MARUJITA QUIROS

I

La baronesa y la revolución.

El día en que se esparció por Madrid la noticia de la batalla de

Alcolea, la baronesa de Carrillo creyó morir de indignación y de miedo.

Indignación contra el destino, contra la Providencia Divina, si

necesario era, pues existiendo un Señor Todopoderoso en el cielo, no

podía ella comprender cómo consentía que el trono de los reyes fuese

destruído por las turbas revolucionarios, enemigas de Dios y de los

santos.

Miedo, porque bien debía sentirlo una dama de Palacio, aristócrata de

nacimiento y bastarda real, viendo pasar por la calle aquellas bandas de

hombres armados, terribles revolucionarios que comenzaban a jugar a la

milicia nacional y daban a entender su ferocidad sin límites,

destruyendo... las coronas grabadas en los escudos o en las puertas de

ciertos establecimientos.

Aquel cataclismo era suficiente para aterrar a la más valiente baronesa.

Pero ¡Dios mío! ¿Qué iba a ser de España sin reyes? ¿Qué sucedería

cuando la revolución expulsase a los padres jesuítas? ¿Podría salirse a

la calle cuando mandase Prim, al que aclamaban las masas, o cuando fuese

un hecho la República, a la que daban vivas?

La revolución sumía a doña Fernanda en un mar de confusiones y no sabía

si quedarse en su casa, tranquila, como si nada ocurriese, o huir para

no ser víctima del canibalismo revolucionario, el día en que las

trompetas de los _descamisados_ tocasen a comerse curas y baronesas.

Ella había vivido hasta entonces muy tranquila, sin acordarse de que

aquella gente, que no tenía un título, ni iba a los bailes de Palacio,

podía aspirar a gobernarse por sí misma; pero ahora, en vista del

resultado, se confesaba que forzosamente había de ocurrir aquello más

tarde o más pronto.

Los intereses de la monarquía y de la religión habían sido mal cuidados,

en, concepto suyo. ¡Ah! ¡Si hubiera vivido el padre Claudio!

Después de los dos años transcurridos desde la muerte del poderoso

jesuíta, doña Fernanda era la única, admiradora que se conservaba fiel a

su memoria.

Ella no era enemiga de su sucesor, el padre Tomás. Admiraba la sagacidad

y la astucia, del italiano, pero no encontraba en él el encanto del

padre Claudio, y se decía que, a no haber muerto éste y de seguir

aconsejando a la reina y a los gobernantes, no hubiese triunfado la

revolución, ni las _personas decentes_ pasarían tan malos ratos como

proporcionaba la vista del pueblo armado en las calles.

Tan grande era el susto de la baronesa, que de buen grado hubiese

seguido en su emigración a la reina y a sus queridos padres jesuítas. No

podía acostumbrarse a vivir sin su antiguo amigo, el padre Felipe, aquel

confesor insustituíble, que continuaba siendo un modelo de brutalidades

y fortaleza, y tampoco podía transigir con aquella vida de

manifestaciones a diario y motines cada semana, propia de los periodos

agitados.

Por desgracia, la situación de la baronesa no le permitía obrar con

entera libertad ni cumplir sus gustos.

Ella que tanto había buscado el matrimonio en su juventud, viéndose

condenada por su fealdad y su carácter a un forzoso celibato,

encontrábase ahora convertida en verdadera madre de una niña de cinco

años, que alegraba, con su presencia y sus juegas, aquella casa de la

calle de Atocha sobre la cual parecía pesar una maldición desde el

trágico fin del conde de Baselga.

Era su sobrina María, hija de Enriqueta, que llevaba el apellido de

Quirós.

La baronesa, cuando ocurrió aquel cambio político que tanto pavor le

produjo, llevaba todavía el luto por la muerte de su hermana.

¡Infeliz Enriqueta! Después de la terrible escena que presenció desde su

balcón en las últimas horas del 22 de junio, todavía vivió más de un

año, si es que podía llamarse vida a aquella existencia enfermiza de la

que ella misma no se daba cuenta.

