Los que han leido la primera parte de esta historia, se acordarán
tal vez de un viejo leñador que vivía allá en el fondo de un bosque.
Tandang Selo vive todavía y aunque sus cabellos se han vuelto todos
canos, conserva no obstante su buena salud. Ya no va á cazar ni á
cortar árboles; como ha mejorado de fortuna solo se dedica á hacer
escobas.
Su hijo Tales (abreviacion de Telesforo) primero había trabajado
como aparcero en los terrenos de un capitalista, pero, más tarde,
dueño ya de dos karabaos y de algunos centenares de pesos, quiso
trabajar por su cuenta ayudado de su padre, su mujer y sus tres hijos.
Talaron pues y limpiaron unos espesos bosques que se encontraban en los
confines del pueblo y que creían no pertenecían á nadie. Durante los
trabajos de roturacion y saneamiento, toda la familia, uno tras otro,
enfermó de calenturas, sucumbiendo de marasmo la madre y la hija mayor,
la Lucía, en la flor de la edad. Aquello que era consecuencia natural
del suelo removido, fecundo en organismos varios, lo atribuyeron á la
venganza del espíritu del bosque, y se resignaron y prosiguieron sus
trabajos creyéndole ya aplacado. Cuando iban á recoger los frutos de
la primera cosecha, una corporacion religiosa que tenía terrenos en
el pueblo vecino, reclamó la propiedad de aquellos campos, alegando
que se encontraban dentro de sus linderos, y para probarlo trató de
plantar en el mismo momento sus jalones. El administrador de los
religiosos, sin embargo, le dejaba por humanidad el usufructo de
los campos siempre que le pagase anualmente una pequeña cantidad,
una bicoca veinte ó treinta pesos.
Tales, pacífico como el que más, enemigo de pleitos como muchos, y
sumiso á los frailes como pocos, por no romper un palyok contra un
kawalì como él decía, (para él los frailes eran vasijas de hierro,
y él, de barro) tuvo la debilidad de ceder á semejante pretension,
pensando en que no sabía el castellano y no tenía con que para pagar
abogados. Por lo demás Tandang Selo le decía:
--¡Paciencia! más has de gastar en un año pleiteando que si pagas
en diez lo que exigen los Padres blancos. ¡Hmh! Acaso te lo paguen
ellos en misas. Haz como si esos treinta pesos los hubieses perdido
en el juego, ó se hubiesen caido en el agua tragándolos el caiman.
La cosecha fué buena, se vendió bien, y Tales pensó en construirse
una casa de tabla en el barrio de Sagpang del pueblo de Tianì, vecino
de San Diego.
Pasó otro año, vino otra cosecha buena y por éste y aquel motivo,
los frailes le subieron el cánon á cincuenta pesos que Tales pagó
para no reñir y porque contaba vender bien su azúcar.
--¡Paciencia! Haz cuenta como si el caiman hubiese crecido, decía
consolándole el viejo Selo.
Aquel año pudieron al fin realizar su ensueño: vivir en poblado,
en su casa de tabla, en el barrio de Sagpang y el padre y el abuelo
pensaron en dar alguna educacion á los dos hermanos, sobre todo á la
niña, á Juliana ó Julî como la llamaban, que prometía ser agraciada y
bonita. Un muchacho amigo de la casa, Basilio, estudiaba ya entonces
en Manila y aquel joven era de tan humilde cuna como ellos.
Pero este sueño parecía destinado á no realizarse.
El primer cuidado que tuvo la sociedad al ver á la familia prosperar
poco á poco, fué nombrar cabeza de barangay al miembro que en ella más
trabajaba; Tanò, el hijo mayor solo contaba catorce años. Se llamó
pues Cabesang Tales, tuvo que mandarse hacer chaqueta, comprarse un
sombrero de fieltro y prepararse á hacer gastos. Para no reñir con el
cura ni con el gobierno abonaba de su bolsillo las bajas del padron,
pagaba por los idos y los muertos, perdía muchas horas en las cobranzas
y en los viajes á la cabecera.
--¡Paciencia! Haz cuenta como si los parientes del caiman hubiesen
acudido, decía Tandang Selo sonriendo plácidamente.
--¡El año que viene te vestirás de cola é irás á Manila para estudiar
como las señoritas del pueblo! decía Cabesang Tales á su hija siempre
que la oía hablar de los progresos de Basilio.
