NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas
se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha modernizado la ortografía del original impreso y se han
espaciado las rayas.
* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no
interrumpir un párrafo.
* Se ha expandido el Índice para detallar mejor el contenido del
libro.
EL ANACRONÓPETE
ES PROPIEDAD
ENRIQUE GASPAR
EL
ANACRONÓPETE
VIAJE A CHINA -- METEMPSICOSIS
ILUSTRACIÓN DE
F. GÓMEZ SOLER
[Ilustración]
BARCELONA
BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»
DANIEL CORTEZO y C.ª Calle de Pallars (Salón de S. Juan)
1887
[Ilustración]
Establecimiento tipográfico-editorial de DANIEL CORTEZO Y C.ª
[Ilustración]
[Ilustración]
CAPÍTULO PRIMERO
En el que se prueba que ADELANTE no es la divisa del progreso
París, foco de la animación, centro del movimiento, núcleo del
bullicio, presentaba aquel día un aspecto insólito. No era el ordenado
desfile de nacionales y extranjeros dirigiéndose a la exposición del
Campo de Marte ya para satisfacer la profana curiosidad, ya para
estudiar técnicamente los progresos de la ciencia y de la industria.
Mucho menos reflejaban aquellas fisonomías la alegre satisfacción
con que los habitantes de la antigua Lutecia corren anualmente a ver
disputar el gran premio en el concurso hípico destrozando palabras
inglesas y luciendo trajes y trenes, capaz cada uno de satisfacer el
precio del _handicap_ y de saldar todos juntos la deuda flotante de
algún Estado.
Verdad es que aunque época de certamen universal, pues desfilaba el
año de 1878, no lo era de carreras, pues no iban transcurridos más que
diez días del mes de julio. Además no había vaivén; es decir que no
acontecía lo que en aquellos casos, que la gente que se divierte se
cruza en opuesta dirección con la que trabaja o huelga. Todos seguían
el mismo rumbo llevando impresa en la mirada la huella del asombro. Las
tiendas estaban cerradas, los trenes de los cuatro puntos cardinales
vomitaban viajeros que asaltando ómnibus y _fiacres_ no tenían más que
un grito: «¡Al Trocadero!»
Los vaporcitos del Sena, el ferrocarril de cintura, el _tram-way_
americano, cuantos medios de locomoción en fin existen en la Babilonia
moderna, multiplicaban su actividad hacia aquel punto atractivo del
general deseo. Aunque el calor era sofocante como de canícula, dos ríos
humanos se desbordaban por las aceras de las calles, pues, exceptuando
los vehículos de propiedad, París con sus catorce mil carruajes de
alquiler, no podía transportar arriba de doscientas ochenta mil
personas, concediendo a cada uno diez carreras con dos plazas; y como
la población se elevaba a dos millones, en virtud del espectáculo del
día a que todos querían asistir, resultaba que un millón y setecientos
veinte mil individuos tenían que ir a pie.
El Campo de Marte y el Trocadero, teatro de aquella representación
única, habían sido invadidos desde el amanecer por la impaciente
multitud que, no contando con billete para la conferencia que en el
salón de festejos del palacio debía celebrarse a las diez de la mañana,
se contentaba con presenciar la segunda parte, mediante el valor de la
entrada, en el área de la Exposición. Los que ya no tuvieron acceso
a ella, asaltaron los puentes y las avenidas. Los más perezosos o
menos afortunados se vieron reducidos a diseminarse por las alturas de
Montmartre, los campanarios de las iglesias, las colinas del Bosque y
las prominencias de los Parques. Tejados, obeliscos, columnas, arcos
conmemorativos, observatorios, pozos artesianos, cúpulas, pararrayos,
cuanto ofrecía una elevación había sido adquirido a la puja; y los
almacenes quedaron exhaustos de paraguas, sombrillas, sombreros de
paja, abanicos y bebidas refrigerantes para combatir al sol.
¿Qué ocurría en París? Hay que ser justos. Ese pueblo que así se admira
a sí propio colocando sus medianías sobre pedestales para que el mundo
los tome por genios, como se divierte consigo mismo caricaturándose en
sus infinitos ratos de ocio, se conmovía esta vez con sobrada razón. La
ciencia acababa de dar un paso que iba a cambiar radicalmente la manera
de ser de la humanidad. Un nombre, hasta entonces oscuro y español
por añadidura, venía a borrar con los fulgores de su brillantez el
recuerdo de las primeras eminencias del mundo sabio. Y en efecto. ¿Qué
había hecho Fulton? Aplicar a la locomoción marítima los experimentos
de Watt o de Papin a fin de que los buques caminasen con mayor rapidez
venciendo más fácilmente la resistencia de las olas con su fuerza
impulsiva; pero salir en lunes de un puerto para llegar en martes a
otro en que antes, a la vela y viento en popa, no hubiera sido posible
fondear hasta el sábado, no puede decirse que fuera ganar tiempo sino
perder menos a lo sumo. Stephenson, inventando la locomotora, le hacía
devorar espacio sobre dos nervios de metal; pero recorrer mayor
distancia en menos minutos era siempre ir en busca del mañana por la
senda del hoy. Lo mismo digo de Morse: transmitir el pensamiento por
un alambre merced a un agente eléctrico, no destruye el que, aunque
el fluido sea capaz de dar cuatro veces la vuelta al orbe terráqueo
en un segundo, la idea tarde en volver a su punto de partida en cada
revolución sobre la línea equinoccial la duocentésimo-cuadragésima
parte de un minuto. Es decir que el resultado es fatalmente posterior
en la noción del tiempo. Además, el no poderse prescindir de los
conductores hace gráfica la definición que del telégrafo eléctrico daba
en esta forma un individuo: «Perro muy largo al que se tira de la cola
en Madrid y ladra en Moscú.»
