--Oiga usted lo que dice esta inscripción: «Yo soy la esposa del

emperador Hien-ti, enterrada viva por haber pretendido poseer el

secreto de ser inmortal.»

--¡Hien-ti! --exclamó don Sindulfo partícipe ya del entusiasmo de su

amigo--. ¿El último vástago de la dinastía de los Han?

Destronado en el siglo tercero de la era cristiana por Tsao-pi,

fundador de la dinastía de los Ouei.

--Es decir...

[Ilustración: Don Sindulfo]

--Es decir que ese pueblo, cuna de la civilización del resto del mundo,

poseía, si no el secreto de la inmortalidad, por lo menos el de la

longevidad fabulosa de los tiempos patriarcales.

Don Sindulfo, sin esperar nuevas explicaciones, sacó su cartera

y extendió una orden de pago contra su banquero, encargando el

transporte a las Peninsulares de los objetos adquiridos, entre los que

figuraba otro hallazgo hecho a última hora y consistente en un hueso

petrificado, que tuvieron que pagar a peso de oro, pues se trataba nada

menos, según el inventario, de una canilla de hombre fósil descubierta

en las inmediaciones de Chartres, en unos terrenos de la época

terciaria.

Los dos inseparables no pensaban más que en los preparativos de regreso

a Zaragoza para entregarse de lleno a sus investigaciones científicas.

Pero un garbanzo interpuesto en su camino cambió de fase la majestuosa

monotonía de su existencia. Al ir por la tarde a liquidar y despedirse

del banquero, fornido zamorano viudo y enriquecido durante la primera

guerra civil con la empresa de suministros para el ejército leal, hubo

aquello de:

--¿Y qué tal los tratan a ustedes en la fonda?

--Mal; comida francesa con la que nunca sabe uno lo que se mete en

el estómago. Nos vamos de Madrid sin probar un cocido a la usanza de

Castilla.

Y lo de:

--Pues hoy satisfarán ustedes su capricho; porque precisamente acabo

de recibir unos garbanzos de Fuentesaúco que ni de manteca serían más

tiernos.

--Que eso sería mucha incomodidad.

--Que no.

--Que sí.

--Que toma.

--Que daca.

El resultado es que se quedaron a comer con el banquero, el cual

banquero tenía una hija; la cual hija era muda; pero, aunque no le

faltaba más que la palabra para hablar, a ella no se le quedaba nada

por decir, que con pies y manos todo lo daba a entender. Yo no sé cuál

de estos aparatos locutorios es el que ella puso más en juego durante

la comida; lo cierto es que a los postres, don Sindulfo que ocupaba su

derecha, estaba a pesar de sus cuarenta años enamorado ya de la chica

como un cadete. Por supuesto que todo se lo merecía la hija de su

padre, pues no había línea en su cuerpo que no alcanzase el máximo de

curva, ni facción que no incitase a cualquiera a ser Espartero no solo

para perseguirlas como en Bilbao sino para abrazarlas como en Vergara.

El viaje se suspendió; las visitas se repitieron; la necesidad de

no tener los aparatos físicos encomendados a manos mercenarias para

su conservación sirvió a don Sindulfo de tema con Benjamín sobre la

conveniencia del matrimonio: el asentimiento de este alentó al sabio,

la demanda fue hecha en debida forma; y el banquero, que siempre tenía

garbanzos del Saúco que probar cada vez que se le ponía a tiro un

hombre en estado de merecer, dijo que sí con la alegría del enfermo

a quien se le resuelve un tumor. La muchacha no hay que consignar si

recibió bien la noticia, pues sabido es que tratándose de matrimonio

hasta las mudas se alegran.

Estipulóse la dote que fue pingüe, dispusiéronse los regalos de boda,

y como entre las condiciones figuraba la de residir en Madrid, los

sabios se volvieron a Zaragoza para empaquetar convenientemente el

laboratorio. Un mes después, marido, mujer y amigo, se instalaban en la

calle de los Tres Peces de la coronada villa.

