Lo que fué del revolucionario Alvarez.
Cuando el ex capitán Alvarez, sentado en el café de Madrid, sito en el
boulevard Montmartre y punto el más frecuentado por los españoles
residentes en París, contaba a sus compañeros de emigración sus hazañas
del 22 de junio, lo que más excitaba la atención y torturaba la
curiosidad de todos era la última parte de la jornada, o sea lo que le
ocurrió después de disparar el último tiro en la barricada de la plaza
de Antón Martín.
¡Oh! ¡Qué gran cosa resulta la amistad cuando es verdadera! ¡Cuán poco
debe uno guiarse por las apariencias! Muchas veces, el amigo que se
desprecia y que en menos se tiene es el que presta el servicio supremo
que con más emoción se recuerda durante toda la vida.
Huían Alvarez y su asistente de la barricada que acababa de tomar la
tropa, cuando al parar por frente a la casa de Enriqueta detúvose
sorprendido viendo a ésta en un balcón. Hízola una señal de adiós, y
apremiado por el peligro, volvió a emprender su precipitada carrera:
pero ya era tarde para salvarse.
Al pasar frente a una bocacalle, los dos fugitivos vieron se envueltos
por un grupo de guardias civiles, y les fué imposible resistir. Para
escapar con más ligereza habían arrojado las armas y era inútil que
intentasen resistir a aquella docena de guardias que les apuntaban con
sus fusiles.
Dejáronse, pues, conducir por aquellos hombres que en lo ceñudo de sus
rostros y en sus miradas iracundas daban a entender propósitos poco
tranquilizadores.
Alvarez y su asistente, ennegrecidos por el humo del combate, con las
ropas rotas y en desorden y sin sombreros, tenían un aspecto poco
distinguido, y sin duda por esto, los guardias se abstenían de hacerles
preguntas, tomándolos por dos revolucionarios, y únicamente les
dirigieron la palabra para llamarlos bandidos y canallas, con otras
lindezas por el mismo estilo.
Amo y criado habían sido arrojados contra una pared, y allí, cogidos de
la mano, y erguidos con sublime jactancia, aguardaban la descarga con
que les amenazaba una docena de fusiles apuntados a sus pechos.
Alvarez, próximo a recibir la fatal caricia del plomo, miró a aquel
balcón, en el que había visto a Enriqueta como una aparición momentánea.
Allí estaba ella aún, casi doblada sobre la balaustrada y próxima a
desvanecerse, y Alvarez la vió caer, al fin, pesadamente y golpeando su
cabeza en los hierros.
El amante apenas se impresionó, pues en aquel día los sucesos terribles
se seguían con una rapidez tan asombrosa que abrumaban su pensamiento.
Iba a morir, y preocupado por esta idea, sólo atendió al presente. Por
un rasgo de coquetería varonil, semejante al que sentía Murat, cuando al
ser fusilado gritaba: ¡_No tiréis a la cara_! Alvarez se cubrió el
rostro con un brazo y esperó la descarga.
Alvarez oyó los pasos de mucha gente, voces imperiosas, y quitando el
brazo de sus ojos vió a un pelotón de soldados de Infantería que
desembocaba por la misma bocacalle.
Un teniente joven, con el sable en la mano, cuestionaba con el sargento
que mandaba el pelotón de guardias civiles:
--¡Se están ustedes deshonrando!--gritaba el joven militar--. No son
ustedes nadie para fusilar a los prisioneros. Para eso están los
consejos de guerra.
Los guardias estaban furiosos contra los revolucionarios. Muchos de los
suyos habían caído atravesados por los certeros tiros de las barricadas
y ansiaban vengarse con esa vehemencia rabiosa de los soldados viejos,
entre los cuales el compañerismo es el mayor de los deberes.
El sargento intentó resistirse al mandato del oficial, pero éste se le
impuso con el prestigio que la superioridad proporciona entre las gentes
de armas.
La Guardia civil bajó sus fusiles, y los dos prisioneros pasaron a poder
del teniente, que se comprometió a conducirlos al Principal, donde iban
amontonándose los insurgentes cogidos con las armas en la mano.
Alvarez experimentó verdadera rabia al enterarse de aquel suceso. Sabía
lo que significaba el ser conducido al Principal. La persona sería
identificada, tendría que comparecer ante un consejo de guerra que le
aburriría con sus preguntas y, al fin, sería fusilado, ni más ni menos,
que como ya iba a serlo por las armas de aquellos guardias.
Ganaba algunas horas más de vida, pero también se prolongaba su agonía y
tenía que luchar con sus negros recuerdos.
Irritado contra el oficial que le había arrancado de manos de los
guardias, lanzó una mirada que demostraba su falta de agradecimiento. El
militar no se fijaba en él; le volvía la espalda con ese desprecio que
el vencedor siente hacia el caído.
Aquella rápida mirada sirvió a Esteban para hacer un descubrimiento. En
el cuello de los soldados que le rodeaban ostentábase el mismo número
del regimiento a que él había pertenecido. Una nueva desgracia que caía
sobre él. Sus guardianos no tardarían en reconocerlo a él y a su antiguo
asistente, y sería imposible el impedir la identificación de
personalidad, que tan terrible había de serle.
A Alvarez le pareció adivinar en aquellos soldados ennegrecidos y
transfigurados por el combate algunos de los individuos de su antiguo
batallón, y aunque ahora se fijó más atentamente en el oficial que los
mandaba, le fué imposible reconocerlo, pues marchando al frente del
destacamento le presentaba la espalda.
Una gran parte de aquella compañía, de la que estaba encargado el
teniente por haber muerto el capitán en aquella mañana, siguió por la
calle de Atocha arriba, para reunirse con las demás fuerzas que ocupaban
la barricada de la plaza de Antón Martín: la Guardia civil quedó
detenida en la esquina, y el joven oficial, con unos veinte soldados,
que llevaban entre sus bayonetas a los dos prisioneros, emprendieron la
marcha por la calle del Fúcar.
Anochecía, y como en aquella zona de Madrid no era posible encender el
alumbrado público hasta que se recompusieran los destrozos causados en
las cañerías de gas por los insurrectos, al levantar las barricadas, en
las calles estrechas reinaba una obscuridad que hacía caminar a los
soldados con bastante precaución.
