NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto sin formatear las palabras en itálicas están
indicadas _así_ y las palabras en negritas =así=.
La cubierta del libro fue agregada por el Transcriptor y ha sido puesta
en el dominio público.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando se
imprimió la presente edición, que difieren de las actuales. Esto se
aplica a las notas producidas por el editor de la obra, Julio Cejador y
Frauca. También se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a
las reglas establecidas por la RAE.
Sin embargo, en instancias en que el editor o el autor citan textos
de otras obras, el criterio seguido fue el de preservar la forma de
escritura original. Por consiguiente se advierte al lector que es
posible detectar alguna inconsistencia en la ortografía de una misma
palabra en dos partes diferentes de la obra.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
El Índice de capítulos, incluido al final en la publicación original,
ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.
* * * * *
QUEVEDO
CLÁSICOS CASTELLANOS
QUEVEDO
III
LOS SUEÑOS
II
EDICIÓN Y NOTAS DE JULIO CEJADOR Y FRAUCA
MADRID
EDICIONES DE “LA LECTURA”
1917
ÍNDICE
PÁG.
EL MUNDO POR DE DENTRO 7
LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO 57
EL MUNDO POR
DE DENTRO
Sacan las primeras ediciones al margen los asuntos y personas de que
se compone el discurso, y son los siguientes: “desengaño, hipocresía,
todos son hipócritas en el mundo, hidalgo, caballero, discretos,
viejos, niños, niños, en todos los nombres de las cosas hay hipocresía,
los pecados todos son hipocresía, hipócritas, entierro y procesión de
una difunta, el viudo, explicación del entierro y procesión, viudo,
luto y llanto de una viuda, explicación de la tristeza y luto de la
viuda, alguaciles tras un ladrón, escribano, corchetes, alguaciles,
escribano, rico con carroza, criados y bufones, mujer hermosa con
manto, desengaño de la hermosura de la mujer”. El título en el Ms. de
Lastanosa aparece de este modo: _Discurso del mundo por de dentro y
por de fuera_.
A DON PEDRO GIRÓN, DUQUE
DE OSUNA, MARQUÉS DE PEÑAFIEL,
CONDE DE UREÑA[1]
Estas burlas, que llevan en la risa disimulado algún miedo provechoso,
envío para que vuecelencia se divierta de grandes ocupaciones algún
rato. Pequeña es la demostración; mas yo no puedo dar más, y sólo me
consuela ver que la grandeza de vuecelencia a mucho menos hace honra y
merced. En la Aldea, abril 26 de 1612[2].
DON FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS
AL LECTOR
COMO DIOS ME LO DEPARARE, CÁNDIDO
O PURPÚREO, PÍO O CRUEL, BENIGNO O SIN SARNA[3]
Es cosa averiguada, así lo siente Metrodoro Chío y otros muchos, que
no se sabe nada y que todos son ignorantes. Y aun esto no se sabe
de cierto: que, a saberse, ya se supiera algo; sospéchase. Dícelo
así el doctísimo Francisco Sánchez, médico y filósofo, en su libro
cuyo título es _Nihil scitur_: No se sabe nada. En el mundo, fuera
de los teólogos, filósofos y juristas, que atienden a la verdad y al
verdadero estudio, hay algunos que no saben nada y estudian para saber,
y éstos tienen buenos deseos y vano ejercicio: porque, al cabo, sólo
les sirve el estudio de conocer cómo toda la verdad[4] la quedan
ignorando. Otros hay que no saben nada y no estudian, porque piensan
que lo saben todo. Son déstos muchos irremediables. A éstos se les ha
de envidiar el ocio y la satisfacción y llorarles el seso. Otros hay
que no saben nada, y dicen que no saben nada porque piensan que saben
algo de verdad, pues lo es que no saben nada, y a éstos se les había
de castigar la hipocresía con creerles la confesión. Otros hay, y en
éstos, que son los peores, entro yo, que no saben nada ni quieren saber
nada ni creen que se sepa nada, y dicen de todos que no saben nada y
todos dicen dellos lo mismo y nadie miente. Y como gente que en cosas
de letras y ciencia tiene que perder tan poco, se atreven a imprimir
y sacar a luz todo cuanto sueñan. Éstos dan que hacer a las imprentas,
sustentan a los libreros, gastan[5] a los curiosos y, al cabo, sirven
a las especierías[6]. Yo, pues, como uno déstos, y no de los peores
ignorantes, no contento con haber soñado el Juicio ni haber endemoniado
un alguacil, y, últimamente, escrito el Infierno, ahora salgo (sin ton
ni son; pero no importa, que esto no es bailar[7]) con el _Mundo por
de dentro_. Si te agradare y pareciere bien, agradécelo a lo poco que
sabes, pues de tan mala cosa[8] te contentas. Y si te pareciere malo,
culpa mi ignorancia en escribirlo y la tuya en esperar otra cosa de mí.
Dios te libre, lector, de prólogos largos y de malos epítetos.
DISCURSO
Es nuestro deseo siempre peregrino en las cosas desta vida, y así,
con vana solicitud, anda de unas en otras, sin saber hallar patria
ni descanso. Aliméntase de la variedad y diviértese con ella, tiene
por ejercicio el apetito y éste nace de la ignorancia de las cosas.
Pues, si las conociera, cuando cudicioso y desalentado las busca, así
las aborreciera, como cuando, arrepentido, las desprecia. Y es de
considerar la fuerza grande que tiene, pues promete y persuade tanta
hermosura en los deleites y gustos, lo cual dura sólo en la pretensión
dellos; porque, en llegando cualquiera a ser poseedor, es juntamente
descontento[9]. El mundo, que a nuestro deseo sabe la condición para
lisonjearla, pónese delante mudable y vario, porque la novedad y
diferencia es el afeite con que más nos atrae. Con esto acaricia
nuestros deseos, llévalos tras sí y ellos a nosotros.
Sea por todas las experiencias mi suceso, pues cuando más apurado me
había de tener el conocimiento destas cosas, me hallé todo en poder
de la confusión, poseído de la vanidad de tal manera, que en la gran
población del mundo, perdido ya, corría donde tras la hermosura me
llevaban los ojos, y adonde tras la conversación los amigos, de una
calle en otra, hecho fábula de todos. Y en lugar de desear salida al
laberinto, procuraba que se me alargase el engaño. Ya por la calle de
la ira, descompuesto, seguía las pendencias pisando sangre y heridas;
ya por la de la gula veía responder a los brindis turbados. Al fin, de
una calle en otra andaba, siendo infinitas, de tal manera confuso, que
la admiración aún no dejaba sentido para el cansancio, cuando llamado
de voces descompuestas y tirado porfiadamente del manteo[10], volví la
cabeza.
