Los hombres notables de la revolucion argentina de quienes nos separan el
tiempo y la muerte, soportan bajo sus humildes sepulcros el doble peso de
la losa y de la indiferencia.
La vida de nuestro pueblo ha sido turbulenta, rápida como un torrente.
Nos hemos derrumbado por sus aguas, sin hallar aquel reposo que exige
la contemplacion de la historia para poder distinguir con claridad la
fisonomia de los personajes que en ella se ilustraron.
Mientras tanto, los pueblos, como las familias se robustecen para las
luchas en que la virtud sale triunfante, volviendo la vista en las horas
de conflicto á las imágenes respetadas de los antepasados que conservó el
arte ó perpetua la tradicion.
Quien, en los momentos de fragilidad, en las indecisiones de la
conciencia, no ha hallado el buen camino á la luz de la mirada de su
padre, aun arrojada desde la region de la muerte? Nos retraemos de una
accion que nos reprobaria desde su tumba aquel á quien hemos amado y
respetado en vida.
Y como el ciudadano es un hombre, y el pueblo es la coleccion de las
familias, y la patria el hogar de una sociedad entera; ese mismo poder
morijerador que ejerce sobre el individuo el recuerdo de sus antecesores,
se ejerce tambien sobre las naciones por la memoria de los varones
eminentes que son sus gloriosos projenitores.
El viento de nuestras querellas ha llevado en pedazos á nuestros viejos
próceres. Es preciso buscar la huella de sus pasos en los caminos del
destierro, en el pavimento de las cárceles, en la sombra triste á donde
les confinó la injusticia ajena ó los propios desengaños.
Es necesario lavar de sobre ellos las manchas de lodo con que les salpicó
el carro revolucionario, reparar sus mutilaciones, colocarles en dignos
pedestales, á fin de que la juventud les venere y se estimule al bien para
no ser bastarda de tan noble genealogia.
Son estas, sin duda, las consideraciones que han inspirado el pensamiento
de formar la presente galeria de hombres célebres del pais, entre los
cuales se coloca con justicia en primera línea á D. BERNARDINO RIVADAVIA.
Fueron sus padres, el abogado de la Real Audiencia D. Benito Gonzalez de
Rivadavia y Da. Maria Josefa Rivadavia, y nació en esta ciudad de Buenos
Aires el dia 20 de Mayo de 1780.
Era diez años menor que D. Manuel Belgrano y dos menor que D. José de San
Martin, célebres generales de nuestra independencia: menor tres años que
el Dr. D. Mariano Moreno, aquel que como un meteoro brillante cruzó el
cielo de Mayo y se apagó en la inmensidad del oceano.
La profesion del padre y las tempranos propenciones del espíritu llevaron
naturalmente al Sr. Rivadavia á la carrera de las letras.
Los _reales estudios_ existian en Buenos Aires desde el año 1772, época
en que se fundaron, con los bienes secuestrados á los jesuitas, bajo la
direccion del digno y desgraciado santafesino Dr. D. Juan Baltazar Maciel.
El personal docente del _establecimiento académico_, como denomina el
historiador Funes al primer colegio Bonaerense, se componia de dos
preceptores de latinidad, de los cuales uno debia enseñar la retórica;
de un maestro de filosofia y tres de teologia. Estas cátedras reunidas y
aumentadas tal vez en número, pasaron á formar el colegio de San Cárlos
en donde desde el año de 1785 se educaron los hijos de Buenos Aires que no
querian ó no podian trasladarse á la antigua universidad de Córdoba.
La enseñanza de la lengua latina se mantuvo á la altura de las necesidades
de la escolástica, hasta que la fortuna trajo al pais al presbitero D.
Pedro Fernandez, literato imbuido en las bellezas de los clásicos latinos,
á cuya difusion entre los jóvenes se consagró durante cinco años desde el
de 1790.
Fué en la escuela de este hombre útil y modesto, en la que se inició el
Sr. Rivadavia en los rudimentos del saber, segun la disciplina ordinaria.
El mérito del maestro se mide por la gratitud que le conserva el discípulo.
“Mientras el Sr. Rivadavia tuvo influencia en los destinos de nuestro pais
(dice el ilustrado editor del _Triunfo Argentino_) se hizo un deber en
protejer al viejo presbítero que habia sido su maestro: razgo noble que le
agradecemos en lo mas profundo de nuestra alma.”
El pobre anciano Fernandez, entendido en agricultura y aficionado á los
campos, como Virgilio cuyas geórgicas y églogas sabia de memoria, aceptó
con gusto la direccion de una colonia de estrangeros, establecida en _la
chacarita de los colegiales_ en donde el nombre del Rector Chorroarin
debia salvarse del olvido segun las intenciones del decreto de 25 de
Setiembre de 1826. Bastóle este delito para que pasada la Presidencia se
le dejase morir en la oscuridad y en la miseria.
Muchos porteños distinguidos en las letras, en la magistratura y en la
diplomacia, y que han prestado eminentes servicios á la patria fueron
condiscípulos del Sr. Rivadavia.
Educáronse con él, el inspirado autor del himno nacional, fundador del
Departamento Topográfico y creador de la estadística entre nosotros, Dr.
D. Vicente Lopez: el que supo fundir cañones, dispararlos con valentia
y coronarse con laureles tan inmortales como los del héroe, cantando la
_Libertad de Lima_, D. Estevan de Luca: el elocuente orador en el púlpito
y en la tribuna parlamentaria, Dr. D. Julian Segundo de Agüero: el que fué
digno de arrancar con sus virtudes á la lira de D. Juan Cruz Varela una de
las mas entonadas elejias de la musa argentina, Dr. D. Matias Patron......
Todos estos conocieron al Sr. Rivadavia en la íntima familiaridad de
las aulas, sin que pudieran comprender entonces que la frente noble y
desenvuelta, sombreada por abundante cabello renegrido, que el aspecto
grave y la seriedad adulta de aquel jóven eran otras tantas promesas de
las calidades de iniciador y de reformador que habia de desenvolver en
alto grado cuando invistiese la autoridad para cuyo lustre habia nacido.
En la flor de la vida y en medio de la monotonia de la existencia colonial
se encontraban aquellos jóvenes, cuando la inesperada agresion británica
vino á sacudirles como con el golpe de una corriente galvánica.
El pueblo de Buenos Aires se alzó á manera de un solo hombre. Todos los
habitantes fueron soldados. Uno de los condiscípulos ya mencionados del
Sr. Rivadavia, recibió la insignia de doctor en leyes sobre el uniforme
de capitan de Patricios. Con el mismo grado sirvió el Sr. Rivadavia en
el batallon de gallegos, el cual se señaló en varios encuentros con el
enemigo, muy especialmente en el lance de la desgraciada defensa de los
pasos del Riachuelo contra las legiones del Mayor Crawfur.
El francés D. Santiago Liniers fué el héroe de la _Defensa_ y de
la _Reconquista_ en los años de 1806 y 1807. Sus hechos meritorios
despertaron los celos del Cabildo hasta el punto de empeñar esta
corporacion todo su influjo para que la corte de España no le recompensase
con el mando efectivo del vireinato, acéfalo por la fuga cobarde de
Sobremonte y por las medidas tomadas contra este indigno mandatario por la
Audiencia gobernadora.
Los adversarios del vencedor obraron en seguida mas abiertamente contra él
y llegaron hasta los hechos. La primera revolucion armada que presenció
Buenos Aires fué la que tuvo lugar el 1.ᵒ de Enero de 1809, especie de
tumulto militar sofocado principalmente por la actitud decidida que los
patricios tomaron unánimes en defensa de la autoridad de Liniers. “Cuando
los españoles se divídieron entre Liniers y Alzaga (dice un escritor
argentino) Rivadavia se puso del lado del primero porque la idea americana
en ello ganaba, y su resolucion fué de gran peso para hacer inclinar la
balanza en favor de Liniers.”
Los que están al cabo de las curiosas complicaciones de aquella época,
aseguran que este no solo era el caudillo querido del pueblo por sus
brillantes proezas, sino porque los sucesos le habian colocado, sin que él
mismo lo percibiese, á la cabeza de los instintos patrios, despertados con
el sentimiento del propio valor, en oposicion al prurito de superioridad y
predominio del partido peninsular.
El jérmen de la revolucion habia llegado hasta nuestras playas, sin
duda, con las ideas de la filosofia política de la Francia moderna;
pero puede decirse tambien que la revolucion de 1810, tan favorable al
desenvolvimiento del comercio inglés en estas regiones de América, fué
avivada indirectamente con el toque de las generalas con que el tambor
argentino, convocaba á la defensa contra los soldados de la Gran Bretaña.
La posicion en que la fuerza de las cosas habia colocado á Liniers,
era ya de suyo una poderosa razon para que el Sr. Rivadavia se hubiese
conducido para con él de la manera que hemos visto en el suceso del 1.ᵒ de
Enero. Pero, militaba á mas una circunstancia personal que comprometia su
gratitud para con el gefe bizarro de la defensa de Buenos Aires.
Liniers, para arrancar de manos de sus enemigos domésticos una arma
terrible, dispuso que la jura de Fernando VII se verificase el dia 21 de
agosto de 1808, inmediatamente despues que llegó á este puerto la noticia
de la exaltacion de aquel monarca al desacreditado trono de sus padres.
Aquella ceremonia debia tener lugar con el aparato y la pompa de que era
capaz una ciudad rica y populosa, y ocupar en la fiesta un lugar señalado
el Alferez real; empleado de cuenta cuya única incumbencía era pasear
erguido el estandarte de la conquista.
El virey Liniers, nombró para desempeñar aquel cargo al capitan Rivadavia
suscitándose con motivo de este nombramiento un conflicto de competencia
de autoridad entre el virey y el cuerpo capitular del cual salió este
triunfante, eligiendo en consecuencia otro alferez real mas de su amaño
que el criollo Rivadavia.
“No era aquel tiempo de abrir al pueblo los secretos,” dice el mas
sentencioso de nuestros escasos historiadores. Mal interpretaria las
disposiciones del ánimo del Sr. Rivadavia, quien juzgare de ellas y de
sus ideas de entonces, por el papel que se disponia á desempeñar en las
festividades de la jura réjia. En medio de aquel concurso y de aquel
júbilo popular, usando de las espresiones del mismo escritor, no dejaban
de encontrarse algunos patriotas de fino tacto político, á cuya vista no
se escapaban los primeros crepúsculos del dia que iba á nacer para la
América, y cuya inclinacion nativa llevaba sus juramentos á la patria,
como acreedora de mejor derecho.
La vida entera del Sr. Rivadavia nos autoriza para asegurar que era él del
número de aquellos patriotas avisados que disimulaban ante la muchedumbre
y preveian para todos la próxima aurora de una luz que ardia y brillaba en
el interior de cabezas privilejiadas.
Sérias dificultades se presentaban á los hijos del pais para la eleccion
de una carrera.
Aquellos mismos que habian nacido en el seno de familias acomodadas, si
no éran abogados ó sacerdotes, no encontraban colocacion lucida en la
sociedad sin grande pena y con sacrificio de mucho tiempo.
Las ciencias matemáticas no se han cultivado entre nosotros hasta mucho
despues de 1801. La escuela de náutica, abierta por el distinguido
ingeniero D. Pedro A. Cerviño, durante la administracion del virey D.
Joaquin del Pino (1801 á 1804) no mereció sinó una fuerte reprobacion
de la córte. Los ingenieros que median las propiedades rurales eran los
_pilotos_ mercantes que habian aprendido á cuartear la aguja náutica en
las puertas de Cádiz ó del Ferrol.
La literatura, esta madre amorosa con que nos ha dotado la sociedad
moderna, si daba fama escasa no proporcionaba, por cierto, medios sobrados
de subsistencia. Las carreras, pues, eran reducidas en número, ó mas
bien dicho, estaban limitadas á tres para los hijos del pais,--el foro,
la iglesia, la oficina. El comercio, puede decirse con verdad que estaba
reservado con todo el provecho y la respetabilidad que proporcionaba su
ejércicio á los españoles europeos.
El cultivo general de la inteligencia no debia servir mas que para
tormento de quienes le emprendian. La imprenta materialmente imperfecta
y escasa, erizada de peligros y embarazada con las mil trabas de la
legislacion, no presentaba estímulo para producir, ni facilitaba empleo de
provecho al que se sentia capaz de escribir para el público.
“Es una pérdida para las letras americanas, dice el autor del _Ensayo_
de la historia civil de Buenos Ayres, que por falta de imprenta quedasen
ineditas las producciones del Dr. D. Juan Baltazar Maciel. Haria un gran
servicio á la patria, añade, quien recogiera las que andan esparcidas en
manos de muchos.” Por la misma falta de medios de publicidad han caido
en el olvido mas profundo los trabajos literarios de otros compatriotas
ilustrados que contrajeron su vida al estudio y escribieron cosas dignas
de memoria. ¿Quien nos devolverá la história natural y política de Cuyo
escrita por el abate mendocino D. Manuel Morales? ¿Quien la historia
del Rio de la Plata, escrita por Iturri para rectificar los errores del
español Muñoz? ¿Quien de entre los que vivimos, ha oido nombrar siquiera
á los porteños D. José Perfecto de Salas y los Rospicllosis? ¿Quien al
riojano Camacho y á los paraguayos Cañete y Barrientos?