Las hipótesis del famoso Julio Verne tenidas por maravillosas, eran
verdaderos juguetes de niño ante la magnitud del invento real del
modesto zaragozano vecino de la Corte de las Españas. Bajar al centro
de la tierra es cuestión de abrir un orificio por donde verificar el
descenso; imitar a los habitantes de Ergasteria que muchos siglos
antes de la era cristiana, ya penetraron en los abismos del Laurium
para desenterrar el plomo argentífero. El trayecto era más corto; pero
la carretera la misma. Navegar en los aires por la ingeniosa teoría
del soplete, no ofrece otra ventaja que reducir la dirección a la
voluntad del aereonauta suprimiendo la maroma con que en la batalla
de Fleurus hacía transportar Jourdan los Montgolfier para descubrir
la posición del enemigo. Ir al polo esperando el deshielo es obra
de pura paciencia; copia servil aunque sabia de esas personas que,
para hacer compras en un almacén, aguardan a que la tienda esté en
liquidación. Por lo que al Nautilus respecta, mucho antes que Verne ya
había hecho una prueba felicísima con el _Ictíneo_ nuestro compatriota
Monturiol. Para relatarnos lo que existe en el fondo de los mares
basta reunir un congreso de buzos. Y sobre todo (perdón si me repito)
que arrancar en lunes del terreno de aluvión para llegar en martes al
eoceno, en miércoles al permeano y concluir la semana en el mar de
fuego; trasladarse en veinte horas desde Francia al Senegal por la vía
aérea; o alcanzar por la submarina el fin de un viaje más tarde o más
temprano, pero siempre _después_, encierra una idea de posterioridad
que hace monótona la misión de la ciencia, corriendo invariablemente
tras el mañana como si el ayer le fuese conocido.
El mundo es la casa de la humanidad, cuyos habitantes al irse
multiplicando, van añadiendo pisos a la fábrica con el fin de estar con
más holgura; pero sin cuidarse de estudiar los cimientos del edificio,
para cerciorarse de que podrá resistir el peso abrumador que le echan
encima. Cuando tan desfigurado vemos media hora después el hecho de que
hemos sido testigos treinta minutos antes ¿podemos confiar ciegamente
en los relatos que la historia nos hace de los tiempos primitivos
sobre los que fundamos nuestra conducta por venir? Si por una serie de
deducciones Boucher de Perthes creyó probar la existencia del hombre
fósil, ¿no es posible que el fémur que él tomó por humano perteneciera
en la escala zoológica a algún congénere de la montura del escudero de
don Quijote? El pasado nos es absolutamente desconocido. Las ciencias
retrospectivas al estudiarlo, proceden casi por inducción, y mientras
no tengamos conciencia del ayer, es inútil que divaguemos sobre el
mañana. Antes que ir a la negación por las hipótesis del futuro,
aprendamos a creer en Dios tocando de cerca los maravillosos orígenes
de su colosal obra de arquitectura.
Tales eran los principios filosóficos del doctor en ciencias exactas,
físicas y naturales don Sindulfo García, y su aplicación el espectáculo
a que aquel pueblo, ávido de emociones, concurría en masa con la
ansiedad y la duda que necesariamente debía despertar en él lo que, a
pesar de llamarse París el cerebro del mundo, no cabía en su cabeza.
--Pero, diga usted, señor capitán --preguntaba a uno de húsares de
Pavía un caballero que con diecinueve individuos más se dirigía en
ómnibus al sitio de la experiencia--. Usted como español debe estar
enterado del mecanismo del Anacronópete.
--Dispense usted --respondió el interpelado--: Yo sé batirme contra
los enemigos de mi patria; ser comedido con los hombres, galante con
las señoras; conozco la disciplina, la táctica y la estrategia; pero
en punto a navegar por el aire solo he aprendido a ser manteado en el
colegio cuando no tenía la petaca bastante repleta para abastecer a mis
condiscípulos.
--Con todo --insistía el preguntón--. A mí se me figura que en calidad
de compatriota del sabio inventor del aparato, debe usted poseer
nociones más exactas de él que un extranjero.
--Me honro con el título de español y soy además sobrino del señor
García; pero no tengo más luces sobre el asunto que cualquier otro.
La noticia del parentesco del capitán con el coloso científico, redobló
la curiosidad de los viajeros, que empezaron a querer encontrar en
él huellas de su tío, como en las desiertas llanuras de Maratón o
entre los viñedos de los campos cataláunicos buscamos las pisadas de
Milcíades o el casco del corcel de Atila. Las mujeres preguntaban si
don Sindulfo era casado; los hombres si tenía alguna condecoración, y
todos si era pariente de Frascuelo.
--Pero, en resumidas cuentas, ¿qué se propone? --decía uno.
--Lo que estamos hartos de hacer los franceses --exclamaba un patriota
exaltado--. Viajar por los aires.
--Sí; mas con dirección fija y con una velocidad vertiginosa --argüía
prudentemente un guardia nacional reparando que el húsar echaba mano
del sable sin más intención que la de colocárselo a su gusto.
--No niego --objetaba un cuarto-- que es maravilla y grande surcar a
medida del deseo las corrientes atmosféricas; pero esto más tarde o más
temprano hubiera acabado por hacerse. Lo que no concibe la inteligencia
humana, es que con ese vehículo pueda el hombre retrogradar en el
tiempo saliendo _hoy_ de París después de comer en Véfour para llegar
_ayer_ al monasterio de Yuste y tomar chocolate con el emperador Carlos
V.
--Eso es imposible --gritaron todos.
--Para nosotros los ignorantes --prosiguió el que hacía uso de la
palabra--. No así para la ciencia que ha sancionado la invención en
el congreso último. De todos modos, pronto saldremos de dudas. El
señor García parte hoy en su Anacronópete para el caos, de donde se
propone regresar dentro de un mes trayendo las pruebas de su expedición
fabulosa.
--Apuesto a que el inventor es un bonapartista que quiere poner de
nuevo sobre el trono de Francia al traidor de Sedán --vociferaba el
patriota.
--O traernos el Terror con Robespierre --decía apretando los puños un
partidario de la causa legitimista.
--Poco a poco --argumentaba un sensato--. Si el Anacronópete conduce a
deshacer lo hecho, a mí me parece que debemos felicitarnos porque eso
nos permite reparar nuestras faltas.
--Tiene usted razón --clamaba empotrado en un testero del coche un
marido cansado de su mujer--. En cuanto se abra la línea al público,
tomo yo un billete para la víspera de mi boda.
Celebrando estaban aún todos la ocurrencia, cuando el ómnibus (no sin
gran riesgo de aplastar a la apiñada muchedumbre) se paró en la cabeza
del puente; y, apeándose, cada cual trató de abrirse paso como pudo
para dirigirse a su destino.