Era un viejo venerable en sus canas, maltratado, roto por mil partes el
vestido y pisado. No por eso ridículo: antes severo y digno de respeto.
--¿Quién eres--dije--, que así te confiesas envidioso de mis gustos?
Déjame, que siempre los ancianos aborrecéis en los mozos los placeres y
deleites, no que dejáis de vuestra voluntad, sino que, por fuerza, os
quita el tiempo. Tú vas, yo vengo. Déjame gozar y ver el mundo.
Desmintiendo[11] sus sentimientos, riéndose, dijo:
--Ni te estorbo ni te envidio lo que deseas; antes te tengo lástima.
¿Tú, por ventura, sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio
es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Cierto es que no,
pues así alegre le dejas pasar hurtado de la hora, que, fugitiva y
secreta, te lleva preciosísimo robo. ¿Quién te ha dicho que lo que ya
fué volverá, cuando lo hayas menester, si lo llamares? Dime: ¿has visto
algunas pisadas de los días? No, por cierto, que ellos sólo vuelven la
cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar. Sábete que
la muerte y ellos están eslabonados y en una cadena, y que, cuando más
caminan los días que van delante de ti, tiran hacia ti y te acercan a
la muerte, que quizá la aguardas y es ya llegada, y, según vives, antes
será pasada que creída. Por necio tengo al que toda la vida se muere de
miedo que se ha de morir, y por malo al que vive tan sin miedo della
como si no la hubiese.[12] Que éste la viene a temer cuando la padece,
y, embarazado con el temor, ni halla remedio a la vida ni consuelo a
su fin. Cuerdo es sólo el que vive cada día como quien cada día y cada
hora puede morir.
--Eficaces palabras tienes, buen viejo. Traído me has el alma a mí, que
me la llevaban embelesada vanos deseos. ¿Quién eres, de dónde y qué
haces por aquí?
--Mi hábito y traje dice que soy hombre de bien y amigo de decir
verdades, en lo roto y poco medrado, y lo peor que tu vida tiene es no
haberme visto la cara hasta ahora. Yo soy el Desengaño. Estos rasgones
de la ropa son de los tirones que dan de mí los que dicen en el mundo
que me quieren, y estos cardenales del rostro, estos golpes y coces me
dan en llegando, porque vine y porque me vaya. Que en el mundo todos
decís que queréis desengaño, y, en teniéndole, unos os desesperáis,
otros maldecís a quien os le dió, y los más corteses no le creéis. Si
tú quieres, hijo, ver el mundo, ven conmigo, que yo te llevaré a la
calle mayor, que es adonde salen todas las figuras, y allí verás juntos
los que por aquí van divididos, sin cansarte. Yo te enseñaré el mundo
como es: que tú no alcanzas a ver sino lo que parece.
--Y ¿cómo se llama--dije yo--la calle mayor del mundo donde hemos de ir?
--Llámase--respondió--Hipocresía. Calle que empieza con el mundo y se
acabará con él, y no hay nadie casi que no tenga sino una casa, un
cuarto o un aposento en ella. Unos son vecinos y otros paseantes: que
hay muchas diferencias de hipócritas, y todos cuantos ves por ahí lo
son.
Y, ¿ves aquél que gana de comer como sastre y se viste como hidalgo?
Es hipócrita, y el día de fiesta, con el raso y el terciopelo y el
cintillo y la cadena de oro, se desfigura de suerte que no le conocerán
las tijeras y agujas y jabón y parecerá tan poco oficial, que aun
parece que dice verdad.
¿Ves aquel hidalgo con aquél que es como caballero? Pues, debiendo
medirse con su hacienda, ir solo, por ser hipócrita y parecer lo que
no es, se va metiendo a caballero, y, por sustentar un lacayo, ni
sustenta lo que dice ni lo que hace, pues ni lo cumple ni lo paga. Y
la hidalguía y la ejecutoria le sirve sólo de pontífice en dispensarle
los casamientos que hace con sus deudas: que está más casado con ellas
que con su mujer.
Aquel caballero, por ser señoría, no hay diligencia que no haga y ha
procurado hacerse Venecia por su señoría, sino que, como se fundó en el
viento para serlo, se había de fundar en el agua. Sustenta, por parecer
señor, caza de halcones, que lo primero que matan es a su amo de hambre
con la costa y luego el rocín en que los llevan, y después, cuando
mucho, una graja o un milano.
Y ninguno es lo que parece. El señor, por tener acciones de grande, se
empeña y el grande remeda ceremonia de Rey.
Pues ¿qué diré de los discretos? ¿Ves aquel aciago de cara[13]?
Pues, siendo un mentecato, por parecer discreto y ser tenido por
tal, se alaba de que tiene poca memoria, quéjase de melancolías,
vive descontento y préciase de malregido, y es hipócrita, que parece
entendido y es mentecato.
¿No ves los viejos, hipócritas de barbas, con las canas envainadas en
tinta, querer en todo parecer muchachos? ¿No ves a los niños preciarse
de dar consejos y presumir de cuerdos? Pues todo es hipocresía.
Pues en los nombres de las cosas, ¿no la hay la mayor del mundo? El
zapatero de viejo se llama entretenedor del calzado. El botero, sastre
del vino, porque le hace de vestir. El mozo de mulas, gentilhombre de
camino. El bodegón, estado; el bodegonero, contador. El verdugo se
llama miembro de la justicia, y el corchete, criado[14]. El fullero,
diestro; el ventero, huésped[15]; la taberna, ermita[16]; la putería,
casa[17]; las putas, damas[18]; las alcahuetas, dueñas; los cornudos,
honrados[19]. Amistad llaman el amancebamiento, trato a la usura,
burla a la estafa, gracia la mentira, donaire la malicia, descuido
la bellaquería, valiente al desvergonzado, cortesano al vagamundo,
al negro moreno[20], señor maestro al albardero y señor doctor al
platicante. Así que, ni son lo que parecen ni lo que se llaman:
hipócritas en el nombre y en el hecho.
¡Pues unos nombres que hay generales! A toda pícara, señora hermosa;
a todo hábito largo, señor licenciado; a todo gallofero[21], señor
soldado; a todo bien vestido, señor hidalgo; a todo capigorrón[22], o
lo que fuere, canónigo o arcediano; a todo escribano[23], secretario.
De suerte que todo el hombre es mentira por cualquier parte que le
examines, si no es que, ignorante como tú, crea las apariencias[24].
¿Ves los pecados? Pues todos son hipocresía[25], y en ella empiezan y
acaban y della nacen y se alimentan la ira, la gula, la soberbia, la
avaricia, la lujuria, la pereza, el homicidio y otros mil.