En un estado rayano en la idiotez, ciega y sin reconocer a su hija, a la

que tanto adoraba antes, estuvo la pobre joven basta el instante de la

muerte. Algunas veces surgían los recuerdos como fugaces chispazos en su

memoria, y entonces decía cosas ignoradas por la baronesa y que a ésta

le causaban gran impresión.

De este modo supo doña Fernanda que la enfermedad de su hermana, que

ella creía a consecuencia de haber visto muerto a su esposo sobre la

acera, provenía, en realidad, de que vió a su antiguo amante, a aquel

_pillete republicano_ detenido por las tropas del Gobierno y próximo a

ser fusilado.

Aquella noticia causó gran alegría a la baronesa, que odiaba

intensamente al capitán Alvarez, y para comprobar si el hecho era cierto

o si resultaba un delirio de la infeliz enferma, encargó a varios amigos

de influencia que se enterasen en los centros oficiales de si un

insurrecto ex oficial del Ejército, llamado Alvarez, había sido fusilado

en la calle de Atocha.

Tales gestiones no dieron resultado alguno, pues en ningún Centro

constaba la ejecución de un insurrecto de tal nombre. Además, Alvarez

era muy conocido como conspirador, y su nombre era imposible que pasase

inadvertido para las autoridades.

Doña Fernanda se quedó dudando sobre la certeza de aquel suceso y no

supo si creer muerto o vivo al revolucionario que tan antipático le era.

En vista de la ignorancia de los Centros oficiales se inclinaba a creer

que el tal fusilamiento era una visión de Enriqueta, delirante al ver el

cadáver de su esposo; pero cuando hablaba con su hermana, en los rápidos

momentos de lucidez que tenía ésta, asombrábase y se inclinaba a

creerla, viendo la serenidad con que le relataba, con gran abundancia de

detalles, la fuga de Alvarez y su asistente por la calle de Atocha abajo

y el encuentro con la patrulla que los fusiló.

Lo del fusilamiento nunca llegó a creerlo doña Fernanda; pero tuvo por

indudable que su antipático enemigo había estado en la barricada de la

plaza de Antón Martín, y como no le dolía atribuir a Esteban Alvarez

cuanto de malo podía imaginar, tuvo por indiscutible que él era quien

había enviado el balazo mortal al infeliz Quirós.

Enriqueta, debilitándose lentamente y corroída por una enfermedad que

era más moral que física, agonizó cerca de dos años, hasta que por fin

murió a principios del sesenta y ocho.

La baronesa quedó como madre de aquella niña, a la cual, a pesar de su

aversión a los niños, quiso un poco más que a Enriqueta en su infancia.

La fanática señora habíase creado en torno de su persona el vacío.

Ricardo estaba en la Compañía de Jesús; exaltado cada vez más por sus

aficiones místicas y aspirando al supremo grado de santidad, no quería

sostener relación alguna con su familia. El padre Claudio, que era su

más adorado ídolo, había muerto.

Quedábale el padre Felipe, aquel atleta que parecía insensible al curso

de los años, pues se conservaba con su aspecto de eterna y zafia

juventud; pero la vejez había apagado a doña Fernanda sus furores

insaciables, y poseída ya del frío y de la indiferencia propia de su

edad, comenzaba a sentirse molestada en presencia de su confesor, cuya

rusticidad y grosería reconocía ahora en que sus ojos estaban libres del

velo amoroso.

Aquella soledad extremóse al sobrevenir la revolución. Algunas de las

damas con quienes estaba más en relaciones marcháronse a Francia para

ponerse al lado de la destronada reina y comer con ella las trufas de la

emigración dorando en París, con sus millones, las penas de un

voluntario destierro; la mayor parte de las cofradías dejaron de

funcionar momentáneamente, hasta ver _en que paraba aquello_; la

juventud dorada de los salones, que se burlaba del pueblo y leía al

padre Claret después de salir de los burdeles, se ocultó no se sabe

donde, y la baronesa encontróse sin amigas, sin entretenimiento, sin

contertulios, y lo que es peor, sin poder seguir a los que se iban, pues

por el momento no se decidía, a causa de aquella niña, cuya salud era

delicada y a la que se había propuesto cuidar por sí misma.