El oficial, que iba al frente, fué acortando poco a poco su paso, hasta
quedar al nivel de los prisioneros y colocarse al lado de Alvarez.
Seguía en su actitud indiferente y desdeñosa y entonaba, entre dientes,
los toques de corneta que había estado oyendo durante todo el día.
Alvarez, a pesar de su triste situación, sentíase muy molestado por la
petulancia de aquel oficialito, que, pegado a él, parecía hacerle fisga
con su monótono canturreo.
De pronto se estremeció al oír, entre un toque a la bayoneta y otro de
alto el fuego, una voz conocida que le hablaba muy bajo.
--Te he conocido en seguida, querido Séneca. Ya me figuraba yo que era
muy posible el encontrarte metido en esta zambra... ¡Eh! ¡No te inmutes!
No me hables: podían apercibirse estos muchachos y lo echaríamos todo a
perder.
Alvarez no volvió la cabeza e hizo esfuerzos para que no se conociera la
sorpresa que experimentaba. Había reconocido al oficial; era su antiguo
amigo, el vizconde del Pinar, aquél a quien llamaban en el regimiento el
alférez _Lindero_, y que durante la emigración de Alvarez había
ascendido.
Perico, que marchaba a la derecha de su amo, casi pegado a él, oía
perfectamente tales palabras, y más sereno que aquél no hizo el menor
gesto de sorpresa. El había reconocido al teniente desde que se puso al
lado de los prisioneros, pero se callaba aguardando algo bueno de aquel
encuentro.
El vizconde seguía hablando, aunque miraba a otra parte, sin mover los
labios y como si tal cosa no hiciera, habilidad que había adquirido en
los salones para decir cuanto quería, sin que se apercibiera otra
persona que la interesada y de la que él se mostraba siempre muy
orgulloso.
--¡Buen día nos habéis dado con vuestra maldita revolución! Te digo que
aquellos guardias tenían motivo de sobra para haberos fusilado. ¡Diablo!
Y si no llego yo, de seguro que os despachan a ti y a tu asistente. Te
he conocido en seguida, a pesar de que te tapabas la cara... ¡Bien!; y
ahora, ¿qué...? La verdad es que no hemos adelantado gran cosa
librándote yo de los fusiles de aquellos energúmenos. Vas a ser
fusilado, querido _Séneca_, a pesar de toda tu filosofía, y lo mismo le
ocurrirá a ese bruto de Perico, que comete la locura de seguirte a todas
partes. Mi deber es conducirte al Principal: allí no faltará alguien que
te reconozca, y no te digo si tendrán ganas de meterle plomo en el
cuerpo a un conspirador como tú, que lleva revuelto el Ejército,
arreglando pronunciamientos. Pero.... ¡con mil demonios!!, estate
quieto. ¡Anda como si nada te dijera! No vuelvas la cara ni intentes
hablarme... Ya veremos de arreglar esto en el camino.
Y aquel buen muchacho inclinó la cabeza, ocupado en pensar cuál sería
el medio más seguro y acertado para salvar a su amigo.
Reflexionó largamente, y la única consecuencia que pudo sacar es que se
había metido en un _lío_ terrible, y que no le quedaba otro remedio que
comprometerse gravemente o llevar a su amigo al degolladero.
El vizconde sentía que algo que dormía en el fondo de su vano cerebro se
sublevaba ante la idea de que Alvarez fuera entregado por él mismo en el
Principal, de donde saldría para ser fusilado con otros muchos
prisioneros. No; esto no ocurriría, pues sería para él un eterno
remordimiento.
--Yo creo en la Providencial--pensaba--. Y ¡qué diablo!..., cuando las
cosas han venado de modo que siendo tan grande Madrid he sido yo el
destinado á hacer a Alvarez prisionero, es que la suerte me designa para
que sea su salvador. Y le salvaré..., ¡sí, señor!, le salvaré.
El teniente, convencido por esta lógica de que estaba en el deber de
salvar a su amigo, aunque faltara a la disciplina y expusiera su vida,
ocupábase en imaginar los medios de evasión, y de vez en cuando miraba
con ojos recelosos a todos los soldados, que, con el fusil al brazo y la
bayoneta calada, marchaban detrás de los prisioneros. Aquel examen le
tranquilizaba poco.
--Mira, Esteban--siguió diciendo a su amigo del mismo modo que antes--.
Veo muy difícil que tú te puedas escapar. Si fueras un desconocido, aún
podría yo intentar algo con esos muchachos, diciéndoles que eres un
honrado padre de familia y que resultaría un crimen el fusilarte. Pero
te conocen, _Séneca_, te conocen. Muchos de ellos son quintos del año
pasado; pero vienen aquí dos gastadores de la época en que tú estabas en
el regimiento, y hace rato que no te quitan la mirada de encima. Esos
saben quién eres y las ganas que el Gobierno tiene de echarte la mano.
Si te escapas de seguro que te disparan, y lo peor es que no errarán,
pues son buenos tiradores. Pero..., ¡con mil demonios!, ¿qué es lo que
voy a hacer?
Alvarez no pudo contenerse esta vez, y a pesar de la oposición del
teniente, habló con voz apenas perceptible.
--Llévame al Principal; es lo más fácil. Me importa poco vivir después
de lo ocurrido.
--Por fin has hablado para decir una barbaridad. ¿Te parece, alma de
cántaro, que yo, sin remordimiento de conciencia, puedo entregarte en
manos de los que te han de dar muerte?... Y el caso es--continuó con
visible vacilación--que no es cosa fácil salvarte. Es fácil que un preso
se escape, pero aquí sois dos, y la cosa no resulta ya tan sencilla.
¿Qué haremos?
Y el teniente, que caminaba cada vez más lentamente, volvió a sumirse en
una profunda meditación.
La obscuridad era cada vez mayor en las calles; la mayor parte de las
casas tenían cerradas sus puertas y no se veía un transeúnte por parte
alguna. Parecían las calles de una ciudad abandonada. El vecindario,
aterrorizado por los combates que durante toda la tarde se habían
sostenido en aquella zona de Madrid, sentía aún en los oídos el zumbido
de las últimas descargas y no se atrevía a dejar libre la más pequeña
rendija de su domicilio. La llegada de la noche y la carencia de
alumbrado aumentaba aún más el terror.