Mamerta, que así se llamaba la señora de García, salió de un natural

excelente; porque el que gustase más de estar con Benjamín que con

su marido, nada tenía de particular, si se considera que aquel en

su calidad de políglota la enseñaba a hablar por señas en varias

lenguas diferentes, mientras que don Sindulfo aun en la suya propia no

conseguía hacerse entender; y las mujeres se pirran por que les den

conversación. También se le iban los ojos detrás de los uniformes;

pero don Sindulfo, comprendiendo que este es achaque de muchachas, se

ponía de cuando en cuando el de nacional de caballería que usó en el

bienio, y la dejaba tan contenta. El único defecto que tenía era el de

no podérsela contrariar. Al instante le daba un ataque de nervios que

se traducía en una serie de cachetes descargados sobre el occipucio de

su marido, en gracia de cuya conservación el hombre tuvo por prudente

dejarle hacer su voluntad en adelante para no excitar, decía, su

sistema nervioso. Otra particularidad suya digna de notarse es que en

cuanto veía una aguja enhebrada, se desmayaba; lo que, a pesar de sus

buenos propósitos, la impedía ocuparse de los quehaceres domésticos.

Pasábase pues el día poniéndose moños en el tocador, haciendo señas

con Benjamín o tañendo a la guitarra una cosa que nadie le había

enseñado ni nadie podía entender; pero que ella reproducía siempre

invariablemente con el mismo ritmo, idénticas modulaciones y análogos

efectos: romper el tímpano de los que la oían.

Y así se deslizaron seis meses llenos de paz y de ventura para aquella

trinidad; tras de los cuales vino el verano y con este los baños de

mar, que el banquero tomaba en Biarritz para enflaquecer, sin lograrlo

nunca, acompañado de su hija a quien se los propinaban para adquirir

carnes, sin conseguirlo tampoco. Visto pues que Mamerta, a pesar del

matrimonio, no engordaba, se decidió que aquel año iría con su padre,

como de costumbre, a ponerse en remojo en la playa favorita de la

emperatriz. Llegaron y se zambulleron; pero, con tan mala suerte, que

el banquero mientras hacía una habilidad tuvo un vahido y se ahogó. Su

hija pidió auxilio por señas; el bote de salvamento acudió como un

rehilete; la muchacha no anduvo bastante lista en evitarlo y, dándole

en la nuca con la proa, en vez de uno fueron dos los cadáveres que sacó

a la orilla. Con lo que, como el padre había sido la primera víctima y

Mamerta tenía hecho testamento en favor de su esposo, don Sindulfo se

encontró posesor de una fortuna considerable que unida a sus bienes le

permitía emular la fama de Creso.

«Bien vengas mal si vienes solo» dice el refrán; y nunca proverbio tuvo

más exacta aplicación, pues desde entonces empezaron las tribulaciones

de nuestro sabio, si bien pueden darse todas por bien sufridas en

gracia de los beneficios que reportaron a la ciencia.

Murió también por aquel entonces una hermana de don Sindulfo, tan rica

como él, viuda de luengos años y madre de un tierno pimpollo de quince

primaveras que respondía al nombre de Clara. Al dejar esta tierra,

en la de Pinto, donde residía, nombró tutor de la niña a su hermano,

después de dejarle su manda correspondiente, sin otra condición que la

de no separar en vida a la huérfana de una mozuela, cuatro años mayor

que Clara, con quien esta se había criado y a quien, no obstante la

condición humilde de Juanita --pues no pasaba de ser una criada suya--

quería entrañablemente.

La viudez que lloraba nuestro sabio, sus aficiones que le incitaban a

la soledad, las circunstancias que le atraían al retiro le indujeron

a cambiar de residencia, y los dos inseparables con sus retortas y

crisoles, sus pluviómetros y brújulas, sus pedruscos y sus fósiles,

fueron a sepultarse en Pinto entre la inocente sencillez de Clara y las

inocentes ocurrencias de Juanita que, hija de la tierra --sin dejar

de serlo de su padre y de su madre, difuntos--, largaba una fresca al

lucero del alba en ese tono mayor que usa la gente de Madrid abandonada

a su natural instinto. Los sabios no le entraron a la maritornes por

el ojo derecho y ya principió por regalarle a cada uno su mote. A don

Sindulfo le llamaba _el tío Pichichi_ y al profesor de lenguas _el

locutorio_.

