LA NOCHEBUENA DE UN COCHERO

Basilio llegó á San Diego en el momento en que la procesion de

la Nochebuena recorría las calles. Se había retrasado en su camino

perdiendo muchas horas porque el cochero que había olvidado su cédula,

fué detenido por la Guardia Civil, sacudido con algunos culatazos y

llevado despues al cuartel delante del comandante.

Ahora la carromata se detenía otra vez para dejar pasar la procesion,

y el cochero apaleado se descubría reverentemente y rezaba un

padrenuestro ante la primera imágen en andas que venía y que parecía

ser un gran santo. Representaba un anciano de larguísima barba,

sentado al borde de una fosa, debajo de un arbol lleno de toda clase

de pájaros disecados. Un kalán con una olla, un almirez y un kalíkut

para triturar el buyo eran sus únicos muebles como para indicar que

el viejo vivía al borde mismo del sepulcro y allí cocinaba. Aquel era

Matusalem en la iconografía religiosa de Filipinas: su colega y quizás

contemporáneo se llama en Europa Noël y era más risueño y más alegre.

--En tiempo de los santos, pensaba el cochero, de seguro que no había

Guardias civiles, porque con los culatazos no se puede vivir mucho.

Despues del gran anciano, venían los tres Reyes Magos en caballitos

que se encabritaban, particularmente el del rey negro Melchor que

parecía iba á atropellar á los de sus compañeros.

--No, no debía haber guardias civiles, concluía el cochero envidiando

en su interior tan felices tiempos; porque si no ese negro que se

permite tales juegos al lado de esos dos españoles (Gaspar y Baltasar)

ya habría ido á la carcel.

Y como observase que el negro llevaba corona y era rey como los otros

dos españoles, pensó naturalmente en el rey de los indios y suspiró.

--¿Sabeis, señor, preguntó respetuosamente á Basilio, si el pié

derecho está suelto ya?

Basilio se hizo repetir la pregunta:

--¿Pié derecho de quién?

--¡Del rey! contestó el cochero en voz baja, con mucho misterio.

--¿Qué rey?

--Nuestro rey, el rey de los indios...

Basilio se sonrió y se encogió de hombros.

El cochero volvió á suspirar. Los indios de los campos conservan una

leyenda de que su rey, aprisionado y encadenado en la cueva de San

Mateo, vendrá un día á libertarles de la opresion. Cada cien años rompe

una de sus cadenas, y y ya tiene las manos y el pié izquierdo libres;

solo le queda el derecho. Este rey causa los terremotos y temblores

cuando forcejea ó se agita, es tan fuerte que, para darle la mano,

se le alarga un hueso, que á su contacto se pulveriza. Sin poderse

explicar el por qué, los indios le llaman el rey Bernardo, acaso por

confundirle con Bernardo del Carpio.

--Cuando se suelte del pié derecho, murmuró el cochero ahogando un

suspiro, le daré mis caballos, me pondré á su servicio y me dejaré

matar... El nos librará de los civiles.

Y con mirada melancólica seguía á los tres reyes que se alejaban.

Los muchachos venían despues en dos filas, tristes, serios como

obligados por la fuerza. Alumbraban unos con huepes, otros con

cirios y otros con faroles de papel en astas de caña, rezando á

voz en grito el rosario como si riñesen con alguien. Despues venía

S. José en modestas andas, con su fisonomía resignada y triste y su

baston con flores de azucenas, en medio de dos guardias civiles como

si le llevasen preso: ahora comprendía el cochero la espresion de la

fisonomía del santo. Y sea porque la vista de los guardias le turbase

ó no tuviera en gran respeto al santo que iba en semejante compañía,

no rezó ni siquiera un requiem æternam. Detras de S. José venían las

niñas alumbrando, cubiertas la cabeza con el pañuelo anudado debajo

del menton, rezando igualmente el rosario aunque con menos ira que los

muchachos. En medio se veían algunos arrastrando conejitos de papel de

Japon, iluminados con una candelita roja, levantada la colita hecha

de papel recortado. Los chicos acudían á la procesion con aquellos

juguetes para alegrar el nacimiento del Mesías. Y los animalitos,

gordos y redondos como un huevo, parecían tan contentos que á lo

mejor daban un brinco, perdían el equilibrio, se caían y se quemaban;