--¿Cómo me puedes tú decir ni probarlo, si vemos que son diferentes y
distintos?
No me espanto que eso ignores, que lo saben pocos. Oye y entenderás con
facilidad eso, que así te parece contrario, que bien[26] se conviene.
Todos los pecados son malos: eso bien lo confiesas. Y también confiesas
con los filósofos y teólogos que la voluntad apetece lo malo debajo de
razón de bien, y que para pecar no basta la representación de la ira
ni el conocimiento de la lujuria sin el consentimiento de la voluntad,
y que eso, para que sea pecado, no aguarda la ejecución, que sólo le
agrava más, aunque en esto hay muchas diferencias. Esto así visto y
entendido, claro está que cada vez que un pecado déstos se hace, que
la voluntad lo consiente y lo quiere, y, según su natural, no pudo
apetecelle sino debajo de razón de algún bien. Pues ¿hay más clara y
más confirmada hipocresía que vestirse del bien en lo aparente para
matar con el engaño? ¿Qué esperanza es la del hipócrita?, dice Job[27].
Ninguna, pues ni la tiene por lo que es, pues es malo, ni por lo que
parece, pues lo parece y no lo es. Todos los pecadores tienen menos
atrevimiento que el hipócrita, pues ellos pecan contra
Dios; pero no con Dios ni en Dios. Mas el hipócrita peca contra Dios y
con Dios, pues le toma por instrumento para pecar[28].
En esto llegamos a la calle mayor. Vi todo el concurso, que el viejo
me había prometido. Tomamos puesto conveniente para registrar lo que
pasaba. Fué un entierro en esta forma. Venían envainados en unos sayos
grandes de diferentes colores unos pícaros, haciendo una taracea[29] de
mullidores[30]. Pasó esta recua incensando[31] con las campanillas.
Seguían los muchachos de la dotrina, meninos[32] de la muerte y
lacayuelos del ataúd, chirriando[33] la calavera. Seguíanse luego doce
galloferos, hipócritas de la pobreza, con doce hachas acompañando
el cuerpo y abrigando a los de la capacha[34], que hombreando[35],
testificaban el peso de la difunta. Detrás seguía larga procesión de
amigos, que acompañaban en la tristeza y luto al viudo, que anegado[36]
en capuz de bayeta y devanado[37] en una chía, perdido el rostro en la
falda de un sombrero, de suerte, que no se le podían hallar los ojos,
corvos e impedidos los pasos con el peso de diez arrobas de cola que
arrastraba, iba tardo y perezoso. Lastimado deste espectáculo.
--¡Dichosa mujer--dije--, si lo puede ser alguna en la muerte, pues
hallaste marido, que pasó con la fe y el amor más allá de la vida y
sepultura! ¡Y dichoso viudo, que ha hallado tales amigos, que no sólo
acompañan su sentimiento, pero que parece que le vencen en él! ¿No ves
qué tristes van y suspensos?
El viejo, moviendo la cabeza y sonriéndose, dijo:
--¡Desventurado! Eso todo es por de fuera y parece así; pero ahora lo
verás por de dentro y verás con cuánta verdad el ser desmiente a las
apariencias. ¿Ves aquellas luces, campanillas y mullidores[38], y todo
este acompañamiento piadoso, que es sufragio cristiano y limosnero?
Esto es saludable; mas las bravatas que en los túmulos sobrescriben
podrición y gusanos, se podrían excusar. Empero también los muertos
tienen su vanidad y los difuntos y difuntas su soberbia[39]. Allí no
va sino tierra de menos fruto y más espantosa de la que pisas, por sí
no merecedora de alguna honra ni aun de ser cultivada con arado ni
azadón. ¿Ves aquellos viejos que llevan las hachas? Pues algunos no las
atizan para que atizadas alumbren más, sino porque atizadas a menudo
se derritan más y ellos hurten más cera para vender. Éstos son los que
a la sepultura hacen la salva en el difunto y difunta, pues, antes que
ella lo coma ni lo pruebe, cada uno le ha dado un bocado, arrancándole
un real o dos; mas con todo esto tiene el valor de la limosna. ¿Ves
la tristeza de los amigos? Pues todo es de ir en el entierro y los
convidados van dados al diablo con los que convidaron; que quisieran
más pasearse o asistir a sus negocios. Aquél que habla de mano[40] con
el otro le va diciendo que convidar a entierro y a misacantanos[41],
donde se ofrece, que no se puede hacer con un amigo y que el entierro
sólo es convite para la tierra pues a ella solamente llevan que coma.
El viudo no va triste del caso y viudez; sino de ver que, pudiendo él
haber enterrado a su mujer en un muladar y sin costa y fiesta ninguna,
le hayan metido en semejante baraúnda y gasto de cofradías y cera, y
entre sí dice que le debe poco, que, ya que se había de morir, pudiera
haberse muerto de repente, sin gastarle en médicos, barberos ni boticas
y no dejarle empeñado en jarabes y pócimas. Dos ha enterrado con ésta,
y es tanto el gusto, que recibe de enviudar, que ya va trazando el
casamiento con una amiga que ha tenido, y, fiado con su mala condición
y endemoniada vida, piensa doblar el capuz[42] por poco tiempo.
Quedé espantado de ver todo esto ser así, diciendo:
--¡Qué diferentes son las cosas del mundo de como las vemos! Desde hoy
perderán conmigo todo el crédito mis ojos y nada creeré menos de lo
que viere.
Pasó por nosotros el entierro, como si no hubiera de pasar por nosotros
tan brevemente, y como si aquella difunta no nos fuera enseñando el
camino y muda no nos dijera a todos:
“Delante voy, donde aguardo a los que quedáis, acompañando a otros, que
yo vi pasar con ese propio descuido”.
Apartónos desta consideración el ruido que andaba en una casa a
nuestras espaldas. Entramos dentro a ver lo que fuese, y al tiempo
que sintieron gente comenzó un plañido, a seis voces, de mujeres
que acompañaban una viuda. Era el llanto muy autorizado; pero poco
provechoso al difunto. Sonaban palmadas de rato en rato, que parecía
palmeado de diciplinantes. Oíanse unos sollozos estirados, embutidos
de suspiros, pujados[43] por falta de gana. La casa estaba despojada,
las paredes desnudas. La cuitada estaba en un aposento escuro sin luz
ninguna, lleno de bayetas, donde lloraban a tiento. Unas decían:
--Amiga, nada se remedia con llorar.
Otras:
--Sin duda goza de Dios.