La escolta y sus prisioneros estaban ya en la calle de Jesús, próximos a
la plaza del mismo nombre, cuando el vizconde tocó con el codo a su
amigo Alvarez.
--Oye, Esteban: he pensado bien lo que te va a ocurrir y veo que no te
queda más recurso que la fuga. Puede ser que alguno de éstos, al verte
correr, te acierte y te meta una bala en el cuerpo; pero si llegas al
Principal tu ruina es cierta, y muerte por muerte, más vale que tientes
fortuna. Tal vez logres escapar sano. De dos hombres que huyen en
distinta dirección, por lo menos uno puede salvarse. ¿Nos oyes tú,
muchacho?
Perico dió con el codo un suave golpe a su señor para indicarle que
escuchaba las palabras del teniente, y Alvarez, por su parte, contestó
afirmativamente a su amigo con idéntica señal.
--Está bien. Pues así lleguemos a la entrada de la plaza, tú huyes por
un lado de la calle de Lope de Vega, y Perico, por el otro. El lado de
la derecha, es el malo, pues conduce al Prado, donde es muy difícil
sustraerse a la persecución; el de la izquierda es el mejor, pues por él
puedes encontrar en las calles vecinas alguna casa abierta donde
esconderte. Los dos lados son igualmente malos, si estos chicos que nos
siguen tienen buen ojo y os aciertan en la obscuridad. Es inútil que os
dé consejos, pues los dos sois veteranos. No hagáis caso de los tiros;
la cabeza baja y a correr. Ya estamos cerca de la plaza, _Séneca_; dame
la mano sin que nadie se aperciba; así, aprieta fuerte, y si te salvas,
no seas tonto y no te metas en otro fandango como éste. Yo ya veré cómo
salvo mi responsabilidad... ¡Créeme, Esteban! El horno no está para
tortas, y como esto no cambie perderéis siempre los revolucionarios.
La escolta estaba ya a la entrada de la plaza de Jesús, cortando la
calle de Lope de Vega. No había allí nadie, la obscuridad era densa, la
soledad repercutía con eco, agigantando las pisadas, y en las negras
líneas que formaban las fachadas de las casas, no brillaba luz alguna.
Perico caminaba cada vez más unido a su amo, y al llegar a tal punto,
díjole al oído con acento imperioso:
--Usted, por la izquierda.
Esteban se sintió violentamente empujado, y en el mismo momento vió
arremolinarse toda la escolta, echándose los fusiles a la cara.
Era que el fiel muchacho, después de empujar a su amo hacia la
izquierda, se había arrojado con velocidad aplastante sobre el soldado
que iba a la derecha, y arrojándolo al suelo huía por la calle de Lope
de Vega, con dirección al Prado.
Prodújose en la obscuridad un desorden espantoso. El teniente gritó con
indignación tan espontánea, que hacía honor a su disimulo, y los
soldados apuntaron sus fusiles e hicieron una descarga cerrada sobre
aquella parte de la calle.
--Creo que va herido--gritó uno de los soldados que pasaba por tener una
vista portentosa, e inmediatamente, más de la mitad de la escolta se
lanzó en la obscura calle en persecución de Perico.
Todo esto había pasado como una exhalación a los ojos, de Alvarez. El
estampido de la descarga le sacó de la estupefacción producida por la
rápida fuga de su asistente; vió a los soldados de espaldas a él
haciendo fuego, y al mismo tiempo, el vizconde, mientras gritaba
animando a sus soldados a la persecución, le largó un sablado de plano,
como indicándole que huyera en seguida, antes que la escolta volviera de
su sorpresa.
El revolucionario escapó por la izquierda de la calle, corriendo junto a
la pared, con la cabeza baja y el cuerpo encogido, para presentar escaso
blanco, por si le hacían una descarga.
Estaba ya cerca, de la calle de San Agustín, cuando un soldado bisoño se
apercibió de la fuga de Alvarez.
--¡Que se escapa el otro!--gritó; y a esta voz, los pocos soldados que
quedaban al lado del teniente volvieron la cabeza hacia la izquierda de
la calle. Parecíales distinguir la sombra que proyectaba en la
obscuridad el fugitivo, pero ninguno pudo hacerle fuego, por haber
disparado poco antes sus fusiles.
Dos gastadores, los mismos que habían reconocido a Alvarez, según
aseguraba el vizconde, fueron los que salieron en su persecución.
--¡No es necesario que carguéis!--dijo uno de ellos a los compañeros--.
Nosotros tenemos buenas piernas y lo traemos aquí.
Y los dos muchachotes, con el fusil colgado del hombro, salieron al
escape de sus veloces alpargatas, y en la sombra se perdió el retintín
que producían sus armas al agitarse con la violencia de la carrera.
Al teniente le disgustó que fueran aquellos dos hombres los que salieran
en persecución de Alvarez. Sabían seguramente quién era, y por el afán
de ser premiados no dejarían de hacer los más grandes esfuerzos para
apresarle.
Los dos gastadores, con su excelente vista de labriegos acostumbrados a
ver en la obscuridad, distinguieron cómo el fugitivo doblaba la esquina
de la calle de San Agustín.
Cuando ellos entraron en dicha calle la abarcaron en una mirada, y desde
su entrada a la plaza de las Cortes no vieron persona alguna.
Por mucho que corriera el fugitivo, y con la escasa ventaja que les
llevaba, era imposible que hubiese atravesado toda la calle. En ella,
pues, debía estar, y los dos la recorrieron despacio, fijándose en todas
las puertas.
Una sola encontraron abierta perteneciente a una casa antigua, de
modesta apariencia, y cuyo portal era tan reducido, que la escalera
comenzaba muy cerca del umbral.
Los dos muchachos se miraron sonriendo.
--Aquí está--dijo con acento de certeza uno de ellos.
--No es difícil adivinarlo; es el único refugio que ha podido encontrar.
Tal vez nos estará oyendo metido entre la puerta y la pared. ¿Qué
hacemos, Juanico?