Pero ¡oh fragilidad de las cosas humanas! Aquel hombre que llegara

hasta los cuarenta años sin experimentar la atracción de las hijas

de Eva, no necesitó más que seis meses de consorcio para no saber ya

resistir a la influencia de su imán. Desconociendo que su caso con la

muda había sido una chanca matrimonial cedida al primer postor, llegó a

figurarse que su cara era moneda de buena ley para adquirir a tan bajo

precio artículos no averiados, y siempre se la estaba poniendo delante

a su sobrina que, inocente y cariñosa, la contemplaba sin ver en ella

más que una cara de tío.

Estimulado por lo que nuestro héroe juzgaba el triunfo de sus

atractivos y secundado por las sugestiones de Benjamín, siempre

dispuesto a lisonjear las debilidades de su protector, un día al cabo

de algunos meses don Sindulfo se decidió a declarar a su pupila su

atrevido pensamiento, lo que le valió una negativa rotunda, si bien

regada con amargo llanto de Clara que no se resolvía a explicar el

motivo de su oposición.

--¡Hombre de Dios! venga usté acá --le dijo Juanita saliendo al

encuentro de su amo al enterarse de lo ocurrido--. Hágame usté el favor

de mirarse las arrugas delante de ese espejo: ¿Cree usté que a mi

señorita le ha de gustar casarse con un fuelle?

--¡Deslenguada! --gritó don Sindulfo ciego de cólera--. No des lugar a

que te ponga en el arroyo.

--¿A mí? Ni usté ni nadie. Estoy aquí por la voluntad de la _testaora_

y me defiende la curia. Yo soy una criada ante escribano.

--Pero ¿en qué se funda para desahuciarme? --preguntó el tutor en tono

humilde, probando si por la dulzura sacaba mejor partido.

--Pues _miste_; finalmente, que a la señorita y a mí no nos da por la

_cencia_ sino por la _melicia_.

--¿Cómo?

--Que ella quiere retemucho a su primo don Luis el capitán de húsares,

y yo a su asistente Pendencia; que dentro de tres días llegarán de

guarnición a Madrid, y que si nos viene usted con retruécanos verá

usted el escabeche de sabio que resulta.

Aquella revelación, confirmada por su sobrina, fue el golpe de gracia

para don Sindulfo, cuya pasión alcanzó el período álgido aguijoneada

por los celos. El capitán, más enamorado que nunca de su prima, llegó

efectivamente a la corte una semana después, y dos horas más tarde se

personaba en Pinto; pero la puerta de la casa le fue herméticamente

cerrada por don Sindulfo con la intimación de no volver a poner allí

los pies so pena de desheredarle. El primer impulso de Luis fue pedir

amparo a la justicia contra la arbitrariedad del despiadado tutor;

pero ni Clara tenía la edad legal para que el juez supliese el disenso

paterno, ni aun teniéndola hubiera ella contrariado la última voluntad

de su madre por la que le obligó a no tomar marido que no fuese de la

aprobación de don Sindulfo.

Preciso fue por lo tanto sufrir y esperar. Cuando se quiere y se es

querido, todo se soporta con resignación. Pero desde aquel punto la

casa fue un infierno, pues las cartas iban y venían por conducto del

asistente y de la maritornes, y al sabio todo se le volvía vigilar sin

fruto y enflaquecer sin resultado.

--¡Oh! --exclamaba el infeliz en su desesperación--. ¿Por qué se habrán

liberalizado tanto las leyes? Dichosos tiempos aquellos en que un tutor

tenía derecho de imponerse a su pupila. ¿Quién pudiera transportarse

a aquella época, mal llamada de oscurantismo, en que el respeto y la

obediencia a los superiores constituían la base de la sociedad? ¡Si yo

pudiese retrogradar en los siglos!

--¡Ojalá Dios! --contestaba Benjamín haciéndole el dúo--. De ese

modo podríamos caer sobre China en el imperio de Hien-ti y aclarar

ese enigma iniciado por la momia, para cuya interpretación he leído

inútilmente cuantos historiógrafos han escrito sobre los sectarios de

Confucio y Mencio.

Esta idea predominante en ambos llegó a tomar en ellos las proporciones

de una monomanía. El políglota soñaba en chino y su colega se pasaba la

existencia extrayendo aire de los recipientes con la máquina neumática,

para su análisis y descomposición. Pero todo fue inútil hasta que la

Providencia --que quiso en este caso, como en la mayor parte de los

descubrimientos, disfrazarse de casualidad-- vino inesperadamente en su

ayuda.