Parece ficción lo que acabamos de oír, y sin embargo nada hay más
positivo. El doctor don Sindulfo García se aprestaba a hacer el
experimento práctico de la resolución del más arduo problema que hasta
hoy registran los anales científicos: viajar hacia atrás en el tiempo.
¿Qué análisis había hecho de él? ¿A qué clase de cuerpos pertenecía,
lo que hasta hoy era una idea abstracta, que así podía someterse a
la descomposición? ¿De qué agentes se valía para ello? ¿Qué colosal
sistema era ese con que amenazaba llegar al descubrimiento de la verdad
retrogradando, en un siglo que busca sus ideales en el mañana y que
acepta el «adelante» como fórmula del progreso?
El capítulo siguiente nos lo dirá.
[Ilustración]
[Ilustración]
CAPÍTULO II
Una conferencia al alcance de todos
Componíase el espectáculo de dos partes. En la primera el sabio
español se despedía de sus colegas, de las autoridades y del público
de París con una conferencia dada en el palacio del Trocadero, en la
que, supliendo el tecnicismo con demostraciones vulgares, se proponía
hacer comprensible a los menos versados en ciencias, los principios
fundamentales de su invención. Formaba la segunda la elevación del
monstruoso aparato desde el Campo de Marte hasta la zona atmosférica
en que debía realizarse el viaje. Para ser testigo presencial de la
última, bastaba haber satisfecho la cuota de entrada en el recinto de
la exposición, trepar a las eminencias o diseminarse por las llanuras
en espacio abierto; y es lo que, como hemos visto, hicieron las masas
desde que empezó a alborear, poniendo a prueba la prudencia y los puños
de la gendarmería que al fin logró evitar una irrupción en el palacio
de la Industria. Pocos, relativamente, eran los escogidos entre los
muchos que alegaban derecho a oír la palabra del doctor. El salón de
fiestas, aunque espacioso, no bastaba a contener tanta gente. Ninguno
de los espectadores seguía el tratamiento del _anti-fat_, y sin embargo
diríase que todos habían enflaquecido, pues en cada asiento cabía
por lo menos persona y media. Las entradas estaban obstruidas y los
pasillos cuajados de esa multitud que aguarda paciente la ocasión de
avanzar un paso, sabiendo que no ha de llegar nunca a la meta.
Los presidentes de la república, de los cuerpos colegisladores y del
gabinete; el cuerpo diplomático, las comisiones de los institutos y
academias, de las corporaciones sabias y del ejército alternaban,
luciendo sus uniformes sembrados de placas y cintas, con el modesto
sacerdote sin más cruz que la del Gólgota destacada sobre el fondo
negro o morado de su túnica talar. Algunos fracs, aunque pocos, pues en
Francia raro es el que no tiene uniforme, asomaban como con vergüenza
su condición civil entre océanos de seda, cascadas de blondas, montes
de brillantes y nubes de cabellos, negras unas como de tempestad,
rubias otras como estratos heridos por el sol poniente y casi ninguna
del color que anuncia la nieve en el invierno de la vida: que mujer y
vieja va siendo ya cosa incompatible en la patria de Violet y de Pinaud.
Por fin sonó la hora: una ondulación de curiosidad vibró en el recinto
y la puerta, abierta de par en par por dos ujieres, dio paso a la
comisión científica, a la derecha de cuyo presidente caminaba el
héroe con la modestia propia del talento impresa en el semblante.
Todo en él era vulgar. Su nombre más que de sabio parecía de barba de
sainete. Su apellido no estaba ligado por ninguna partícula a esas
hojas patronímicas que, como Paredes, o Córdoba, prestan frondosidad
a los árboles genealógicos e impiden la falta de respeto con que un
vástago ilustre de los García, la Malibrán, es nombrada en el mundo del
arte cual pudiera serlo la Bernaola en el de los criminales célebres.
Llevaba sus cincuenta años, no con el soberbio orgullo del titán
aportando la piedra para escalar el cielo, sino con la resignación del
mozo de cordel que transporta un baúl. Pequeñito, con sus guedejas
lisas y en correcta formación, el traje muy cepilladito y como colgado
de su armazón de huesos, tenía una de esas caras que parecen hechas
bajo la influencia del nombre del que las ha de ostentar. En suma,
era digno de llamarse D. Sindulfo García y merecedor del apodo de
_Pichichi_ que su criada le había puesto por sambenito. Tal era la
envoltura que la sabiduría eligiera para asombrar al mundo probando una
vez más que bajo una mala capa se esconde un buen bebedor.
La comisión tomó asiento debajo del órgano monumental; el presidente
agitó una campanilla de plata, la sesión quedó abierta, y el inventor
del Anacronópete pasó a ocupar la tribuna a través de una tempestad
de aplausos que apagó, no su voz harto débil e insonora, sino el
movimiento de sus labios que hizo comprender a la multitud que había
pronunciado el sacramental «señores» comienzo de todo discurso.
Restablecido el silencio, el héroe se expresó de esta manera:
--Seré breve porque cuantas más horas consuma más alargo la distancia
que me separa del ayer a donde me dirijo. Seré vulgar, porque,
sancionadas mis teorías por el mundo sabio, solo me resta hacerme
comprender de todos. Ello no obstante contestaré a cuantas objeciones
se me hagan. Mi propósito nadie lo ignora, es retroceder en el tiempo,
no para detener el continuo movimiento de avance de la vida, sino
para deshacer su obra y acercarnos más a Dios encaminándonos a los
orígenes del planeta que habitamos. Pero para explicar cómo se deshace
el tiempo, es preciso que antes sepamos de qué se compone este.
Procedamos con orden. Dios hizo el cielo y la tierra: aquel oscuro;
esta en la forma caótica. Después dijo:--«Sea hecha la luz»--y la luz
quedó hecha. Tenemos pues al Sol flotando en la bóveda celeste y al
orbe suspendido en el espacio por la atracción solar. Cualquiera sabe,
desde que Galileo demostró el principio de la rotación de la esfera,
que el mundo se mueve; pero lo que no ha dicho la ciencia todavía,
es por qué la tierra al girar verifica su movimiento de occidente a
oriente en vez de hacerlo a la inversa; y esto es lo que yo voy a
exponer como base de mi sistema anacronopético.
