II

Toda la noche la pasó Rafael despierto y revolviéndose en su cama.

Los partidarios le habían obsequiado con una serenata hasta más de media

noche. Los más notables se mostraban ofendidos por haber pasado toda la

tarde en el casino esperando en vano al diputado. Este, apareció allí al

anochecer, y después de estrechar de nuevo manos y contestar saludos

como por la mañana, volvió a su casa sin atreverse a levantar la cabeza

ante su madre.

Tenía miedo a aquellos ojos iracundos, en los que podría leer

seguramente el relato de cuanto había hecho por la tarde; pero al mismo

tiempo abrigaba el propósito de desobedecer a su madre, oponiendo a su

energía una resistencia glacial.

Apenas terminó la serenata, se metió en su cuarto, huyendo de toda

explicación con doña Bernarda.

Hundido en la cama y apagada la luz, sentía una intensa voluptuosidad

recordando todo lo ocurrido aquella tarde. El cansancio del viaje, la

mala noche pasada en el vagón, no le daban sueño, y con los ojos

abiertos en la obscuridad iba reconstituyendo lo que la artista le

había contado a última hora paseando por el jardín. Era casi toda la

historia de su vida, confesada en desorden, como impulsada por el ansia

de descargar en alguien sus secretos, con lagunas y saltos que Rafael

rellenaba haciendo esfuerzos de imaginación.

Los recuerdos de su viaje por Italia volvían a él vivos y latentes, como

refrescados por las revelaciones de Leonora.

Veía en la densa obscuridad la Galería Víctor Manuel, de Milán, con su

inmenso arco triunfal, boca gigantesca que parece querer tragarse la

catedral; el Duomo, que se alza a pocos pasos, coronado por un bosque de

estatuas y caladas agujas.

La doble galería cortándose en forma de cruz, con sus muros cubiertos de

columnas, perforados por cuatro filas de ventanas soportando la gran

techumbre de cristales. Los pisos bajos, casi sin pared exterior, todos

de cristal; escaparates de librerías y almacenes de música, vidrieras de

cafés y cervecerías, tiendas de joyeros y sastres deslumbrantes de lujo.

A un extremo el Duomo; al otro el monumento a Leonardo de Vinci, y el

teatro famoso de la Scala: y en los cuatro brazos de la Galería, un

continuo movimiento de gente, un incesante ir y venir de grupos que se

confunden y se separan, de manos que se estrechan, de gritos que

expresan la sorpresa del reconocimiento; cuádruple avalancha que afluye

al centro de la cruz, a la replaza donde el café Biffi, conocido en

todos los teatros del mundo, extiende sus filas de veladores de mármol.

Los pasos suenan en las galerías como en un claustro inmenso, los gritos

se confunden y la alta montera de cristales parece palpitar con el

zumbido de las hormigas humanas que abajo se agitan día y noche.

Allí está el mercado de los artistas; la lonja de la música, el banderín

reclutador de voces. De allí salen para la gloria o para el hospital

todos los que un día se tocaron la garganta, reconociendo que _tenían

algo_, y arrojaron la aguja, la herramienta o la pluma, corriendo a

Milán desde todos los extremos del mundo. Allí se reúnen para digerir

los macarrones de la _trattoría_ esperando que el mundo les haga

justicia, sembrando de millones el camino de su vida, todos los reclutas

infelices del arte: los que empiezan, y para entrar en la gloria buscan

una contrata en cualquier teatrillo municipal del Milanesado y un suelto

en el semanario de la localidad, enviándolo a su país para que amigos y

parientes crean en sus grandes triunfos. Y mezclados con ellos,

abrumándoles con la importancia de su pasado, los veteranos del arte,

los que hicieron las delicias de una generación casi desaparecida:

tenores con canas y dientes postizos; viejos fuertes y arrogantes que

tosen y ahuecan la voz para hacer ver que aún conservan la sonoridad del

barítono; gente que pone en movimiento sus ahorros, con esa tacañería

italiana comparable únicamente a la codicia de los judíos y presta

dinero o abre tienda después de haber arrastrado sedas y terciopelos

sobre las tablas.

Las dos docenas de eminencias universales que cantan en los primeros

teatros del mundo, al pasar por la Galería despiertan el mismo rumor de

admiración que los reyes cuando se dejan ver de sus súbditos. Los parias

del arte, siempre en espera de contrata, saludan con veneración y hablan

del castillo del lago de Como comprado por el gran tenor, de las

deslumbrantes joyas de la eminente tiple, del modo gracioso con que se

coloca el sombrero el aplaudido barítono, y en sus palabras de

admiración hay un sabor de amargura contra el destino, un

estremecimiento de envidia, la convicción de ser tan dignos como ellos

de tales esplendores, la protesta contra la mala suerte a la que

atribuyen su desgracia.

La esperanza revolotea ante ellos, deslumbrándoles con el reflejo de sus

escamas de oro, manteniéndoles en la miserable pasividad del hambriento

que espera y confía sin saber ciertamente por donde llegarán la gloria y

la riqueza. Y por entre estos grupos de juventud que se consume en la

impotencia, destinada tal vez a morir de pie en la Galería, pasa con

menudo y ligero paso el otro rebaño de la quimera; las muchachas que con

el _spartito_ bajo el brazo van a casa de los maestros; inglesitas

rubias y flacuchas que quieren ser tiples ligeras; rusas regordetas y

peliblancas que saludan con ademán de soprano dramática; españolas de

atrevido mirar y valiente garbo que se preparan a ser sobre las tablas

la cigarrera de Bizet, pájaros frívolos y sonoros que tienen el nido a

muchos centenares de leguas y levantaron el vuelo deslumbrados por los

espejuelos de la gloria.