--¡Bah! A éste lo fusilan si nosotros lo llevamos allá. ¿Te parece bien
que maten como a un cualquiera a un hombre de que contaban tantas
proezas en el regimiento? ¡Sí, allá en Africa dicen que le llamaban
_Matamoros_! Además, era el más fino de todos los oficiales cuando
estaba en el regimiento, y yo le oí decir al sargento de la escuadra que
sabía más que un cura. Mira, _chiquio_, lo que a él le pasa son
desgracias que le pueden ocurrir a cualquier hombre, y esto son cosas de
política en que no debemos mezclarnos. Dejémoslo en paz; para eso nos
hemos encargado de seguirlo.
El llamado Juanico tenía gran ascendiente sobre su compañero, pues éste
se limitó a levantar los hombros en señal de conformidad.
--Vámonos...; pero, no, aguárdate un poco. Que conste esto que hacemos,
pues ese señor de seguro que está ahí.
Y Juanico se acercó a la entreabierta puerta y la golpeé con la culata
de su fusil.
--Mi capitán--dijo con voz leve acercando su cabeza al espacio que la
puerta dejaba libre--. Sabemos que está usted ahí, pero no pase
cuidado. Comprendemos lo que son estas cosas, y para nosotros, un hombre
es un hombre.
El gastador iba a retirarse después de este rasgo de elocuencia, en que
condensaba todos sus sentimientos, cuando creyó prudente añadir para que
el servicio no quedase en el misterio.
--Yo soy Juan Cuesta, y mi compañero, Pablo García, de la escuadra del
segundo batallón, la que mandaba el cabo _Ravianco_. Somos de Belchite.
Usted, de seguro, no tendrá el honor de conocernos, pero nosotros nos
acordamos de cuando usted mandó, por una temporada, nuestra compañía.
Aún me acuerdo de las dos guantadas que le atizó usted al cabo
_Solimán_, aquel que tantas panzas les largaba a los reclutas. Parece
que lo estoy viendo... ¡Qué buenos puños tiene usted!
Y el muchachote, como si temiera enfrascarse en aquellos recuerdos que
le hacían sonreír, se apartó un poco, disponiéndose a retirarse.
--Vaya, ¡adiós, mi capitán!... Ese que iba con usted no sé qué suerte
habrá tenido. Creo que alguna de las _chinas_ le habrá alcanzado. Que
tenga usted mejor fortuna, capitán; procure que no le coja la Policía o
la Guardia civil, que ahora mismo irán a la husma de los fugitivos.
Y el soldado aragonés se retiró, pero cuando ya estaba al lado de su
compañero volvió, sobre sus pasos, como si hubiese olvidado algo
importante.
Le repugnaba retirarse sin tener una muestra de agradecimiento del
perseguido, y acercando su cabeza a la entreabierta puerta, volvió a
hablar:
--Mi capitán, ya que tal vez no nos veamos más, haga el favor de darme
la mano. Soy un buen muchacho y tengo gusto en estrechar la mano de un
valiente.
El gastador vió asomar por el borde de la puerta una mano varonil que
apretó con toda la rudeza de un vehemente sentimiento.
--Bien, mi capitán; es usted todo un hombre. Da gusto hacer bien a
valientes como usted. No se mueva; ahora mismo me voy.
Y volviéndose a su camarada le llamó con un ligero siseo.
--¡Eh, tú! ¡Pablico! Ven aquí, que el capitán quiere darte la mano.
El otro aragonés acudió solícito a estrechar aquella mano que surgía de
la obscuridad como la de una aparición fantástica, y los dos soldados,
después de sonreír estúpidamente por aquel honor, se retiraron, no sin
antes decir el más avispado:
--Guárdese bien, mi capitán, que no lo cojan. Y si algún día cambian
los tiempos y usted es algo, acuérdese de estos pobres. No lo olvide;
somos de Belchite.
Los dos gastadores se alejaron, y en su apostura notábase la interna
satisfacción que experimentaban.
--¿Ves?--decía Juanico--. Da gusto hacer favores a hombres que son
hombres. Te digo que el dar la mano al capitán me ha puesto más contento
que cuando la Pepa me regala un real para vino. ¿No piensas tu así?
El compañero afirmó con una cabezada.
--Ahora--continuó el gastador aragonés--mucho mutis. Hemos hecho lo
suficiente para ir al Fijo de Ceuta. Aunque Dios baje del cielo a
preguntarte, cuidado con mover la lengua.
Cuando los dos llegaron a la entrada de la plaza de Jesús vieron reunida
ya a toda la escolta y sentado sobre un fusil que sostenían por ambos
extremos dos soldados al desgraciado Perico, que había sido herido en
una pierna al escapar hacia el Prado.
Los soldados, al recogerle del suelo bañado en sangre, aplacaron su
furor, y perdonándole la carrera y la alarma que les había proporcionado
le trataban con bastante consideración.
La escolta púsose en marcha, y los dos gastadores, en el silencio con
que el teniente acogió su declaración de no haber alcanzado al fugitivo,
comprendieron que no habían obrado del todo mal.
Cuando Alvarez, oculto en aquel portal obscuro, oyó alejarse a los
soldados empujó la puerta tras la cual se guarecía, y cerró suavemente.
Ya estaba en salvo, aunque sólo fuera momentáneamente. Sentado en los
primeros peldaños de la escalera, envuelto en aquella densa oscuridad y
oyendo de vez en cuando sordos ruidos que provenían de los habitantes de
los pisos superiores, pasó Alvarez gran parte de la noche, considerando
aquel refugio incómodo y peligroso como un lugar de delicioso descanso,
después de las terribles aventuras de aquel día.
De vez en cuando sonaba a los lejos el galopar de algún pelotón de
caballería, y en la misma calle, se oyeron varios veces los pasos de
patrullas que marchaban lentamente recorriendo la ciudad para efectuar
registros en las casas sospechosas y detener a cuantos transeúntes de
aspecto equívoco encontraban.
Alvarez, sumido en aquella oscuridad, presa de cruel incertidumbre sobre
su porvenir, y a merced del primero que llamase a la puerta o bajase la
escalera, sentía desvanecerse por momentos su presencia de ánimo.