El auditorio dejó escapar un murmullo de satisfacción, y el sabio
continuó de este modo su conferencia:
--La Tierra en un principio estaba sumida en el caos; era una inmensa
bola de fuego que, como todo cuerpo incandescente, exhalaba esos
vapores que conocemos con el nombre de irradiación. Fija en su eje,
pues como obra acabada de crear no había empezado aún las revoluciones
que el Hacedor le impuso, su calor era infinitamente más intenso por
Oriente en virtud de la influencia del sol que constantemente la estaba
bañando por aquella parte. Los que hayan visto fundirse en una marmita
sustancias bituminosas habrán observado la enorme cantidad de vapor
que se desprende de ellas. Figúrese por lo tanto el que despediría
la fusión de un esferoide cuyo volumen es de mil setenta y nueve
millones de miriámetros cúbicos. El más lego concibe que semejantes
evaporaciones no podían tener lugar sin que cada desprendimiento fuese
acompañado de un estampido y de una convulsión. Ahora bien, si al
dispararse un cañonazo, la repercusión hace que el cañón retroceda,
cada descarga de la irradiación debía llevar consigo dislocaciones
en la esfera terráquea. Y como las descargas se repetían con más
frecuencia e intensidad por la parte Oriente del planeta en razón del
mayor calórico que el sol le suministraba, los repetidos retrocesos
originados hacia aquel lado por las constantes sacudidas dieron por
resultado la rotación del esferoide sobre su eje, en la dirección de
Poniente a Levante, sabiamente prevista por la Providencia para la
periódica sucesión de los días y las noches, y tan duradera como a su
omnipotente arbitrio plazca que sea el fuego central que le sirve de
motor.
Un prolongado hurra acogió esta teoría tan nueva como atrevida e
inesperada. El doctor sin humedecerse la boca--lo que no dejó de llamar
la atención de los oyentes, acostumbrados a ver a sus oradores hacer
siempre uso del agua en la peroración,--reanudó así el hilo de la suya.
--Todo fenómeno obedece a una causa; y sin embargo han transcurrido
dos siglos y medio desde que el inventor del termómetro y del compás
de proporción, el sabio de Pisa que por el isócrono movimiento del
péndulo enseñó a medir las pulsaciones de la arteria y a contar los
segundos, Galileo en fin, nos dijo que la Tierra se movía, hasta hoy
que nos ha sido revelada la razón de un hecho tan sencillo. Pero
¿basta esto? De ningún modo. Si todo fenómeno obedece a una causa,
preciso es también que tenga un fin, que produzca un resultado, que
llene un objeto. «La Tierra se mueve» grita un hombre; y en seguida
la ciencia pregunta: «¿Por qué se mueve?» «Por el desprendimiento de
calórico» responde la observación; pero acto continuo la filosofía da
el alto, cruza el arma y exclama a su vez: «¿Y para qué se mueve?»
Vamos a contestar a la filosofía. La Tierra se mueve para hacer
tiempo. Nuestro planeta que, como hemos visto, no era más que una
masa incandescente, llegó a solidificar su corteza, vio surgir de su
superficie montañas colosales, llenó de mares sus senos, vistió su
aridez con una flora sorprendente y poblóse de una fauna riquísima.
¿Cómo se operó este milagro? Muy sencillamente; por la acción del
tiempo: por una sucesión de días o de épocas cuyo trabajo presidía la
sabiduría y la voluntad del Hacedor Supremo, el cual permite que la
revolución continúe para perfectibilidad del hombre y admiración de
su omnipotencia. Las transformaciones del globo son pues la obra del
tiempo. Pero ¿quién es este artífice? ¿Dónde están sus materiales?
¿Cuál es su laboratorio? El artífice es la irradiación; sus materiales
están en la zona gaseosa; su laboratorio es el espacio: EL TIEMPO ES LA
ATMÓSFERA. Todas las maravillas que la naturaleza, la ciencia, el arte
y la industria presentan hoy a nuestra admiración y que creyéndolas
la expresión genuina del progreso nos llenan de orgullo, proceden
íntegras de esa región en que el hombre no ha sabido encontrar hasta
ahora más que aire, lluvia, relámpagos, rayos, truenos y media docena
más de accidentes meteorológicos. Refrenad vuestra impaciencia: voy a
probar lo expuesto con una demostración práctica. A mí me gusta que la
convicción llegue al ánimo por el sentido de la vista.
Una oleada que amenazaba ser una explosión se produjo en el auditorio.
El presidente agitó su campanilla, y el disertante, que se había vuelto
de espaldas un momento, volvió a reaparecer de frente teniendo en la
mano un sombrero de copa cuyo cilindro envolvía una de esas enormes
gasas con que el hombre va diciendo que está de luto a los que no se lo
preguntan, por lo poco que les importa.
La gasa, dispuesta previamente para el caso, daba cinco o seis vueltas
al sombrero y no estaba adherida a este más que por su cabo interior.
Don Sindulfo empezó a desenvolverla entre las carcajadas de la
muchedumbre, que en aquella, como en todas las circunstancias de la
vida, aprovechó la que se le presentaba de abandonarse a su condición
frívola y bullanguera.
El sabio, como si nada oyese, continuó su tarea; dejó flotar el crespón
cosido por un borde a la copa y, exhibiendo la sedosa felpa del
sombrero, dijo, señalando el cilindro libre de toda envoltura:
--He aquí la Tierra en su estado incandescente tal y como a Dios le
plugo arrojarla en el espacio infinito. Como veis, está fija, inmóvil;
pero de pronto, la irradiación representada por esta gasa produce un
desprendimiento; este por la repercusión origina una dislocación en el
globo y la esfera principia a girar sobre su eje dando lugar al tiempo
que no es otra cosa que el movimiento incesante.
Y así diciendo, mientras con la mano derecha tendía la gasa simulando
una columna de humo que se elevase, con la izquierda imprimía una
imperceptible rotación al sombrero.