Sin embargo, todos ellos son gloria de nuestra literatura antigua, y nos
llenariamos de justo orgullo si llegásemos á poseer la coleccion de sus
escritos.
La dificultad para tomar una posicion social, era aun ardua para aquel que
como el Sr. Rivadavia se sentia llamado por vocacion á la vida pública.
Bajo el réjimen colonial no era posible alcanzar sino una parte pasiva en
la gestion de los negocios de gobierno, y esta situacion humilde no podia
convenir á un hombre de ingenio y de luces. La iniciativa no partia de
aqui.
Se pensaba en Madrid, y ese pensamiento, concebido en otro mundo, se
ejecutaba en el nuevo, por los empleados reales, como se ejecuta una
evolucion militar. Fué por esta razon que el Sr. Rivadavia permaneció
perplejo por algun tiempo acerca de la carrera que deberia abrazar.
Se ensayó en el ejercicio de comerciante y tomó á su cargo negocios
cuantiosos que no le dieron resultados satisfactorios.
Abrió estudio de abogado, pero no persistió mucho tiempo atado al potro en
que las difusas cavilosidades de Parladorio de Farinacio ó Baldo colocaban
al Togado, antes que los espositores modernos, el buen gusto introducido
hasta en la jurisprudencia, y los nuevos códigos hubiesen cundido entre
nosotros.
Tanto en el foro como en el comercio no dió mas que los primeros
pasos, “afectando ser grande y sábio en todas las carreras,” como le
dijo con intencion de censura, uno de sus ilustres contemporáneos, en
una de aquellas ocasiones en que el celo por los intereses agenos que
se patrocinan ante los tribunales, ofusca la imparcialidad de la razon
mas recta. Aquel apóstrofe que nuestra historia escrita ha querido
consignarnos, vale para llenar un vacio en esta noticia biográfica, y para
deducir que dominaron en el Sr. Rivadavia desde su juventud, las altas
inspiraciones que le han traido su merecida nombradia. Dedúcese tambien de
aquellas mismas palabras que ya desde entonces, sus actos y su persona, se
revestian del aire de dignidad y elevacion que son como el reflejo externo
de la conciencia del valer individual.
La revolucion llamaba mientras tanto á nuestras puertas, trayendo consigo
sobrada tarea y aplicacion para los talentos y las virtudes.
La Junta central que gobernaba en le Península, cuando la invasion
francesa dominaba casi todo el territorio, acertó á herir al pueblo de
Buenos Aires con la eleccion de los altos funcionarios que destinó al
gobierno del Rio de la Plata. Hidalgo de Cisneros elevado al rango de
virey, Elio al de sub-inspector general y Nieto al de gobernador de
Montevideo, no podian ser por sus antecedentes sino instrumentos para
abatir á los nativos del pais y para ensalzar una faccion de españoles
intolerantes, ensoberbecidos con sus caudales y con los recientes triunfos
sobre los ingleses que se atribuian como gloria exclusiva de ellos.
Conociendo Cisneros el estado del espíritu público en Buenos Aires, no
quiso hacer la entrada oficial en esta ciudad sino despues de haber
recibido el baston de manos de Liniers en la colonia del Sacramento. Las
desconfianzas mútuas entre el nuevo gefe y los que habian de obedecerle,
establecieron una frialdad que fué rápidamente tomando cuerpo hasta
convertirse en una protesta de hecho por parte del mas poderoso que era el
pueblo.
Buenos Aires habia medido sus fuerzas. Las revoluciones del Norte de
América y de la Francia habian puesto en muchas manos la cartilla á la
moda de los derechos del hombre, y la Rejencia misma, vencida por la
corriente contemporánea, acababa de declarar á los americanos dignos de
ser libres.
Al fin, un número reducido de porteños denodados, tomaron la resolucion
de arrostrar el poder del virey, en cuya persona mal querida se
disponian á mostrar la repugnancia que les causaba el gobierno de origen
metropolitano. Contando con la simpatía de sus compatriotas, arrojan
á Cisneros de su asiento y colocan en su lugar una junta de nueve
individuos suficientemente autorizada para gobernar provisionalmente el
vireinato hasta la reunion de un congreso general formado de los diputados
de todas las provincias.
Este hecho que contamos como el primero en las glorias de nuestra carrera
política, tuvo lugar el 25 de Mayo de 1810.
La revolucion de ese dia fué verdaderamente popular y sin derramamiento
de sangre. Intervino en ella la razon, no la violencia. Las puertas del
Cabildo habian permanecido abiertas muchas horas _á la principal y mas
sana parte de este vecindario_, convocado con el fin de opinar acerca de
las modificaciones que la situacion exijia en el gobierno. El Obispo, los
Oidores, los generales de ejército, el Asesor, todos los empleados de
nota, fueron escuchados y consignaron sus opiniones en un rejistro bajo
sus firmas. El comandante del batallon de Patricios fué quien arrastró
la opinion de la asamblea, y mereció el aplauso de la multitud reunida
en la plaza, declarando en su voto que el _pueblo era el único que podia
conferir la autoridad y el mando_. Al pié de este voto escribieron sus
nombres, Moreno, Chiclana, Vieites, Passo, Belgrano, Castelli, Alberti,
Larrea etc. etc., y D. Bernardino Rivadavia.
Desde ese instante, estos hombres audaces echaron sobre sus reputaciones
una responsabilidad que se mantendrá llamada á juicio mientras exista la
história. Terrible situacion, que es como el castigo de quienes se elevan
tan alto que alcanzan á tocar la fama.
Uno de los primeros episodios de la _cuestion nacional_, obligó al Dr. D.
Mariano Moreno á renunciar el cargo de secretario de la Junta gubernativa,
á mediados de Diciembre de 1810. Aquel hombre de génio, á quien sus
contemporáneos llamaron el Marcelo argentino, dejó un vacio dificil de
llenar.
El secretario de la primera Junta habia impreso carácter y dado fisonomia
democrática á la revolucion y echado al pueblo en la via del entusiasmo,
con una elocuencia de que dan testimonio estas palabras memorables de uno
de sus decretos: “un habitante de Buenos Aires, ni ébrio ni dormido debe
tener inspiraciones contra la libertad de la patria.”
El puesto dejado por el Dr. Moreno debió ser ocupado necesariamente por
una persona de su mismo temple, y capaz de dar comienzo á la reforma
social y administrativa que exijian los nuevos fines del gobierno recien
creado.
D. Bernardino Rivadavia fué señalado por la opinion pública para
reemplazar á Moreno. La Junta ejecutiva instalada el 23 de Setiembre de
1844, que funcionó bajo la presidencia del honrado y enérjico Chiclana
hasta Octubre de 1812, le nombró su secretario en los Departamentos de
Gobierno y Relaciones Esteriores.
En el año que media entre aquellas dos fechas, se sucedieron como en
torbellino los sucesos de todo género. Causa admiracion respetuosa la
entereza de corazon y la claridad de juicio que supieron desplegar
nuestros padres en situaciones tan dificiles.
Dos ejércitos improvisados en pocos meses obraban en el Perú y en la
Banda Oriental, y era necesario proveer á la direccion y á las inmensas
necesidades de uno y otro.
Las negociaciones con Vigodet y con el enviado del Principe Regente de
Portugal para el arreglo de las complicadas cuestiones de la provincia
oriental, exijia por si solas, una contraccion de todos los instantes y el
empleo de una sagacidad que salvára con honra los peligros presentes sin
comprometer los planes de la independencia que tenia trazados la autoridad
que gobernaba aparentemente en nombre del rey de España. Nuestras
costas eran teatro frecuente de impensadas invasiones de los marinos de
Montevideo enseñoreados de las aguas de los rios. El gobierno patrio no
contaba todavia con el valiente granadero que habia de escarmentarles en
las barrancas de San Lorenzo.
A par de estos conflictos que pueden llamarse esteriores, asaltaban á la
autoridad otros mas inmediatos y no menos premiosos. El rumor sordo de las
conspiraciones se apercibia á veces como resultado de las parcialidades,
tanto mas enconadas, cuanto que sus banderas en lugar de colores de
principios mostraban letreros de nombres propios.
Esta situacion del espíritu público dió su fruto amargo el 7 de Diciembre
de 1811. En aquel dia “cediendo á las intrigas y á las seducciones de los
enemigos de la patria” segun el lenguaje oficial de entonces, una porcion
de soldados del regimiento número 1.ᵒ de la guarnicion, desobedecieron
al gobierno y consternaron al vecindario con una escena de sangre. La
fuerza trajo á los rebeldes á la antigua subordinacion; pero antes que la
ejercitase el gobierno, agotaron sus miembros todos los medios pacíficos,
y hasta tuvieron el heroismo de presentarse ante los amotinados sin mas
armadura que la persuacion.
No fué este el único ni el mayor peligro de que triunfó aquella
administracion. En los primeros dias del mes de Julio de 1812 hubo de
estallar una conspiracion contra-revolucionaria, de la cual habrian sido
los miembros de la Junta las primeras víctimas si por suerte de la buena
causa no hubiera abortado el terrible plan que los conspiradores habian
tramado. La habilidad é incontrastable firmeza de D. Bernardino Rivadavia,
dice un escritor argentino, contribuyeron á descubrir y á vencer la vasta
y poderosa conspiracion de Alzaga, amago el mas serio entre cuantos han
podido poner en peligro la independencia del Rio de la Plata.
La administracion de la Junta fué tan laboriosa como las circunstancias lo
exijia. Apenas habian transcurrido seis meses despues de su instalacion
cuando ya habia dotado al “ejército de la patria,” como entonces se
decia, de un Estado Jeneral para su uniformidad y disciplina y de un plan
metódico para la reforma de los abusos introducidos en él. Se habian
establecido fábricas de fundicion de armas y de pólvora en la capital y
en Tucuman. Las famosas baterias del Rosario fueron construidas entonces
para facilitar la navegacion y el comercio con el Paraguay. Fué tambien
entonces que se creó el regimiento de Granaderos á caballo tan dignamente
mandado por San Martin y Lavalle en épocas distintas. Se creó una cámara
de apelaciones en sustitucion de la audiencia. Los ejércitos del Perú y de
la Banda Oriental fueron socorridos con mas de ochenta mil pesos en dinero
efectivo. Se convocó á los caciques de la pampa á un gran parlamento á fin
de asegurar las comunicaciones con Patagones y levantar poblaciones en
Salinas y en otros puntos adecuados del desierto. Por último, y dejando
de enumerar cien disposiciones mas, todas importantes, el gobierno de la
Junta estableció la libertad de imprenta y la seguridad individual, bajo
la éjida de los estatutos constitucionales, cuyos bienes eran desconocidos
en estos paises desde el tiempo de su descubrimiento y conquista. Asi se
espresa un documento de aquellos tiempos.
El gobierno de la Junta se ocupó del presente preparando el porvenir. Fué
práctico y ejecutivo sin materializarse, no sacrificándolo todo á las
urgentes realidades del momento. Se apoyó tanto en las fuerzas morales
de la opinion como en la fuerza efectiva de los ejércitos. Supo fundir
cañones á la Gomer; pero tambien fué hábil para exitar el patriotismo
hasta en el bello sexo. Las damas mas distinguidas de Buenos Aires
contribuyeron con una suscripcion crecida para cubrir el valor de un
brillante armamento que el Estado no podia pagar por la penuria de su
tesoro. Al dar cuenta estas damas del obsequio que hacian al gobierno,
y de la poética idea de inscribir sus nombres en las armas adquiridas
y distribuidas por ellas, decian en un documento digno de recordarse:
“Cuando el alborozo público lleve hasta el seno de nuestras familias la
nueva de una victoria, podremos decir en la exaltacion del entusiasmo: yo
armé el brazo de ese valiente que aseguró su gloria y nuestra libertad.”
Las reuniones y fiestas públicas comenzaron desde aquel tiempo, con las
armonias de los himnos patrios escuchados por la concurrencia puesta en
pié y las cabezas descubiertas. El aniversario de Mayo de 1812 fué una
especie de palenque noble y pacífico, abierto al mérito y á las virtudes,
premiadas ante la muchedumbre para inspirarla una emulacion fecunda. Las
sumas de dinero que en los años anteriores se habian consagrado á vulgares
y dispendiosas diversiones, se aplicaron en 1812 á socorrer las viudas,
hermanas é hijas de los soldados muertos al servicio de la causa comun,
á dotar doncellas pobres y á libertar esclavos. Fomentóse la poblacion;
se honraron las letras dando á un afamado literato la comision oficial
de redactar nuestros anales, y se buscaron en Europa sábios y profesores
para derramar en el pais los conocimientos útiles. Las trabas del comercio
se alijeraron, á la enseñanza se le dió ensanche y proteccion. Un vasto
establecimiento “en donde debia formarse el químico, el naturalista, el
jeometra etc.,” bajo la direccion de maestros afamados del viejo mundo,
es concebido por la Junta, y se abren suscriciones en la capital y en
las provincias del estenso vireinato, para llevar á cabo una idea de tan
feliz inspiracion. “Nada importaria, decia con este motivo un aviso
oficial, que nuestro fértil suelo encerrase tesoros inapreciables en los
tres reinos de la naturaleza, si privados del auxilio de las ciencias
naturales, ignorásemos lo mismo que poseemos.” A medio siglo seria
oportuno repetir estas mismas palabras, porque ahora, como entonces,
esperimentamos la necesidad de dar á nuestros estudios un caracter mas
exacto y mas aplicable al aprovechamiento de la naturaleza del suelo
argentino, en el sentido de la industria.