Cierta tarde en que el nuevo don Bartolo, impulsado por sus celos

penetró de puntillas en la cocina con el fin de sorprender a las

palomas, que huyendo del gavilán se refugiaban casi siempre en el

fogón, halló a Juanita deletreando una carta de Pendencia, que ella se

guardó precipitadamente donde sabía que don Sindulfo no se la había de

coger.

--¿Qué estás haciendo? --le preguntó.

--Instruyéndome --le dijo ella sin inmutarse.

--Más valdría que te entretuvieses en limpiar la chimenea que tiene un

palmo de hollín y un regimiento de telarañas.

--Y la creación entera encontrará usted ahí. Eso es la obra del tiempo.

Si puede que desde que usted ha nacido no le hayan pasado un escobón.

Don Sindulfo, que tenía un cuchillo a mano, lo blandió con ánimo sin

duda de cometer un homicidio; pero deteniéndose oportunamente se puso a

rascar con él la campana del hogar como para paliar su arrebato.

--Pues entretente --añadió-- en quitar las capas de basura y verás cómo

consigues sacar a luz los hornillos.

--¡Ay! No me haga usté reír. Pues si eso fuera posible ya se hubiera

usted puesto como nuevo rascándose con un cuchillo las capas de años

que le sobran.

Don Sindulfo se las iba a echar de matón; pero una idea súbita cruzó

por su mente y se quedó en un pie como las grullas y en la actitud de

Caín al oír al Señor preguntarle: «¿Qué has hecho de tu hermano?» Aquel

ser vulgar sin la menor noción científica acababa de iniciarle en la

solución del problema que perseguía con tanto empeño.

Desde aquel instante puso manos a la obra. La física, las matemáticas,

la geología, la dinámica, la mecánica, el cálculo sublime, la

meteorología, todo el saber humano en fin, espoleado por su amor

y azotado por sus celos, le abrió sus más recónditos enigmas, y

reduciendo a una fórmula su maravillosa invención, sentó el axioma

de que retrogradar en los siglos no era otra cosa que deshollinar el

tiempo.

Algunos años, todo su capital y gran parte del de su sobrina, se

invirtieron en la construcción del Anacronópete. Entre tanto los novios

esperaban pacientemente y aventuraban, aunque en vano, alguna tentativa

de transacción. Don Sindulfo ejercía cada vez mayor vigilancia,

ocultaba a todos, excepto a Benjamín, el trabajo que le absorbía y daba

rienda suelta a su pasión con la ilusoria esperanza de la victoria.

La terminación del aparato, coincidiendo con la apertura de la

Exposición Universal de 1878, permitió por fin que un día se cargasen

varios vagones con todas sus piezas desmontadas; y, encajonados en un

coche de primera el inventor, su amigo, la sobrina y el sinapismo de

la criada, emprendieron todos súbitamente el camino de París, donde el

enamorado tutor se proponía, libre de las persecuciones del húsar,

realizar su sueño; lo que no consiguió nunca, como verá el lector que

con paciencia quiera seguir el curso de este increíble relato.

[Ilustración]

[Ilustración]

CAPÍTULO V

Cupido y Marte

Mientras se montaba el armatoste en el área que le habían destinado en

el palacio de la exposición, don Sindulfo se estableció con su familia

en el hotel de la Concordia sito en el boulevard Malesherbes. Inútil

es decir que las horas que el sabio se pasaba en el Campo de Marte

dirigiendo los trabajos, Clara y Juanita quedaban encerradas bajo llave

en sus habitaciones; pues, celoso como un turco, nuestro compatriota

temía a cada momento una evasión o un rapto. Cuando sacaba a las

muchachas a paseo, siempre lo hacía en coche, y no asistían al teatro

sino en palco con celosías.

Todas estas precauciones, la distancia que los separaba de Madrid,

la idea de dejar pronto la edad presente y los ineludibles deberes

militares de su sobrino que le impedían abandonar su puesto,

infundieron cierta tranquilidad relativa en el ánimo de don Sindulfo.

Así pasó cerca de un mes viendo disminuir sus temores, cuando una tarde

al regresar solo de una sesión del Congreso científico y remontar el

lado izquierdo de la Magdalena, sintió como si le tirasen de la levita

por detrás. Volvió la cabeza y casi la perdió al encontrarse de manos a

boca con Pendencia, el asistente de su sobrino.

