En aquellas tristes circunstancias en que las imaginaciones estaban
poseídas de un terror pánico, se consultó a los oráculos y adivinos,
y oída su respuesta hicieron venir de Creta a Epiménides, mirado en
su tiempo como un hombre que tenía comunicación con los dioses, y
adivinaba lo futuro. Recibiole Atenas con aquel entusiasmo que inspiran
la esperanza y el temor a un mismo tiempo en tales circunstancias.
Después de haber hecho sacrificios en nuevos templos y sobre nuevos
altares, aprovechose Epiménides de su ascendiente para hacer
innovaciones en las ceremonias religiosas, y mediante una multitud de
reglamentos trató de reducir a los atenienses a principios de unión
y de equidad. Marchó, en fin, cubierto de gloria, honrado con el
sentimiento del pueblo, que lloraba su ausencia, y rehusando admitir
presentes considerables, únicamente pidió un ramo de olivo consagrado a
Atenea. Poco tiempo después de su marcha volvieron a encenderse con más
furor las disensiones civiles.