La Europa no podia ser indiferente á los notables sucesos de que la parte
española de América era teatro desde 1810. La España hacia esfuerzos de
todo jénero para mantener su predominio y para robustecer la defensa
de sus derechos, no solo por medio de las armas sino tambien de las
influencias de los gabinetes europeos, casi todos devotos á ella ó cuando
menos al principio lejitimista que representaba.
Llevamos adelante una revolucion que habia de dar forzosamente un nuevo
mundo al réjimen republicano, y las monarquias no podian menos que
oponerse á la realizacion de este hecho. La España tenia de su parte á
todos los gobiernos absolutos del viejo mundo, y acababa de despertar
las simpatias de la Inglaterra, aliada suya en la heróica resistencia
contra la invasion de los franceses. Los peligros que de esta situacion
podian resultar para la revolucion americana se presentaron de bulto con
la vuelta de Fernando VII al trono de sus mayores. Casi al mismo tiempo
que llegaba á Buenos Aires la noticia de este suceso y de la caida de
Napoleon, llegaron avisos fidedignos de la espedicion poderosa que el
gobierno español preparaba para avasallar al Rio de la Plata. Espedicion
para la cual no contaba únicamente con sus recursos propios, sino tambien
con el buen éxito de las negociaciones entabladas para sacar auxilios
de provisiones y de fuerzas de los puertos del vasto litoral brasilero,
sujeto á las influencias de la casa de Braganza. Esta influencia podia
estenderse á toda la costa oriental del Rio de la Plata, que en 1817 fué
ocupada realmente por los portugueses so pretesto de sofocar la anarquia.
La politica del Ministerio británico añadia nuevas dificultades á la
marcha de la independencia. Cuando los borbones de la Península se
restablecieron de las usurpaciones del Corso, Lord Stranffordt exijia mas
bien que aconsejaba en nombre de su gobierno, la adopcion por el de las
Provincias Unidas “de una conducta politica cual convenia al nuevo órden
de cosas” de la España.
Fué entonces y en mérito de tan complicada situacion, que se acordó por
el gobierno la mision diplomática de los Sres. Rivadavia y Belgrano
cerca de los gabinetes de Madrid, Paris y Londres. En 1814 debieron
partir estos señores del Rio de la Plata, y no seria sin emocion que al
llegar á la linea que separa al globo en dos hemisferios, tocaron con el
inmenso sepulcro de su predecesor y nuestro primer plenipotenciario en el
estrangero.
El titulo diplomático de aquellos señores era el de Diputados del
gobierno de las Provincias Unidas, y los objetos de su mision de la mayor
importancia, pues, usando de las palabras de un distinguido actor en
los sucesos argentinos de aquella época, “se dirijian á ganar tiempo y
prevenir los resultados de una invasion; objetos, añade, que se hallan
especificados en las actas del Consejo de Estado, despues de aprobadas por
la soberana Asamblea Jeneral Constituyente.”
Esta aseveracion está de perfecto acuerdo con el testo de una nota oficial
del Sr. Rivadavia, datada en Perpiñan á 19 de Agosto de 1816, en la cual
dice á su gobierno: “En mi propartida de la córte de Madrid recibí el
diploma de 19 de Febrero último, por el que V. E. se ha dignado nombrarme
por Diputado de esas provincias cerca de la Corte de Paris con estension á
otras potencias.... Recibí igualmente la instruccion á que se refiere, y
tengo la satisfaccion de asegurar á V. E. que todas mis operaciones han
prevenido el punto principal á que se contrae, que es _el de neutralizar
todo proyecto de espedicion de la Península con direccion á esas playas_.”
A 21 de Diciembre de 1815, el ministro español D. Pedro Cevallos dirijió
desde Madrid al Sr. Rivadavia una nota, haciéndole saber que era voluntad
de S. M. que en vista de aquella real órden que le comunicaba con mucha
gusto por los informes que tenia de sus apreciables cualidades, se pusiese
en camino para aquella corte y se presentase á tratar del objeto de su
mision, _que seria atendido por S. M. en todo lo que fuese compatible con
su dignidad y su decoro_.
El Sr. Rivadavia no entró á Madrid hasta el 20 de Mayo de 1816, y
al siguiente dia fué recibido por el primer ministro á quien en esa
ocasion presentó su credencial. Alojaba nuestro Diputado en la calle del
Desengaño, casa número 4, cuarto segundo.
Tenemos á la vista algunas notas originales del mencionado ministro de
Estado, Cevallos, pasadas al diputado argentino. Se vé en ellas que desde
las primeras conferencias en que el rey _se prestó á oir las espresiones
de sumision y vasallaje de los que se dicen diputados del llamado gobierno
de Buenos Aires_, comenzó la diplomacia peninsular á apercibirse de
que bajo aquellas formas respetuosas habia la intencion formada de una
completa emancipacion. No era estraño. Las conferencias comenzaban en
Junio de 1816, es decir, un mes antes que el congreso de Tucuman dijese al
mundo que era voluntad unánime é indubitable de las Provincias Unídas en
Sud-América romper los violentos vinculos que las ligaban á los reyes de
España.
El ministro Cevallos halló que el documento que acreditaba el carácter
público del Sr. Rivadavia era informal y á tal punto desnudo de
autenticidad que daba motivos para sospechar de su lejitimidad. Estas
cavilosidades de Cevallos eran alimentada por los informes personalmente
interesados que le comunicaba D. Manuel Sarratea, quien segun el mismo
ministro _tambien se decia diputado_. Sarratea aseguraba que los poderes
del Sr. Rivadavia estaban revocados. Las pasiones de la lucha intestina
habian atravesado el océano y se ejercitaban en mengua del crédito del
pais y de su causa, en el seno mismo de los gabinetes de Europa.
El Sr. Rivadavia tenia instrucciones precisas para arreglar á ellas su
conducta, pero acabamos de ver que no eran de naturaleza para manifestarse
á las cancillerias de Fernando VII. Cuando el ministro preguntó al
diputado que si las tenia, contestóle éste que ni la llevaba ni las habia
pedido á sus comitentes, dando por razon, que habiendo en la Junta de
Buenos Aires algunas cabezas exaltadas le había parecido preferible no
llevar instrucciones á llevarlas tales que pudiese irritar el ánimo de S.
M.
El Sr. Rivadavia deseando obtener algo de importancia para la causa de su
pais, á pesar del mal sezgo que tomaba la negociacion invocó por medio
del director de la compañia de Filipinas D. Juan Manuel de Gondasegui, no
sabemos que capitulo de sus instrucciones.
Esta contradiccion, entre no tener guia escrita de su conducta y apelar
á ella al mismo tiempo, aumentó las sospechas del ministro contra la
buena fé con que obraba el diputado, y dictóle los siguientes párrafos
de un oficio fecha 21 de Junio que creemos deber consignar al pié de la
letra. Dicen así: “Las sospechas crecieron con la noticia de que los
corsarios de Buenos Aires se habian apostado á las cercanias de Cádiz para
hostilizar nuestro comercio; y esta noticia unida al retardo de la venida
de V. dieron á las sospechas un grado de evidencia de que los designios
de Buenos Aires no eran otros que los de ganar tiempo y adormedecer las
providencias reclamadas por la justicia y por el decoro del gobierno.
“Despues que este ha puesto en práctica todas las medidas reclamadas
por la clemencia, y por el deseo de poner fin á una discordia intestina
que hace la desolacion de unos pueblos hasta ahora felices, asi por su
aventajado clima como por la prudencia y suavidad de las leyes que los
regian; es preciso que acordándose de su decoro, _corte el hilo de unas
conferencias destituidas por parte de V. del candor, buena fé y sincero
arrepentimiento_ que debian animarlas singularmente cuando se entablaron
bajo de la autoridad de un soberano que ha querido que el atributo de
padre de sus pueblos resalte sobre los demas de su soberania.
“En consecuencia ha determinado S. M. _que V. se retire de España_ para
donde guste, bajo la salvaguardia de su real garantia; pues como quiera
que esta se concedió á un sujeto que se creyó adornado de las calidades
que inspiran la confianza, y despues de las conferencias á otro muy
distinto á los ojos de la ley, sin embargo, el rey se desentiende de sus
derechos y solo se acuerda de lo que se debe á si mismo. Lo participo á V.
de real órden para su inteligencia y puntual cumplimiento.”
El diputado debió hacer al ministerio español una esposicion siete dias
despues de la nota que acaba de transcribirse, sincerándose de los
cargos que en ella se hacian á su persona y carácter, exposicion que fué
tachada por Cevallos de inexacta, y considerada indigna de toda atencion.
Sin embargo, el ministro no pudo menos que establecer oficialmente
una diferencia entre la persona del Sr. Rivadavia y el gobierno de que
emanaban sus poderes, sentando que sus observaciones sobre la falta de
candor y buena fé no recaen sobre el diputado, sino sobre la comision
que desempeñaba, pero sin embargo, le repetia que el decoro del rey no
permitia por mas tiempo la prolongacion de su permanencia en la Península.
En consecuencia salió el Sr. Rivadavia de Madrid el dia 15 de Julio de
1816, llevando consigo el convencimiento de que la córte de España estaba
irrevocablemente decidida á no entrar por partido alguno “racional, ni á
aquietarse sino con el estremo de dominacion que produce una conquista que
ensangrienta el resentimiento y el furor en las guerras civiles.”
En comunicaciones de 8 y 18 de Enero de 1816 dió cuenta el Sr. Rivadavia á
su gobierno de los incidentes de esta negociacion y del éxito de ella. Asi
se infiere de una nota datada en París á 10 de Setiembre del mismo año,
dirijida tambien á su gobierno. En esta misma nota se lée lo siguiente:
“Es de mi deber participar á V. E. que cuando salí de España se activaban
por toda ella las providencias para embarcar en Cádiz una espedicion
contra esa capital y dependencias al mando del conde de Labisbal: su
número no era aun conocido del público, pues ya se decia de siete, de
diez y aun de diez y ocho mil hombres de tropa de línea de toda arma.
Tambien juzgo de mi obligacion avisar á V. E. que era persuacion universal
en la córte de Madrid y en toda España, que dichas fuerzas operarian
contra ese pais aliadas con las de S. M. el rey de Portugal y Brasil.”
Con respecto á su conducta en la negociacion, el diputado Rivadavia se
espresa asi al final de esta comunicacion: “Yo eseguro á V. E. que he
llenado todas las instrucciones de mi comision, y que no he omitido medio
para persuadir á la córte de Madrid de las buenas disposiciones de esos
pueblos, _asi como para demostrar la justicia y los derechos no solo de
ese pais, sino de todas las poblaciones de América á quienes considero en
un caso absolutamente idéntico_.”
En la diplomacia como en la guerra, el pueblo argentino no fué jamás
egoista. Su sangre y su pensamiento concurrieron jenerosamente á la obra
de la independencia, emprendida casi á un mismo tiempo por toda la América
de orijen español. El carácter del Sr. Rivadavia se prestaba naturalmente
á la idea jeneralizadora que fué como la base de la doctrina política del
gobierno creado por la revolucion de Mayo.
Estos antecedentes auténticos dan gran peso á las siguientes palabras
que transcribimos del libro titulado _Rosas y sus opositores_, cuyo autor
se hallaba bien informado por relaciones que habia oído de la boca misma
de testigos y contemporáneos del Sr. Rivadavia. Tuvo la valentia (dice el
autor de aquel libro refiriéndose al diputado argentino) tuvo la valentia
de decir rostro á rostro á Fernando VII que la independencia americana
era ya una necesidad. El ministro Soler que entró con él en una discucion
sobre este punto, salió de ella convencido, y la córte de Madrid alarmada
del proselitismo que hacia el americano Rivadavia, ordenó que saliese de
los dominios españoles.
Era pues, con mucha verdad que decia á su amigo Chiclana desde Paris en
carta confidencial fechada á 14 de octubre de 1816..... «Yo he trabajado
cuanto podía y acaso mas de lo que debia: no puedo referirle aun cuanto he
hecho, cuanto me he espuesto y los lances que he tenido por conseguir la
libertad y bien posible de nuestra compasible patria.....»