Cuál la animaba a que se conformase con la voluntad del Señor. Y ella
luego comenzaba a soltar el trapo[44], y llorando a cántaros[45] decía:
--¿Para qué quiero yo vivir sin Fulano? ¡Desdichada nací, pues no me
queda a quien volver los ojos! ¡Quién ha de amparar a una pobre mujer
sola!
Y aquí plañían todas con ella y andaba una sonadera de narices, que se
hundía la cuadra. Y entonces advertí que las mujeres se purgan en un
pésame déstos, pues por los ojos y las narices echan cuanto mal tienen.
Enternecíme y dije:
--¡Qué lástima tan bien empleada es la que se tiene a una viuda!, pues
por sí una mujer es sola, y viuda mucho más. Y así su nombre es de
_mudas sin lengua_[46]. Que eso significa la voz que dice _viuda_ en
hebreo[47], pues ni tiene quien hable por ella ni atrevimiento, y como
se ve sola para hablar, y aunque hable, como no la oyen, lo mismo es
que ser mudas y peor[48].
Esto remedian[49] con meterse a dueñas. Pues en siéndolo, hablan de
manera, que de lo que las sobra pueden hablar todos los mudos y sobrar
palabras para los tartajosos y pausados. Al marido muerto llaman _el
que pudre_[50]. Mirad cuáles son éstas, y si muerto, que ni las asiste,
ni las guarda, ni las acecha, dicen que pudre, ¿qué dirían cuando vivo
hacía todo esto?
--Eso--respondí--es malicia que se verifica en algunas; mas todas son
un género femenino desamparado, y tal como aquí se representa en esta
desventurada mujer. Dejadme, dije al viejo, llorar semejante desventura
y juntar mis lágrimas a las destas mujeres.
El viejo, algo enojado, dijo:
--¿Ahora lloras, después de haber hecho ostentación vana de tus
estudios y mostrádote docto y teólogo, cuando era menester mostrarte
prudente? ¿No aguardaras a que yo te hubiera declarado estas cosas para
ver cómo merecían que se hablase dellas? Mas ¿quién habrá que detenga
la sentencia ya imaginada en la boca? No es mucho, que no sabes otra
cosa, y que a no ofrecerse la viuda, te quedabas con toda tu ciencia
en el estómago. No es filósofo el que sabe dónde está el tesoro, sino
el que trabaja y le saca[51]. Ni aun ése lo es del todo, sino el que
después de poseído usa bien dél. ¿Qué importa que sepas dos chistes
y dos lugares, si no tienes prudencia para acomodarlos? Oye, verás
esta viuda, que por de fuera tiene un cuerpo de responsos[52], cómo
por de dentro tiene una ánima de aleluyas[53], las tocas negras y los
pensamientos verdes[54]. ¿Ves la escuridad del aposento y el estar
cubiertos los rostros con el manto? Pues es porque así, como no las
pueden ver, con hablar un poco gangoso, escupir[55] y remedar sollozos,
hace un llanto casero y hechizo[56], teniendo los ojos hechos una
yesca[57]. ¿Quiéreslas consolar? Pues déjalas solas y bailarán en no
habiendo con quien cumplir, y luego las amigas harán su oficio:
--¡Quedáis moza y es malograros! Hombres habrá que os estimen. Ya
sabéis quién es Fulano, que cuando no supla la falta del que está en la
gloria, etc.
Otra:
--Mucho debéis a don Pedro, que acudió en este trabajo. No sé qué me
sospeche. Y, en verdad, que si hubiera de ser algo..., que por quedar
tan niña os será forzoso...
Y entonces la viuda, muy recoleta de ojos y muy estreñida de boca, dice:
--No es ahora tiempo deso. A cargo de Dios está: él lo hará, si viere
que conviene.
Y advertid que el día de la viudez es el día que más comen estas
viudas, porque para animarla no entra ninguna que no le dé un trago. Y
le hace comer[58] un bocado, y ella lo come, diciendo:
--Todo se vuelve ponzoña.
Y medio mascándolo dice:
--¡Qué provecho puede hacer esto a la amarga viuda que estaba hecha a
comer a medias todas las cosas y con compañía, y ahora se las habrá de
comer todas enteras sin dar parte[59] a nadie de puro desdichada?
Mira, pues, siendo esto así, qué a propósito vienen tus exclamaciones.
Apenas esto dijo el viejo, cuando arrebatados de unos gritos, ahogados
en vino, de gran ruido de gente, salimos a ver qué fuese. Y era un
alguacil, el cual con sólo un pedazo de vara[60] en la mano y las
narices ajadas, deshecho el cuello, sin sombrero y en cuerpo, iba
pidiendo favor al Rey, favor a la justicia, tras un ladrón, que en
seguimiento de una iglesia, y no de puro buen cristiano, iba tan ligero
como pedía la necesidad y le mandaba el miedo.
Atrás, cercado de gente, quedaba el escribano lleno de lodo, con las
cajas en el brazo izquierdo, escribiendo sobre la rodilla. Y noté que
no hay cosa que crezca tanto en tan poco tiempo como culpa en poder de
escribano, pues en un instante tenía una resma al cabo.
Pregunté la causa del alboroto. Dijeron que aquel hombre que huía era
amigo del alguacil, y que le fió no sé qué secreto tocante en delito,
y, por no dejarlo a otro que lo hiciese, quiso él asirle. Huyósele,
después de haberse dado muchas puñadas[61], y viendo que venía gente,
encomendóse a sus pies y fuese a dar cuenta de sus negocios a un
retablo.
El escribano hacía la causa, mientras el alguacil con los corchetes,
que son podencos del verdugo que siguen ladrando, iban tras él y no le
podían alcanzar. Y debía de ser el ladrón muy ligero, pues no le podían
alcanzar soplones[62], que por fuerza corrían como el viento.
--¿Con qué podrá premiar una república el celo deste alguacil, pues,
porque yo y el otro tengamos nuestras vidas, honras y haciendas[63],
ha aventurado su persona? Éste merece mucho con Dios y con el mundo.
Mírale cual va roto y herido, llena de sangre la cara, por alcanzar
aquel delincuente y quitar un tropezón a la paz del pueblo.
--Basta--dijo el viejo--. Que si no te van a la mano, dirás un día
entero. Sábete que ese alguacil no sigue a este ladrón ni procura
alcanzarle por el particular y universal provecho de nadie; sino que,
como ve que aquí le mira todo el mundo, córrese de que haya quien
en materia de hurtar le eche el pie delante, y por eso aguija por
alcanzarle. Y no es culpable el alguacil porque le prendió, siendo su
amigo, si era delincuente. Que no hace mal el que come de su hacienda;
antes hace bien y justamente. Y todo delincuente y malo, sea quien
fuere, es hacienda del alguacil y le es lícito comer della. Éstos
tienen sus censos sobre azotes y galeras, y sus juros sobre la horca. Y
créeme que el año de virtudes para éstos y para el infierno es estéril.