Pero el año que viene no venía y en su lugar había otro aumento
de cánon; Cabesang Tales se ponía serio y se rascaba la cabeza. El
puchero de barro cedía su arroz al caldero.
Cuando el cánon ascendió á doscientos pesos, Cabesang Tales no se
contentó con rascarse la cabeza ni suspirar: protestó y murmuró. El
fraile administrador díjole entonces que si no los podía pagar,
otro se encargaría de beneficiar aquellos terrenos. Muchos que la
codiciaban se ofrecían.
Cabesang Tales creyó que el fraile se chanceaba pero el fraile
hablaba en serio y señalaba á uno de sus criados para tomar posesion
del terreno. El pobre hombre palideció, sus oidos le zumbaron, una
nube roja se interpuso delante de sus ojos ¡y en ella vió á su mujer
y á su hija, pálidas, demacradas, agonizando, víctimas de fiebres
intermitentes! Y luego veía el bosque espeso, convertido en campo,
veía arroyos de sudor regando los surcos, se veía allí, á sí mismo,
pobre Tales, arando en medio del sol, destrozándose los piés contra
las piedras y raices, mientras aquel lego se paseaba en su coche
y aquel que lo iba á heredar, seguía como un esclavo detrás de su
señor. ¡Ah no! ¡mil veces no! que se hundan antes aquellos campos en
las profundidades de la tierra y que se sepulten ellos todos. ¿Quién
era aquel estrangero para tener derecho sobre sus tierras? ¿Había
traido al venir de su país un puñado solo de aquel polvo? ¿se había
doblado uno solo de sus dedos para arrancar una sola de las raices
que los surcaban?
Exasperado ante las amenazas del fraile que pretendía hacer prevalecer
su autoridad á toda costa delante de los otros inquilinos, Cabesang
Tales se rebeló, se negó á pagar un solo cuarto y teniendo siempre
delante la nube roja, dijo que solo cedería sus campos al que primero
los regase con la sangre de sus venas.
El viejo Selo, al ver el rostro de su hijo, no se atrevió á mencionar
su caiman pero intentó calmarle hablándole de vasijas de barro y
recordándole que en los pleitos el que gana se queda sin camisa.
--¡En polvo nos hemos de convertir, padre, y sin camisa hemos
nacido! contestó.
Y se negó resueltamente á pagar ni á ceder un palmo siquiera de
sus tierras, si antes no probaban los frailes la legitimidad de sus
pretensiones con la exhibicion de un documento cualquiera. Y como
los frailes no lo tenían, hubo pleito, y Cabesang Tales lo aceptó
creyendo que, si no todos, algunos al menos amaban la justicia y
respetaban las leyes.
--Sirvo y he estado sirviendo muchos años al rey con mi dinero y mis
fatigas, decía á los que le desalentaban; yo le pido ahora que me
haga justicia y tiene que hacérmela.
Y arrastrado por una fatalidad y cual si jugase en el pleito todo
su porvenir y el de sus hijos, fué gastando sus economias en pagar
abogados, escribanos y procuradores, sin contar con los oficiales
y escribientes que explotaban su ignorancia y su situacion. Iba y
venía á la cabecera, pasaba días sin comer y y noches sin dormir,
y su conversacion era toda escritos, presentaciones, apelaciones,
etc. Vióse entonces una lucha como jamás se ha visto bajo el cielo de
Filipinas: la de un pobre indio, ignorante y sin amigos, fiado en su
derecho y en la bondad de su causa, combatiendo contra una poderosísima
corporacion ante la cual la justicia doblaba el cuello, los jueces
dejaban caer la balanza y rendían la espada. Combatía tenazmente como
la hormiga que muerde sabiendo que va á ser aplastada, como la mosca
que ve el espacio al través de un cristal. ¡Ah! la vasija de barro
desafiando á los calderos y rompiéndose en mil pedazos tenía algo
de imponente: tenía lo sublime de la desesperacion. Los días que le
dejaban libres los viajes, los empleaba en recorrer sus campos armado
de una escopeta, diciendo que los tulisanes merodeaban y necesitaba
defenderse para no caer en sus manos y perder el pleito. Y como si
tratase de afinar su puntería, tiraba sobre las aves y las frutas,
tiraba sobre las mariposas con tanto tino que el lego administrador ya
no se atrevió á ir á Sapgang sin acompañamiento de guardias civiles,
y el paniaguado que divisó de lejos la imponente estatura de Cabesang
Tales recorriendo sus campos como un centinela sobre las murallas,
renunció lleno de miedo á arrebatarle su propiedad.