Al terminar la temporada de Carnaval, aparecen en la Galería los

artistas que han pasado el invierno en los principales teatros del

mundo. Llegan de Londres, de San Petersburgo, de Nueva York o de

Melbourne en busca de nuevas contratas; han corrido el globo con la

indiferencia del que tiene todo el mundo por casa; han pasado una semana

en el tren o meses en el vapor, para volver a su rincón de la Galería,

sin que el viaje les haya reformado, reanudando sus enredos,

maledicencias y envidias, como si hubiesen salido de allí el día

anterior. Se agrupan ante los grandes escaparates con aire desdeñoso,

como príncipes que van de incógnito y no saben ocultar su elevado

origen; hablan de las estruendosas ovaciones, tributadas por públicos

exóticos; exhiben con satisfacción infantil, brillantes en los dedos y

la corbata, insinúan con estudiada reserva los arrebatos de las grandes

damas, que locas de amor querían seguirles a Milán; exageran las

cantidades ganadas en su viaje y fruncen el ceño con altivez cuando

algún camarada desgraciado les pide un refresco en el inmediato café

Biffi.

Y cuando llegan las nuevas contratas, los mercenarios ruiseñores

levantan otra vez el vuelo, indiferentes, sin importarles dónde van; y

de nuevo los trenes y los _steamers_ los distribuyen por toda la tierra

con sus ridiculeces y manías para recogerles meses después y devolverles

a la Galería, su legítima casa, el escenario fijo en el cual han de

arrastrar su vejez.

Mientras tanto, los parias, los que nunca llegan, los bohemios de Milán,

al quedar solos, se consuelan hablando mal de los compañeros famosos;

mienten contratas que nadie les ha ofrecido, fingen una altivez

irreductible con empresarios y compositores, para justificar su

inacción; y con el filtro garibaldino en el cogote, enfundados en el

ruso que casi barre el suelo, ruedan las mesas de Biffi desafiando la

fría ventolera que sopla en el crucero de la Galería, hablan y hablan

para distraer el hambre que les muerde las entrañas, y despreciando el

trabajo vulgar de los que se ganan el pan con las manos, siguen

impávidos en su miseria, satisfechos de su calidad de artistas, haciendo

cara a la desgracia con una candidez y una fuerza de voluntad que

conmueven, iluminados por la Esperanza, que les acompaña hasta el último

instante para cerrarles los ojos.

Rafael recordaba este mundo extraño, visto ligeramente en los pocos días

que permaneció en Milán. Su acompañante, el canónigo, había encontrado

allí un antiguo niño de coro de la catedral de Valencia, sin otra

ocupación ahora que estar día y noche plantado en la Galería. Con él

había conocido Brull la vida de aquellos jornaleros del arte, siempre de

pie en el mercado, esperando el amo que no llega.

Se imaginaba la adolescencia de Leonora en aquella gran ciudad, formando

parte del innumerable rebaño de muchachas que trota graciosamente por

las aceras con la partitura bajo el brazo o anima los estrechos

callejones con sus trinos y gorgoritos al través de las ventanas.

La veía pasando por la Galería al lado del doctor Moreno: ella rubia,

flacucha, angulosa, con el desequilibrio de un exagerado crecimiento,

mirando asombrada con sus ojazos verdes aquella ciudad fría y

tumultuosa tan distinta de los cálidos huertos de su niñez; el padre,

barbudo, cejijunto, enérgico, irritado todavía por el fracaso de sus

adoradas creencias; un espantable ogro para los que no conocieran su

sencillez casi infantil. Los dos marchaban como desterrados que habían

encontrado un refugio en el arte; se agitaban en el vacío de aquella

vida, entre maestros avaros que querían prolongar indefinidamente la

enseñanza y artistas incapaces de hablar bien hasta de sí mismos.

Vivían en un cuarto piso de la vía Pasarella, estrecha, sombría y de

altas paredes, como las calles de la vieja Alcira; un callejón habitado

por editores de música, agencias teatrales y artistas retirados. El

portero era un antiguo cabo de coros; el principal estaba ocupado por

una agencia donde de sol a sol no se hacía otra cosa que poner voces a

prueba; los demás pisos los habitaban cantantes que al saltar de la cama

comenzaban a hacer ejercicios de garganta conmoviendo la casa del tejado

a la cueva como si fuese una caja de música. El doctor y su hija

ocupaban dos habitaciones en casa de una antigua bailarina que había

conseguido grandes triunfos amorosos en las principales cortes de

Europa, y era ahora un esqueleto apergaminado, andando casi a tientas

por los pasillos, entablando con las criadas disputas de avara matizadas

con juramentos de carretero, sin otros vestigios de su pasado que los

trajes de crujiente seda y los brillantes, esmeraldas y perlas que iban

reemplazándose en sus orejas acartonadas.

Quería a Leonora con el cariño del inválido por el recluta que entra en

filas. Todos los días el doctor Moreno iba a un café de la Galería,

donde encontraba una tertulia de viejos músicos que habían peleado a las

órdenes de Garibaldi, y jóvenes que escribían libretos para la escena y

artículos en los periódicos republicanos y socialistas. Aquel era su

mundo: lo único que le hacía simpática su permanencia en Milán. Después

de su aislamiento allá abajo en su patria, le parecía un paraíso aquel

rincón del café lleno de humo, donde en trabajoso italiano, matizado de

españolas interjecciones, podía hablar de Beethoven y del héroe de

Marsala, y permanecía horas enteras en delicioso éxtasis, viendo a

través de la densa atmósfera la camisa roja y las melenas rubias y

canosas del gran _Giuseppe_ mientras sus compañeros le relataban las

hazañas del más novelesco de los caudillos.

Cuando él estaba en el café, Leonora permanecía al cuidado de la

patrona, y la niña tímida, encogida y como asombrada, pasaba las horas

en el salón de la antigua bailarina, rodeada de las amigas de ésta,

ruinas del pasado, adoraciones ardientes de grandes señores que hacía

muchos años pudrían la tierra; brujas requemadas por el amor, que

miraban a cada instante sus vistosas joyas, como temiendo ser robadas, y

fumando cigarrillos contemplaban a _la pequeña_, discutiendo su

hermosura, profetizándola que iría muy lejos si sabía vivir.

—Tuve excelentes maestras—decía Leonora al recordar aquel período de

su juventud.—Eran buenas en el fondo, pero con ellas nada quedaba por

aprender. No recuerdo cuándo abrí los ojos. Creo que no he sido nunca

inocente.

