En esta anarquía, que amenazaba al estado su próxima ruina, fue
escogido Dracón para tratar del arreglo de toda la legislación,
extendiéndola y aplicándola hasta los más leves pormenores. Este
legislador compuso un código de leyes y de moral por el cual se
lisonjeaba de poder formar hombres libres y virtuosos; pero la
extremada severidad de sus leyes solo hizo descontentos, cuyas
murmuraciones le obligaron a retirarse a la isla de Egina, donde murió
de allí a poco tiempo. Había dado en sus leyes un testimonio de su
genio, que las hizo tan severas como lo fue siempre su carácter. La
muerte es la pena que impone a la ociosidad, y la única que aplica
tanto a los crímenes más leves, como a las maldades más atroces.
Como no había tocado a la forma de gobierno, se aumentaron de día en
día las disensiones intestinas después de su ausencia. Uno de los
principales ciudadanos, llamado Cilón, se apodera entonces de la
autoridad, le sitian en la ciudadela, y evita, en fin, con la fuga el
suplicio que le aguardaba. Mas sus cómplices son extraídos del templo
de Atenea, donde tomaron asilo, y al punto fueron degollados contra la
palabra que se les dio de perdonarles la vida. Esta perfidia de los
vencedores excitó la indignación general. Poco después se recibió la
noticia de que los megarenses se habían apoderado de Nisea y de la isla
de Salamina, y casi al mismo tiempo propagose por toda la ciudad una
enfermedad epidémica.