pobre Cabesang no habría sido secuestrado, pero él, Fr. Clemente,
tenía que mirar por su seguridad y aquel Tales tenía una manera
de mirar que parecía escoger un buen blanco en alguna parte de su
cuerpo. La defensa es natural. Si hay tulisanes, la culpa no es de
él; su deber no es perseguirlos, eso le toca á la Guardia Civil. Si
Cabesang Tales en vez de vagar por sus terrenos se hubiese quedado en
casa, no habría caido prisionero. En fin, aquello era un castigo del
cielo contra los que se resisten á las exigencias de su corporacion.
Hermana Penchang, la vieja devota en cuya casa servía Julî, lo supo,
soltó dos ó tres ¡susmariosep! se santiguó y añadió:
--Muchas veces nos envía Dios esas cosas porque somos pecadores ó
porque tenemos parientes pecadores á quienes debiéramos haber enseñado
la piedad y no lo hemos hecho.
Estos parientes pecadores querían decir Juliana; para la devota,
Julî era una gran pecadora.
--¡Figuraos una joven ya casadera que no sabe todavía rezar! ¡Jesus,
que escándalo! Pues no dice la indigna el Dios te salve María
sin pararse en es contigo, y el santa María sin hacer pausa
en pecadores, ¿como toda buena cristiana que teme á Dios debe
hacer? ¡Susmariosep! ¡No sabe el oremus gratiam y dice mentíbus por
méntibus! Cualquiera al oirla creería que está hablando de suman de
ibus. ¡Susmariosep!
Y se hacía una cruz escandalizada y daba gracias á Dios que había
permitido fuese secuestrado el padre para que la hija salga del pecado
y aprenda las virtudes que segun los curas deben adornar á toda mujer
cristiana. Y por esto la retenía en su servicio, no la dejaba volver
al barrio para cuidar de su abuelo. Julî tenía que aprender á rezar,
leer los libritos que distribuyen los frailes y trabajar hasta que
pague los doscientos cincuenta pesos.
Cuando supo que Basilio se había ido á Manila para sacar sus economías
y rescatar á Julî de la casa en donde servía, creyó la buena mujer que
la joven se perdía para siempre y que el diablo se le iba á presentar
bajo la forma del estudiante. ¡Fastidioso y todo, cuánta razon tenía
aquel librito que le había dado el cura! Los jóvenes que van á Manila
para aprender, se pierden y pierden á los demás. Y creyendo salvar
á Julî la hacía leer y releer el librito de Tandang Basio Macunat
recomendándola fuese siempre á verse con el cura en el convento,
como hacía la heroina que tanto ensalzaba el fraile, su autor.
Entretanto los frailes estaban de enhorabuena: habían ganado
definitivamente el pleito y aprovecharon el cautiverio de Cabesang
Tales para entregar sus terrenos al que los había solicitado, sin el
más pequeño pundonor, sin la menor pizca de vergüenza. Cuando volvió
el antiguo dueño y se enteró de lo que había pasado, cuando vió en
poder de otro sus terrenos, aquellos terrenos que le habían costado
las vidas de su mujer é hija; cuando halló á su padre mudo, á su hija
sirviendo como criada con más una orden del tribunal, trasmitida por
el teniente del barrio, para desalojar la casa y abandonarla dentro
de tres días, Cabesang Tales no dijo una sola palabra, sentóse al
lado de su padre y apenas habló en todo el día.
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