La situación no podía ser más crítica. Mientras había durado en el la
excitación del combate, los peligros le habían parecido sin importancia;
no había sentido la menor conmoción en las barricadas, ni al ver cerca
de la cara de Enriqueta los fusiles de la guardia civil apuntados a su
pecho: estos sucesos, así como la reciente fuga, recordábalos con toda
la vaguedad de un sueño, pero ahora, al considerar fríamente su
situación, sentía miedo y deseaba salir cuanto antes de tan angustioso
estado.
Permaneciendo allí, estaba a merced del primero que lo encontrase en la
escalera, y esta consideración le impulsó varias veces a subir para
pedir a los vecinos de las habitaciones superiores que le auxiliasen;
pero siempre se detuvo. Los habitantes de aquella casa, a juzgar por el
portal reducido, mísero y sin portería, debían ser gentes pobres; pero
aunque esto alentaba al fugitivo, por otra parte, atemorizábale la idea
de encontrar arriba alguna mujer que asustada por su presencia, diese
voces que pusieran en alarma a toda la calle.
Alvarez prefirió permanecer quieto, y allí, estuvo muchas horas sentado
en el duro peldaño y martirizado por la carencia de tabaco y fósforos.
De poder fumar, se hubiera distraído y alejado de sí aquella idea cruel
y obsesionante de comparar su situación a la de un muerto y creerse en
el fondo de una tumba, a causa de la oscuridad y del absoluto silencio.
Desesperado por la seguridad de que allí permanecería toda la noche y
que al día siguiente sería descubierto y preso, entreteníase en contar
las horas que iban sonando en todos los relojes del barrio. Así oyó
desde las nueve hasta la una de la madrugada.
Daban aún tal hora los relojes más atrasados del barrio, cuando en la
calle, por la que hacía mucho tiempo ya no transitaba nadie, sonaron las
pisadas de una persona que se detuvo ante la puerta. Aquello hizo
levantar de un salto a Alvarez, y su alarma, aun subió de punto, al oír
que introducían una llave en la cerradura.
Escondióse en el espacio que quedaba entre la pared y la puerta al
abrirse ésta y oprimiéndose contra el muro, esperó.
Abrióse la puerta lentamente y un hombre entró en el oscuro portal,
cerrándola tras sí. Después, en la oscuridad, sonó el chasquido de un
fósforo al ser raspado y encenderse, y una claridad rojiza se esparció
por aquel reducido espacio.
Alvarez, al cerrarse la puerta, había quedado al descubierto, así es que
vió inmediatamente al recién llegado y fué visto por éste.
Era un hombrecillo de enteca y mísera figura, que tenía como rasgos más
salientes en su aspecto, una nariz más que regular y una chistera
mugrienta, cuyas alas daban sombra a una melena, lacia y canosa, que
bajaba a cubrir de mugre el cuello de la camisa. La levita raída a
fuerza de cepillo, pregonaba una pobreza extremada pero digna, y todo en
aquel vejete delataba al desgraciado que sabe llevar con nobleza su
miseria y que aun la anima con algo de esa alegría serena y dulce,
patrimonio de los hombres bondadosos.
Al ver a Alvarez, que sin sombrero, con las ropas rotas y el rostro
ahumado, nada tenía de tranquilizador, el viejo experimentó gran
sorpresa y se hizo atrás instintivamente, pero pronto se repuso y con
ademán que pugnaba por ser imponente, se acercó al desconocido y
empinándose sobre las puntas de los pies, al mismo tiempo que se
afirmaba las gafas sobre el extremado caballete de su nariz, preguntó
con voz hueca:
--¿Qué hace usted aquí, caballero?
El fugitivo contestó con voz trémula y con una dignidad que no pasó
inadvertida para el viejo. Pedíale auxilio, que lo ocultase en su casa
para librarse de una muerte cierta.
--¡Ah! Todo lo comprendo, caballero. Usted es sin duda de los
comprometidos en esa jarana que ha aterrado a Madrid durante todo el
día. Muy bien, caballero; está muy bien.
Y se quedó pensativo por algunos instantes. Alvarez no esperaba nada
bueno de aquellas reflexiones y aguardaba el momento en que el vejete le
ordenase salir de allí, insultándole por meterse en las casas y
comprometer a las personas honradas.
Por esto su sorpresa fué grande cuando aquel hombrecillo señaló la
escalera y con entonación propia de un personaje de drama, le dijo:
--Sígame usted, caballero. Arriba hablaremos.
Procurando hacer el menor ruido al subir los peldaños, iba el vejete
delante encendiendo fósforos y casi pegado a su levita seguíale el
fugitivo Alvarez, a quien después de lo ocurrido, le parecía aquel
hombre la figura más simpática que había encontrado en su vida.
Vivía en el cuarto piso, en una habitación que tenía el aspecto de un
desván y que ofrecía un golpe de vista raro. Había en ella más libros
que muebles y más papeles que libros. El único adorno de la pared, era
un gran retrato al óleo de una mujer bastante fea, con soberbio marco
dorado, que estaba pregonando su procedencia de la época en que el dueño
de la casa había gozado de mejor posición social.
El viejo, después de enterarse de quién era Alvarez, sentía verdadero
afán por corresponderle relatándole su propia vida. Aquel retrato, era
el de su difunta Ramona, el único ser que en este mundo le había
comprendido, y había hecho justicia a sus méritos, desconocidos por el
vulgo.
El también había sido revolucionario... ¡je! ¡je!... y miliciano
nacional; aun debía tener en la cómoda, como recuerdo, los botones del
uniforme. Las prendas las había gastado para ir por casa. ¡Jo! ¡jo!... Y
el viejo reía recordando el año 54, cuando él, en su evolución mil y
tantas acerca de la utilidad de sus facultades, había pensado dedicarse
a político. En el bienio progresista había perorado en los clubs, y
hasta llegó a sargento furriel de una compañía del batallón de Ligeros
que mandaba Sixto Cámara; pero no le llamaba Dios por el camino de la
política, y la dejó para dedicarse a inventar el movimiento continuo.
Aquel Don Pedro Corrales--éste era su nombre--resultaba un ejemplar
precioso de ese tipo que tanto abunda en nuestra sociedad, de hombre
listo que sirve para todo, que no encuentra asunto que no crea
profundizar y dominar, y que, al fin, muere en la miseria sin haber
hecho nada, ni servir en lo más mínimo a la sociedad.