A dar crédito á los escritos sueltos que en justificacion propia han dado
en 1820 algunos altos funcionarios, debieran obrar en nuestros archivos
los documentos suficientes para probar que, si por un abuso de facultades
hubo quien en nombre de las Provincias Unidas negociase con la córte de
España por conducto del conde de Cabarrus, el establecimiento del infante
D. Francisco de Paula en el Gobierno de este pais, no faltó tampoco
quien en representacion de los intereses verdaderos de la revolucion se
opusiese, en el teatro mismo de aquellas desacordadas negociaciones, á
la realizacion de un plan que contrariaba el deseo manifiesto de estos
pueblos. La gratitud que este servicio debe despertar en nosotros, recae
de justicia sobre la memoria del Sr. Rivadavia, quien descubrió y deshizo,
segun toda probabilidad, aquellos errores hijos tal vez de la debilidad
del espíritu mas que de la falta de probidad patriótica.
El Jeneral D. Manuel Belgrano partió de Londres para el Rio del Plata
el 15 de noviembre de 1815, y desde entonces; los graves negocios de la
mision de que hacia parte, quedaron al cuidado esclusivo del Sr. Rivadavia.
La situacion personal de este era embarazosa, no solo por el recargo
de quehaceres y responsabilidad, sino tambien por la escasez de medios
pecuniarios para atender á los gastos ocasionados por repetidos viajes,
por una estensa correspondencia (llevada por él solo, pues no tenia ni
secretario ni escribiente) «estando para nada menos aparejado que para
pendalista,» como el mismo lo aseguraba á un amigo, y por la necesidad
de sostener el decoro de la posicion que ocupaba. Todo el caudal de que
había podido disponer desde la separacion de su amigo el Jeneral Belgrano
hasta principios de febrero de 1818, estuvo reducido á trescientas
sesenta libras esterlinas, que distribuidas en veinte y siete meses
que median entre ambas fechas, corresponden á sesenta pesos mensuales.
El crédito pecuniario de nuestros supremos Directores no debia ser muy
grande entonces en las plazas estrangeras, pues nos consta por documentos
fidedignos que la casa de los señores Hallet de Lóndres, no honraron
la libranza de diez mil fuertes que á favor del diputado habia librado
el Jeneral D. Ignacio Alvarez, encargado provisoriamente del ejecutivo
nacional.
A mediados de octubre recibió en Paris el Sr. Rivadavia la noticia
semi-oficial de la declaracion de la independencia proclamada por el
congreso. «Rindo á V. E., decia al Director con este motivo, las mas
sinceras felicitaciones y le protesto los mas vivos votos por su felicidad
y acierto.» El dia 12 de Diciembre siguiente, llegó á sus manos un oficio
del gobierno de las Provincias-Unidas; comunicándole en forma aquella
misma noticia acompañada de «copias certificadas de la declaracion de la
Independencia» y advertiéndole del riesgo que corria su persona si aun se
hallase en la córte de Madrid, y de la necesidad de retirarse de ella.
Con motivo de esta comunicacion tuvo oportunidad el Sr. Rivadavia de
manifestar nuevamente el patriotismo de sus sentimientos, espresándose asi
en contestacion. «Me lisongeo de haber anticipado mis felicitaciones por
tan plausible é importante suceso. Las repito con una plenitud de gozo que
me hace en parte olvidar que esta sancion aunque tan justa y necesaria,
no debe mirarse en la actualidad por todos los que tenemos el honor de
pertenecer á ese pais, _sino como nueva obligacion que nos impone el
sacrificio de nuestras pasiones, la dedicacion de nuestros talentos y la
concentracion de nuestras fuerzas, para realizarla con la celeridad que
exije la situacion urgente de esos pueblos_.»
A fines de Diciembre de 1816 fué instruido el Sr. Rivadavia de que en la
isla Antigua habia sido capturada por la corbeta _Branes_ de S. M. B.,
una fragata de guerra con pabellon argentino comandada por el coronel D.
Guillermo Brown. La captura tenia por pretesto la falta de los papeles
que el derecho de las naciones requiere para ejercitar el corso, y la
noticia de este suceso llegaba al conocimiento del Diputado con colores
poco favorables á la probidad tantas veces acreditada del que fué despues
nuestro glorioso almirante. En este acontecimiento de suma trascendencía
en aquella época, procedió el Sr. Rivadavia con actividad y acierto.
Su primer paso fué autorizar á los Sres. Hallet hermanos y compañia de
Londres, para que procedieran judicialmente á reclamar el buque de guerra
y las presas de su convoy, en nombre y representacion del gobierno de las
Provincias Unidas.
Apenas el coronel Brown se vió envuelto en aquellas dificultades se
dirigió á los Diputados de Buenos Aires en Europa, dándoles cuenta de
las circunstancias en que se hallaba. Y como fuese el Sr. Rivadavia el
único representante del gobierno de las Provincias Unidas del Rio de
la Plata que á la sazon se hallase allí, se creyó en el deber y con el
derecho de contestarle asegurándole que desde luego se hubiera dirijido
al Lord Vizconde Castlereaght en los términos exijidos por los intereses
y derechos de su gobierno, si no hubiese visto con placer que el coronel
Brown le aseguraba de que dentro de pocos dias seria declarada libre la
fragata de su mando: que en tal concepto creia mas prudente reservar todo
paso oficial hasta recibir noticias auténticas y pormenores del suceso.
El Sr. Rivadavia no perdió esta ocasion para levantar el espíritu del
prisionero comunicándole la reciente declaracion de la independencia y
los sucesos prósperos de los corsarios de Buenos Aires sobre las costas
españolas del Oceano y el Mediterráneo. Y como el bravo coronel pidiese en
su comunicacion reglas acertadas para dirijir su conducta, no quedó corto
el Sr. Rivadavia en satisfacer aquel deseo, haciéndolo con tanto peso
que seria una usurpacion á su fama el no consignar aqui aquellas reglas,
ya que la casualidad las ha traido á nuestro conocimiento. “Como V. S.
tiene la bondad, le decia con fecha 3 de Enero de 1817, de pedir consejos
amistosos, yo opino que el interés del Estado, de V. S. y su honor mismo
exigen con urgente preferencia que asi que se halle V. S. en disposicion,
retorne con toda brevedad á Buenos Aires, participándome en todo caso su
determinacion y cuanto sea digno de una noticia oficial.”
Un subalterno de aquella espedicion se había dirigido tambien á los
Diputados, y segun parece, con espíritu poco favorable al gefe á quien
estaba subordinado. Al contestarle el Sr. Rivadavia en la misma fecha
que lo hacia al coronel Brown, lo hace con palabras que tampoco deben
condenarse al olvido. Si las que hemos copiado honran la prevision del
diplomático, las siguientes demuestran el culto que prestaba el ciudadano,
en toda ocasion, al principio de autoridad que mas tarde se esforzó en
radicar en su patria. “Creo tan de mi deber como del interés de Vd.,
escribia al mencionado oficial, el prevenirle á nombre de nuestro gobierno
que por ningun motivo se separe V; ni consiguientemente su tropa de la
espedicion, hasta que esta regrese á Buenos Aires, ó que otros resultados
que imposibiliten este caso le faculten á Vd. á hacerlo; y aun entonces no
lo deberá ejecutar sin órden espresa de su gefe. El contesto de su oficio
me obliga á recordarle que un oficial de verdadero mérito, cuantos mas
conocimientos posea, aun sobre sus gefes, tantos mayores deberes le ligan
á la observancia de la disciplina. Yo me lisongeo de que Vd. conocerá bien
la importancia de este principio, y toda la trascendencia de cualquiera
infraccion de él. Asi espero, que, tan celoso de los intereses de su
patria como exacto en el cumplimiento de sus obligaciones, sabrá continuar
todos los sacrificios que estas le demanden, proporcionando á nuestro
gobierno la satisfaccion de premiar á un oficial que ha sabido completar
su mérito....”
Las esperanzas del coronel Brown fueron burladas. La “Hércules,” que
asi se llamaba la fragata de su mando, fué declarada buena presa por
los tribunales de Antigua, como lo fué mas tarde por el almirantazgo de
Lóndres. Para ventilar sus derechos ante los magistrados que componian
esta córte militar, se trasladó el coronel Brown á aquella capital, desde
donde se puso en correspondencia con el Sr. Rivadavia. El coronel Brown
comunicó al Diputado argentino los antecedentes necesarios para que éste
formase juicio de aquel suceso ruidoso y para vindicarse de los cargos que
la opinion hacia recaer sobre él, no sin algunos visos de bien fundados.
Pretendia tambien el coronel que el Diputado se trasladase á Lóndres y
tomase parte personalmente en el proceso que bajo la direccion de letrados
ingleses habia entablado contra las autoridades de la Antigua.
El Sr. Rivadavia dió contestacion á la nota de Brown desde Paris, con
fecha 27 de Junio de 1817, observando que si á él le tocaba “la defensa
de nuestros derechos y el honor de nuestro pabellon, no era aquel el
campo en donde debieran defenderse, porque ni el caballero Stirling, ni
el subdelegado de la marina Antigua, ni la misma córte del almirantazgo
habian atacado el honor y la propiedad del supremo gobierno de las
Provincias Unidas del Rio de la Plata, sino el ministerio de S. M.
Británica.... A este, pues, corresponde esclusivamente la subsanacion de
todos los daños y perjuicios irrogados á dicho gobierno, y un enviado
no puede ni debe exijirlas de otra autoridad de esa nacion.” Esta
determinacion de no presentarse en la capital de Inglaterra, sino en caso
absolutamente necesario, tenia por verdadero motivo evitar el hacerse
el blanco inmediato de desaires que preveia por el silencio del gabinete
y por el curso parcial de la subsanacion del negocio, en el cual habia
tomado parte el Cónsul de España desde su iniciacion ante los tribunales.
Mas no por esto dejó el Sr. Rivadavia de atender los intereses argentinos.
Con la misma fecha de la nota el coronel Brown dirijió una detenida
comunicacion á los señores Hallet hermanos y compañia, dándoles bases y
razones en que se fundaron para reclamar del ministerio de Relaciones
Esteriores del gobierno inglés la satisfaccion que el proceder del
Comandante Stirling y la córte del almirantazgo de la Antigua le ponian en
el deber de dar.
Como el Sr. Rivadavia tenia á la vista una copia legalizada del espediente
obrado en la citada isla, puede considerarse como un estracto de él la
relacion que hace de los hechos, los cuales nos parecen interesantes
para la historia, por lo tanto oportuna la transcripcion siguiente de
algunos párrafos de la nota dirijida á la casa de Hallet.--“Partiendo del
principio de la absoluta neutralidad” (dice la nota) que en la guerra de
España con las provincias del Rio de la Plata ha proclamado y protestado
el gobierno inglés, enunciaré los datos y hechos mas esenciales. La
fragata “Hércules” era bajo todo respectos un buque de guerra del Gobierno
de Buenos Aires: la comision y el destino son los que dan este carácter
segun las convenciones y prácticas que forman el derecho marítimo.
El que la propiedad del buque sea de un particular nada altera esta
calidad, y la nacion inglesa es la que puede suministrar mas pruebas de
esto. El comandante de dicho buque D. Guillermo Brown es un oficial de las
provincias del Rio de la Plata: él es de origen inglés; mas en el momento
que admitió el primer despacho del supremo gobierno de dichas provincias,
revistió todas las calidades que les autorizaban á obrar como oficial
de honor en una guerra contra aquel pais. Los vasallos de S. M. B. han
tenido hasta ahora la facultad de hecho y de derecho para consagrar sus
servicios á cualquiera nacion, como no sea contra la suya. Y sobre todo,
el caballero Brown hacia sobrado tiempo que servia al gobierno de Buenos
Aires, para que el de la Gran Bretaña pudiera haberlo sabido y reclamado,
si juzgaba que los servicios de él contrariaban sus intereses ó su
política.
«En la espedicion de que era parte la citada «Hércules» no intervino la
mas mínima propiedad inglesa.» El armamento, pertrechos y habilitacion
misma eran de la propiedad y costo inmediato del gobierno de Buenos Aires,
como consta de los documentos que obran en el espediente.
El casco y aparejo del buque que formaban toda la propiedad del oficial
Brown, no puede calificarse por ningun sólido principio de propiedad
inglesa: ella pertenecia antes al mencionado gobierno que habia comprado
dicho buque para su servicio, del que hizo donacion á uno de sus oficiales
premiando al mérito y animando la emulacion de los que le servian.
«El arribo de la fragata «Hércules» á la Barbada, considerado como buque
de guerra no ha contravenido á ninguna ley marítima de comercio ó colonial
que autorice á su aprehension y confiscacion, y aun cuando se le gradue
de buque mercante, habiendo arribado por necesidad, y no probándole hecho
ni intencion de hacer alguna introduccion clandestina, como lo comprueba
el proceso, por los tratados y leyes coloniales de España misma, no
puede negársele en tal caso el auxilio que su necesidad demanda ni menos
detenerlo....»
Hemos dicho que sobre la conducta del coronel Brown pesaban algunas
sombras; él bien lo conocia, pues ofreció al Sr. Rivadavia una plena
satisfaccion prestándose á darla personalmente en Paris mismo si asi se lo
exijiese el Diputado de su gobierno.