el dueño acudía á apagar tanto ardor, soplaba, soplaba, estinguía

las llamas á fuerza de golpes y viéndolo destrozado se ponía á lo

mejor á llorar. El cochero observaba con cierta tristeza que la raza

de los animalitos de papel desaparecía cada año como si tambien les

atacase la peste como á los animales vivos. El, Sinong el apaleado,

se acordaba de sus dos magníficos caballos que para preservarlos del

contagio había hecho bendecir segun los consejos del cura gastándose

diez pesos:--ni el gobierno ni los curas habían encontrado mejor

remedio contra la epizootia--y con todo se le murieron. Sin embargo

se consolaba porque, desde las rociadas de agua bendita, los latines

del Padre y las ceremonias, los caballos echaron unos humos, se dieron

tal importancia que no se dejaban enganchar y él, como buen cristiano,

no se atrevía á castigarlos por haberle dicho un Hermano tercero que

estaban benditados.

Cerraba la procesion la Virgen, vestida de Divina Pastora con un

sombrero de frondeuse de anchas alas y largas plumas, para indicar

el viaje á Jerusalem. Y á fin de que se explicase el nacimiento,

el cura había mandado que abultasen algo más el talle y le pusiesen

trapos y algodon debajo de las faldas, de modo que nadie pudiera poner

en duda el estado en que se encontraba. Era una bellísima imágen,

triste igualmente de espresion como todas las imágenes que hacen

los filipinos, con un aire algo avergonzado, de como la había puesto

el P. Cura tal vez. Delante venían algunos cantores, detrás algunos

músicos y los correspondientes guardias civiles. El cura, como era

de esperar despues de lo que había hecho, no venía: aquel año estaba

muy disgustado por haber tenido que servirse de toda su diplomacia y

gramática parda á fin de convencer á los vecinos á que pagasen treinta

pesos cada misa de aguinaldo en vez de los veinte que solía costar.

--Os estais volviendo filibusteros, había dicho.

Muy preocupado debía de estar el cochero con las cosas que había

visto en la procesion porque cuando ésta acabó de pasar y Basilio

le mandó prosiguiera su camino, no se apercibió de que el farol de

la carromata se había apagado. Basilio por su parte tampoco lo notó,

ocupado en mirar hácia las casas, iluminadas por dentro y por fuera

con farolillos de papel de formas caprichosas y colores varios, por

estrellas rodeadas de un aro con largas colas, que agitadas por el aire

producían dulce murmullo, y peces de cola y cabeza movibles con su vaso

de aceite por dentro, suspendidos de los aleros de las ventanas con un

aire tan deliciosamente de fiesta alegre y familiar. Basilio observaba

tambien que las iluminaciones decaían, que las estrellas se eclipsaban

y aquel año tenían menos perendengues y colgajos que el anterior,

y éste menos que el otro aun... Apenas había música en las calles,

los alegres ruidos de la cocina no se dejaban oir en todas las casas

y el joven lo atribuyó á que hacía tiempo todo iba mal, el azúcar

no se vendía bien, la cosecha del arroz se había perdido, se había

muerto más de la mitad de los animales y las contribuciones subían y

aumentaban sin saberse cómo ni por qué, mientras que menudeaban los

atropellos de la Guardia Civil que mataba las alegrías en los pueblos.

En esto precisamente estaba pensando cuando un ¡alto! energico resonó

en el aire. Pasaban delante del cuartel y uno de los guardias había

visto el farol apagado de la carromata y aquello no podía seguir

así. Empezó á llover una granizada de insultos sobre el pobre cochero

que en vano se escusaba con la duracion de las procesiones, y como

iba á ser detenido por contravencion á bandos y puesto despues en

los periódicos, el pacífico y prudente Basilio bajó de la carromata

y continuó su camino cargando con su maleta.