A la muerte de sus padres era rico, y ahora estaba en la miseria. No era
vicioso, ignoraba lo que eran locuras, y a pesar de esto, el dinero se
le fué de entre las manos como si fuera azogue. No siguió carrera alguna
porque se sentía poeta, y el genio no puede encadenarse a la monotonía
universitaria. Amigo de todos los grandes hombres del período romántico,
para revolucionar el teatro se metió a empresario, y perdió media
fortuna; fué después editor, y su bolsa experimentó una segunda derrota;
metióse en empresas industriales y acabó con su fortuna, sin que las
desgracias lograsen quitarle aquella manía de hombre extraordinario
llamado a transformar cuanto tocaba.
La miseria y el olvido no habían desvanecido ninguna de sus ilusiones, y
oyéndole hablar se esperaba de un momento a otro que se golpease la
frente, y como Andrés Chenier, exclamara:
--¡Aquí hay algo!
En medio de la lástima que inspiraba a Alvarez oyéndole contar su vida
tan llena de ilusiones, el revolucionario sentía por el viejo una viva
simpatía cada vez que éste cortaba su relación, y mirando aquella cara
fea del retrato decía con visible ternura:
--¡Oh! ¡Si viviera mi Ramona! Esa me comprendía, y sabía animarme. Sin
ella me siento incapaz para todo.
El presente del buen viejo era bastante triste, pero a pesar de esto,
aun hacía sonreír a aquel niño de cabellos blancos, destinado a bajar a
la tumba con la virginal corona de sus primeras ilusiones. Ganábase la
vida con un puesto de memorialista que tenía en la plaza de Isabel II, y
según él aseguraba, sonriendo irónicamente, no podía quejarse de su
suerte; los del oficio le tenían envidia en secreto por su gran
clientela, y muchas criadas iban a buscarle desde el otro extremo de
Madrid, conociendo su _buena mano_ para _inventarse_ cartas amorosas en
verso. Además, en los ratos desocupados escribía piececitas para el
teatro Infantil, único coliseo donde había logrado ver admitidas sus
producciones. Le quedaba aún mucho de su antigua afición.
Y el vejete enumeraba las ventajas de su vida, con la misma entonación
que un galán de comedia recita un parlamento.
--En fin, caballero; que lo paso ricamente, y sería un crimen quejarme
de mi fortuna. Otros lo pasan peor y han tenido principios superiores a
los míos. Hoy, a pesar de que la sarracina comenzó muy de mañana; he
querido ir a mi cajón de memorialista, porque la puntualidad en el
ejercicio de la profesión, es la base del crédito. Como hasta allí
llegaban las balas, me he metido en el bodegón donde me dan de comer, y
he estado en él hasta el anochecer en que he ido al café donde todas las
noches me reuno con algunos amigos. No he encontrado a ninguno de ellos,
el café estaba casi vacío, pero yo he pasado la noche hablando con el
camarero, y no me he retirado hasta la hora de costumbre. La
puntualidad; siempre verá usted en mí lo mismo, caballero.
Alvarez oía al viejo, ocupado en roer una libreta de pan bastante dura,
que el viejo había encontrado registrando toda su habitación, y la
mojaba en un vaso de vino rancio. El único sibaritismo de don Pedro, al
hacerse viejo, había consistido en tener siempre en su casa algunas
botellas del añejo que compraba en el bodegón.
El revolucionario, después de aquel día de terribles emociones, en el
que apenas había comido, sentía un hambre nerviosa, y procuraba
aplacarla con aquellas sopas con vino.
De buena gana se hubiese tendido en la cama, que estaba en un extremo de
la habitación, pues el cansancio propio de una jornada tan agitada,
entumecía sus miembros; pero el viejo, desde que sabía que su protegido
era un antiguo capitán, y por añadidura ayudante de Prim, no quería que
le tomase a él por un cualquiera y hablaba sin descanso, relatando todos
los incidentes de su vida. El mutismo a que le obligaba habitualmente la
soledad de su vivienda, hacíale en la presente ocasión ser charlatán
hasta el aburrimiento.
El, aunque ahora era un pobre memorialista, había sido el amigo y el
protector de todos los grandes hombres. ¡Cuánto le quería _Pepe_
Espronceda! ¿Pues y Marianito Larra? Mayores favores le debía _Pepe_
Zorrilla, el autor del _Tenorio_, y no es que él se quejase de
ingratitud; pero como el otro estaba ya tan alto y él tan bajo, siempre
que lo veía de lejos, don Pedro se avergonzaba y escurría el bulto, pues
su timidez sublevábase con la más leve suposición de ser molesto a un
amigo que podía sentir repugnancia ante su miseria.
Y el anciano seguía enumerando todos los amigos, grandes y medianos, que
había tenido en su juventud y alcanzado alguna notoriedad.
--¡Y pensar que yo que he sido dueño del teatro Español, que he tenido
en la calle de la Montera la más hermosa casa editorial que se ha
conocido, y que en Chamberí levanté una fábrica que asombró a cuantos la
vieron, vivo en esta casa pobre y abandonado, sufriendo las
impertinencias de soeces vecinos! ¡Qué vueltas da el mundo! ¿eh,
caballero capitán?
Alvarez, rendido de cansancio, y arrullado por la voz dulce de don
Pedro, estaba próximo a dormirse; y si aun conservaba los ojos abiertos
y contestaba con signos a las palabras del viejo, era porque tenía
empeño en acabar de ablandar con vino el último pedazo de aquella
libreta que tan rebelde se mostraba entre sus dientes.
Lo que mejor comprendió el capitán, es que hubiera corrido un gran
peligro, si en vez de permanecer inmóvil en el patio, hubiese llamado en
los pisos superiores demandando protección. ¡De buena se había salvado!
En el primer piso vivía una vieja prestamista, de conciencia
intranquila, gruñona, y que le bastaba oír el ruido de un ratón, para
imaginarse que los ladrones forzaban su puerta y pedir socorro a los
vecinos. Si Alvarez hubiese llamado a su puerta, de seguro que la vieja
usurera hubiera contestado con chillidos suficientes para poner en
alarma toda la calle.