Pero los jueces de paz y los de la cabecera no se atrevían á darle la
razon, temiendo la cesantía, escarmetados en la cabeza de uno que fué
inmediatamente depuesto. Y no eran malos por cierto aquellos jueces,
eran hombres concienzudos, morales, buenos ciudadanos, excelentes
padres de familia, buenos hijos... y sabían considerar la situacion
del pobre Tales mejor de lo que el mismo Tales podía. Muchos de ellos
conocían los fundamentos científicos é históricos de la propiedad,
sabían que los frailes por sus estatutos no podían tener propiedades,
pero tambien sabían que venir de muy lejos, atravesar los mares con
un destino ganado á duras penas, correr á desempeñarlo con la mejor
intencion y perderlo porque á un indio se le antoje que la justicia
se ha de hacer en la tierra como en el cielo, ¡vamos, que tambien es
ocurrencia! Ellos tenían sus familias y con más necesidades seguramente
que la familia de aquel indio: el uno tenía una madre que pensionar
y ¿qué cosa hay más sagrada que alimentar á una madre? el otro tenía
hermanas todas casaderas, el de más allá numerosos hijos pequeñitos
que esperan el pan como pajaritos en el nido y se morirían de seguro
el día en que su destino le faltase; y el que menos, el que menos
tenía allá lejos, muy lejos, una mujer que si no recibe la pension
mensual puede verse en apuros... Y todos aquellos jueces, hombres de
conciencia los más y de la más sana moralidad creían hacer todo lo
que podían aconsejando la transaccion, que Cabesang Tales pagase el
cánon exigido. Pero Tales como todas las conciencias sencillas, una
vez que veía lo justo, á ello iba derecho. Pedía pruebas, documentos,
papeles, títulos, y los frailes no tenían ninguno y solo se fundaban
en las complacencias pasadas.
Pero Cabesang Tales replicaba:
--Si yo todos los días doy limosna á un pobre por evitar que me
moleste ¿quién me obligará á mí despues que le siga dando si abusa
de mi bondad?
Y de allí nadie le podía sacar y no había amenazas capaces de
intimidarle. En vano el Gobernador M---- hizo un viaje expresamente
para hablarle y meterle miedo; él á todo respondía:
--Podeis hacer lo que querais, señor Gobernador, yo soy un ignorante
y no tengo fuerzas. Pero he cultivado esos campos, mi mujer y mi hija
han muerto ayudándome á limpiarlos y no los he de ceder sino á aquel
que pueda hacer por ellos más de lo que he hecho yo. ¡Que los riegue
primero con su sangre y que entierre en ellos á su esposa y á su hija!
Resultas de esta terquedad los honrados jueces daban la razon á los
frailes y todos se le reían diciendo que con la razon no se ganan los
pleitos. Pero apelaba, cargaba su escopeta y recorría pausadamente
los linderos. En este intervalo su vida parecía un delirio. Su hijo
Tanò, un mozo alto como su padre y bueno como su hermana, cayó quinto;
él le dejó partir en vez de comprarle un sustituto.
--Tengo que pagar abogados, decía á su hija que lloraba; si gano
el pleito ya sabré hacerle volver y si lo pierdo no tengo necesidad
de hijos.
El hijo partió y nada más se supo sino que le raparon el pelo y que
dormía debajo de una carreta. Seis meses despues se dijo que le habían
visto embarcado para las Carolinas; otros creyeron haberle visto con
el uniforme de la Guardia civil.
--¡Guardia civil Tanò! ¡Susmariosep! exclamaban unos y otros juntando
las manos; ¡Tanò tan bueno y tan honrado! ¡Requimiternam!
El abuelo estuvo muchos días sin dirigir la palabra al padre, Julî cayó
enferma, pero Cabesang Tales no derramó una sola lágrima; durante dos
días no salió de casa como si temiese las miradas de reproche de todo
el barrio; temía que le llamasen verdugo de su hijo. Al tercer día,
sin embargo, volvió á salir con su escopeta.
Atribuyéronle propósitos asesinos y hubo bienintencionado que susurró
haberle oido amenazar con enterrar al lego en los surcos de sus campos;
el fraile entonces le cobró verdadero miedo. A consecuencia de esto,
bajó un decreto del Capitan General prohibiendo á todos el uso de las
armas de fuego y mandándolas recoger. Cabesang Tales tuvo que entregar
su escopeta, pero armado de un largo bolo prosiguió sus rondas.