El Sr. Rivadavia con la imparcialidad que correspondia en negocios tan
graves, no quiso disimularle ni la naturaleza ni la fuerza, tal vez
aparente, de los actos que empañaban la fama del buen marino; pero tomando
en cuenta la instancia que este hacia para lavarse de toda mancha, tuvo
la discrecion el Sr. Rivadavia de tranquilizar el espíritu de quien podia
aun prestar á la causa de la independencia servicios de consideracion.
En la nota mencionada del 27 de Junio le decia: «Pasando á lo que toca á
su honor personal, aseguro á V. S. con la franqueza que me pide; que mi
opinion del benemérito coronel Brown es siempre la misma que he tenido
la satisfaccion de manifestar en toda oportunidad, y le protesto que me
lisongeara mucho poder obrar siempre conforme á ella. Persuádase V. S. que
conozco sobradamente los enemigos que forman el mérito y la desgracia,
mayormente si los accidentes prestan la decoracion del celo á la calumnia.
En caso semejante, donde hay un mérito bien fundado y un talento que hacer
valer no falta mas que el carácter, y yo me congratulo de entreveer este
en su persona.»
La nobleza de este lenguaje, los principios de derecho público y los
pormenores históricos que encierran las dos notas que en parte dejamos
copiadas, las dan una importancia que hace que tengamos á dicha la
conservacion de tan preciosos documentos. Por cierto que de la lectura
de ellos no podría traslucirse la situacion personal del autor, ni los
motivos de desaliento que en el instante de firmarlos debian obrar sobre
su ánimo. Dejaremos que él mismo pinte esa situacion en el siguiente
párrafo de su comunicacion de 24 de Mayo de 1817, al Director Puyrredon,
que dice asi: «Acabo de recibir un oficio de V. E. datado en esa capital
á 3 de Enero del corriente año .... en que me íntima que no apareciendo
motivo de conveniencia que pueda fundar mi residencia en Europa para lo
sucesívo, regrese á ese pais .... Yo obedezco á la órden de V. S. y desde
luego no promederia un momento entre la obediencia y la ejecucion si no
me retuvieran motivos insuperables por el presente. En los puertos de
Francia no será fácil encontrar buque que haga viaje directo á esa por
lo que probablemente me veré obligado á pasar á Inglaterra. Mas no tengo
recurso alguno para hacer frente á los gastos precisos de mi transporte.
Y sobre todo, no hace honor á ese gobierno ni á mi persona el salir de
esta capital sin cubrir lo que debo en ella, mayormente cuando se me ha
anticipado bajo la sola garantia de mi persona.»
El 10 de Diciembre de aquel mismo año recibió nuevos plenos poderes
para constituirse en órgano del gobierno de las Provincias Unidas de
Sud-América cerca de los soberanos de Europa, con el objeto de conquistar
la estima de estos á favor de aquel gobierno, el cual estaba seguro de
granjeársela por la bondad de su conducta, segun la espresion oficial de
los respectivos documentos diplomáticos.
Por los antecedentes que tenemos á la vista venimos en conocimiento de
la importancia de los trabajos del Sr. Rivadavia en Europa; pero no
podemos trazar una historia de ellos por lo incompleto de aquellos mismos
antecedentes.
El Diputado argentino no dejó de negociar un solo momento, á fin
de inclinar al gabinete francés á protejer con su fuerza moral la
independencia de esta parte de América, conato principal de nuestra
política esterior. El Sr. Rivadavia habia conseguido captarse la amistad
de escritores y personajes influyentes capaces de obrar sobre la opinion
del pueblo francés y sobre la política de su gabinete. Monseñor Deprat
puso su pluma calorosa al servicio de la gran causa americana, y los
sentimientos democráticos del noble general Laffayette, no permanecieron
inoficiosos ante las hábiles instancias del Sr. Rivadavia cuyo elevado
carácter supo apreciar aquel hombre tan simpático para los amigos de la
libertad.
Debiendo respetar el punto político de partida del monarca francés de
aquella época, el Sr. Rivadavia declaró que el gobierno que representaba
habia seguido una conducta conforme con las doctrinas conservadoras
proclamadas por el Congreso de Viena de 9 de Junio de 1815. Que aquel
creia, por consiguiente, cumplir con sus deberes, perseverando en la
línea de conducta que habia seguido, empleando con respecto del Rey de
España todos los medios de conciliacion que estuvieran á su alcance,
aumentando y fortificando los medios de defensa, al mismo tiempo que
se esforzaba por mejorar y perfeccionar sus instituciones. Hacia esta
declaracion con motivo del Congreso de soberanos que debia tener lugar
en Aix-Lachapelle, y en el cual, segun los cálculos del Sr. Rivadavia,
deberia tratarse la gran cuestion americana á instancias del gabinete
peninsular. Los esfuerzos de nuestro diplomático se contrajeron por tanto
á presentar la causa y el crédito del gobierno de las Provincias Unidas
bajo puntos de vista favorables, demostrando en laboriosas memorias que
redactó al efecto, el progreso creciente del comercio, de la riqueza y
de la civilizacion del Rio de la Plata, asi como de los demas Estados
que tenian un propósito comun con nuestras Provincias.--“La existencia
politica, la organizacion interior y las relaciones esteriores de la parte
mas vasta, hermosa y fértil de la América, (decia el Sr. Rivadavia en 15
de Octubre de 1818, en nota confidencial escrita en frances al Jeneral
Dessales, ministro de Relaciones Esteriores) no es negocio que pertenezca
esclusivamente á la España: es del interés de todo el mundo civilizado.
Las dos potencias americanas reconocidas por la Europa, se encuentran
comprometidas en las numerosas complicaciones que acarrea la prolongacion
de una lucha desoladora, sostenida en el nuevo mundo durante casi nueve
años; lucha cuyas consecuencias son perniciosas para todas las naciones
mercantes. Ha ya muchos años que las Provincias Unidas de Sud América y
recientemente Chile, han conquistado cuanto título puede exijirse á un
pais nuevo para merecer una constitucion nacional.... .... Hasta hoy no
se ha presentado á la América la ocasion de hacerse oir y de esplicar de
una manera adecuada la gravedad é importancia de sus intereses .... Yo me
hallo en situacion de dar á este respecto todas las esplicaciones que se
creyeren necesarias.”
Nuestra diplomácia en Europa no perdió de vista, ni por un solo instante,
un peligro cuya gravedad debia disimularse y en prevision del cual era
prudente captarse simpatías en los gabinetes de primer órden. Consistia
ese peligro en una espedicion preparada en Cádiz, cuyo número de soldados
montaba á 18 ó 20,000 hombres, segun los _Bandos_ que en tinta colorada
imprimia y hacia colocar el gobierno de Buenos Aires en las esquinas
de esta ciudad, y ante cuyo buen éxito probable trepidaban aquellos
gabinetes para decidirse al reconocimiento de nuestra independencia. “La
España, decia con este motivo el Sr. Rivadavia al ya mencionado ministro
de relaciones esteriores de Francia, podrá causar una sorpresa á la buena
fé de la Europa; pero no está en su poder el alucinar á la América....
No nos és indiferente, por cierto, que esa espedicion parta ó no, puesto
que en las Provincias Unidas de Sud-América, la vida y la fortuna de
cada ciudadano están identificadas con las de todos los demas; pero el
señor Ministro me permitirá asentar aquí dos verdades que sobradamente
se justificarán con el tiempo. La primera es que ni el gobierno ni el
plenipotenciario de aquellas provincias consentirán jamás en desviarse un
solo paso del camino que llevan, ni cederán un punto de la justa solicitud
de que se impida á la espedicion militar el zarpar de los puertos de la
península. La segunda es, que si la espedicion llegase á realizarse,
entonces cesarán todas las consideraciones y miramientos, y la fuerza se
encargará de hacernos justicia.”
Fácil es de comprender que la política francesa era dilatoria tanto como
indecisa. El Diputado que usaba tanta firmeza en sus comunicaciones no
tenia acceso fácil para hacerse escuchar de viva voz como deseaba.
Para conseguirlo, ocurrió á la influencia de sus respetables amigos, y
especialmente á la del Jeneral Laffayette, quien levantándose mas alto
que los consejeros del Borbon restaurado, comprendia cuanto ganaria el
prestigio un tanto débil de la Francia, si se decidia á favor del Sur de
la América en los términos que lo habia hecho en otro tiempo con respecto
al Norte.
El noble Jeneral que conocia todo el poder de conviccion en que abundaba
la palabra del diplomático argentino y que se interesaba en su causa,
tenia particular empeño en acercarlo al Ministro de relaciones esteriores.
Dirijióle con este fin una memoria sobre el estado general de los
negocios de la América meridional, en la cual comenzaba por disculparse
de su injerencia en materias de tan alta política, recordando que estaba
suficientemente justificado por la que habia tomado en la causa de los
norte-americanos cuarenta y dos años antes, y añadia: “La emancipacion de
la América española, inspirada por la revolucion de los Estados Unidos, ha
sido acelerada por la revolucion europea. Cualquiera género de oposicion
á ella no puede conducir sino á aflijir la humanidad sin dañar en lo mas
minimo á esa misma independencia. ¿Qué hará hoy la Francia? Al instinto
despótico de Bonaparte repugnaba la política generosa.... Ha llegado el
momento en que el gobierno constitucional procure su apoyo en la opinion
del pais, y sus alianzas en la simpatia liberal de los demas pueblos. Me
guardaré de hacer al rey la injusticia de creer que quiera comprometer
nuestros intereses y sus deberes por atender á cortesanias de familia.
En otro tiempo éramos dueños en gran parte del comercio de la América
española, llevando alli nuestros productos al través de la España y por
intervencion de las casas francesas establecidas en Cádiz. De aquella
ventaja real solo nos ha quedado la conocida preferencia que aun dan
aquellos pueblos á nuestras mercaderias; preferencia que los ingleses se
empeñan en que caiga en olvido.... Para indemnizar á la Francia de la
pérdida de la consideracion política debemos ponernos francamente como en
1778, sin que ahora existan los peligros de entonces, á la cabeza de la
independencia americana, para asegurar provechos que no tardarán otros en
arrebatarnos... Por lo demas mi mision se reduce á presentar á V. E. en la
noche de hoy al Sr. Rivadavia, quien no solo está autorizado para hablar
en nombre del pais de su nacimiento, sino tambien de Chile, en donde las
armas argentinas han sido tan felices como lo serán pronto en el Perú.”
En la noche del 19 de Enero de 1819 el marqués de Laffayette y el Diputado
de Buenos Aires descendieron de un mismo carruaje á la puerta del ministro
de relaciones exteriores de Francia. En aquella ocasion debieron tratarse
los importantes negocios que las transcripciones que dejamos hechas dan
á conocer en defecto de documentos mas esplícitos que no han llegado á
nuestras manos.
El Sr. Rivadavia tuvo órden de su gobierno de pasar á Lóndres,
reemplazándole en el carácter de Diputado cerca del gobierno frances
el Dr. D. Valentin Gomez. Las instrucciones dadas á este último están
firmadas por el ministro D. Gregorio Tagle á 21 de Octubre de 1818, y
de esta misma fecha es la órden dada al Sr. Rivadavia para trasladarse
á la córte de Inglaterra, segun el tenor del artículo 4.ᵒ de dichas
instrucciones.
En una nota datada en Paris á 18 de Junio de 1819, dió cuenta el
nuevo Diputado de su primera conferencia tenida con el ministro de
relaciones exteriores el dia 1.ᵒ de aquel mismo mes, en la cual le
habia declarado que en concepto del gabinete frances dependia la suerte
de la independencia americana de la aceptacion de la forma monárquica
constitucional, y que partiendo de esta persuacion, manifestada con
franqueza, le habia propuesto para el gobierno de esta parte de América,
al principe europeo, heredero del reino de Etruria, entroncado por línea
materna con la dinastía de los Borbones. La manera como el congreso miró
aquella proposicion que el Sr. Gomez comunicó con una circunspeccion que
le honra, fué el motivo que mas de cerca decidió de la suerte funesta que
cupo al cuerpo nacional que habia declarado nuestra independencia en el
acta memorable del 9 de Julio de 1816. Cayó envuelto en un famoso proceso
y los tiros que le derribaron tuvieron alcance para herir á los Diputados
que representaban en paises estrangeros al gobierno de las Provincias
Unidas. Estos diputados eran tres en aquel momento. D. Manuel José Garcia,
D. Valentin Gomez y D. Bernardino Rivadavia. Una nota de idéntico tenor,
en cuya lacónica redaccion se advierte el intencional olvido de toda forma
y de todo comedimiento, les anunció que quedaban sin valor sus poderes y
que en consecuencia regresaren sin demora á esta capital. El Sr. Rivadavia
recibió esta íntimacion el 2 de Julio de 1820.
Disueltas las autoridades nacionales, cayeron las provincias antes unidas
en una especie de aislamiento oscuro y estéril. En todos los puntos del
vasto territorio argentino dejó de existir el gobierno fundado en la razon
y en la ley. Las calles y plazas de la capital misma se convirtieron en
teatro de una desgreñada guerra civil, y sobre la superficie social
aparecieron esas influencias de baja estraccion que cobran albedrio
pernicioso cuando las riendas gubernativas pasan á cada instante de una
mano á otra mano por falta de alguna bien intencionada que las rija con
energia y tino.