--Mirad el tiempo --proseguía señalando el crespón--. ¿Queréis saber
cómo por una sucesión no interrumpida de segundos se convierte en
minerales, en plantas y en seres orgánicos? ¿Cómo del alga llega al
jardín de aclimatación, del caolín al aderezo de diamantes, de la
caverna a la arquitectura, del trilobito con sus tres lóbulos, a la
frente del hombre y al cálculo infinitesimal? Seguidle conmigo a su
laboratorio atmosférico.
La estupefacción estaba pintada en todos los semblantes. El doctor
dejó escapar una sonrisa de triunfo, heraldo de su convicción, y
remondándose el pecho continuó así:
[Ilustración]
[Ilustración]
CAPÍTULO III
Teoría del tiempo: cómo se forma: cómo se descompone
Cualquiera que haya visto hervir en un hornillo una cazuela de
sopas, habrá tenido que fijarse necesariamente en el fenómeno de
transformación que se verifica en el vaho al escaparse por la campana
de la chimenea. Lo primero que hace es enfriarse y convertirse en gotas
de agua que paralizan la ebullición si caen en el fondo del recipiente;
o bien se trueca en hollín si la condensación tiene lugar a tal
distancia del fuego que le permite solidificarse. Es decir que si la
cazuela continuara hirviendo durante una serie no interrumpida de años,
concluiría por formarse en la superficie de las sopas una película o
corteza producto de los desprendimientos de los vapores, ni más ni
menos que la que se forma en el fogón y que acabaría por petrificarse a
fuerza de tiempo. Pues apliquemos este principio a nuestro caso.
El sombrero es la tierra; la gasa el vaho. Este sube y se condensa;
pero aquella gira y lo envuelve del mismo modo que la faja se lía en
la cintura del chulo o el turbante en la cabeza del musulmán. Y aquí
tienen ustedes cómo por esta rotación la primera capa del crespón
oculta ya la seda del sombrero como la primera película sólida del
globo ocultó la masa ígnea del planeta. La gasa aparece llena de
pliegues y hendiduras. ¿Qué representan? Los montes y las llanuras obra
del tiempo. ¿En dónde se ha producido este tiempo? En la atmósfera.
¿Es decir que el Himalaya y la montaña del Príncipe Pío; el valle de
Josafat y el de Andorra nos han caído de las nubes? Indudablemente.
¿Cómo? Así: los espantosos huracanes que entonces reinaban, barrían
hacia un punto dado las sustancias en fusión de la superficie de la
Tierra que, aglomeradas y acumuladas, formaban puntos prominentes,
del mismo modo que cuando soplamos en un plato de sémola, la sopa se
llena de montoncitos. Por otra parte las continuas descargas eléctricas
abrían zanjas en la corteza del esferoide o la deprimían produciendo
cauces por los que corría la masa incandescente que son los filones de
hoy. Vinieron por último las lluvias torrenciales que, enfriándolo y
solidificándolo todo, dieron lugar a la formación del terreno primitivo
o sea de la primera capa consistente (contando de abajo arriba) de esta
corteza de ochenta kilómetros que nos sirve de pedestal.
«Poco a poco, me objetará alguno: Yo no veo en esas revoluciones
atmosféricas sino agentes modificadores de las propiedades del globo;
pero nunca la idea del tiempo. Obra de este es indudablemente el mundo;
sin embargo, la razón no admite que los minerales, los vegetales y los
animales que en sí encierra, sean producto del rayo, del huracán o de
la lluvia.»
¿Qué es el tiempo? preguntaré yo contestando. El tiempo es el
movimiento; en la inacción no hay ni antes ni después. ¿Quién ha
impreso el suyo en la Tierra? La irradiación, el desprendimiento de
calórico, el vaho en fin por las repercusiones de sus descargas. ¿De
qué agentes se componía este vaho? De todos los que hoy constituyen
nuestro planeta; y la prueba es que si la Tierra no se hubiese
movido, los gases, perdiéndose en el espacio, nos hubieran dejado sin
globo llevándose con la evaporación todas sus substancias. Luego la
atmósfera, recibiendo incesantemente las respiraciones del planeta,
y devolviéndoselas transformadas, es el laboratorio donde se operan
las metamorfosis cósmicas, donde el movimiento se realiza y donde por
consiguiente el tiempo se produce. ¡Cómo! ¿Vosotros no veis en la
lluvia más que la gota de agua, la chispa en el rayo, la ráfaga en
el huracán? Levantad el espíritu y adorad al Creador que os envía en
esos fluidos el mañana incesante, como hace cerca de siete mil años
os mandó el hoy en que vivís y sus maravillas que admiráis. Las nubes
arrojaron la columna de Santa Sofía en Constantinopla y el obelisco de
Sixto V en la ciudad Eterna trayéndonos en sus gotas el pórfido rojo
de Egipto con sus cristalizaciones blancas. De su laboratorio bajaron
las agujas de Luxor y la columna de Pompeyo. El bermellón con que el
hijo de David y Betsabé mandó pintar el templo de Jehová, ¿quién lo
produjo sino el cinabrio llovido sobre Almadén en la Mancha? La cal
y el carbono desprendidos de las entrañas del nimbo, os regalaron
las casas que habitáis procurándoos las calcáreas y las calizas, de
que extraéis el mortero y con que talláis la ménsula. En el mismo
chaparrón en que venía envuelta la marga para ladrillos, llegaba el
caolín que con el feldespato se vitrificaba para procuraros tazas en
que tomar los alimentos y porcelanas con que adornar vuestros salones.
¿Dónde estarían los ferrocarriles que atraviesan el Mont-Cénis y el
San Gotardo y los vapores que, como el Vega, se abren ya camino por
el estrecho de Behring, sin la acción atmosférica que descomponiendo
la vegetación del período carbonífero elaboró la hulla? ¿Negaréis que
en cada gota existía el germen de una locomotora o de una goleta y en
cada temporal el de un tren o de una escuadra? Pero no llovían solo
medios de locomoción; del llanto de la zona gaseosa se desprendían
chimeneas, alumbrados públicos y caricias femeniles: porque extraído
el hidrógeno de la hulla, aquel levantaba fábricas de gas, mientras
sus residuos metamorfoseados en coque congregaban a la familia al amor
de la lumbre o servían para firmar las paces entre marido y mujer
cuando, carbono cristalizado, se presentaban en la forma de diamante.
La brújula y el telégrafo eléctrico tuvieron por inspirador al rayo.