En el segundo vivía una buena moza, querida de un cabo de Policía,
sujeto de malas entrañas, del que había que guardarse en adelante, pues
era dedicado en especial a la persecución de delincuentes políticos. La
moza no era de mejores sentimientos que su amante, y de haber llamado
Alvarez a su puerta, diciendo quién era, de seguro que la policía no
hubiese tardado en echarle mano.
--De todos modos, señor Alvarez--decía el viejo con su entonación
dramática y caballeresca--, más vale que tengamos vecinos de tal clase.
Usted estará aquí muy seguro solamente con que tenga prudencia y no se
deje ver, pues a nadie se le ocurrirá venir a registrar una casa donde
vive el sabueso más listo de la policía. ¡Vaya por Dios! Alguna vez
debía servir para algo esa vecindad soez.
Y el pobre anciano, por el modo de decir estas palabras, daba a entender
la repugnancia que le producía el trato con esas gentes incultas, que
guardan todos sus sarcasmos y desprecios para los pobres de levita que
se ven obligados a vivir entre ellas, y a los que odian por su
superioridad de educación.
La sencillez con que don Pedro se comprometía a tenerle en su casa por
un plazo indeterminado, hasta que pudiera salvarse, conmovió a Alvarez
hasta el punto de desvanecer la somnolencia en que estaba.
Dióle las gracias con un vigoroso apretón de manos, y después sacó del
bolsillo interior de su levita una abultada cartera. Tenía allí más de
tres mil pesetas que era el sobrante de los fondos que la Junta
revolucionaria le había entregado para la preparación de una parte del
levantamiento.
Quiso que don Pedro tomase la cantidad que juzgase necesaria para
atender a los gastos que pudiera proporcionarle, pero el viejo rehusó
con un gesto imponente que recordaba a los héroes de tragedia,
rechazando la cicuta mortal.
--No; sería la primera vez que tomaría dinero a cambio de un favor.
Guárdese sus billetes, señor de Alvarez. Aunque soy pobre, aún tengo
algunos duros en esa cómoda y puedo hacer mi santa voluntad sin que
nadie me ayude.
Alvarez no insistió, pues había conocido el verdadero carácter de aquel
hombre.
Eran ya las tres de la madrugada, y don Pedro, excitado por aquella
charla extraordinaria, no pensaba en dormir. Fumaba cigarrillo tras
cigarrillo y hacía que el capitán bebiera copitas del añejo, según él
decía, para que se le pasasen los muchos sustos que había experimentado
durante el día anterior.
A las cuatro, cuando ya comenzaba a romper el día, se decidió a dormir,
pero antes, aun quiso mostrar a su huésped lo que él llamaba _museo
retrospectivo_, y de dentro de un cofre viejo sacó un grueso manojo de
anuncios de teatro y algunas docenas de pequeños volúmenes,
encuadernados en pasta.
Los primeros, eran los prospectos teatrales de cuando él era empresario
y estrenaba dramas propios que vivían en el cartel una sola noche. Los
libros constituían una biblioteca que él había publicado en pleno furor
romántico, con el título de _Galería de espectros trágicos y sombras
ensangrentadas_, colección de novelas con más prodigios que una comedia
de magia y en las cuales las protagonistas ostentaban puñales y botes de
veneno como quien lleva el abanico, y todos los héroes eran melenudos,
de ojos satánicos y con palidez verdosa, como si todas las mañanas se
desayunasen con vinagre.
La excitación de la charla y un par de copitas habían puesto a don Pedro
en una situación tal que, al contemplar aquellos recuerdos de gloria, se
enterneció hasta el punto de que le saltaron las lágrimas por bajo de
las gafas.
--¡Ah, caballero!--gimoteaba el viejo--; aquélla fué mi grande época.
Tenía dinero en abundancia, era respetado y querido por todos, se me
consideraba como hombre llamado a hacer grandes cosas, y, sobre todo,
tenía a _ésa_--señalando al retrato--, a mi Ramona, que era un dechado
de perfecciones. Yo la maté, señor Alvarez: no quiero ocultarlo, yo fuí
quien la maté, con mi afán de actividad y de especulaciones atrevidas.
La pobrecita no pudo sufrir la ruina ni familiarizarse con la miseria.
Había nacido en la opulencia y murió en el hospital. El primer día en
que ella me vió en el cajón de memorialista, esperando a criadas y
aguadores que entonces no venían, la infeliz cayó enferma. Era demasiado
señora para sufrir aquello. Crea usted que estos recuerdos son lo único
que en esta vida me pone triste.
El anciano encerró los libros y papeles en el cofre y se dirigió a la
cama, no sin beber antes otra copita, para olvidar aquello que tanto le
afligía.
Los dos iban a acostarse en la misma cama, y cuando estaban ya en ropas
menores, y don Pedro, dejando las gafas sobre la mesa, iba a apagar el
hermoso quinqué, dijo al militar:
--Antes de dormir arreglemos nuestra vida, señor de Alvarez. Mientras yo
esté, como de costumbre, en el cajón, usted permanecerá quietecito aquí,
cuidando de no cometer imprudencia alguna para que no se aperciban las
gentes de abajo. Puede usted entretenerse leyendo los libros que hay
desparramados por ahí; además, le dejaré mi _Galería de espectros
trágicos y sombras ensangrentadas_: se la recomiendo, hay en ella cosas
muy buenas. El orden de las comidas lo arreglaremos en la siguiente
forma: yo almorzaré a las doce, en el cajón, según costumbre; usted hará
lo mismo con fiambres que ya le traeré a usted mañana. A las seis
volveré a casa, y como es la hora más a propósito para que ningún vecino
curiosee, subiré yo mismo un pucherete con algo más que nos guisarán en
una taberna de esta misma calle. ¿Está usted conforme?
Alvarez sonreía enternecido por la bondad de aquel viejo, que
socorriendo a un desgraciado, parecía poseído de un gozo infantil.
Don Pedro apagó el quinqué, y buscando a tientas la cama, fué a
acostarse al lado del revolucionario.
--Ahora, a dormir--dijo con voz queda--. Estará usted mucho tiempo aquí
como prisionero. Esto le será molesto, pero, ¡qué diablo!, lo importante
es librar la piel y aguardar que vengan tiempos mejores. Ya veremos de
salir de este paso.
Calló el viejo, pero al poco rato sonó en la obscuridad su risita
infantil.