Y no sé cómo, aborreciéndolos el mundo tanto, por venganza[64] dellos
no da en ser bueno adrede por uno o por dos años, que de hambre y de
pena se morirían. Y renegad de oficio que tiene situados sus gajes
donde los tiene situados Belcebú.
--Ya que en eso pongas también dolo, ¿como lo podrás poner en el
escribano, que le hace la causa, calificada con testigos?
--Ríete deso--dijo--. ¿Has visto tú alguacil sin escribano algún día?
No, por cierto. Que, como ellos salen a buscar de comer, porque (aunque
topen un inocente) no vaya a la cárcel sin causa, llevan escribano que
se la haga. Y así, aunque ellos no den causa para que les prendan,
hácesela el escribano, y están presos con causa. Y en los testigos no
repares, que para cualquier cosa tendrán tantos como tuviere gotas de
tinta el tintero: que los más en los malos oficiales los presenta la
pluma y los examina la cudicia. Y si dicen algunos lo que es verdad,
escriben lo que han menester[65] y repiten lo que dijeron. Y para
andar como había de andar el mundo, mejor fuera y más importara que
el juramento, que ellos toman al testigo que jure a Dios y a la cruz
decir verdad en lo que le fuere preguntado, que el testigo se lo tomara
a ellos de que la escribirán como ellos la dijeren. Muchos hay buenos
escribanos, y alguaciles muchos; pero de sí el oficio es con los buenos
como la mar con los muertos, que no los consiente, y dentro de tres
días los echa a la orilla. Bien me parece a mí un escribano a caballo
y un alguacil con capa y gorra honrando unos azotes, como pudiera un
bautismo detrás de una sarta de ladrones que azotan; pero siento que,
cuando el pregonero dice:
“A estos hombres por ladrones, que suene el eco en la vara del alguacil
y en la pluma del escribano”.
Más dijera si no le tuviera la grandeza[66] con que un hombre rico
iba en una carroza tan hinchado, que parecía porfiaba a sacarla de
husillo[67], pretendiendo parecer tan grave, que a las cuatro bestias
aún se lo parecía, según el espacio con que andaban. Iba muy derecho,
preciándose de espetado, escaso de ojos y avariento de miraduras,
ahorrando cortesías con todos, sumida la cara en un cuello abierto
hacia arriba, que parecía vela en papel, y tan olvidado de sus
conjunturas, que no sabía por donde volverse a hacer una cortesía ni
levantar el brazo a quitarse el sombrero, el cual parecía miembro,
según estaba fijo y firme. Cercaban el coche cantidad de criados
traídos con artificio, entretenidos con promesas y sustentados con
esperanzas. Otra parte iba de acompañamiento de acreedores, cuyo
crédito sustentaba toda aquella máquina. Iba un bufón en el coche
entreteniéndole.
--Para ti se hizo el mundo--dije yo luego que le vi--, que tan
descuidado vives y con tanto descanso y grandeza. ¡Qué bien empleada
hacienda! ¡Qué lucida! ¡Y cómo representa bien quién es este caballero!
--Todo cuanto piensas--dijo el viejo--es disparate y mentira, y cuanto
dices, y sólo aciertas en decir que el mundo sólo se hizo para éste.
Y es verdad, porque el mundo es sólo trabajo y vanidad, y éste es
todo vanidad y locura. ¿Ves los caballos? Pues comiendo se van, a
vueltas de la cebada y paja, al que la fía a éste y por cortesía de las
ejecuciones trae ropilla[68]. Más trabajo le cuesta la fábrica de sus
embustes para comer, que si lo ganara cavando. ¿Ves aquel bufón? Pues
has de advertir que tiene por bufón al que le sustenta y le da lo que
tiene. ¿Qué más miseria quieres destos ricos, que todo el año andan
comprando mentiras y adulaciones, y gastan sus haciendas en falsos
testimonios? Va aquél tan contento, porque el truhán le ha dicho que no
hay tal príncipe como él, y que todos los demás son unos escuderos,
como si ello fuera así. Y diferencian muy poco[69], porque el uno es
juglar del otro. Desta suerte el rico se ríe con el bufón, y el bufón
se ríe del rico, porque hace caso de lo que lisonjea.
Venía una mujer hermosa trayéndose de paso los ojos que la miraban
y dejando los corazones llenos de deseos. Iba ella con artificioso
descuido escondiendo el rostro a los que ya la habían visto y
descubriéndole a los que estaban divertidos. Tal vez se mostraba por
velo, tal vez por tejadillo[70]. Ya daba un relámpago de cara con
un bamboleo de manto, ya se hacía brújula mostrando un ojo solo, y,
tapada de medio lado, descubría un tarazón[71] de mejilla. Los cabellos
martirizados hacían sortijas a las sienes. El rostro era nieve y grana
y rosas que se conservaban en amistad, esparcidas por labios, cuello y
mejillas. Los dientes transparentes y las manos, que de rato en rato
nevaban el manto, abrasaban los corazones. El talle y paso, ocasionando
pensamientos lascivos. Tan rica y galana como cargada de joyas
recebidas y no compradas. Vila, y, arrebatado de la naturaleza, quise
seguirla entre los demás, y, a no tropezar en las canas del viejo, lo
hiciera. Volvíme atrás diciendo[72]:
--Quien no ama con todos sus cinco sentidos una mujer hermosa, no
estima a la naturaleza su mayor cuidado y su mayor obra. Dichoso es el
que halla tal ocasión, y sabio el que la goza. ¡Qué sentido no descansa
en la belleza de una mujer, que nació para amada del hombre! De todas
las cosas del mundo aparta y olvida su amor correspondido, teniéndole
todo en poco y tratándole con desprecio. ¡Qué ojos tan honestamente
hermosos! ¡Qué mirar tan cauteloso y prevenido en los descuidos de
un alma libre! ¡Qué cejas tan negras, esforzando recíprocamente la
blancura de la frente! ¡Qué mejillas, donde la sangre mezclada con la
leche engendra lo rosado que admira! ¡Qué labios encarnados, guardando
perlas, que la risa muestra con recato! ¡Qué cuello! ¡Qué manos! ¡Qué
talle! Todos son causa de perdición, y juntamente disculpa del que se
pierde por ella.
--¿Qué más le queda a la edad que decir y al apetito que desear?--dijo
el viejo--. Trabajo tienes, si con cada cosa que ves haces esto[73].