Algunas noches la llevaba el doctor a su tertulia del café o a la

galería alta de la Scala si algún músico le regalaba billetes. Así fue

conociendo a los amigos de su padre; aquella bohemia en la que la música

iba unida siempre a un ideal de revolución europea; mezcla confusa de

artistas y conspiradores; viejos profesores calvos, miopes, con la

espalda encorvada por toda una vida de inclinación ante el atril;

jóvenes morenos de ojos de brasa con erizadas melenas y corbata roja,

que hablaban de destruir la sociedad, haciéndola responsable de que su

ópera no fuese admitida en la Scala o de que ningún gran maestro

quisiera echar una mirada a sus dramas líricos. Uno de ellos llamó la

atención de Leonora. Le contemplaba horas enteras hundida en el diván

del café, casi oculta por los brazos, siempre en movimiento, de su

padre. Era un joven extremadamente delgado y rubio. Su estrecha perilla

y las finas melenas cubiertas por el desmesurado fieltro, recordaban a

Leonora el Carlos I de Inglaterra, pintado por Van Dik, y visto por ella

en las ilustraciones. En la reunión le llamaban el poeta, y según

murmuraban, una gran artista retirada y vieja se encargaba de su

manutención y entretenimiento, hasta que sus versos le hiciesen célebre.

—Aquel fue mi primer amor—decía riendo Leonora, al recordar el pasado.

Amor de niña, pasión de colegiala que nadie adivinó, pues aunque la hija

del doctor pasaba las horas con sus ojos verdes y dorados puestos en el

poeta, éste nunca se dio cuenta de la muda adoración, como si la

protectora y vieja diva le abrumase hasta el punto de hacerle insensible

para las demás mujeres.

¡Cómo recordaba Leonora aquella época de estrechez y ensueños!... Poco a

poco iban devorando la pequeña fortuna que al doctor le restaba allá

abajo. Había que vivir y pagar a los maestros. Doña Pepa, apremiada por

las cartas de su hermano, vendía campo tras campo; pero aun así en

muchas ocasiones se retrasaba el envío de dinero, y en vez de comer en

la _trattoría_, cerca de la Scala, entre alumnas de baile y artistas de

reciente contrata, se quedaban en casa, y Leonora, olvidando sus

partituras, cocinaba valerosamente, aprendiendo las misteriosas recetas

de la vieja bailarina. Pasaban semanas enteras condenados a los

macarrones y el arroz cargado de manteca que repugnaba al buen doctor:

muchas veces había de fingirse éste enfermo para evitarse la visita al

café; pero estas rachas de estrechez y miseria las aguantaban padre e

hija en silencio, sosteniendo ante los amigos su condición de gentes que

tenían en su país de qué vivir.

Leonora se transformaba rápidamente. Había ya pasado el período del

crecimiento, esa iniciación de la adolescencia, en la cual las facciones

se remueven antes de adquirir su definitiva forma y los miembros se

prolongan y adelgazan. Ya no era la muchacha zanquilarga, con

movimientos de pilluela que parecían querer arrojar lejos las faldas.

Sus ojos adquirían el brillo misterioso de la pubertad; los trajes

parecían estrecharse con el impulso de las formas cada vez más llenas y

redondeadas y las faldas bajaban hasta los pies, cubriendo algo distinto

de aquellas tibias infantiles, secas y nerviosas, vistas tantas veces

por la gente de la Galería.

El _signor_ Boldini, su maestro de canto, estaba admirado de la

hermosura de su discípula. Era un antiguo tenor que había tenido su hora

de éxito allá por los tiempos del Statuto, cuando Víctor Manuel era

todavía rey del Piamonte y los austríacos gobernaban Milán. Convencido

de que no podría alzar más el vuelo, se había tendido en el surco,

dejando pasar a los que venían detrás, y se dedicó a explotar su

experiencia escénica como maestro de numerosas muchachas a las que

manoseaba bondadoso y paternal. Su blanca barbilla de chivo viejo

estremecíase de entusiasmo al acariciar aquellas gargantas vírgenes que,

según él, le pertenecían. «¡Todo por el arte!» Y esta divisa de su vida

le hacía simpático al doctor Moreno.

—Ese Boldini quiere a mi Leonora como a una hija—decía el médico cada

vez que el maestro elogiaba la belleza y el talento de su discípula,

profetizándola triunfos inmensos.

Y Leonora seguía sus lecciones acariciada por las manos ardorosas y

húmedas del viejo cantante, permaneciendo horas enteras a solas con él,

gracias a la inmensa confianza del doctor, hasta que una tarde, en mitad

de una romanza, el tembloroso sátiro que todo lo hacía por el arte, cayó

sobre ella. Fue una escena odiosa: el maestro, haciendo valer su derecho

feudal, cobrándose a viva fuerza las primicias de la iniciación en el

mundo del teatro. Y entre lágrimas y desesperados gritos, que nadie

podía oír, la muchacha conoció las torturas del amor, sin placer alguno,

con una profunda impresión de asco, pareciéndole el más horrible de los

tormentos aquel acto misterioso vagamente adivinado en sus curiosidades

de joven educada en un ambiente libre de escrúpulos.

Calló por miedo a su padre, temiendo su explosión de cólera al ver

engañada la ciega confianza que tenía en el maestro. Se sumió en una

pasividad de bestia resignada y siguió acudiendo todos los días a casa

de Boldini, sufriendo aquellas lecciones que se interrumpían con

acometidas de valetudinario ardoroso o pegajosos halagos de refinada

corrupción.

La pobre Leonora entró en el vicio por la puerta grande. De un golpe se

sumergió en todas las vilezas aprendidas por aquel vejestorio en su

larga carrera por _camerinos_ y bastidores. Boldini hubiera querido

conservar eternamente a su discípula; nunca la encontraba

suficientemente preparada para hacer su _debut_. Pero de allá abajo,

apenas si venía dinero. La pobre doña Pepa, vendido ya todo lo de su

hermano y gran parte de lo suyo, sólo a costa de penosos ahorros podía

enviarle cantidades insignificantes. El doctor, valiéndose de sus

amistades con directores errantes y empresarios de aventura, _lanzó_ a

su hija, y Leonora comenzó a cantar en los teatrillos municipales de los

pueblos del Milanesado, en las representaciones por dos o tres noches

organizadas con motivo de las ferias. Eran compañías formadas en la

Galería, al azar, la víspera misma de la función; tropas como las

antiguas de la legua que partían casi a la ventura, en vagón de tercera,

con la terrible perspectiva de volver a pie, si no vigilaban al

empresario, pronto siempre a escapar con los fondos.