Los jesuítas huyeron. La baronesa vió al padre Tomás el mismo día de la

revolución, y le pareció muy trastornado, a pesar de la serenidad que se

esforzaba en fingir. Dijo que tras aquellos tiempos calamitosos no

tardarían en sobrevenir otros mejores, pero al día siguiente, con toda

la comunidad formada en grupos sueltos, tomó el camino de Francia, no

parando hasta Bayona. A dicho punto fué también el novicio Ricardo

Baselga, a quien la Compañía cada vez tenía más empeño en presentar como

futuro santo.

Doña Fernanda quedó sola en Madrid, y tan aislada como si de golpe

hubiese trasladado su casa a la capital de Rusia.

Parecía que la habían arrojado de un empujón en un mundo nuevo, y su

vida era un continuo gesto de extrañeza.

Leía los periódicos reaccionarios, aquellos que antes la entusiasmaban

con sus artículos en favor de la intolerancia religiosa y los

privilegios, y los encontraba ahora partidarios incondicionales de la

revolución victoriosa, encomendándose a cada paso a la trinidad del día:

Prim, Serrano y Topete.

Los nombres, políticos nuevos que surgían con una fecundidad alarmante,

no la extrañaban menos. ¿Quiénes eran aquellos señores que constituían

la Junta revolucionaria, de Madrid? ¿De dónde salían aquellas gentes a

las que ahora daban vivas y que ella nunca había oído nombrar? Dos o

tres años antes, en su tertulia, hablábase de un tal Castelar, que hacía

discursos en el Ateneo, y de otro tal Pi y Margall, que escribía en _La

Discusión_ artículos socialistas que espeluznaban a las personas

decentes; pero ella siempre había tenido a estos hombres y a otros como

míseros pelagatos, que el Gobierno debía enviar a Ceuta, y por esto no

podía comprender las aclamaciones de que constantemente eran objeto en

las calles de Madrid, y lo mucho que de ellos hablaban los periódicos.

Había que huir de un país en que tales absurdos ocurrían. De aquello a

degollar una mañana a todas las personas que en Madrid llevaban camisa

limpia, no había más que un paso.

Cada una de las manifestaciones que hacia el pueblo de Madrid costaba un

susto a la baronesa.

Apenas oía vivas en la calle y rumor de gente que con banderas bajaban

hacia la estación del Mediodía para recibir a algún personaje de la

situación, la baronesa palidecía y temblaba, y si no corría a esconderse

en el último rincón de la casa, era por la dignidad de clases, pues en

su predisposición a imaginarse peligros y enemigos, creía que los

criados eran terribles descamisados, que aunque la servían con el mismo

respeto de siempre, fraguaban en su interior borrosos planes de

venganza; si ella demostraba poca entereza y falta absoluta de valor,

eran capaces de degollarla una noche en la cama y poner en práctica la

liquidación social, repartiéndose su dinero y alhajas.

Doña Fernanda vivía en perpetua alarma; no salía a la calle ni aun para

ir a la iglesia, y se estremecía de horror solo al oír los títulos que

voceaban los vendedores de impresos y las canciones de los chiquillos.

Todos tenían en aquella época algo que escribir o que cantar contra la

p... de Isabel y sus compinches, el padre Claret y sor Patrocinio; y

cuando la baronesa pensaba que por sus venas corría algo de sangre de

aquella, y que al mismo tiempo había sido gran amiga del cura palaciego

y de la monja milagrera, estremecíase de horror creyendo que sus

relaciones con aquellos caídos no podían conservarse en el secreto.

Para colmo de desdichas, el tabernero que vivía enfrente se tragaba

todas las noches el contenido de las hojas y folletos que publicaba el

ciudadano Roque Barcia y otros escritores de menos nombre, y, ansioso de

hacer algo contra nobles y privilegiados que tan furibundos anatemas

merecían a las plumas democráticas, había fijado sus ojos en _la

baronesa santurrona_ que tenía por vecina, y aunque el pobre hombre no

era capaz de hacer daño a una mosca, poníase rojo de satisfacción cuando

todas las mañanas detenía en la acera a la chismosa doncella de doña

Fernanda para decirle, ahuecando la voz, que pronto se vería un 93, y

que todas las algaradas presentes no eran más que preludios de la gran

cuelga de los faroles que iba a hacerse de cuantos nobles y curas se

encontrasen a mano.