¿Qué sería de la humanidad sin el mercurio que así le señala las
variaciones de la temperatura como le sirve para la extracción del oro
y de la plata? Pero aún hay más. En los elementos constitutivos de los
fenómenos atmosféricos, Dios permite que vengan a la tierra en embrión
las conchas, las tortugas, las aves, los reptiles y los mamíferos de
la época secundaria; y que, purificado el aire por la absorción que
del ácido carbónico ha hecho la vegetación carbonífera, sople ya tan
respirable en el período terciario para la familia orgánica, que el
infusorio, caído en la tierra con la gota de lluvia, se desarrolle,
se cruce y se agigante convirtiéndose en mastodonte, hipopótamo,
rinoceronte, caballo, toro, búfalo, ciervo, dromedario, tigre y león.
Por fin, el terreno cuaternario nos presenta el mamut, el auroch, el
urus, el gamo, el ciervo y el megaterio; hasta que la Providencia para
coronar su obra, toma una porción de aquella arcilla elaborada al
efecto durante seis días o épocas, y, modelando con ella una figura,
le comunica su Divino soplo, la llama hombre y le proclama por su
inteligencia rey de la creación. Señores, las envolturas concéntricas
de la gasa simbolizan las épocas geológicas de la naturaleza. Estas
épocas deben considerarse como las matemáticas del mundo. ¿No son
producto de evoluciones atmosféricas? Sí. ¿No contamos por ellas la
edad del globo? Sí. Pues si cada película es una serie de siglos, cada
gota, cada chispa, cada ráfaga debe ser una porción de segundo; luego
las horas se ciernen en el espacio: afirmemos pues que el tiempo es la
atmósfera.
El entusiasmo, reprimido en el auditorio por efecto de la admiración,
estalló en la primera pausa propicia, y una tempestad de aplausos y
aclamaciones retumbó en el recinto haciéndose extensiva hasta los
corredores donde la gente aplaudía por espíritu de imitación. Uno de
los concurrentes, levantándose del asiento con gran extrañeza del
público que creía que abandonaba el local, se encaró con el sabio y le
dijo:
--¿Se me permite exponer una duda?
--Todas cuantas se originen --respondió don Sindulfo.
--Si el orador considera al tiempo como una faja densa, ¿no es de
presumir que dada la depresión de todo cuerpo esférico por sus polos,
los de la tierra queden sin envoltura como la imperial del sombrero y
el aro o círculo de la cabeza han quedado sin gasa en la demostración?
--Es indudable; y eso no hace sino confirmar mi tesis. Probado que la
atmósfera es el tiempo y que el tiempo lo forman los acontecimientos,
si nadie ha ido todavía a los polos, en los polos no ha sucedido nada;
y no haciendo falta el crespón o envoltura allí donde no hay vitalidad,
esta economía de atmósfera ha sido la sisa del sastre naturaleza.
Una sonora carcajada acogió la humorística refutación del sabio, quien
sin inmutarse prosiguió el curso de su conferencia.
--Nada más simple, señores, que descomponer un cuerpo cuando los
elementos que lo componen nos son conocidos. Si yo sé que este signo
de luto de mi sombrero lo forman capas concéntricas de gasa liadas
alrededor del cilindro, con irlas desenvolviendo en sentido contrario
al que ellas emplean en su revolución envolvente, es indudable que
llegaré a dejar a descubierto la copa; lo cual aplicado al cosmos
significa que a fuerza de desliar zonas geológicas se ha de tropezar
con el caos. Ahora bien: ¿Cómo tiene lugar esta descomposición? Para
explicarlo satisfactoriamente es preciso que me ocupe un poco de mi
aparato. El Anacronópete, que es una especie de arca de Noé, debe su
nombre a tres voces griegas: _Aná_ que significa hacia atrás, _cronos_
el tiempo y _petes_ el que vuela, justificando de este modo su misión
de volar hacia atrás en el tiempo; porque en efecto, merced a él puede
uno desayunarse a las siete en París, en el siglo XIX; almorzar a las
doce en Rusia con Pedro el Grande; comer a las cinco en Madrid con
Miguel de Cervantes Saavedra --si tiene con qué aquel día-- y, haciendo
noche en el camino, desembarcar con Colón al amanecer en las playas
de la virgen América. Su motor es la electricidad, fluido a que la
ciencia no había podido hacer viajar aún sin conductores por más que
estuviese cerca de conseguirlo, y que yo he logrado someter dominando
su velocidad. Es decir que lo mismo puedo dar en un segundo, como
locomoción media, dos vueltas al mundo con mi aparato, que hacerlo
andar a paso de carreta, subirlo, bajarlo o pararlo en seco. Dado
el agente impulsor, todo lo demás son procedimientos mecánicos cuya
relación ningún interés despertaría, especialmente en un público que
sabe de memoria las obras de Julio Verne; obras de entretenimiento que
si bien no he de comparar con el solemne carácter científico de mis
teorías, encierran no obstante hipótesis basadas en estudios físicos y
naturales que me eximen de explicaciones enojosas sobre el regulador,
los compensadores, termómetros, barómetros, cronómetros, anteojos de
gran potencia, recipientes de potasa, aparato Reiset y Regnaut para
producir el oxígeno respirable y tantos otros detalles rudimentarios.
Elévome, pues, al centro de la atmósfera, que es el cuerpo que se trata
de descomponer y al que seguiré llamando tiempo. Como el tiempo para
envolverse en la tierra camina en dirección contraria a la rotación del
planeta, el Anacronópete para desenvolverlo tiene que andar en sentido
inverso al suyo e igual al del esferoide o sea de occidente a oriente.
El globo emplea veinticuatro horas en cada revolución sobre su eje; mi
aparato navega con una velocidad ciento setenta y cinco mil doscientas
veces mayor; de lo cual resulta que en el tiempo que la Tierra tarda en
producir un día en el porvenir, yo puedo desandar cuatrocientos ochenta
años en el pasado.
Ahora bien; lo primero que salta a la vista es que, cualquiera que sea
la velocidad de la locomoción y la altura a que esta se verifique, el
Anacronópete no ha de hacer más que describir una órbita alrededor
de la tierra como la que alrededor de los planetas describen los
satélites; y así sucedería en efecto si la atmósfera permaneciera
inalterable; pero como la descompongo, en cada vuelta deshago su obra
de un día y allí donde me paro allí está el ayer. Veamos cómo se
verifica este fenómeno.