Leonora comenzó a oír aplausos, a repetir romanzas ante un público

endomingado, de propietarios rurales y señoras cargadas de sortijas y

cadenas falsas, y sonrió por primera vez como mujer, al recibir ramos y

sonetos de los tenientes de las pequeñas guarniciones. En todas sus

correrías la seguía el tirano, el maestro, que enloquecido por una

pasión que tal vez era la última, abandonaba sus lecciones para salir a

su encuentro. ¡Todo por el arte! Quería gozarse en la contemplación de

su obra, presenciar los triunfos de su discípula. Y apenas el padre,

agradecido por tanto afecto, se separaba un poco, caía sobre ella

imponiéndola su esclavitud.

Por fin salió de aquella bohemia artística, cantando en Padua todo un

invierno. Allí conoció al tenor Salvatti, un gran señor que trataba

desdeñosamente a los compañeros y era tolerado por el público en

consideración a su pasado.

Por su figura arrogante había triunfado muchos años sobre la escena. En

torno de su cabeza retocada por la tintura y el colorete, parecía flotar

con un nimbo aquella leyenda de triunfos galantes que evocaba su nombre.

Las grandes damas disputándosele con sorda guerra; una reina

escandalizando a sus súbditos con su ciega pasión por él; dos divas

eminentes vendiendo sus diamantes por conservarle fiel en fuerza de

regalos. La envidia de los compañeros exageraba prodigiosamente esta

leyenda, y Salvatti, cansado, pobre, conservando de su pasado una

belleza fatigada y ademanes de gran señor, vivía de los públicos de

provincia que le aplaudían bondadosamente, con la misma satisfacción de

amor propio que si socorrieran a un príncipe destronado.

Leonora, al cantar frente a aquel hombre famoso, al agarrar en pleno dúo

aquellas manos que habían besado las reinas del arte, sentíase

profundamente turbada. Era el mundo soñado en su cuartito de Milán, las

grandezas aristocráticas que llegaban hasta ella en el ambiente

fuertemente perfumado que envolvía a Salvatti. Este no tardó en

comprender la impresión que causaba en aquella joven que prometía ser

una belleza y con su frialdad de amante egoísta se propuso sacar partido

de la _pequeña_. ¿Fue el amor lo que empujó a Leonora hacia los brazos

de Salvatti? La artista, cuando examinaba su pasado, protestaba

enérgicamente. No era amor; Salvatti era incapaz de inspirar una pasión

verdadera. Su egoísmo, su corrupción moral se revelaban en seguida. Era

un entretenido, capaz únicamente de explotar a las mujeres. Pero fue una

alucinación que la cegó, que la hizo sentir en los primeros días la

dulce turbación, el voluptuoso abandono de un amor verdadero. Fue la

esclava del arruinado tenor, voluntariamente, como lo había sido por

miedo del maestro. Y tanto llegó a dominarla el imperioso amante, tal

embriaguez produjo en su naturaleza sensual aquel primer amor, que

obedeciendo a Salvatti, se fugó con él al terminar la temporada,

abandonando a su padre.

Este era el hecho más terrible de su vida. Ella, tan valerosa con el

pasado, que no se arrepentía de nada, parpadeaba conteniendo las

lágrimas al recordar tal locura.

Era mentira lo que contaba la gente sobre el fin de su padre. El pobre

doctor Moreno no se había suicidado. Tenía demasiada altivez para

revelar, dándose la muerte, el inmenso dolor que le había causado

aquella ingratitud.

—No me hable usted de ella—dijo con fiereza a su patrona de Milán

cuando intentó hablarle de Leonora.—Yo no tengo hija: fue una

equivocación.

Ocultándose de Salvatti, que al verse en decadencia era terriblemente

avaro, Leonora envió a su padre algunos centenares de francos desde

Londres y desde Nápoles. El doctor devolvió los cheques a su procedencia

sin añadir una palabra, a pesar de hallarse en la miseria. Entonces

Leonora envió todos los meses algún dinero a la vieja bailarina,

encargándola que no abandonase a su padre.

Bien necesitaba el pobre de cuidados. La patrona y sus viejas amigas

lamentaban el estado del _povero signor espagnuolo_. Pasaba los días

como un maniático, encerrado en su cuarto, el violoncello entre las

rodillas, leyendo a Beethoven, su único pariente—según él decía,—el

que jamás le había engañado. Cuando la vieja Isabella, cansada de oírle,

le empujaba a la calle con pretexto de velar por su salud, vagaba como

un espectro por la Galería, saludado de lejos por los antiguos amigos

que huían del contagio de su negra tristeza, y temían las explosiones de

furor con que acogía las noticias de su hija.

¡Qué modo de hacer carrera! Las viejas carroñas reunidas en el saloncito

de la bailarina, comentaban con admiración los adelantos de la pequeña y

hasta se indignaban un poco contra el padre, por no aceptar las cosas

tales como eran. Aquel Salvatti era el apoyo que necesitaba; un piloto,

experto conocedor del mundo, que la dirigía sin tropezar en escollos ni

perder bordada.

Había organizado sabiamente una _reclame_ universal en torno de su joven

compañera. La belleza de Leonora y su entusiasmo artístico conquistaban

los públicos. Tenía contratas en los primeros teatros de Europa, y

aunque la crítica encontrara defectos, el respeto a la hermosura se

encargaba de olvidarlos, exaltando a la joven artista. Salvatti,

amparado de aquel prestigio que cuidaba religiosamente, se sostenía como

artista. Despedíase de la vida a la sombra de aquella mujer, la última

que había creído en él y que toleraba su explotación.