--¿Qué vas á hacer con ese bolo si los tulisanes tienen armas de
fuego? le decía el viejo Selo.
--Necesito vigilar mis sembrados, respondía; cada caña de azucar que
allí crece es un hueso de mi esposa.
Le recogieron el bolo por encontrarlo demasiado largo. El entonces
cogió la vieja hacha de su padre y con ella al hombro proseguía sus
tétricos paseos.
Cada vez que salía de casa, Tandang Selo y Julî temblaban por su
vida. Esta se levantaba de su telar, se iba á la ventana, oraba, hacía
promesas á los santos, rezaba novenas. El abuelo no sabía á veces
cómo terminar el aro de una escoba y hablaba de volver al bosque. La
vida en aquella casa se hacía imposible.
Al fin sucedió lo que temían. Como los terrenos estaban muy lejos
de poblado, Cabesang Tales apesar de su hacha cayó en manos de los
tulisanes, que tenían revolvers y fusiles. Los tulisanes le dijeron
que, pues que tenía dinero para dar á los jueces y á los abogados,
debe tenerlo tambien para los abandonados y perseguidos. Por lo cual
le exigieron quinientos pesos de rescate por medio de un campesino
asegurando que si algo le pasaba al mensajero, el prisionero lo
pagaría con su vida. Daban dos días de tregua.
La noticia sumió á la pobre familia en el mayor terror y más aun
cuando se supo que la Guardia civil iba á salir en persecucion de
los bandidos. Si llegaba á haber un encuentro, el primer sacrificado
sería el prisionero, eso lo sabían todos. El viejo se quedó sin
movimiento y la hija, pálida y aterrada, intentó varias veces hablar
y no pudo. Pero un pensamiento más terrible, una idea más cruel les
sacó de su estupor. El campesino enviado de los tulisanes dijo que
probablemente la banda tendría que alejarse, y si tardan mucho en
entregarle el rescate, pasarían los dos días y Cabesang Tales sería
degollado.
Esto volvió locos á aquellos dos séres, ambos débiles, ambos
impotentes. Tandang Selo se levantaba, se sentaba, bajaba las
escaleras, subía, no sabía á dónde ir, á dónde acudir. Julî acudía á
sus imágenes, contaba y recontaba el dinero, y los doscientos pesos
no se aumentaban, no querían multiplicarse; de pronto se vestía,
reunía todas sus alhajas, pedía consejos al abuelo, iría á ver al
gobernadorcillo, al juez, al escribiente, al teniente de la Guardia
civil. El viejo á todo decía sí, y cuando ella decía no, no decía
tambien. Al fin vinieron algunas vecinas entre parientes y amigas,
unas más pobres que otras, á cual más sencillas y aspaventeras. La
más lista de todas era Hermana Balî, una gran panguinguera que había
estado en Manila para hacer ejercicios en el beaterio de la Compañía.
Julî vendería todas sus alhajas menos un relicario de brillantes
y esmeraldas que le había regalado Basilio. Aquel relicario tenía
su historia: lo había dado una monja, la hija de Capitan Tiago, á
un lazarino; Basilio, habiéndole asistido á éste en su enfermedad,
lo recibió como un regalo. Ella no podía venderlo sin avisárselo antes.
Se vendieron corriendo las peinetas, los aretes y el rosario de Julî
á la vecina más rica, y se añadieron cincuenta pesos; faltaban aun
doscientos cincuenta. Se empeñaría el relicario, pero Julî sacudió
la cabeza. Una vecina propuso vender la casa y Tandang Selo aprobó
la idea muy contento con volver al bosque á cortar otra vez leña como
en los antiguos tiempos, pero Hma. Balî observó que aquello no podía
ser por no estar el dueño presente.
--La mujer del juez me vendió una vez su tapis por un peso,
y el marido dijo que aquella venta no servía porque no tenía su
consentimiento. ¡Abá! me sacó el tapis y ella no me ha devuelto el
peso hasta ahora, pero yo no la pago en el panguingui, cuando gana,
¡abá! Así le he podido cobrar doce cuartos, y por ella solamente voy
á jugar. Yo no puedo sufrir que no me paguen una deuda, ¡abá!
Una vecina iba á preguntarle á Hma. Balî por qué entonces no le
pagaba un piquillo, pero la lista panguinguera lo olió, y añadió
inmediatamente:
--¿Sabes, Julî, lo que se puede hacer? pedir prestado doscientos
cincuenta pesos sobre la casa, pagaderos cuando el pleito se gane.