Triste fué tu vida; no naciste sino para admirado. Hasta ahora te
juzgaba por ciego, y ahora veo que también eres loco, y echo de ver
que hasta ahora no sabes para lo que Dios te dió los ojos ni cuál es
su oficio: ellos han de ver, y la razón[74] ha de juzgar y elegir; al
revés lo haces, o nada haces, que es peor. Si te andas a creerlos,
padecerás mil confusiones, tendrás las sierras por azules, y lo grande
por pequeño, que la longitud y la proximidad engañan la vista. ¡Qué
río caudaloso no se burla della, pues para saber hacia dónde corre es
menester una paja o ramo que se lo muestre! ¿Viste esa visión[75],
que acostándose fea se hizo esta mañana hermosa ella misma[76] y
hace extremos grandes? Pues sábete que las mujeres lo primero que se
visten, en despertando, es una cara, una garganta y unas manos, y
luego las sayas. Todo cuanto ves en ellas es tienda[77] y no natural.
¿Ves el cabello? Pues comprado es y no criado. Las cejas tienen más
de ahumadas que de negras; y si como se hacen cejas se hicieran las
narices, no las tuvieran. Los dientes que ves y la boca era, de puro
negra, un tintero, y a puros polvos se ha hecho salvadera. La cera de
los oídos se ha pasado[78] a los labios, y cada uno es una candelilla.
¿Las manos? Pues lo que parece blanco es untado. ¿Qué cosa es ver una
mujer, que ha de salir otro día a que la vean, echarse la noche antes
en adobo, y verlas acostar las caras hechas cofines de pasas, y a
la mañana irse pintando sobre lo vivo como quieren? ¿Qué es ver una
fea o una vieja querer, como el otro tan celebrado nigromántico[79],
salir de nuevo de una redoma? ¿Estásla mirando? Pues no es cosa
suya. Si se lavasen las caras, no las conocerías. Y cree que en el
mundo no hay cosa tan trabajada como el pellejo de una mujer hermosa,
donde se enjugan y secan y derriten más jalbegues[80] que sus faldas
desconfiadas de sus personas. Cuando quieren halagar algunas narices,
luego se encomiendan a la pastilla y al sahumerio o aguas de olor, y
a veces los pies disimulan el sudor con las zapatillas de ámbar[81].
Dígote que nuestros sentidos están en ayunas de lo que es mujer y
ahítos de lo que le parece. Si la besas, te embarras los labios; si la
abrazas, aprietas tablillas y abollas cartones; si la acuestas contigo,
la mitad dejas debajo de la cama en los chapines; si la pretendes, te
cansas; si la alcanzas, te embarazas; si la sustentas, te empobreces;
si la dejas, te persigue; si la quieres, te deja. Dame a entender de
qué modo es buena, y considera ahora este animal soberbio con nuestra
flaqueza, a quien hacen poderoso nuestras necesidades, más provechosas
sufridas o castigadas, que satisfechas, y verás tus disparates claros.
Considérala padeciendo los meses, y te dará asco, y, cuando está sin
ellos, acuérdate que los ha tenido y que los ha de padecer, y te dará
horror lo que te enamora, y avergüénzate de andar perdido por cosas que
en cualquier estatua de palo tienen menos asqueroso fundamento[82].
Mirando estaba yo confusión de gente tan grande, cuando dos figurones,
entre fantasmas y colosos, con caras abominables y facciones traídas,
tiraron una cuerda. Delgada me pareció y de mil diferentes colores, y
dando gritos por unas simas que abrieron por bocas, dijeron:
--Ea, gente cuerda, alto a la obra.
No lo hubieron dicho cuando de todo el mundo, que estaba al otro lado,
se vinieron a la sombra de la cuerda muchos, y, en entrando, eran todos
tan diferentes, que parecía trasmutación o encanto. Yo no conocí a
ninguno.
--¡Válgate Dios por cuerda--decía yo--, que tales tropelías haces!
El viejo se limpiaba las lagañas, y daba unas carcajadas sin dientes,
con tantos dobleces de mejillas, que se arremetían a sollozos mirando
mi confusión.
--Aquella mujer allí fuera estaba más compuesta que copla, más
serena[83] que la de la mar, con una honestidad en los huesos,
anublada de manto, y, en entrando aquí, ha desatado las coyunturas,
mira de par en par[84], y por los ojos está disparando las entrañas a
aquellos mancebos, y no deja descansar la lengua en ceceos, los ojos en
guiñaduras, las manos en tecleados de moño[85].
--¿Qué te ha dado, mujer? ¿Eres tú la que yo vi allí?
--Sí es--decía el vejete con una voz trompicada[86] en toses y con
juanetes de gargajos--, ella es; mas por debajo de la cuerda[87] hace
estas habilidades.
--Y aquél que estaba allí tan ajustado de ferreruelo, tan atusado[88]
de traje, tan recoleto de rostro, tan angustiado de ojos, tan
mortificado de habla, que daba respeto y veneración--dije yo--, ¿cómo
no hubo pasado, cuando se descerrajó de mohatras y de usuras? Montero
de necesidades, que las arma trampas, y perpetuo vocinglero del tanto
más cuanto[89], anda acechando logros.
--Ya te he dicho que eso es por debajo de la cuerda.
--¡Válate el diablo por cuerda, que tales cosas urdes! Aquél que anda
escribiendo billetes, sonsacando virginidades, solicitando deshonras, y
facilitando maldades, yo lo conocí a la orilla de la cuerda, dignidad
gravísima.
--Pues por debajo de la cuerda tiene esas ocupaciones--respondió mi ayo.
--Aquél que anda allí juntando bregas, azuzando[90] pendencias,
revolviendo caldos, aumentando cizañas, y calificando porfías y dando
pistos a temas[91] desmayadas, yo lo vi fuera de la cuerda revolviendo
libros, ajustando leyes, examinando la justicia, ordenando peticiones,
dando pareceres: ¿cómo he de entender estas cosas?
--Ya te lo he dicho--dijo el buen caduco--. Ese propio[92] por debajo
de la cuerda hace lo que ves, tan al contrario de lo que profesa.