Aplaudida por públicos famosos, cortejada en su _camerino_ por grandes

señores, Leonora comenzaba a encontrar intolerable la tiranía de

Salvatti. Lo veía tal como era; avaro, petulante, habituado a que le

prestasen adoración; arrebatándole (para ocultarlo Dios sabe dónde)

cuanto dinero llegaba a sus manos. Deseosa de vengarse y seducida al

mismo tiempo por el esplendor de aquel mundo elegante con el que se

rozaba sin penetrar en él, tuvo aventuras y engañó muchas veces a

Salvatti, experimentando con ello un diabólico placer. Pero no; después

de transcurridos los años, al examinar el pasado con la frialdad de la

experiencia, comprendía los hechos. La engañada era ella. Recordaba la

facilidad con que se alejaba Salvatti, en el momento oportuno; la rara

casualidad con que se combinaban los sucesos para facilitar sus

infidelidades; comprendía que aquel hombre era un rufián que

cautelosamente preparaba sus aventuras con hombres poderosos presentados

por él mismo, para sacar provechos que quedaban en el misterio. Después

se mostraba cruel y susceptible durante muchos días; era su amor propio

de antiguo buen mozo perseguido por las mujeres, que se sentía

lastimado: la rabia de traicionarse a sí mismo para ahorrar una pequeña

fortuna; y buscaba cualquier pretexto para armar querella a su amante,

promoviendo escenas borrascosas en las que la abofeteaba, jurando como

en su juventud cuando descargaba las barcazas del Tíber.

A los tres años de esta vida, estando Leonora en todo el esplendor de su

belleza, fue en Niza la mujer de moda una primavera completa. Los

periódicos de París, en sus crónicas del gran mundo, hablaron de la

pasión de un anciano rey, un monarca democrático que abandonando su

estado partía en _villegiatura_ para la Costa Azul, como un fabricante

de Londres o un bolsista de París. Leonora sentíase intimidada por aquel

señor alto, robusto, de barba patriarcal—el tipo de los reyes

bondadosos de las leyendas,—que orgulloso de mostrar cierto verdor a

sus años, no temía presentarse en público con la hermosa artista.

Aquello pasó, dejando como rastro en Leonora una marca de distinción,

algo de ese vago ambiente que tienen los objetos hermosos cuando se sabe

que han sido usados por personajes históricos. Todo el rebaño masculino

que con la flor en el ojal y el monóculo hundido en la ceja bailaba y

aventuraba luises en la ruleta, desde Niza a Monte Carlo, la miraba con

avidez y respeto, como un caballo de raza que acabase de ganar el Gran

Premio en las carreras.

—¡Ah! ¡La Brunna!—decían con entusiasmo.

—La querida del rey Ernesto... una gran artista.

E intentaban abrirse paso hasta ella, entre el tropel de adoradores que

continuamente la asediaban bajo la mirada inteligente y voraz de

Salvatti.

Por entonces murió su padre en un hospital de Milán. Un final

tristísimo, según le explicaba en sus cartas la antigua bailarina. ¿De

qué había muerto?... Isabella no sabía explicarlo. Cada médico había

dicho una cosa; pero la bailarina resumía claramente su pensamiento: el

_povero signor espagnuolo_ había muerto porque estaba cansado de vivir.

Un desplome general de aquel cuerpo fuerte y poderoso, en el que

influían con ímpetu irresistible los afectos morales. Estaba casi ciego

al entrar en el hospital; parecía idiota, sumido en inquebrantable

silencio; Isabella no podía conservarle en su casa, por su estado de

inconsciencia. Pero lo raro fue que al aproximarse la muerte, reapareció

de un golpe en su memoria todo el pasado, y los enfermeros le oyeron

gemir noches enteras, murmurando en español, con una tenacidad de

maniático:—¡Leonora! ¡pequeña mía!, ¿dónde estás?...

Lloró la artista oculta en su hotel más de una semana, con gran enfado

de Salvatti, que no gustaba de la desesperación dolorosa porque agostaba

la hermosura.

¡Sola!... Con su locura había causado la muerte de su padre; ya sólo le

quedaba en el mundo aquella buena tía que vegetaba lejos como una planta

sin más vida que la devoción. Miró a Salvatti con odio. El la había

inducido a abandonar a su padre, turbándola con una embriaguez

voluptuosa. Sintió el deseo de vengarse, de recobrar su libertad, y

abandonando a Salvatti, huyó con el conde Selivestroff, un ruso de

varonil belleza, rico y capitán de la Guardia Imperial.

Su suerte estaba echada; pasaría de brazo en brazo. Su vida era el canto

y dejarse adorar por los hombres. Sería en su lecho como en la escena:

de todos y de ninguno.

Aquel Apolo rubio, de músculos duros y blancos como el mármol, de ojos

grises, bondadosos y acariciadores, la amaba de veras.

Leonora, recorriendo el pasado, confesaba que Selivestroff había sido su

mejor amante. Se enroscaba a sus pies sumiso y adorador, como Hércules

ante Ariadna, acariciándola las rodillas con su hermosa barba de oro. Se

acercaba todos los días con timidez, cual si la viese por vez primera y

temiese ser rechazado; la besaba con adoración y recogimiento como una

joya frágil que pudiera romperse bajo sus caricias.

¡Pobre Selivestroff! Era el único amante cuyo recuerdo conmovía a

Leonora. Habían vivido un año en su castillo, en plena campiña rusa con

la fastuosidad del boyardo, paseando su amor fresco, insaciable y sin

cesar renovado, por entre los embrutecidos mujiks que contemplaban a

aquella mujer hermosa, envuelta en pieles blancas y azules, con la misma

devoción que si fuese una virgen despegada del fondo dorado del _icona_.

Pero Leonora no podía vivir lejos de la escena; las grandes damas huían

de ella en el campo, y Leonora quería que la aplaudiesen y festejasen.

Decidió a Selivestroff a trasladarse a San Petersburgo y cantó en la

ópera todo un invierno, como una gran señora, convertida en artista por

entusiasmo.

Volvió a ser la mujer de moda. La juventud rusa, todos aquellos

aristócratas que tenían grados en la Guardia Imperial o altos puestos en

la administración, hablaban con entusiasmo de la hermosa española y

envidiaban a Selivestroff. El conde recordaba con melancolía la soledad

de su castillo, guardadora de tantos recuerdos amorosos. En el bullicio

de la capital volvíase huraño, receloso y triste por la necesidad de

defender su amor. Adivinaba el asedio oculto de los innumerables

adoradores de Leonora.