Forzoso era de en medio de este caos hacer brotar la luz; evocar el órden
del seno de la anarquia, y construir el poder administrativo con los
escombros de la autoridad derribada por la demagogia. Esta fué la obra
dificil que el pueblo de Buenos Aires; en un momento feliz de reposo,
encomendó á la persona de un guerrero de la independencia.
Todos los amigos del órden se asilaron al rededor de la silla del
gobernador D. Martin Rodriguez. La campaña, reducida á una frontera
estrecha y mal defendida, trajo tambien su continjente de fuerza en apoyo
del nuevo magistrado en quien confiaba para dar mas ámbito á su pingüe
industria especial y para garantir las propiedades rurales contra la
rapacidad de los bárbaros. La esperanza pintábase en todos los semblantes.
La masa del pueblo dotada de esa adivinacion de lo futuro que está negada
al individuo, preveia que comenzaba una época nueva, y que las promesas de
la revolucion iban á tener en los hechos mas realidad que en las columnas
gárrulas de las gacetas. Fatigados estaban los ciudadanos de glorias
militares y de venganzas domésticas; ansiaban por el reposo de la paz y
por la dulce satisfaccion de poder amarse como hermanos.
Bajo el influjo de esta disposicion de los ánimos, nada recomienda tanto
el mérito y el carácter del Sr. Rivadavia como el nombramiento que
invocando “el voto público de sus conciudadanos;” hizo en él el gobernador
Rodriguez para desempeñar el Ministerio de gobierno, por decreto del 19
de Julio de 1821. “La importancia de sus servicios y la estension de sus
luces,” eran otras tantas calidades, que segun el mismo gobernador le
señalaban para ser llamado á aquel importante destino.
Los antiguos, ha dicho el mas afamado de los políticos prácticos,
inventaron el rio del olvido, al contacto de cuya corriente se desvanecian
en las almas los recuerdos de la vida. Pero el verdadero Leteo despues de
una revolucion se forma de cuanto puede abrir al hombre las sendas de la
esperanza. Este ingenioso pensamiento, bajo formas mas graves sin duda
dominaba el ánimo del nuevo ministerio. Esplicándose con alta y generosa
filosofia los errores de todos, (de los cuales él mismo no se consideraba
exento) como consecuencia de la marcha torrentosa de la conquista de la
independencia, se propuso curar esos errores, “cerrando para siempre el
periodo de la revolucion, no acordándose mas ni de las debilidades ni de
las ingratitudes.” Nueve dias despues de su aceptacion del ministerio,
y la primera vez que en este carácter se presentó en la Sala de
Representantes, fué para pronunciar la siguiente declaracion que establece
un programa tan lacónico como bello. “El gobierno quiere constituirse
en protector de todas las seguridades y en un conservador de todas las
garantias.”
La Providencia vinole en auxilio para que pudiera dar cumplimiento á
los votos de su política conciliadora. El ministro sabia aprovechar los
instantes oportunos, y sabia tambien que cuando la generosidad no es
simulada tiene eco inmediatamente en el corazon argentino.
En la noche del 26 de Setiembre llegó á Buenos Aires la noticia de un
gran triunfo obtenido por nuestras armas coaligadas con las chilenas. El
Jeneral San Martin habia entrado victorioso á la ciudad de los Reyes, á la
resistente capital del Perú, asiento del poder peninsular en aquel rico é
inmenso pais.
Segun la espresion de nuestro gobierno quedaban colmadas con aquel
acontecimiento las nobles aspiraciones concebidas en 25 de Mayo de 1810.
Los pueblos del continente gozaban ya de independencia; que fuesen libres
y dichosos debia ser la única ambicion que cupiese para en adelante á la
provincia de Buenos Aires.
Tan grata nueva y tan hermosos sentimientos fueron llevados al seno de
la Sala de Representantes el dia siguiente, con la mayor solemnidad, por
los tres secretarios de Estado, al mismo tiempo que el proyecto de ley
de olvido que fué el primer paso con que el Sr. Rivadavia abrió la série
de sus trabajos políticos. Tendia esta medida á tranquilizar y consolar
los ánimos, á avivar la fé en la libertad civil ahogada en la grita de
los partidos apasionados, y á conquistar entre las parcialidades en que
el pais se encontraba dividido, las capacidades y las influencias que
pudieran concurrir á la reforma jeneral que se disponia á emprender la
administracion. Estas miras eran tas vastas é imparciales que alcanzaron
hasta á los antiguos vecinos españoles de esta ciudad, á quienes las
exijencias de la época negaban desde 1817 el inocente derecho de unir
su sangre en lejítimo matrimonio á las mugeres argentinas. La justicia
política fué pues absoluta para todos los habitantes de la provincia de
Buenos Aires.
Para apreciar bien el mérito de los trabajos que distingen á la
administracion que rijió al pais desde mediados de 1821 hasta el 9 de Mayo
de 1824, seria preciso trazar un cuadro detenido de la situacion de las
cosas, del estado de la cultura pública y de las propensiones generales
de la opinion, anteriores á aquel brillante periodo. Dice con propiedad un
escritor inglés, testigo de aquellos trabajos, que nada es tan capaz de
hacer el elojio cumplido de los talentos del primer ministro del General
Rodriguez como la comparacion del estado del pais entre las fechas en que
se encierran los tres años durante los cuales desempeñó aquel empleo el
Sr. Rivadavia. A pesar de la dócil voluntad que se sentia en la poblacion
para obedecer á un buen gobierno, existia una fuerza secreta que desviaba
y detenia su accion; fuerza formada principalmente por las aspiraciones
envidiosas apoyadas en hábitos rancios y en preocupaciones que una prensa
sin doctrina social habia irritado sin correjir.
Comprendió el Sr. Rivadavia que en situacion semejante debia el gobierno
administrar y doctrinar á un tiempo, y que la autoridad, á la cual
levanta siempre los ojos el pueblo, debia presentarse como modelo de los
que la obedecian. Comprendia tambien que en una república, mas que bajo
cualquiera otra forma de gobierno, necesita la autoridad revestirse de
la fuerza moral que nace de las virtudes cívicas y de la conciencia de
los deberes, y adquirir respeto y prestigio, no por la popularidad que se
compra á precio de concesiones y debilidades que acaban por suprimir á la
autoridad misma, sino por la bondad de sus medidas, por la razon y el
acierto de ellas y por la valiente constancia para sostenerlas á pesar á
veces de la opínion pública cuando se pervierte ó estravia.
El ministro del General Rodriguez no confió en si solo: mas que en él
y en sus hábiles compañeros puso su confianza en la verdad del sistema
representativo que francamente habia aceptado y acababa de estudiar al
natural en las instituciones de la Inglaterra.
En primer lugar exijió de la administracion de justicia, ese gran poder
del Estado, toda la imparcialidad y todo el saber que constituyen sus
principales elementos, elevando á la magistratura los letrados mas
íntegros é inteligentes. Y como el sistema democrático es una burla
cuando los representantes del pueblo no son mas que la significacion
de un partido ó de las veleidades del aura popular de una mañana de
elecciones, ejerció su influencia para que en los bancos de la legislatura
se sentasen los mas dignos, los mas entendidos y respetados entre los
vecinos de la Provincia. Sus atrevidas reformas habrian hecho fracazar al
gobierno, si sus proyectos no se hubiesen convertido en ley por el voto
de los ciudadanos á quienes acataba toda lo sociedad. En una palabra, el
Sr. Rivadavia que no temia ni envidiaba la superiodidad de nadie, y que
se consideraba en un puesto merecido, por el testimonio de su propia
conciencia, trató de que los poderes públicos se colocasen á la altura de
sus miras, y las personas que los componian al nivel de su ilustracion y
de su altísima moralidad.
El Sr. Rivadavia, usando de dos voces de su predileccion, era
«eminentemente gubernamental.» Y, añadiremos, uno de los argentinos mas
demócrata, tomando esta palabra en su hermoso y jenuino significado.
El brazo de este hombre de estado no manejó sino los verdaderos resortes
de los gobiernos libres. Los hilos secretos é ingeniosos con que se traman
las redes políticas, son demasiados ténues para que no se rompiesen en sus
manos de hércules. La libertad, la publicidad, el respeto por la dignidad
de las personas, la consistencia de las relaciones sociales por medio de
la instruccion y de la mejora moral de los individuos, y, segun su bella
espresion, la confianza en el _imperio del bien_.... tales eran aquellos
resortes.
No somos nosotros los que lo aseguramos á título de biógrafos
panegiristas: son deducciones de sus propios actos administrativos.
El Sr. Rivadavia nos ha legado un precioso cuerpo de doctrina social
y gubernativa en los considerandos de los decretos que firmó, en los
mensages del Ejecutivo á las Cámaras. Queria ser obedecido mas que por la
fuerza del mandato por la del convencimiento obrado por el raciocinio que
precedia á sus disposiciones.
Traigamos á la memoria algunas de sus máximas:
«La publicidad es la mejor garantia de la buena fé de los actos,
mayormente en aquellos cuya desicion está sugeta á una arbitrariedad
necesaria.
«No hay instituciones que contribuyan tanto á la civilizacion de un
pueblo, como las que inducen entre los individuos respeto recíproco en
maneras y en espresiones.
«No hay medio ni secreto para dar permanencia á todas las relaciones
políticas y sociales como el de ilustrar y perfeccionar tanto á los
hombres como á las mugeres, á los individuos como á los pueblos.
«La ilustracion pública es la base de todo sistema social bien reglado, y
cuando la ignorancia cubre á los habitantes de un pais, ni las autoridades
pueden con suceso promover su prosperidad, ni ellos mismos proporcionarse
las ventajas reales que esparce el imperio de las leyes.
«Todo premio adjudicado al verdadero mérito, sino es un tributo
de rigorosa justicia, es seguramente un resorte de los que mas
ventajosamente promueven la perfeccion moral.
«Es cierto que la opinion pública, especialmente en paises inespertos, se
estravia de suyo, es á veces sorprendida y frecuentemente resiste á la
accion del poder; pero en todos esos casos sosteniéndose esta sobre la
masa de los intereses ú obrando al frente de la corriente por medio de la
instruccion, de la libertad y de la publicidad, el triunfo es tanto mas
cierto y glorioso cuanto que se reviste el imperio del bien.»
Cerraremos esta incompleta página de un verdadero _libro de oro_ con un
pensamiento que muestra toda la liberalidad de las miras de aquel exelente
estadista:
«Es preciso, decia, que los pueblos se acostumbren á ser celosos de sus
prerogativas.»
En el momento mismo en que desde la altura del mando emitia este
principio, ponia en manos del pueblo los medios para que conociese la
estension y la naturaleza de esa prerogativa, encargando la traduccion
del libro de su amigo M. Daunau, «de las garantias individuales» á uno de
nuestros mas sérios literatos de aquella época.
Esta traduccion, publicada en crecido número de ejemplares, ha sido uno
de los libros en que hemos aprendido á leer y á pensar muchos hombres hoy
maduros, ó mas bíen dicho, una jeneracion entera.
Consiste, pues, la principal gloria del Sr. Rivadavia haber colocado
la moral en la region del poder como base de su fuerza y permanencia,
y en comprender que la educacion del pueblo es el elemento primordial
de la felicidad y engrandecimiento. Sobre estas columnas fundó una
administracion que todavia no conoce rival en estos paises, y parte de
cuyas creaciones, como puntos luminosos, han lucido hasta en las negras
horas del gobierno bárbaro que por tantas años mantuvo detenido el carro
del progreso argentino.
Apenas ocupó el puesto de ministro, erigió la Universidad mayor de Buenos
Aires con fuero y jurisdiccion académica, como estaba acordado por reales
cédulas desde el año 1778. Fué este su primer paso en la tarea de fundar
establecimientos de enseñanza alta y primaria, bajo un sistema general,
oportuno para desarrollar la educacion pública al abrigo del sosiego y del
nuevo órden que sucedia á la anarquia.
Inmediatamente despues fundó las escuelas gratuitas bajo el sistema rápido
y económico de Lancaster, no solo en los barrios de esta ciudad sino en
los mas apartados pueblos de campaña, confiando la inspeccion general de
todas ellas á un sacerdote recomendable por su ilustracion y conocido por
su jenerosa filantropía. El premio dado por el Sr. Rivadavia al difundidor
del benéfico preservativo de Jenner, fué el encargarlo de dirijir el
espíritu de aquellos mismos niños cuya salud corporal habia salvado.