Mira aquél que fuera de la cuerda viste a la brida en mula tartamuda
de paso, con ropilla y ferreruelo y guantes y receta, dando jarabes,
cual anda aquí a la brida en un basilisco[93], con peto y espaldar y
con manoplas, repartiendo puñaladas de tabardillos, y conquistando las
vidas, que allí parecía que curaba. Aquí por debajo de la cuerda está
estirando las enfermedades para que den de sí y se alarguen, y allí
parecía que rehusaba las pagas de las visitas. Mira, mira aquel maldito
cortesano, acompañante perdurable de los dichosos, cual andaba allí
fuera a la vista de aquel ministro, mirando las zalemas de los otros
para excederlas, rematando las reverencias en desaparecimientos; tan
bajas las hacía por pujar[94] a otros la ceremonia, que tocaban en de
buces[95]. ¿No le viste siempre inclinada la cabeza como si recibiera
bendiciones y negociar de puro humilde a lo Guadiana por debajo de
tierra, y aquel amén sonoro y anticipado a todos los otros bergantes
a cuanto el patrón dice y contradice? Pues mírale allí por debajo de
la cuerda royéndole los zancajos[96], que ya[97] se le ve el hueso,
abrasándole en chismes, maldiciéndole y engañándole, y volviendo en
gestos y en muecas las esclavitudes de la lisonja, lo cariacontecido
del semblante, y las adulaciones menudas del coleo[98] de la barba
y de los entretenimientos de la jeta[99]. ¿Viste allá fuera aquel
maridillo[100] dar voces que hundía el barrio: “Cierren esa puerta,
qué cosa es ventanas, no quiero coche, en mi casa me como, calle y
pase, que así hago yo”, y todo el séquito de la negra honra? Pues
mírale por debajo de la cuerda encarecer con sus desabrimientos los
encierros de su mujer. Mírale amodorrido[101] con una promesa, y los
negocios, que se le ofrecen cuando le ofrecen: cómo vuelve a su casa
con un esquilón por tos tan sonora, que se oye a seis calles. ¡Qué
calidad tan inmensa y qué honra halla en lo que come y en lo que le
sobra, y qué nota en lo que pide y le falta, qué sospechoso es de los
pobres, y qué buen concepto tiene de los dadivosos y ricos, qué a raíz
tiene el ceño de los que no pueden más, y qué a propósito las jornadas
para los precipitados de dádiva! ¿Ves aquel bellaconazo que allí
está vendiéndose por amigo de aquel hombre casado y arremetiéndose a
hermano, que acude a sus enfermedades y a sus pleitos y que le prestaba
y le acompañaba? Pues mírale por debajo de la cuerda añadiéndole
hijos y embarazos en la cabeza y trompicones[102] en el pelo. Oye
cómo reprendiéndoselo aquel vecino, que parece mal que entre a cosas
semejantes en casa de su amigo, donde le admiten y se fían dél y le
abren la puerta a todas horas, él responde: “Pues qué: ¿Queréis que
vaya donde me aguarden con una escopeta, no se fían de mí y me niegan
la entrada? Eso sería ser necio, si estotro es ser bellaco”.
Quedé muy admirado de oír al buen viejo y de ver lo que pasaba por
debajo de la cuerda en el mundo, y entonces dije entre mí.
--Si a tan delgada sombra, fiando su cubierta del bulto de una cuerda,
son tales los hombres, ¿qué serán debajo de tinieblas de mayor bulto y
latitud?
Extraña cosa era de ver cómo casi todos se venían de la otra parte
del mundo a declararse de costumbres en estando debajo de la cuerda.
Y luego a la postre vi otra maravilla, que siendo esta cuerda de una
línea invisible, casi debajo della cabían infinitas multitudes, y que
hay debajo de cuerda en todos los sentidos y potencias, y en todas
partes y en todos oficios. Y yo lo veo por mí, que ahora escribo este
discurso, diciendo que es para entretener, y por debajo de la cuerda
doy un jabón[103] muy bueno a los que prometí halagos muy sazonados.
Con esto el viejo me dijo:
--Forzoso es que descanses. Que el choque de tantas admiraciones y
de tantos desengaños fatigan el seso, y temo se te desconcierte la
imaginación. Reposa un poco para que lo que resta te enseñe y no te
atormente.
Yo tal estaba, que di conmigo en el sueño y en el suelo obediente y
cansado.
NOTAS:
[1] La dedicatoria es enteramente diferente en la edición de Pamplona
de 1631 y en el Ms. de Lastanosa. Hela aquí: “_A don Pedro Girón, Duque
de Osuna_ (a). Éstas son mis obras: claro está que juzgará vuecelencia
que siendo tales no me han de llevar al cielo; mas como (b) yo no
pretendía dellas más de que en este mundo me den nombre y el que más
estimo es (c) de criado de vuecelencia, se las envío para que, como a
tan gran príncipe las honre; lograrán de paso la enmienda. Dé Dios á
vuecelencia su gracia y salud; que lo demás merecido lo tiene al mundo
su virtud y grandeza. En la Aldea (d), abril 26 de 1612.--Don Francisco
Quevedo Villegas”.
a) “y conde de Ureña”. (Ms. de Lastanosa).
b) “ya no pretenda de ellas más que en este mundo”. (Ídem).
c) “el de criado de vuecelencia, se las invío para que como tan gran
príncipe”. (Ídem).
d) “abril 1623.--Don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas”. (Ídem).
[2] 1610 es el año que fijaron los _Juguetes de la niñez_ en 1629 y
desde entonces hasta hoy viene reproduciéndose.
[3] _Deparare_; en _A_: _depare_. Adviértase que con _cándido_, _pío_ y
_benigno_ quiere decir lo mismo, no menos, que con _purpúreo_, _cruel_
y _sin sarna_, que le moleste criticándole.
[4] _Toda la verdad._ En el _Libro de vidas y dichos graciosos,
agudos y sentenciosos de muchos notables varones griegos y romanos_,
traducción por Juan Jarava, de los _Apotegmas_ de Erasmo, se lee
(Anvers, 1549, fol. 87): “Esto se loa y se tiene en más que todas las
otras cosas que dijo (Sócrates), porque decía que no sabía otra cosa
sino esto sólo, que no sabía nada. Porque se inquiría e informaba
de cada una cosa como dudando. No porque de verdad no tuviese algo
de cierto sabido; mas con esta ironía y contrario sentido declaraba
su modestia y reprendía la soberbia de los otros, que se decían
saberlo todo, como de hecho no supiesen nada. Unos sofistas decían
públicamente que responderían de presto y sin pensar a toda materia
y cuestión propuesta. La ignorancia destos soberbios destruía muchas
veces Sócrates con argumentos, y por esto fué juzgado por Apollo
sabio, porque, aunque no supiese todas las cosas, como ni los otros
las sabían, pero en esto los excellía, que conocía su ignorancia, como
ellos no supiesen tampoco esto, que no sabían nada”.
[5] _Gastan_, hacen gastar dinero en comprar los libros: notable uso de
gastar como factitivo, esto es, _hacer gastar_.
[6] En _A P_: _emprentas_; en _A_: _especerías_.
[7] _Sin ton ni son... no es bailar_, alude al origen del dicho, según
lo declaramos en el primer sueño, del bailar sin música, a destiempo.
[8] _De tan mala cosa_, retruécano, el mundo es mala cosa, no mi
discurso.