Dícese vulgarmente que para conservar las sardinas de Nantes y los
pimientos de Calahorra hay que extraer _el aire_ de las latas. Error.
Lo que se extrae es _la atmósfera_ y por consiguiente _el tiempo_;
porque el aire no es más que un compuesto de nitrógeno y oxígeno,
mientras que la atmósfera, además de constar de ochenta partes del
primero y veinte del segundo, lleva en sí una porción de vapor de
agua y una pequeña dosis de ácido carbónico, elementos todos que no
se separan nunca al llenar un vacío. Pero apartémonos de la ciencia y
vengamos al razonamiento vulgar.
Figurémonos que el mundo es una lata de pimientos morrones de la
que no hemos extraído la atmósfera. ¿Qué sucede una vez tapada sin
esta precaución? Que el tiempo empieza a ejercer su influencia y a
verificar su obra. En primer lugar se adhieren a las paredes del bote
unas moléculas que, aglomeradas y solidificadas concluirían a fuerza
de años por petrificarse y en cuyas substancias encontraríamos los
gérmenes minerales de las rocas primitivas. Después observamos que
el jugo se cubre de una especie de verdín que no es otra cosa que la
vegetación rudimentaria. Y por último los infusorios del vapor de
agua vivificados, reproducidos y desarrollados agusanan la conserva
enriqueciéndola con las múltiples variantes del reino animal. ¿Puede
aún dudarse que la atmósfera es el tiempo?
Pues volvamos la oración por pasiva. Supongamos que hemos extraído
el aire y que abrimos la lata cien años después de haberla tapado.
¿Qué vemos? Los pimientos en perfecto estado de conservación sin
que el tiempo haya pasado por ellos; luego si la acción atmosférica
debió destruirlos o metamorfosearlos y la falta de esta acción los
ha mantenido en su completa integridad, es indudable que lo que nos
comemos cien años después, es la vida vegetal de una centuria antes
y que por consiguiente retrogradamos un siglo. Más claro. No hemos
extraído el aire de la lata y la abrimos en el momento en que la
descomposición empieza; si tomamos una cuchara y con ella empezamos a
quitar las capas de moho que envuelven los pimientos, su rojizo color,
aún no alterado, concluirá por descubrirse a través de las injurias
de la atmósfera. Pues esta es la teoría del tiempo. Muy joven el
mundo todavía para que el fuego central haya desaparecido, se halla
no obstante cubierto de esas películas de moho que el Anacronópete va
a desenvolver con el auxilio de cuatro grandes cucharas o aparatos
neumáticos fijos en sus extremos angulares; con los que, no solo
descompongo las miserables veinte leguas de gases que circundan el
esferoide en capas concéntricas, sino que al desalojarlas logro navegar
en el vacío impidiendo que mi vehículo se inflame con la frotación
atmosférica. Porque, volviendo a los símiles: la atmósfera no es más
que una aglomeración de átomos imperceptibles, del mismo modo que una
playa no es otra cosa que la reunión de millones de granos de arena.
O si la queremos más perceptible, la atmósfera es una vastísima plaza
pública llena de gente en un día de revolución. Si un hombre temerario
e inerme se empeñara en llevar corriendo un parte de un extremo a otro
contra la oposición de la atmósfera popular, sucedería que empellón
de aquí, tirón de allá, resistencia de todas partes, perecería sin
remedio entre las ondas de aquel revuelto piélago, como el Anacronópete
acabaría por desaparecer abrasado en su carrera en razón de la
frotación y el movimiento.
Pero ¿qué hace un gobernador prudente representado en esta
circunstancia por la ciencia? Le da un caballo al encargado de llevar
el parte (la electricidad aplicada al Anacronópete), le rodea de un
piquete de caballería (los cuatro aparatos neumáticos), y les ordena
que, lanza en ristre, desemboquen por una de las calles adyacentes. El
fenómeno que se opera es de todos conocido. Los átomos se dispersan
delante de los lanceros; las moléculas que quedan atrás tratan de
llenar el hueco originado por el desalojamiento o sea la dispersión;
pero, como la caballería camina con más velocidad que los amotinados de
la retaguardia y los de delante huyen fuera del alcance de las picas,
los grupos desaparecen, y el parte, libre de toda fuerza de resistencia
llega a feliz término sin obstáculo alguno galopando por el vacío que
le van abriendo las lanzas del escuadrón.
El auditorio delirante iba a prorrumpir en una entusiasta exclamación;
pero se detuvo al ver que el interruptor volvía a ponerse de pie, y
encarándose con el disertante exclamaba:
--No sin temor voy a exponer una duda.
--Escucho --dijo el sabio.
--Si por ese procedimiento, que no admite refutación, camina uno hacia
atrás en el tiempo: ¿no sucederá que a medida que el anacronóbata
pierda años, se vaya volviendo más joven?
--Indudablemente.
Aquí la sensación del bello sexo se tradujo en un grito de alegría.
--¿De modo que el viajero acabará por no existir a fuerza de irse
achicando?
--Eso es lo que acontecería si la ciencia no lo hubiera previsto todo.
--¿Y cómo neutraliza su señoría esos efectos?
--Muy sencillamente: haciéndome inalterable merced a unas corrientes
de un fluido de mi invención. ¿No camino yo hacia el pasado? Pues así
como pueden guardarse sardinas frescas para el porvenir, me garantizo
del ayer que constituye mi mañana. Es el procedimiento de las conservas
alimenticias aplicado a la vida animal con el efecto invertido. Y esto
sentado, permítaseme poner punto final a mi conferencia, pues avanzan
las horas y me urge tener esta noche una entrevista con Felipe II para
enterarme de si el pastelero de Madrigal fue o no positivamente el rey
portugués cuya desaparición dejará de ser en breve uno de los misterios
de la historia.
Un diluvio de hurras se desencadenó en la sala. Los hombres lanzaban
al aire sus tricornios y sus sombreros; las señoras cubrían de flores
la tribuna del orador, y el órgano, ejecutando una marcha compuesta
para aquella solemnidad, lograba a duras penas dejarse oír entre las
frenéticas vociferaciones del desbordamiento público.