Estas impresiones del sanguinario tabernero las transmitían textualmente

la doncella y el portero a su atribulada señora, la cual se estremecía

de horror cada vez que, atisbando tras los visillos del balcón, veía

tras el mostrador el mofletudo y bondadoso rostro del tabernero, incapaz

de otros crímenes que no fuesen el aguar el vino de sus toneles.

Por fortuna para la atribulada baronesa, a los dos meses de agitación

comenzó a cansarse el pueblo de tanta bullanga sin objeto, y la

revolución "entró en caja", como decían los periódicos sensatos. Con

esto, doña Fernanda gozó de una relativa tranquilidad.

La nación se pasaba sin reyes, y no temblaba la tierra ni se venía abajo

el cielo; funcionaba ya un Gobierno presidido por Serrano, al que la

baronesa conocía de la época en que, joven, gallardo y con el apodo de

_el General Bonito_, disponía como dueño en Palacio y era el único que

tenía imperio sobre la caprichosa Isabelita.

Doña Fernanda comenzó a encontrar más tolerable la situación, y hasta

reanudó su vida de antes, consolándose, con frecuentes visitas a las

iglesias, de la fuga de sus amados padres jesuítas. Las cofradías

comenzaban a funcionar, y los antiguos compañeros de asociación volvían

a encontrarse y a reunirse para echar sendos párrafos sobre la impiedad

de los tiempos y las desgracias de España desde que en ella no reinaban

los Borbones.

Ya comenzaba a encontrar la baronesa algo tolerable aquella vida en

período revolucionario, cuando un suceso vino a sumirla nuevamente en la

intranquilidad.

Desde que Paco Serrano remaba, con el título de jefe del Gobierno

Provisional, se sentía más sosegada, confiando en su protección, y de

aquí que ya no le importasen gran cosa las amenazas del _descamisado_

tabernero, ni procurara atisbar tras los balcones las actitudes de aquel

Nerón, enemigo irreconciliable... del vino puro. Pero una mañana en que

levantó el cortinaje de una ventana para ver qué tiempo hacía y

decidirse a salir a pie o en carruaje, inmutóse al ver un hombre parado

en la acera de enfrente y mirando con fijeza la fachada de la casa.

Era un militar que en su bocamanga llevaba los galones de comandante y

que, a pesar de ser joven, tenía en su bigote y en la cabeza algunas

manchas de canas.

Doña Fernanda creyó reconocerlo más con el corazón que con los ojos,

pero se detuvo, no queriendo admitir una idea absurda.

¡Dios mío! ¡Qué ilusión más completa! Parecía el mismo; pero no, no

podía ser. Aquel otro había muerto fusilado casi en aquel mismo sitio,

según el testimonio de la pobre Enriqueta.

La baronesa, embargada por la emoción del que ve levantarse un muerto de

la tumba, intentaba convencerse de que era absurda su oposición, y

buscaba en aquel militar algún rasero que la demostrase cómo no era el

mismo que ella se imaginaba.

Pero resultaba inútil. Las canas y ciertas arrugas prematuras era lo

único de nuevo que encontraba en aquel rostro; en lo demás, la misma

expresión e idénticos ademanes.

Doña Fernanda iba ya creyendo que aquello era una aparición de

ultratumba, una visión fantástica que surgía ante sus ojos en pleno sol

y en medio de una calle grande y transitada, cuando el militar, que

permanecía inmóvil y con la mirada fija enfrente, abandonó su actitud

para alejarse calle arriba con lento paso.

Doña Fernanda, al verle moverse y codearse con los transeúntes que

venían en dirección contraria, ya no dudó más.

No era una aparición. Aquel militar era Esteban Alvarez, el antiguo

amante de Enriqueta, el verdadero padre de María.... el fusilado el día

22 de junio.

La araña negra, t. 6/9 · 第 21 / 28 题