Pero su pensamiento orijinal, y mas fecundo fué el de apoderarse, á favor
del bien público, de las hermosas cualidades del corazon femenino. Sabia
el Sr. Rivadavia--son palabras suyas--que la naturaleza al dar á la mujer
distintos destinos y medios de prestar servicios, dió tambien á su corazon
y á su espíritu calidades que no posee el hombre, quien, por mas que se
esfuerze en perfeccionar las suyas se alejará de la civilizacion si no
asocia á sus ideas y sentimientos la mitad preciosa de su especie. La
Sociedad de Beneficencia se ha defendido en épocas de retroceso social por
la propia importancia de sus tareas, y ha podido educar dos jeneraciones
de madres morales é instruidas que han dado entre caricias los primeros
consejos y las primeras lecciones á centenares de ciudadanos. La Sociedad
de Beneficencia es una escuela normal donde se forman exelentes y dignas
matronas que se sucederán unas á otras practicando el bien y ejerciendo la
insigne majistratura de la mejora de sexo, mientras exista esta ciudad que
la respeta y ama. La anciana moribunda les dirije las últimas bendiciones
desde el lecho de la misericordia, y la tierna niña en el albor y fuerza
de la vida, desde el banco de sus labores, eleva tambien sus puros
agradecimientos á esas segundas madres que les dió la patria por la mano
venerable de Rivadavia.
Cuadro demasiado estenso seria el que comprendiese todos los pormenores
de las reformas emprendidas en la administracion de Rodriguez. Ellas
abrazaron desde la economía interior de las oficinas hasta los actos
ejercidos por el pueblo en razon de su soberania; desde las prácticas
forenses hasta los hábitos parlamentarios; desde la policía del cuartel
del soldado hasta la clasificacion de las recompensas á que eran
acreedores los jefes del ejército. Como la reforma tuviese la inflexible
intencion de desarraigar abusos é introducir economia en la aplicacion
de la renta pública, no pudo ponerse en práctica sin lastimar intereses,
personas y corporaciones que se sublevaron contra sus tendencias. Estas
reformas fueron sancionadas por los representantes del pueblo. Por fortuna
los lejisladores de entonces tenian en el ejecutivo un brazo fuerte para
hacer cumplir la ley, y una voluntad que no se arredraba en presencia
de las dificultades. El Mensaje del año 23, hablando de la reforma, se
espresa en estos términos: “Esta obra árdua ha sido ordenada con valentia
por las dos lejislaturas precedentes, y el gobierno para ejecutarlo ha
debido vencer grandes resistencias y chocar con sentimientos personales
y preocupaciones comunes.” Estas palabras demuestran las resistencias
halladas para obrar el bien y acelerar la marcha de la civilizacion.
Dejan traslucir al mismo tiempo cuales debieron ser las luchas diarias,
sostenidas por los hombres colocados al frente del movimiento rejenerador.
Disculpable habria sido que se manifestasen engreidos por el triunfo
y agriados por las ofensas recibidas en retribucion de beneficios tan
importantes. Nada de eso. Una severa templanza rebosa en todo aquel
documento, modelo de filosofia política. En él se esplican y se absuelven
los errores de la opinion y se esperanza hasta en la exaltacion de las
pasionas para llegar al blanco á que se dirijia el gobierno, asi que esas
pasiones entrasen al cauce que la ley acababa de señalarlas. El Mensaje
continúa así:
“Establecidos ahora los fundamentos del sistema representativo, es forzoso
que la conducta del gobierno sea conservadora. El tiempo debe consolidar
lentamente lo que acaba de construirse con tantas fatigas y peligros: él
tranquilizará los ánimos ajitados de las pasadas contiendas: las pasiones
sublevadas se amanzarán gradualmente y servirán tambien bajo el imperio de
instituciones saludables.”
La ley de reforma eclesiástica dictada en 21 de Diciembre de 1822, fué
pretesto para que los mal avenidos, los aspirantes y los adoradores del
_statu quo_, formasen una especie de coalicion en nombre de la creencia
de nuestros mayores, haciendo entender al vulgo que se atacaban sus
dogmas venerandos y el lustre de su culto. Los principios relijiosos del
primer ministro fueron puestos en duda, y la calumnia declaró ateo á
quien habia contribuido para que el seminario conciliar, mal organizado
y pobre en rentas, fuese levantado á la categoria de colegio nacional de
estudios eclesiásticos; á quien se proponia dignificar el sacerdocio para
que fuese capaz de desempeñar la alta mision docente que el gobierno se
disponia á confiarle. El Sr. Rivadavia quiso dar al clero de Buenos Aires,
en aquella época, una prerogativa que el clero francés aún no ha podido
conquistar del todo á pesar de su ciencia y acreditada moralidad--la de
participar libremente en la educacion y en la civilizacion del pueblo.
Estas intenciones fueron manifestadas con palabras terminantes y con
actos notorios. La sede en aquella época estaba vacante. El ardor de
la revolucion y la lucha intestina habian dado sus frutos hasta en el
corazon de la tribu de Levi, y el pavimento de los claustros habia sido
mancillado con sangre en la hora en que el crimen crée conseguir impunidad
con las tinieblas. La autoridad civil no podia ser indiferente á este
espectáculo. Ojalá que el Sr. Rivadavia hubiera encontrado en su tiempo
á la cabeza de la diócesis uno de esos fuertes varones que saben ir al
fondo de las intenciones del Evanjelio por los caminos mas cortos! El se
hubiera abrazado con el santo pastor y habríale cedido la iniciativa en la
parte eclesiástica de la reforma. Pero aquel deseable obispo no existia.
En su defecto el Sr. Rivadavia ordenó que se estableciesen conferencias
semanales para todos los individuos del clero sobre materias de ciencías
eclesiásticas. El decreto de 5 de abril de 1823, se funda en estas
bellas consideraciones: “No basta que el clero de Buenos Aires obtenga
por su santidad una reputacion distinguida, ni que los servicios en la
causa de la independencia le designen un buen lugar entre las clases que
han contribuido á establecerla. Es menester algo mas; es menester que
su crédito se eleve por la civilizacion, y que llegue por este medio á
ponerse en estado de cargar con la responsabilidad de difundirla.”
Esta es la verdadera tendencia de la reforma eclesiástica tan desfigurada
por la oposicion contemporánea á ella. Bajo la faz en que la presentamos
será mirada por la historia. El sábio estadista mártir de su moralidad y
de su honradez, queda lavado con la uncion de sus propias palabras, de
la mancha de incrédulo con que el espíritu vulgar del partido pretendió
empañar su memoría. En la vasta razon del Sr. Rivadavia habia lugar para
los axiomas de la ciencia y para las verdades de la relijion heredada
que no se desprenden jamás del alma de los bien nacidos: asi como tenian
cabida en los estantes de su biblioteca los escritores de la escuela del
siglo XVIII y los ascéticos de la época brillante de la prosa española.
La atencion del Sr. Rivadavia no estuvo enteramente absorta en los límites
del gobierno de que era miembro. Al crear instituciones útiles, y al
mejorar las formas representativas en Buenos Aires, creia hacer una obra
de modelo y aplicacion para las demas provincias de la república, que de
mancomun y debidamente representadas habian proclamado la independencia
como un solo cuerpo de nacion. Los vínculos de la union se hallaban
desatados en 1821. A la representacion nacional dispersada por la
anarquia habia sucedido la tentativa de otra cuyos miembros reunidos en
Córdoba tuvieron mas de una vez que defenderse contra las acusaciones
de conspiracion que les hacian sus propios comitentes. Quedó sin efecto
esta tentativa de congreso. La reunion de otro nuevo era completamente
imposible en aquellos momentos. El Sr. Rivadavia tuvo que aceptar el
papel de ministro de un gobierno provincial á pesar de sentirse con la
fuerza y la voluntad sobrada para encargarse de los destinos nacionales.
El pensamiento de toda su vida fué la union nacional. En una ocasion en
que circulaban en Europa noticias precursoras de la caida del Directorio
y de la disolucion del Congreso, se espresaba de la manera siguiente en
una nota oficial de 28 de Junio de 1818: “La union de esas provincias
es indispensable á su existencia nacional. Si la administracion central
deja de existir por algun tiempo, debe ser por consultar á su mejor y mas
sólido establecimiento.”
* * * * *
La idea de la organizacion del territorio de un pueblo que tantas virtudes
y jénio habia mostrado en comun durante la lucha de la independencia,
no podia dormir en la cabeza del hombre que habia sido vocal de las
primeras juntas, representante de las Provincias Unidas cerca de las
córtes estrangeras y actor principal en el movimiento revolucionario á
que el pais entero habia contribuido con su sangre y sus tesoros.......
Sobre la jeneracion que vivia entonces no habian pasado los veinte años de
aislamiento que llevan el apellido y la divisa de Rosas.
El restablecimiento de la union de los pueblos argentinos, tan ansiada
por Rivadavia, se preparó por él con habilidad y discrecion. «Esa
union, decia, es necesario que se obre por el convencimiento de que las
ventajas son superiores, respecto á cada una de las partes concurrentes,
á cualquier perjuicio real ó de mera opinion, que á alguna de ellas
puede ocurrir.» La explicacion de esas ventajas y del pensamiento
desinteresado del gobierno de Buenos Aires fué confiada al blando y
persuasivo tucumano Dr. D. Diego Estanislao Zavaleta, con sujecion á las
notables instrucciones datadas á 30 de Mayo de 1823 bajo la firma de D.
Bernardino Rivadavia. Pero ántes de tomar la iniciativa «para reunir todas
las provincias del territorio que ántes de la emancipacion componian el
vireinato de Buenos Aires ó del Rio de la Plata, en un cuerpo de nacion
administrada bajo el sistema representativo, por un solo gobierno y por un
mismo cuerpo legislativo,» quiso el estadista porteño poner de bulto con
los hechos la conveniencia de la union y hacerla apetecible con beneficios
prácticos para los pueblos invitados. Seis jóvenes de cada uno de los
territorios que estaban entonces bajo gobiernos independientes, fueron
mantenidos y educados en los colegios de Buenos Aires. Medida excelente
cuyo resultado fué establecer entre aquella numerosa juventud, vaciada en
un mismo molde intelectual, vinculos estrechos y fraternales que con el
tiempo debian producir una accion armoniosa en la máquina del Estado.
Dictóse al fin la ley de 27 de Febrero de 1824, facultando al ejecutivo
de la provincia de Buenos Aires para reunir la representacion nacional.
Esta ley fué precursora de varias medidas que mas tarde facilitaron al
congreso de 1826 y al presidente que nació de su seno, el ejercicio de
sus respectivas funciones. Las relaciones y el crédito que al gobierno
provincial habian grangeado la elevacion y justicia de su conducta,
permitiéronle la formacion de compañias europeas, con fuertes capitales,
para la explotacion de los metales preciosos, para facilitar el comercio
interior, la navegacion de buques á vapor, y para establecer un banco
nacional que sustentase esas mismas empresas proveyendo á las provincias
del numerario que necesitaban para alentar sus respectivas industrias.
El autor de este plan preparatorio para el restablecimiento de la
union argentina, tuvo la oportunidad de ser su agente en los centros
europeos de actividad y riqueza. Habiéndose negado por tres veces
el Sr. Rivadavia á continuar en su cargo de ministro de gobierno al
comenzar la administracion del jeneral Las Heras, fué nombrado ministro
Plenipotenciario y Enviado Extraordinario cerca de las cortes de
Inglaterra y de Francia, por decreto de 17 de Febrero de 1825, época en
que el gobierno de la provincia estaba ya encargado del poder ejecutivo
nacional.
Fué durante esta mision que tuvo lugar la ratificacion y cange del tratado
celebrado con la Gran Bretaña. El nombre del Sr. Rivadavia corre á par
del afamado Ministro M. Canning en la última página de aquel documento á
que debe Buenos Aires adquisiciones de que ya se apercibe, y otras que
el tiempo está encargado de revelar en toda su importante trascendencia.
Pero el patriotismo y las luces del diplomático arjentino no le permitian
ceñirse á procederes de mera forma. Las respetuosas consideraciones que
mereció del gabinete inglés, le ayudaron para emplear con fruto de su
pais el año escaso que permaneció en Europa en desempeño de sus nuevas
funciones. Consagróse con empeño á dar á conocer la aptitud del pais
que representaba para empresas industriales en grande escala, y para
un desarrollo comercial mas estenso que el que hasta entonces habia
recibido. La prensa de Lóndres reveló, por primera vez, puede decirse, los
caudolosos veneros de preciosos minerales que encierran las Cordilleras
del centro y de los estremos de nuestro vasto territorio, y las ventajas
que reportaria una numerosa emigracion agrícola, estableciéndose en los
llanos fértiles y estensos que riegan nuestros rios caudalosos bajo el
clima hospitalario de una zona templada.
Las garantias que en favor de la civilizacion y riqueza del pais acababan
de obtener los súbditos británicos por los tratados que son el punto de
partida del jeneroso derecho público que nos rije, fueron el natural
apoyo de la confianza con que se arriesgaron fuertes capitales europeos
á trasladarse á rejiones lejanas pero que tanto prometen á la industria
y al trabajo intelijente bajo la custodia de las leyes sábias. El
crédito, elemento moral de los gobiernos, obró su preciosa consecuencia,
convirtiéndose en valores positivos. Si los frutos posteriores no
correspondieron á las esperanzas concebidas en vista del movimiento
favorable de la opinion exterior hácia nosotros, no fué culpa de quienes
excitaron ese movimiento con tanto acierto como con medios tan lejítimos;
culpa fué de la mala estrella que guió por tantos años nuestros destinos.