[9] _Descontento._ Como que el deseo es tendencia a una cosa; lograda,
el deseo desaparece, quedando uno descontento, porque todo el contento
se cifraba, no en la cosa, sino en desearla.
[10] “unas grandes y descompuestas voces y tirado muy porfiadamente del
manteo”. (Edic. de Barcelona, 1635).
[11] _Desmentir_ es lo que hoy dicen _despistar_ o _hacer perder la
pista_, bonito verbo moderno, bien formado y que no tiene que ver con
el _dépister_ francés, que vale lo contrario, dar con la pista de
alguno, descubrir, indagar. Pero no se olvide el clásico _desmentir_.
_Diablo coj._, 7: “Don Cleofás y su camarada no salían de su posada
por desmentir las espías”. SAAVEDRA, _Empr._, 45: “Borrar con la cola
las huellas para desmentir al cazador”. En el texto vale disfrazar
para desmentir o despistar, como factitivo, al modo que en ZAMORA,
_Monarquía mist._, 3, 86, 2: “Cuando se desdeña el rey de entrar en una
casa, entra disfrazado, desmintiendo el nombre”.
[12] Acuérdase Quevedo del Petrarca, _De Remediis utriusque fortunae_.
[13] _Aciago de cara_; en _P_: _ciego de cara_. Aciago, encapotado y
nublado, de mal agüero, metáfora aquí del tiempo que amaga tormenta,
triste, melancólico.
[14] “del alguacil”. (Ms. de Lastanosa).
[15] _Huésped._ _Quij._, 1, 2: “Pensó el huésped”. Ídem, 1, 32: “A lo
cual respondió la huéspeda”.
[16] _Ermita_, y añaden _de Baco_. _Ilustre fregona_: “Visitaba pocas
veces las ermitas de Baco”.
[17] _Casa_, propiamente _casa llana_, por estar allanada o abierta
para todos. _Rufián dichoso_, 1: “De los de la casa llana”.
[18] _Damas._ _Coloquio de las damas_, del Aretino, traducido por
Fernán Xuárez, Sevilla, 1607.
[19] _Honrados._ _Guzmán de Alfarache_, 2, 3, 5: “Pero los más honrados
basta que dejen la casa franca y se vayan a la comedia o al juego de
los trucos, cuando acaso les faltan las comisiones”.
[20] _Moreno._ _Celoso extremeño_: “Enseñó a tañer a algunos morenos”.
[21] _Gallofero_, mendigo, que pide la gallofa. _Lazarillo_, 2: “Tú,
vellaco y gallofero eres”.
[22] _Capigorrón_, o _capigorrista_, que anda de capa y gorra para más
fácilmente vivir libre y ocioso, sobre todo los estudiantes. _Píc.
Just._, f. 91: “Llegaron otros ocho capigorrones tan grandes bellacos
como los primeros”. COLMENARES, _Hist. Segov._, pl. 774: “Acercándose
un capigorrón, mozo insolente”. _Laber. amor_, 2: “Capigorrón,
brodista, pordiosero”. Ídem, 1: “Estudiantes capigorristas”.
[23] “fraile motilón, o lo que fuere, reverencia y aun paternidad; a
todo escribano”. (Edic. de Pamplona, 1631, y el Ms.).
[24] _a las apariencias._ (Ms. de Lastanosa), _las experiencias_ en la
edición definitiva y en la de don Aureliano.
[25] “que son hipocresía”. (Ms.).
[26] _Qué bien_; en _A_: _cuán bien_.
[27] JOB, 27, 8: “Quae est enim spes hypocritae?” Y en el 8, 13: “Et
spes hypocritae peribit”.
[28] Y por eso, como quien sabía lo que era y lo aborrecía tanto sobre
todas las cosas, Cristo, habiendo dado muchos preceptos afirmativos a
sus discípulos, sólo uno les dió negativo, diciendo: “No queráis ser
como los hipócritas 'tristes'”. (_Mat., VI._) De manera que con muchos
preceptos y comparaciones los enseñó cómo habían de ser: ya como luz,
ya como sal, ya como el convidado, ya como el de los talentos. Y lo que
no habían de ser todo lo cerró en decir solamente: “No queráis ser como
los hipócritas 'tristes', advirtiendo que en no ser hipócritas está el
no ser en ninguna manera malos, porque el hipócrita es malo de todas
maneras”. (Edic. de Pamplona y el Ms.).
[29] _Taracea_, o ataracea, adorno o disposición de una cosa de dos
colores echados como a manchas con proporción y hermosura. SAAVEDRA,
_Repúbl._, pl. 89: “Se daban a hacer escritorios de taracea y mesas de
diversas piedras engastadas en mármol”.
[30] _Mullidor_, el que mulle, y mullir aquí por _muñir_ o llamar y
convocar, de _monere_, como en FONSECA, _Vid. Cristo_, 3. 27: “Sácanse
lutos, cómpranse hachas, múllense cofradías, convídanse gentes,
vístense pobres, alquílanse endecheras”. _Muñidor_ o _mullidor_, el
criado de las cofradías, que sirve para avisar a los hermanos las
fiestas, entierros y otros ejercicios a que deben concurrir. Dice
Quevedo que los pícaros muñidores ofrecían a los ojos con sus sayos de
diferentes colores como una vistosa taracea.
[31] _Incensando_; en _A_: _incitando_.
[32] _Meninos_, caballericos que entraban en palacio a servir a la
Reina o a los Príncipes niños. NIEREMBERG, _S. Luis Gonz._, 4: “En
España hizo el Rey a nuestro Luis y a sus dos hermanos meninos del
príncipe don Diego”.
[33] “gritando su letanía, luego las Órdenes, y tras ellas los
clérigos, que, galopeando los responsos, cantaban de portante,
abreviando, porque no se derritiesen las velas y tener tiempo para
sumir otro”. (Edición de Pamplona y el Ms. referidos). _Chirriando la
calavera_ quiere decir cantando la letanía detrás del difunto con sus
vocecillas chirrionas.
[34] _Los de la capacha_, los de la religión de San Juan de Dios,
llamados así del vulgo porque en sus principios pedían y recogían la
limosna para los pobres en unas capachas o cestillas de palma. CERV.,
_Casam. engañoso_, pl. 350: “Ya v. m. habrá visto, dijo el alférez, dos
perros, que con dos linternas andan de noche con los hermanos de la
capacha, alumbrándolos cuando piden limosna”.
[35] _Hombreando_, hacer fuerza con los hombros para sostener o tirar.
L. GRAC., _Crit._, 1, 6: “Porque no tiene espaldas, que a tenerlas, él
hombreara”.
[36] _Anegado_, aquí por sumergido, metido en el capuz.