--_¿Me da vu de la candel?_ --le dijo este disponiéndose a encender

su chicote en el _medianito_ del aturdido zaragozano y traduciendo en

lengua de Racine su patrio estilo cordobés.

--¡Un cuerno le daré a usted yo! ¿Qué hace usted en París?

--Puez he venío penzionao por el Gobierno con quince camaradaz máz a

las orillaz del Ciena para que aprendan los franceses a jacer zordaoz a

nueztra jechura y cemejanza.

Y en efecto, el ministerio de la Guerra enviaba al certamen un

individuo de cada arma de que se compone el ejército español, para

dar una muestra así de los uniformes como de su envidiable apostura y

bizarría.

--¿Y mi sobrino es también de la tanda? --preguntó el sabio

presintiendo su desventura.

--¡Ci ez él quien noz manda! Le ezcogieron a pulzo.

--¡Cómo!

--El meniztro le dijo: «Hombre, vaya usté a la dizpocición para que

vean allí que todoz no zomoz tan feoz como zu tío de usté.»

--¡Insolente! Comprendo la trama; pero sus inicuos proyectos quedarán

frustrados. ¡Ay de él si se atreve a declararme la guerra! Puede usted

ir a decírselo de mi parte.

Y como en aquel momento llegasen a la fonda, don Sindulfo se separó

bruscamente de Pendencia, que con un: «A la orden, don Pichichi»

corrió en busca de su amo, en quien mis lectores habrán ya reconocido

al capitán de húsares que al principio de esta historia se apeó del

ómnibus en la cabecera del puente.

[Ilustración]

--¿Quién ha venido? ¿Habéis visto a alguien por el balcón? --fue la

primera pregunta formulada por el atribulado tío al entrar en las

habitaciones de su sobrina.

--¿Y a quién quiere usted que veamos si nos pone usted candados hasta

en las vidrieras? --replicó Juanita con su respingo habitual.

Don Sindulfo no juzgó conveniente dar más explicaciones y se dirigió

a su cuarto contiguo al de las reclusas; pero al volverse de espaldas

dejó ver unos papeles que, pendientes de un hilo y enganchados a la

levita por un alfiler, le había prendido Pendencia durante su trayecto

por el boulevard; y de los que Juana se apoderó graciosamente mientras

su amo abría la puerta, pues tanto la fregatriz como su señorita

estaban seguras de que Cupido había de aprovechar la primera ocasión

que se le presentase de comunicar con ellas.

Apenas se quedaron solas empezó la lectura de las cartas. La de Luis

encerraba mil protestas de amor para su prima, dándole la seguridad de

que en breve se vería libre del yugo de su implacable tío.

La de Pendencia era tan lacónica como digna de conocerse. Decía así:

«Mi coracon es pera, y a esto y acui coma tullo asta la merte ilo es

Roce Gomec.»

Juanita, acostumbrada al estilo epistolar de su soldado comprendió que

aquello quería decir: «Mi corazón espera. Ya estoy aquí. Coma (o sea la

puntuación escrita.) Tuyo hasta la muerte. Y lo es Roque Gómez.»

Al día siguiente Luis ocupaba ya un cuarto en el hotel de la Concordia.

Por fortuna don Sindulfo, que marchaba el primero, pudo verle al entrar

en el comedor, y retrocediendo antes de que los demás le apercibiesen,

volvió a subir las escaleras con todos y dio orden de que en adelante

les dieran de comer a él y a los suyos en gabinete aparte. Redobláronse

las precauciones: cada vez que el tutor se ausentaba, Benjamín

quedábase de centinela; pero, vano empeño; Luis sobornaba al criado de

turno y las cartas iban y venían liadas en las servilletas, que era un

llover. ¿Descubríase el ajo? ¿Suprimíanse los camareros sirviéndose

a sí propios? ¿Prohibíase a Juanita que se acercase a la mesa para

cambiar un plato y que saliese de su prisión para nada? Las misivas no

por eso dejaban de llegar, ya pegadas con cola en el asiento de los

jarros de agua para el tocador, ya en el hueco de un pastelillo que,

con una señal convenida de antemano, elegía Clara entre los demás de la

fuente, ya por último dentro de una nuez de que era portador un perro

de la fonda al que Pendencia había enseñado a escabullirse entre las

piernas de don Sindulfo, cada vez que este abría la puerta para recibir

por sí mismo los manjares.