Por fin, nuestro ilustre compatriota, rodeado del congreso científico
y seguido de la multitud consiguió llegar a la puerta; y, dando allí
un viva al _atrás_ como nuevo grito de la civilización, atravesó
la balaustrada, descendió la colina del Trocadero y se encaminó al
Anacronópete que majestuoso descansaba su inmensa mole en la explanada
del palacio del campo de Marte.
[Ilustración]
[Ilustración]
CAPÍTULO IV
En el que se tratan asuntos de familia
Los grandes efectos no son siempre el resultado de grandes causas. Ahí
tenemos si no las guerras del Peloponeso a las que la historia atribuye
una razón eminentemente política y que sin embargo debieron su origen
al rapto que de tres doncellas educandas de Aspasia hicieron unos
habitantes de Megara, jóvenes de buen humor, sin contar que la cosa no
había de ser del agrado de Pericles --de quien dicen malas lenguas si
tenía o no tenía que ver con la profesora--. Y paréceme a mí que sí que
le gustaba al hombre porque, cuando acusada de impiedad él se encargó
de su defensa, no supo hacer más que cubrirse el rostro con el manto
y llorar como un chiquillo en el Pnix; lo que por cierto le valió la
absolución a la buena discípula de Anaxágoras.
Pues bien, erudición a un lado, tampoco el invento de don Sindulfo era
debido, como lo parecía, a su amor por la ciencia; sino a un interés
doméstico, mejor diré, a una mira puramente personal.
Cuatro palabras sobre su vida.
Muy joven aún nuestro héroe se encontró solo en el mundo, doctor en
ciencias y dueño de una inmensa fortuna cuyos rendimientos invertía,
anualmente y casi íntegros, en aparatos de las mejores fábricas
extranjeras con que enriquecer su gabinete de física y mineralogía.
Tan pródigo para sus estudios como avaro para todo lo demás, llegó a
los cuarenta años sin conocer ni los rudimentos del amor. Todas sus
afecciones se concretaban en su amistad por Benjamín, otro sabiote dos
lustros menor que él, pero casi tan ajeno como don Sindulfo a todas
las cosas de la tierra; verdad es que el tiempo le faltaba para cuanto
no fuese aprender sánscrito, hebreo, chino y un par de docenas más de
lenguas difíciles, para las que tenía una aptitud sin igual. Aunque no
habitaban la misma casa, puede decirse que vivían juntos, pues Benjamín
no abandonaba la de García en la que diariamente podía contar con su
plato de cocido a las dos y su guisado a las ocho, en virtud de lo cual
Benjamín, que era pobre, resolvía el problema de ahorrar sin tener,
y don Sindulfo encontraba un estómago agradecido que soportase sus
impertinencias.
Los periódicos de Zaragoza, como todos los de la Península, amanecieron
una mañana anunciando la venta del museo de un célebre arqueólogo de
Madrid fallecido pocas semanas antes; y como Benjamín, a quien no se
le cocía el pan en el cuerpo cuando de cosas antiguas se trataba,
manifestase deseos de adquirir algunas baratijas, su amigo le procuró
la ocasión decidiendo trasladarse ambos a la corte de las Españas, y
poniendo a disposición del anticuario su bolsillo y sus conocimientos.
Dicho y hecho: llegaron a Madrid, tomaron un cuarto común en las
Peninsulares y el día de la venta se trasladaron al gabinete del
coleccionador. Benjamín lo hubiera comprado todo a haber tenido dinero;
pero se contuvo ante su pobreza y aun fue preciso que don Sindulfo
le aguijoneara para hacerse con algunos ejemplares. La verdad es que
se necesitaba ser un santo para no quitárselo de la boca, por ser
dueño de aquel cúmulo de maravillas. Allí en un estuche de cuero y en
estado fósil se encontraba el ojo que Aníbal perdió en el sitio de
Sagunto: a su lado se erguía la punta del cuerno del buey Apis: un
poco más allá reposaba una carabina llena de moho que, por haberse
encontrado cargada con cañamones, se suponía que fuese la de Ambrosio
que hasta entonces se había tenido por legendaria. Pero como los
precios no estaban al alcance de todas las fortunas, Benjamín tuvo
que reducir sus aspiraciones y concretarse a la adquisición de una
medalla relativamente importante. El tiempo había corroído parte de la
inscripción; pero lo que de ella podía aún leerse que era esto:
SERV C POMP PR
JO HONOR
no dejaba duda acerca del origen que el catálogo le atribuía
suponiéndola tributo conmemorativo de Servio Cayo, prefecto de Pompeya,
en honor de Júpiter.
Ya iban a abandonar el museo cuando llamó la atención del absorto
aficionado el ínfimo precio en que estaba tasada una momia de carácter
particular. Y en efecto, ni el sarcófago tenía la forma egipcia, ni el
procedimiento por que aquel cadáver había sido embalsamado era el que,
según Herodoto, se practicaba en Tebas y Memfis abriendo el pecho con
una aguzada piedra de Etiopía para sacar el ventrículo y rellenar el
vientre con mirra, casia y vino de palmera. Tampoco se había obtenido
la momificación con la resina llamada _Katran_ por los árabes, extraída
a fuego vivo de un arbusto muy abundante en las orillas del mar Rojo,
la Siria y la Arabia feliz, como lo consigna el coronel Bagnole. Su
acartonamiento parecía obra natural; pues, sobre no tener huella de
incisión alguna, ni estaba envuelta en las tradicionales bandas, ni,
falta de depresiones, podía decirse que hubiera sido fajada nunca. El
catálogo decía modestamente: «Momia de origen desconocido;» y esta
ausencia de abolengo o de historia es lo que la hacía despreciable para
los que de ordinario solo se pagan de genealogías apócrifas las más
veces.
Benjamín, con su espíritu observador, puso sus cinco sentidos en el
estudio de los menores detalles; y fijándose en una ajorca o argolla
de metal adaptada en el tobillo derecho y sobre la que campeaba una
inscripción china --que el vulgo había tomado por un adorno--, no pudo
reprimir un grito de sorpresa.
--¿Qué es eso? --le preguntó don Sindulfo.
--Acabo de hacer un descubrimiento prodigioso.
--¿Cuál?