Esta fué la mejor opinion y decidieron ponerla en práctica aquel
mismo día. Hma. Balî se prestó á acompañarla y ambas recorrieron
las casas de los ricos de Tianì, pero nadie aceptaba la condicion;
el pleito decían estaba perdido y favorecer á un enemigo de frailes
era esponerse á sus venganzas. Al fin una vieja devota se compadeció
de su suerte prestó la cantidad á condicion de que Julî se quedase
con ella á servir hasta tanto que no se pagase la deuda. Por lo demás
Julî no tenía mucho que hacer; coser, rezar, acompañarla á misa,
y ayunar de cuando en cuando por ella. La joven aceptó con lágrimas
en los ojos, recibió el dinero prometiendo entrar al día siguiente,
día de la Pascua, á su servicio.
Cuando el abuelo supo aquella especie de venta púsose á llorar como un
chiquillo. ¿Cómo? aquella nieta suya que él no dejaba ir al sol para
que su cutis no se quemase, Julî la de los dedos finos y talones de
color de rosa, ¿cómo? aquella joven, la más hermosa del barrio y quizás
del pueblo, delante de cuyas ventanas muchos vanamente han pasado
la noche tocando y cantando, ¿cómo? su única nieta, su única hija,
la única alegría de sus cansados ojos, aquella que él soñaba vestida
de cola, hablando el español y dándose aire con un abanico pintado
como las hijas de los ricos, ¿aquella entrar á servir de criada para
que la riñan y la reprendan, para echar á perder sus dedos, para que
duerma en cualquiera parte y se levante de cualquiera manera?
Y el abuelo lloraba, hablaba de ahorcarse y dejarse morir de hambre.
--Si tú te vas, decía, vuelvo al bosque y no pongo los piés en
el pueblo.
Julî le calmaba diciendo que era menester que su padre volviese,
que ganarían el pleito y pronto la podrían rescatar de la servidumbre.
La noche fué triste: ninguno de los dos pudo probar un bocado y el
viejo se obstinó en no acostarse pasando toda la noche sentado en un
rincon, silencioso, sin decir una palabra, sin moverse siquiera. Julî
por su parte quiso dormir, pero por mucho tiempo no pudo pegar los
ojos. Algo más tranquila ya sobre la suerte su padre, ella pensaba en
sí misma y lloraba y lloraba ahogando sus sollozos para que el viejo no
los oyese. Al día siguiente sería una criada, y era precisamente cuando
Basilio tenía llegar de Manila á traerla regalitos... En adelante tenía
que renunciar á aquel amor; Basilio que pronto será médico no debe
casarse con una pobre... Y ella le veía en su imaginacion dirigirse á
la iglesia en compañía de la más hermosa y rica muchacha del pueblo,
bien vestidos, felices y sonriendo ambos, y mientras que ella, Julî,
seguía detrás de su ama, llevando novenas, buyos y la escupidera. Y
aquí la joven sentía un inmenso nudo en la garganta, una presion en
el corazon y pedía á la Virgen la dejase antes morir.
--Pero, al menos, decía su conciencia, él sabrá que he preferido
empeñarme á empeñar el relicario que él me ha regalado.
Este pensamiento la consolaba en algo y se hacía vanas
ilusiones. ¿Quién sabe? puede suceder un milagro: encontrarse ella
doscientos cincuenta pesos debajo de la imágen de la Virgen; había
leido tantos milagros parecidos. El sol podía no salir y no venir
el mañana y ganarse entretanto el pleito. Podía volver su padre,
Basilio presentarse; ella encontraría un talego de oro en la huerta,
los tulisanes le enviarían el talego, el cura, el P. Camorra que
siempre la embromaba, podía venir con los tulisanes... sus ideas
fueron cada vez más confusas y más desordenadas hasta que por fin
rendida por la fatiga y el dolor se durmió soñando en su infancia en
el fondo del bosque: ella se bañaba en el torrente en compañía de
sus dos hermanos, había pececillos de todos colores que se dejaban
coger como bobos y ella se impacientaba porque no encontraba gusto
en coger unos pececillos tan tontos: Basilio estaba debajo del agua,
pero Basilio sin saber ella el porqué, tenía la cara de su hermano
Tanò. Su nueva ama les observaba desde la arilla.
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