Una mañana saltó la artista de su lecho para ver al conde tendido en un

diván, pálido, con la camisa ensangrentada, rodeado de varios señores

vestidos de negro, que acababan de bajarle de un carruaje. Un duelo al

amanecer y una bala en el pecho. La noche anterior, a la salida del

teatro, el conde había subido un momento a su círculo. Algunas palabras

cogidas al vuelo sobre Leonora y él; rompimiento con un amigo; bofetadas

y el encuentro concertado a toda prisa, esperando la primera luz del día

para cruzar las balas.

Selivestroff murió sonriendo entre los brazos de su amante, buscando por

última vez con su boca sanguinolenta aquellas manos de nácar delicadas y

fuertes. Leonora lloró como una viuda, le fue odiosa la tierra donde

había sido feliz con el primer hombre amado, y abandonando gran parte de

las riquezas que le había cedido el conde, se lanzó en el mundo,

corriendo los principales teatros, en su fiebre de aventuras y viajes.

Tenía entonces veintitrés años y se consideraba vieja. ¡Cómo había

cambiado!... ¿Amores? Al recordar aquel período de su historia, Leonora

sentía un estremecimiento de pudor, un remordimiento de vergüenza. Era

una loca que paseaba la tierra como una bandera de escándalo, prodigando

su hermosura, ebria de poder, haciendo el regio regalo de su cuerpo a

cuantos la interesaban un instante.

Daba el cuerpo, como sobre las tablas daba la voz, con el desprecio de

quien está seguro de su fuerza indestructible. Era en su lecho como en

la escena; de todos y de ninguno, y al quedarse a solas con sus

pensamientos, comprendía que algo se ocultaba en ella, todavía virgen:

algo que se replegaba con vergüenza al sentir los estremecimientos y

apetitos monstruosos de la envoltura, y tal vez estaba destinado a morir

sin nacer, como esas flores que se secan dentro del capullo. No podía

recordar los nombres de los que la habían amado en aquella época de

locura. ¡Eran tantos los arrastrados por su ruidoso revuelo al través

del mundo! Volvió a Rusia y fue expulsada por el Czar en vista de sus

escándalos públicos con un Gran Duque, quien loco de rabia amorosa,

quería casarse con ella, comprometiendo el prestigio de la familia

imperial. En Roma se desnudó ante un joven escultor de escaso renombre,

al que había hecho el regalo de una noche, apiadada de su muda

admiración. Le dio su cuerpo para modelo de una Venus y ella mismo lo

hizo público, buscando que el escándalo mundano diese celebridad a la

obra y a su autor. Encontró a Salvatti en Génova, retirado de la escena,

dedicado a comerciar con sus ahorros. Le recibió con amable sonrisa,

almorzó con él, tratándole como a un camarada, y a los postres, cuando

le vio ebrio, enarboló un látigo y vengó su antigua servidumbre, los

golpes recibidos en la época de timidez y encogimiento, con una

ferocidad encarnizada que manchó de sangre su habitación y atrajo la

policía al hotel. Un escándalo más y su nombre en los tribunales,

mientras ella, fugitiva y orgullosa de su hazaña, cantaba en los Estados

Unidos, aclamada locamente por el público americano que admiraba a la

amazona más aún que a la artista.

Allí conoció a Hans Keller, el famoso director de orquesta, el discípulo

de Wagner. El maestro alemán fue su segundo amor. Con el cabello duro y

rojizo, sus gruesas gafas y el enorme mostacho cayendo a ambos lados de

la boca y encuadrando la mandíbula, no era ciertamente hermoso como

Selivestroff, pero tenía la magia irresistible del arte. Después de

oprimir entre sus brazos los músculos del Apolo ruso, blancos y fuertes,

necesitaba quemarse en la llama inmortal que tiembla sobre la frente del

Arte, y adoró al músico famoso. Ella, tan solicitada, descendió por

primera vez de su altura para buscar al hombre, y con sus insinuaciones

amorosas turbó la plácida calma de aquel artista, embebido en el culto

del sublime maestro.

Hans Keller, al ver la sonrisa que caía como un rayo de sol sobre sus

partituras, las cerró, dejándose arrastrar por el amor.

La vida de Leonora con el maestro fue un rompimiento absoluto con el

pasado. Quería amar y ser amada, que su vida se deslizase en el misterio

y se avergonzaba de sus aventuras. Turbaba con su pasión al músico y se

sentía a su vez conmovida y transfigurada por el ambiente de fervor

artístico que rodeaba al ilustre discípulo de Wagner.

Las revelaciones de él, del Maestro, como decía con unción Hans Keller,

fulguraban ante los ojos de la cantante, como el relámpago que

transformó a Pablo en el camino de Damasco. Ahora veía claro. La música

no era un medio para deleitar a las muchedumbres, luciendo la hermosura

y llevando por todo el mundo una vida de _cocotte_ célebre; era una

religión, la misteriosa fuerza que relaciona el infinito interior con la

inmensidad que nos rodea. Sentía la misma unción que la pecadora que

despierta arrepentida y en su fervor religioso no duda en hundirse en el

claustro. Era Magdalena, tocada en medio de una vida de frivolidades

galantes y de locos escándalos por la sublimidad mística del arte y se

arrojaba a los pies de Él, del Maestro soberano, como el más victorioso

de los hombres, señor del sublime misterio que turba las almas.

La imagen del gran muerto parecía presenciar todos los arrebatos de

aquel amor, mezcla de pasión carnal y misticismo artístico: sus ojos

azules, sumidos en la inmensidad, atravesaban los muros de la casita de

los alrededores de Munich, donde se arrullaban pensando en él, el

discípulo y la entusiasta devota.

—Háblame de Él—decía Leonora frotando su cabeza en el duro pecho del

músico alemán, con el dulce abandono de la pasión saciada.—¡Cuánto

daría por haberle conocido como tú!... Todavía le vi en Venecia: eran

sus últimos días... estaba moribundo.

Y evocaba aquel encuentro, uno de sus recuerdos más firmes y bien

delineados. La caída de la tarde animando con reflejos de ópalo las

aguas obscuras del Gran Canal, una góndola pasando junto a la suya en

dirección contraria, y en ella unos ojos azules, imperiosos, brillantes,

unos ojos de esos que no pueden confundirse, que son ventanas tras cuyos

vidrios fulgura el fuego divino del escogido, del semidiós y que

parecieron envolverla en un relámpago de luz cerúlea. Era él, se sentía

enfermo, iba a morir. Su corazón estaba herido, traspasado tal vez por

misteriosas melodías, cómo esos corazones de virgen que sangran en los

altares erizados de espadas.