--¿Sabe usted por qué río, señor de Alvarez? Me hace mucha gracia el
engañar al Gobierno teniéndole a usted aquí. ¡Ji, ji! ¡Cuánto me reiré
cada vez que vea a ese groserote policía que vive abajo!
Al capitán le causaba cierto remordimiento la alegría del sencillo
anciano.
--Piense usted bien lo que hace, don Pedro, socorriendo a un
revolucionario. Estos Gobiernos son capaces de fusilar a un viejo por
haber ocultado a un desgraciado.
Reinó el silencio, pero al poco rato contestó el anciano, con voz grave:
--Me importa poco lo que pueda sucederme por hacer bien a un semejante.
Aunque soy viejo, no me asusta la muerte. ¿Cree usted que si yo tuviera
valor no hubiese ido hace ya tiempo a reunirme con Ramona?
Alvarez se estremeció escuchando aquellas palabras sencillas, que
delataban una desesperación tranquila y un amor póstumo a toda prueba.
Los dos no tardaron en rendirse al sueño, y aquella noche Alvarez soñó
que era pequeño, muy pequeño y que dormía abrazado a su padre, del cual
apenas si se había acordado en mucho tiempo.
Más de un mes permaneció Alvarez en aquel escondite, haciendo la vida
ordenada por don Pedro.
Este no sólo le llevaba la comida a su huésped, sino que abandonaba su
cajón y corría todo Madrid para cumplir los encargos que le hacía
Alvarez.
A pesar de las precauciones que tomaban los vencidos, ocultos en Madrid,
don Pedro, siguiendo las indicaciones del capitán, pudo ir enterándose
de cuál había sido la suerte de cada uno.
Alvarez, seguro de su escondite, no tenía prisa en huir, convencido de
que cuanto más tardase en salir de Madrid, menos obstáculos tendría que
salvar en su fuga.
El embajador de Inglaterra, que había ya arreglado la escapatoria a los
principales comprometidos en la revolución, era el encargado de
facilitarle los medios de huída.
La Policía andaba muy escamada, según decía don Pedro, que ahora hablaba
más frecuentemente con el vecino polizonte, y había que esperar a que se
presentase una ocasión oportuna.
Una dama inglesa, que había venido a España muy recomendada al
embajador, con el sólo objeto de ver corridas de toros y pintar en su
cuaderno de acuarelas algunas cabezas de gitanos, fué la que se encargó
de salvar al revolucionario.
Propúsole el embajador a la romántica _miss_ que al regresar a
Inglaterra llevara hasta la frontera de Francia, en calidad de criado, a
un capitán español condenado a muerte, y la descendiente de Ofelia
aceptó, encontrando la aventura muy novelesca y propia para causar
sensación en los salones de Londres.
Don Pedro, que servía para todo, afeitó a su protegido concienzudamente,
le ayudó a vestirse un traje que había comprado el día antes, y Alvarez
quedó convertido en el tipo perfecto de esos criados elegantes y
respetables que constituyen la aristocracia de la domesticidad.
Aquella misma noche, a fines del mes de agosto, el revolucionario,
llevando el saco de noche en la enjuta y huesuda _miss_, que le
precedía, atravesó el salón de espera y el andén de la estación del
Norte, pasando por entre la Policía que vigilaba atentamente a los
viajeros.
Don Pedro, sonriendo como un angel, contemplaba la escena desde un
extremo de la estación, y cuando el tren partió, lanzó un suspiro de
satisfacción acompañado de unas cuantas carcajadas.
¡Je, je! ¡Cómo se la habían pegado al Gobierno y a su vecino el cabo de
Policía!
De este modo salió Esteban Alvarez de aquel levantamiento tan heroico
como infortunado.
Al llegar a París se despidió de su protectora inglesa, que en todo el
viaje no le había dirigido media docena de palabras, limitándose a
mirarle descaradamente a través de su monóculo, con la misma insistencia
que si fuese un bicho raro.
Los primeros días de estancia en París fueron insoportables para el
emigrado. Se hallaba completamente solo y todo traía a su memoria el
recuerdo de su asistente, de su fiel Perico, que había sido en aquellos
lugares su inseparable compañero.
Ignoraba cuál había sido su suerte desde que el pobre muchacho le
abandonó en la calle de Lope de Vega para hacer más fácil la huída de su
amo.
Creía unas veces que estaría sano y salvo en Francia y hacía pesquisas
para encontrarlo, pero ningún compañero de emigración había oído hablar
de él y se ignoraba cuál había sido su suerte.
Al mes de emigración la ansiedad experimentada por el capitán era tan
grande, que resolvió escribir a su amigo el vizconde preguntándole por
Perico. Envió la carta al Casino donde pasaba la vida el vizconde y no
puso su firma, pues sabía que el Gobierno era maestro en el arte de leer
la correspondencia sospechosa, sin detenerla, y él no quería comprometer
a su amigo. Limitábase a preguntar qué era de Perico, y consignaba la
dirección que debía dar a su repuesta.
El vizconde reconoció la forma de letra de su amigo y contestó a vuelta
de correo lacónicamente para evitarse compromisos.
Perico estaba actualmente en Melilla. Una bala le había roto una pierna
en su huída. Después había sido conducido al Hospital Militar, y si no
le habían fusilado lo debía a estar herido, a las influencias que el
vizconde puso en juego, y, más que todo, a la serenidad que demostró
negando su personalidad.
El valiente muchacho dijo en todas sus declaraciones que era francés y
que tan sólo arrastrado por una curiosidad imprudente había ido a las
barricadas, mezclándose en la lucha. Un certificado del Consulado
francés que le encontraron en un bolsillo del traje, fué lo único que le
salvó de ser pasado por las armas; pero esto no le evitó al supuesto
francés el ser condenado a veinte años de cadena en los presidios de
Africa, y apenas estuvo convaleciente de su herida, salió para su
destino formando parte de una de aquellas famosas _cuerdas_ en que iban
a la deportación mezclados con los más abyectos criminales algunos
centenares de ciudadanos honrados, arrancados a sus familias por el
delito de amar mucho a su patria.
Aquella carta conmovió al revolucionario y le hizo odiar aún con más
fuerza el régimen político contra el cual conspiraba.