Aquel era San Diego, su pueblo, donde no tenía un solo pariente...

La única casa que le pareció alegre era la de Capitan Basilio. Pollos

y gallinas piaban cantos de muerte con acompañamiento de golpes secos y

menuditos como de quien pica carne sobre un tajo, y del chirrido de la

manteca que hierve en la sarten. En casa había festin y llegaba hasta

la calle tal cual ráfaga de aire impregnada de vapores suculentos,

tufillo de guisados y confituras.

En el entresuelo, Basilio vió á Sinang, tan bajita como cuando la

conocieron nuestros lectores aunque algo más gruesa y más redonda desde

que se ha casado. Y con gran sorpresa suya divisó allá en el fondo,

charlando con Cpn. Basilio, el cura y el alférez de la Guardia civil,

nada menos que al joyero Simoun siempre con sus anteojos azules y su

aire desembarazado.

--Entendido, señor Simoun, decía Cpn. Basilio; iremos á Tianì á ver

sus alhajas.

--Yo tambien iría, decía el alférez, porque necesito una cadena de

reloj, pero tengo tantas ocupaciones... Si Capitan Basilio quisiera

encargarse...

Capitan Basilio se encargaba con mucho gusto y como quería tener

propicio al militar para que no le moleste en las personas de sus

trabajadores, no quería aceptar la cantidad que el alférez se esforzaba

en sacar de su bolsillo.

--¡Es mi regalo de Pascuas!

--¡No lo permito, Capitan, no lo permito!

--¡Bueno, bueno! ¡Ya arreglaremos cuentas despues! decía Capitan

Basilio con un gesto elegante.

Tambien el cura quería un par de pendientes de señora y encargaba al

Capitan se los comprase.

--Los quiero de mabuti. ¡Ya arreglaremos cuentas!

--No tenga usted cuidado, Padre Cura, decía el buen hombre que tambien

quería estar en paz con la iglesia.

Un informe malo del cura podía causarle mucho perjuicio y hacerle

gastar el doble: aquellos pendientes eran regalos forzados. Simoun

entretanto ponderaba sus alhajas.

--¡Este hombre es atroz! pensó el estudiante; en todas partes hace

negocios... Y si hemos de creer á alguno, compra de ciertos señores

en la mitad de su precio las alhajas que él mismo ha vendido para

que sean regalados... ¡Todos hacen negocio en este país menos nosotros!

Y se dirigió á su casa ó sea á la de Cpn. Tiago, habitada por un hombre

de confianza. Este que le tenía mucho respeto desde el día en que le

vió hacer operaciones quirúrgicas con la misma tranquilidad como si

se tratase de gallinas, le esperaba para darle noticias. Dos de los

trabajadores estaban presos, uno iba á ser deportado... se habían

muerto varios karabaws.

--¡Lo de siempre, cosas viejas! replicaba mal humorado Basilio;

¡siempre me recibís con las mismas quejas!

El joven, sin ser tirano, como á menudo era reñido por Cpn. Tiago,

le gustaba á su vez reñir á los que estaban bajo su direccion. El

viejo buscó una noticia nueva.

--¡Se nos ha muerto un aparcero, el viejo que cuida del bosque y el

cura no le ha querido enterrar como pobre, alegando que el amo es rico!

--¿Y de qué ha muerto?

--¡De vejez!

--¡Vaya, morirse de vejez! ¡Si al menos hubiese sido de alguna

enfermedad!

Basilio en su afan de hacer autopsias quería enfermedades.

--¿No teneis nada nuevo que contarme? Me quitais las ganas de comer

contándome las mismas cosas. ¿Sabeís algo de Sagpang?

El viejo contó entonces el secuestro de Cabesang Tales. Basilio

se quedó pensativo y no dijo nada. Se le había ido por completo

el apetito.

El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · 第 14 / 83 题