Leonora le vio más pequeño de lo que realmente era; encogido y

quebrantado por el dolor, inclinando su enorme cabeza de genio sobre el

pecho de su esposa Cósima. Le veía aún como si le tuviera delante. Se

había quitado el negro fieltro para sentir mejor el fresco de la tarde,

que agitaba sus lacios cabellos grises. De una mirada abarcó Leonora su

frente espaciosa y abombada, que parecía pesar sobre todo su cuerpo como

un cofre de marfil cargado de misteriosas riquezas; los ojos glaucos e

imperiosos brillando con la frialdad azul del acero bajo el pabellón de

las pobladas cejas, y la nariz arrogante, fuerte como el pico de un ave

de combate, buscando por encima de la hundida boca la mandíbula sensual

y robusta encuadrada por una barba gris que corría por el cuello

arrugado y de tirantes tendones. Fue una rápida aparición, pero le vio,

y su figura dolorida y pequeña, encorvada por la vejez y la enfermedad,

quedó en su memoria como esos paisajes entrevistos a la luz de un

relámpago. Le vio cuando llegaba a Venecia para morir en el silencio de

los canales, en aquella calma únicamente turbada por el golpe del remo,

donde muchos años antes había creído perecer mientras escribía su

_Tristán_, el himno a la muerte, pura y libertadora. Le vio casi tendido

en la negra barca, y el choque del agua contra el mármol de los palacios

resonó en su imaginación como las trompas plañideras y espeluznantes del

entierro de Sigfrido, y le pareció contemplar al héroe de la Poesía

marchando al Walhalla de la inmortalidad y la gloria, sobre un escudo de

ébano, inerte como el joven héroe de la leyenda germánica: seguido por

el lamento de la humanidad, pobre prisionera de la vida que busca

ansiosa un agujero, un resquicio por donde penetre el rayo de belleza

que alegra y conforta.

Y la cantante, enternecida por el recuerdo, contemplaba con ojos

lacrimosos la ancha boina de terciopelo negro, un mechón de cabellos

grises, dos plumas de acero gastadas y corroídas, todos los recuerdos

del maestro, guardados piadosamente en una vitrina por Hans Keller.

—Tú que le conociste, dime cómo vivía. Cuéntamelo todo: háblame del

poeta... del héroe.

Y el músico, no menos conmovido, evocaba sus recuerdos sobre Wagner. Lo

describía tal como le había visto en su época de salud, pequeño,

estrechamente envuelto en su paletó; de fuerte y pesada osamenta a pesar

de su delgadez; inquieto como una mujer nerviosa, vibrante como un

paquete de resortes y con una sonrisa amarga, contrayendo sus labios

sutiles y sin color. Después venían sus _genialidades_, sus caprichos

que habían constituido una leyenda. Su traje de trabajo, de satín de oro

con botones que eran flores de perlas; su apasionado amor por los

suntuosos colores, las telas que se extendían como olas de luz en su

gabinete de trabajo, los terciopelos y las sedas con reflejos de

incendio desparramados sobre los muebles y las mesas sin ninguna

utilidad, sin otro fin que su belleza, para animarle los ojos con el

acicate de sus matices. Y las ropas del maestro, todas las brillantes

estofas de esplendor oriental, impregnadas de esencia de rosa; frascos

enteros derramados al azar, saturado el ambiente de un perfume de jardín

fabuloso, capaz de marear al más fuerte y que excitaba al monstruo en

su lucha con lo desconocido.

Y Hans Keller describía después al hombre, siempre inquieto, estremecido

por misteriosas ráfagas, incapaz de sentarse como no fuese ante el piano

o la mesa de comer; recibiendo de pie a los visitantes, yendo y viniendo

por su salón, con las manos agitadas por nerviosa incertidumbre,

cambiando de sitio los sillones, desordenando las sillas, buscando una

tabaquera o unos lentes que no encontraba nunca; removiendo sus

bolsillos y martirizando su boina de terciopelo, tan pronto caída sobre

un ojo como empujada hacia el extremo opuesto y que acababa por arrojar

a lo alto con gritos de alegría o estrujaba entre sus dedos crispados

por el ardor de una discusión.

El músico cerraba los ojos, creyendo escuchar aún en el silencio la voz

cascada e imperiosa del maestro. ¡Oh! ¿dónde estaba? ¿Desde qué estrella

seguía atentamente esa inmensa melodía de los astros, cuyos ecos sólo

podía percibir su oído? Y Hans Keller, para ahogar su emoción, se

sentaba al piano mientras Leonora, sugestionada, se aproximaba a él,

rígida como una estatua, y con las manos perdidas en la áspera cabellera

del músico, cantaba un fragmento de la inmortal Tetralogía.

La adoración al gran muerto la convertía en una mujer nueva. Adoraba a

Keller como un reflejo perdido de aquel astro apagado para siempre;

sentía la necesidad de humillarse, la dulzura del sacrificio como el

devoto que se prosterna ante el sacerdote, no viendo en él al hombre,

sino al elegido de la divinidad. Quería arrodillarse ante sus plantas

para que la pisara, para que hiciese alfombra de sus encantos: quería

servir como una esclava a aquel amante que era el depositario del

pensamiento de Él, y parecía agigantado por tal tesoro.

Cuidábale con exquisitas dulzuras de sierva enamorada; le seguía en sus

excursiones a Leipzig, a Ginebra, a París, en primavera, época de los

grandes conciertos; y ella, la famosa artista, permanecía entre

bastidores sin sentir la nostalgia de los aplausos, aguardando el

momento en que Hans, sudoroso y fatigado, abandonaba la batuta entre las

aclamaciones de la muchedumbre wagneriana, para enjugarle la frente con

una caricia casi filial.

Y así corrían media Europa, propagando la luz del maestro; ella,

obscurecida voluntariamente, como una de aquellas patricias que,

vestidas de esclavas, seguían a los apóstoles ansiosas por los progresos

de la buena nueva.