Realmente aquello no era vivir; los cien ojos de Argos no bastaban para

atender a tantas y tan frecuentes asechanzas. Así es que en cuanto

el Anacronópete estuvo en disposición de habitarse, don Sindulfo

estableció en él su domicilio obteniendo, bajo pretexto de su custodia,

una guardia permanente de dos gendarmes que impedían la aproximación al

aparato de todo el que no fuese acompañado por el inventor. Pero si la

incorruptibilidad de los guardianes no cedió ni ante las súplicas ni

ante las dádivas de Luis, la travesura de su asistente se multiplicó

con los obstáculos. Tan pronto mientras los viajeros visitaban los

Inválidos, donde ya había hecho él conocimientos, se presentaba con

una pierna de palo y unas barbas de chivo sirviendo de cicerone, como

envuelto en los andrajos de mendigo, les pedía una limosna en medio de

los bulevares, lo que --la mendicidad estando prohibida-- le costaba

pasar unas cuantas horas en la prevención. Casi siempre concluía por

ser descubierto; así es que don Sindulfo decidió que en lo sucesivo

no saldrían más que a misa y en carruaje. Pendencia se disfrazó de

cochero; pero se vendió, porque al darle en francés las señas de la

Magdalena, él, que no era fuerte en idiomas, los llevó al cementerio

del Père Lachaise. Agotados por fin todos los recursos, un día se

confabuló con el suizo de la iglesia a que asistían sus compatriotas

y, ocupando su puesto a la vanguardia del postulante que durante la

ceremonia recoge las limosnas de los fieles, se aprestó a entregar una

carta a Clarita; pero la falta de costumbre de circular por entre las

filas de los reclinatorios, cargado con la alabarda y el palo de tambor

mayor, le hizo enredarse en el espadín en momento tan inoportuno que,

cayendo sobre el sabio mientras la peluca se posaba en el devocionario

de un caballero y el tricornio en la cabeza de una devota, descubrióse

el pastel y don Sindulfo abandonó con su gente el templo regresando al

Anacronópete que en adelante quedó convertido para todos sus moradores

en prisión celular.

Los días que siguieron a esta catástrofe fueron de desesperación para

el enamorado Luis que veía desaparecer sus esperanzas, y para el

asistente y sus quince compañeros que sentían aproximarse la hora de

la expedición al pasado sin recoger el fruto de sus maquinaciones.

El único consuelo del capitán era colocarse con los muchachos en la

galería del arco central del palacio de la exposición y contemplar

desde allí el Anacronópete que a un centenar de metros se erguía con la

sombría majestad de un inmenso sepulcro.

Una tarde, que como de costumbre se hallaban ocupados en esta

contemplativa tarea proponiendo quién enviar una misiva encerrada en

un proyectil hueco, quién valerse de la balística para lanzar un hilo

telefónico, empezaron las nubes a arrojar agua que no parecía sino que

se desprendían sobre la tierra las cataratas del cielo.

--Buena va a ponerce la dizpocición ci hay alguna gotera --dijo el

asistente prestando oído al diluvio que con fragor se despeñaba por los

canalones.

--No hay miedo --le arguyó su amo--. Tal vez los desagües son los

trabajos más portentosos de esta fábrica. ¿No has visto los planos

expuestos en la sección de París? Las alcantarillas son más altas que

esta bóveda.

--¡Cómo! --exclamó Pendencia abriendo desmesuradamente los ojos--.

¿Aquí hay zumieroz?

--¡Qué duda cabe! Mira, el principal circula casi tangente al aparato.

--¡Digo! Turgente y todo, ¿y ce eztá uzté con la lengua pegada al

paladar?

--No te entiendo.

--Ci uzté no ha nacido para la guerra. Como genioz militarez Napoleón y

yo.

--¿Te explicarás?

--Puez ez muy cencillo. Ci don Cindulfo tiene para zu defenza ezcarpaz

y contraezcarpaz, nozotros para el ataque le abrimos minaz y

contraminaz. Cabayeroz... al albañal.

El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · 第 2 / 24 段