Siempre que busquemos con verdad el camino de nuestro engrandecimiento,
le hemos de hallar por el rumbo trazado por la escuela económica y
administrativa de que es fundador el Sr. Rivadavia. El órden y la paz
interior, serán en adelante como lo fueron desde 1821 hasta 1827 las
proclamas mas elocuentes para traer pobladores al seno de nuestros
desiertos, y capitales á la masa de nuestra circulacion monetaria. Estas
verdades son vulgares en nuestros dias. No le eran cuando se anunciaban y
aplicaban por primera vez. Los que derramaron tales ideas como una semilla
que alguna vez habia de fructificar, fueron tenidos por visionarios y
utopistas. Sin embargo, la fábula se hizo verdad. Las garantias acordadas
al estranjero han salvado nuestra civilizacion naciente y la dignidad del
ciudadano.
El dia 8 de Febrero de 1826, en el salon principal de nuestra vieja
fortaleza, entre un crecido número de ciudadanos y en presencia de los
jefes del ejército y de los departamentos todos de la lista civil, tuvo
lugar un acto importante y trascendental para la suerte del pais.
En aquel dia y en aquel lugar, el gobernador de la provincia de Buenos
Aires proclamó á D. Bernardino Rivadavia, presidente de las Provincias
Unidas del Rio de la Plata.
El Congreso, haciendo justicia á los méritos contraidos por aquel
ciudadano habíale escojido para elevarle á puesto tan honroso como erizado
de espinas. Al tomar el Presidente las insignias del mando y el Jeneral D.
Juan G. de las Heras al entregárselas, pronunciaron palabras que honran
á uno y otro. Los méritos de la administracion que se retiraba fueron
reconocidos y aplaudidos por el Presidente, quien á su vez fué alentado
con la halagüeña perspectiva de una marcha gloriosa. Tan nobles deseos
se frustraron completamente. El Gobierno de la presidencia halló un
terreno conmovido que no le permitió asentarse. El Sr. Rivadavia no podia
fundar su gloria en los triunfos militares sino en las conquistas del
pensamiento con armas pacíficas de una administracion arreglada. Mientras
tanto el pais estaba comprometido en una guerra esterior, en la cual las
victorias sobre el enemigo fueron una verdadera derrota para el poder del
Presidente. Otras causas combinadas con esta no permitieron al réjimen
nacional mas que una duracion cortísima.
El Sr. Rivadavia renunció el cargo de Presidente y cesó en sus funciones á
fines de Julio de 1827.
Al descender de la presidencia, el Sr. Rivadavia dirigió una carta
autógrafa á cada uno de sus ministros, dándoles gracias por la cooperacion
que habian prestado á su gobierno, y asegurándoles de la aprobacion
que le merecia la conducta de los empleados en los tres departamentos
de la administracion. Las contestaciones de los Señores Agüero, Cruz y
Carril son un testimonio de los sentimientos nobles y afectuosos que
el magistrado habia sabido despertar en aquellos hombres notables. En
momentos en que declinaba el valimiento del gobernante, y en que ya
se divisaba delante de él el camino lóbrego que iba á recorrer en el
resto de sus dias, no pueden ser tachadas de lisonjeras las espresiones
con que los ministros contestaron al Sr. Rivadavia. El de hacienda se
espresaba así: “La administracion de V. E. deja descubierto el secreto
y en él la garantia que faltaba á los intereses sociales. No mas el
saqueo y la violacion de las propiedades particulares serán en nuestra
patria suficientemente escudadas con los nombres de patriotismo y de
obligacion.... La mas grata recompensa que me queda es haberme empleado en
el servicio de la nacion, bajo las órdenes del hombre público que en la
historia de la América española ocupará el lugar mas distinguido, por su
constante empeño en propagar la civilizacion de los verdaderos principios
con que, en menos tiempo, y escusando mil calamidades, los moradores de
estas rejiones puedan llegar á la ventura social, y las diversas secciones
del continente elevarse á un grado de prosperidad prodigiosa.”
La nacion pasaba por una verdadera crísis. El carácter provisorio que
imponia al nuevo presidente la ley de 3 de Julio, la reunion próxima de
una convencion nacional; la disolucion del Congreso asi que se tuviere
conocimiento oficial de la instalacion de aquella; la guerra civil que
alzaba la rebelion por una parte, y por otra la guerra estrangera,
colocaban al pais en una situacion que se agrababa con la decadencia del
comercio y los excesos del ajio y con el mal éxito de las negociaciones
diplomáticas entabladas para terminar la contienda con el Imperio.
Las pasiones políticas se hallaban exaltadas. El Gobierno Nacional
caía enlutando el corazon de unos y vistiendo con colores alegres las
ambiciones de otros. Los numerosos amigos de un órden de cosas que
databa desde 1821, se sentian sin apoyo y se consideraban entregados por
la renuncia del Sr. Rivadavia á las consecuencias de una reaccion que
comenzando por las formas habia de llegar hasta las ideas. Para calmar
estos temores y para templar el ardor de los partidos, revistiéndose
el Sr. Rivadavia de esa grave tranquilidad que mostró tantas veces en
los momentos críticos, dirijió al pais las siguientes palabras que se
deslucirian con cualquier comentario:
“Argentinos: No emponzoñeis mi vida haciéndome la injusticia de suponerme
arredrado por los peligros, ó desanimado por los obstáculos que presenta
la majistratura que me habeis conferido. Yo hubiera arrostrado sereno aun
mayores inconvenientes, si hubiera visto por término de esta abnegacion la
seguridad y la ventura de la patria.
“Consagradle enteramente vuestros esfuerzos, si quereis dar á mi celo y á
mis trabajos la mas dulce de las recompensas. Ahogad ante sus aras la voz
de los intereses locales, de la diferencia de partidos y sobre todo, la de
los afectos y ódios personales, tan opuestos al bien de los estados como
á la consolidacion de la moral pública.... Abrazaos como tiernos hermanos
y acorred como miembros de una misma familia á la defensa de vuestros
hogares, de vuestros derechos, del monumento que habeis alzado á la gloria
de la nacion. Tales son los deseos que me animarán en la oscuridad á que
consagro mi vida; tales los que me consolarán de la injusticia de los
hombres; tales, en fin, los que me merecerán un recuerdo honroso de la
posteridad.”
El Congreso que declaró la independencia terminó su carrera bajo la
acusacion de traidor á la patria. El primer Presidente y sus actos fueron
llamados al tribunal de la opinion pública por los hombres públicos que no
acertaron á disimular su parcialidad. El Mensaje pasado á la legislatura
por el gobierno que restituyó á Buenos Aires su antigua forma provincial,
es un documento cuya lectura desconsuela al mismo tiempo que demuestra
la intensidad de los ódios que fermentaban dispuestos á estallar bajo
la silla del Presidente y en la tribuna del Congreso. Aquel Mensaje
clasificó al pensamiento del réjimen general del pais, como “un instante
desgraciado de delirio”: y declarando que “la concentracion y la desunion
se habian hecho igualmente impracticables”, colocó á las provincias en una
situacion incierta que no podia conducirlas sinó á la anarquia, ó á caer
en manos de jefes irresponsables y vitalicios.
Apartado el Sr. Rivadavia de la vida pública, la privada fué para él
en lo sucesivo y hasta el fin de sus dias, una perpétua expatriacion.
Para comprender las tribulaciones de su espíritu, bastará transcribir
las siguientes palabras escritas por él en Paris en Mayo de 1833: “Son
estos los momentos mas tristes de mi vida. Un amigo me instruye sobre la
estrema degradacion y miseria de mi desventurada patria. No he recibido
una sola letra que me consuele sobre la situacion de mi esposa é hijos,
ni recuerdos de mis amigos....., sin embargo no puedo dejar de pensar
constantemente en esa República Argentina que se arruina y degrada cada
vez mas. Ni seria digno ni posible separar mi ánimo de la contemplacion
de tan cara y amada patria....” En aquellos momentos lamentaba la muerte
de un noble y respetable estrangero amigo suyo, “el único ser, segun
su propio testimonio, á quien debiera favores en su desgracia.” Pero
tantas desventuras no abatian su alma bien templada. Cuantos mas motivos
se le agolpaban para quejarse de la ingratitud de la patria, mas se
identificaba con ella consagrándola sus desvelos. Nada podia hacer ya en
su servicio el estadista repudiado, pero si el literato estudioso. “Para
aliviar su espíritu” emprendió entonces la traduccion de los viajes de D.
Félix Azara, “porque era lo mejor que se habia publicado sobre su pais.”
El Señor Rivadavia cedió este manuscrito al Sr. D. Florencio Varela el
año de 1842, en Rio Janeiro, al separarse ambos “para no verse mas en
este mundo.” El tomo segundo de la Biblioteca del _Comercio del Plata_,
contiene la primera edicion de este escrito tan importante para el
conocimiento de la historia natural del Rio de la Plata y Paraguay. Tal
vez hasta el año 45, época de aquella edicion, no se conocian las exactas
observaciones del ilustre geógrafo y viajero en la lengua en que se habian
redactado.
Al hablar de los trabajos diplomáticos del Sr. Rivadavia en Europa, hasta
poco antes de 1820, hemos procurado hacer las transcripciones que ha
sido posible de su correspondencia oficial, para probar indirectamente
el ningun fundamento de las acusaciones que se le han hecho acerca de
sus pretendidas tendencias á monarquizar la América. El señor Rivadavia
no ha dado un paso, que nos conste, en este sentido. Habrá si se quiere,
escuchado proposiciones y aun abierto esperanzas sobre semejante
pensamiento en circunstancias en que era preciso, para no comprometer
nuestra independencia ni el éxito de la lucha con el poder español, calmar
los celos que en los gabinetes de los soberanos europeos despertaban los
gobiernos _insurjentes_ del nuevo mundo. Pudo haber en su ánimo momentos
de duda acerca de cual fuese la forma política mas conveniente para
constituir su pais. Y esto nada tendrá de estraño, pues trepidaciones de
la misma especie hallaban escusas en 1846 para el sesudo redactor del
_Comercio del Plata_, en consideracion al espectáculo de sangre y de
lodo que por treinta y seis años presentaban las repúblicas americanas.
La calumnia, sin embargo, valiéndose de la discreta reserva en que se
envuelve toda negociacion diplomática, por inocente y lejítima que ella
sea, prohijó aquella suposicion vulgar y la presentó con el carácter de
acusacion oficial, durante la última residencia del Sr. Rivadavia en
Francia. Fué entonces que él tuvo el noble coraje de presentarse en Buenos
Aires, á mediados de Mayo de 1834 para vindicarse de las acusaciones
que se le hacian. Solo dos horas pudo permanecer bajo el techo de su
propia casa y en la ciudad de su nacimiento. La autoridad lo obligó á
reembarcarse y á esperar á bordo de un buque durante veinte dias la
decision de la Sala de Representantes sobre la reclamacion entablada ante
ella por acto tan injusto.
El Sr. Rivadavia se asiló entonces en el Estado Oriental. En una
hacienda de las inmediaciones de la Colonia del Sacramento se consagró
á ocupaciones rurales. Rodeado estaba de colmenas, de su querido rebaño
de cabras del Tibet y de plantas útiles y exóticas, cuando en Octubre de
1836, por órden del gobierno de aquel pais, fué deportado á la Isla de
Ratas en la rada de Montevideo, y de allí desterrado con otros argentinos
notables á la isla brasilera de Santa Catalina.
Peregrino y proscripto por Europa, por el Estado Oriental, por el Brasil,
rindió al fin el espíritu en la ciudad de Cádiz el 2 de Setiembre del año
del Señor MDCCCXLV.
El Sr. Rivadavia es sin disputa un argentino digno de preferente lugar en
el panteon de nuestros grandes hombres.
Su razon fué elevada; su carácter recto y firme; su voluntad constante;
sus intenciones intachables. Nadie ha hecho mas que él á favor de la
civilizacion y de la legalidad en estos paises. Nadie ha amado con mas
desinterés y mas sin lisonja, mas de veras al pueblo. Nadie ha respetado
mas que él la dignidad de los compatriotas. Tuvo la conciencia de nuestras
necesidades y se desveló por satisfacerlas. Trajo á su rededor todas las
intelijencias, diólas impulso y las preparó un teatro útil y brillante
de accion. Buscó en el estranjero las ciencias de que careciamos y las
aclimató en nuestro suelo. Compensó y alentó los servicios y las virtudes;
protejió las artes y confió mas en el poder de la razon que en la fuerza.
Su mérito es tan positivo como su gloria será eterna.
Sus bendecidas cenizas están entre nosotros. _Tandem quiescat._ La mano
del agradecimiento las ha devuelto á la Patria como un tesoro usurpado.
Del fondo del sepulcro que las custodia, saldrá constantemente una voz que
resonará como un aplauso ó como una censura en la conciencia de nuestros
mandatarios.