El maestro alemán se dejaba adorar; recibía todas las caricias del

entusiasmo y del amor con la distracción de un artista que, preocupado

con los sonidos, acaba por odiar las palabras. Enseñaba su idioma a

Leonora para que algún día pudiese cantar en Bayreuth, realizando su más

ferviente deseo, y la infundía el pensamiento que había guiado al

maestro al trazar sus principales protagonistas.

Por esto cuando Leonora se presentó sobre las tablas un invierno con el

alado casco de walkiria, tremolando la lanza de virgen belicosa,

prodújose aquella explosión de entusiasmo que había de seguirla en toda

su carrera. El mismo Hans se estremeció en su sillón de director,

admirando la facilidad con que su amante había sabido asimilarse el

espíritu del maestro.

—¡Si Él te oyese!—decía con convicción—tengo la certeza de que se

mostraría satisfecho. Y así corrieron el mundo los dos. En primavera

contemplándole ella desde lejos, con la batuta en la mano, haciendo

surgir alada y victoriosa la gloria del maestro de las masas de

instrumentación que se ocultaban en la bávara colina de Bayreuth, en el

foso llamado el _Abismo Místico_. En invierno era él quien se

entusiasmaba escuchando unas veces su _¡hojotoho!_ fiero de walkiria que

teme al austero padre Wotan; viéndola otras despertar entre las llamas,

ante el animoso Sigfrido, héroe que no teme nada en el mundo, y se

estremece ante la primera mirada de amor.

Pero las pasiones de artista son iguales a las flores por su intenso

perfume y su corta duración. El rudo maestro alemán era un ser infantil,

voluble y tornadizo, pronto a palmotear ante un nuevo juguete. Leonora,

consultando su pasado, se reconocía capaz de haber llegado hasta la

vejez sumisa a él, obediente a todos sus caprichos y nerviosidades. Pero

un día Keller la abandonó como ella había abandonado a otros; se fue

arrastrado por el marchito encanto de una contralto tísica y lánguida,

que tenía el enfermizo perfume, la malsana delicadeza de una flor de

estufa. Leonora, loca de amor y de despecho, le persiguió, fue a llamar

a su puerta como una criada, sintió una amarga voluptuosidad viéndose

por primera vez despreciada y desconocida, hasta que una reacción de

carácter hizo renacer en ella su antigua altivez.

Se acabó el amor. ¡Adiós a los artistas! Gente muy interesante, pero

nada quería ya con ellos. Eran preferibles los hombres vulgares que

había conocido en otros tiempos; y cuanto más imbéciles, mejor. No

volvería a enamorarse.

Y cansada, perdidas las ilusiones, volvió a lanzarse en el mundo. La

molestaba aquella leyenda galante de sus tiempos de locura; la furia con

que corrían hacia ella los hombres, ofreciéndola riquezas a cambio de

una pasividad amorosa. La locura volvió a cogerla entre sus engranajes.

Los hombres hablaban de matarse si ella resistía, como si su deber fuese

entregarse al primero que apeteciese su cuerpo y la negativa resultase

una traición. El melancólico Maquia se suicidó en Nápoles al verla

insensible a sus tristes sonetos; en Viena se batieron por ella y murió

uno de sus admiradores; un inglés excéntrico la seguía a todas partes,

proyectando sobre su cabeza una sombra de árbol fatal y jurando matar a

todo el que ella prefiriese... ¡Ya había bastante! Estaba cansada de

aquella vida; sentía náuseas ante la voracidad varonil que le salía al

paso en todas partes. Se veía quebrantada por la tempestad de pasión que

desencadenaba su nombre.

Quería sumergirse, desaparecer, descansar entregada a un sueño sin

límites, y pensó como en un blando y misterioso lecho, en aquella tierra

lejana de su infancia, donde estaba su único pariente, la tía devota y

simple que la escribía dos veces por año, recomendándola que pusiera su

alma en regla con Dios, para lo cual ya ayudaba ella con sus devociones.

Creía también, sin saber por qué, que aquel regreso a la tierra natal

amortiguaría el recuerdo doloroso de la ingratitud que había costado la

vida a su padre. Cuidaría a la pobre vieja, alegraría con su presencia

aquella vida monótona y gris que se había deslizado sin la más leve

ondulación. Su voz y su cuerpo necesitaban reposo. Y bruscamente una

noche, después de ser Isolda, por última vez ante el público de

Florencia, dio la orden de partida a Beppa, la fiel y silenciosa

compañera de su vida errante.

A la tierra natal y ¡ojalá encontrara allí algo que la retuviera, no

dejándola volver a un mundo tan agitado!

Era la princesa de los cuentos que desea convertirse en pastora; y allí

permanecía adormecida, a la sombra de sus naranjos, sacudida algunas

veces por el recuerdo; queriendo gozar eternamente aquella calma,

repeliendo con fiereza a Rafael, que intentaba despertarla como Sigfrido

despierta a Brunilda atravesando el fuego.

No: amigos nada más. No quería amor: ya sabía ella lo que era aquello.

Además, llegaba tarde.

Y Rafael revolvíase insomne en su cama, repasando en la obscuridad

aquella historia cortada a trozos, con lagunas que rellenaba su

adivinación. Sentíase empequeñecido, anonadado por los hombres que le

habían precedido en la adoración a aquella mujer.

Un rey, grandes artistas, paladines hermosos y aristocráticos como el

conde ruso, potentados que disponían de grandes riquezas. ¡Y él, pobre

provinciano, diputado obscuro, sometido como un chicuelo al despotismo

de su madre y sin dinero casi para sus gastos, pretendía sucederles!

Reía con amarga ironía de su propia audacia; comprendía el acento burlón

de Leonora, la energía con que había repelido todos sus atrevimientos de

zafio que intenta poseer una gran dama por la fuerza. Pero a pesar del

desprecio que a sí mismo se inspiraba, faltábanle fuerzas para

retirarse.

Estaba cogido en la estela de seducción, en aquel torbellino de amor que

seguía a la artista por todas partes, aprisionando a los hombres,

arrojándoles al suelo quebrantados y sin voluntad, como siervos de la

belleza.

Entre naranjos · 第 12 / 25 题