SEGUNDA PARTE

I

En la plazoleta que formaban frente a la casa azul los altos y tupidos

rosales, erguíanse cuatro palmeras que, abandonadas muchos años, dejaban

colgar las secas ramas como miembros muertos debajo de las palmas

nuevas, arrogantes y rumorosas. Hundidos en el follaje de los rosales, a

la entrada de la plazoleta, había dos bancos antiguos de mampostería,

blanqueados con cal, con el asiento y el respaldo de viejos azulejos

valencianos de una transparencia aterciopelada, en la que resaltaban los

floreados arabescos, los caprichos multicolores de una fabricación

heredada de los árabes.

Eran bancos con la elegancia de líneas de un sofá del pasado siglo,

frescos y de saludable dureza, en los que gustaba sentarse Leonora por

las tardes, cuando las palmeras extendían su sombra en la plazoleta.

En uno de ellos leía la sencilla doña Pepita la historia del santo del

día, ayudada por unas antiguas gafas con montura de plata. Beppa la

doncella, escuchábala atenta para comprender todas las palabras, con

una admiración respetuosa de muchacha de la campiña romana familiarizada

con la devoción desde sus primeros años.

En el otro banco estaban Leonora y Rafael. La artista, con la cabeza

baja, seguía el movimiento de sus manos, ocupadas en la confección de

una de esas labores que sólo sirven para pasar más fácilmente el tiempo

engañando la atención.

Rafael la encontraba cambiada por los meses de ausencia. Vestía con

sencillez, como una señorita de la ciudad; su cara y sus manos, tan

blancas antes, habían tomado con la continua caricia, del sol una

transparencia dorada de trigo maduro; los dedos mostrábanse en toda su

esbeltez libres de sortijas, y en el lóbulo sonrosado de las orejas, los

sutiles agujeros no soportaban el peso como otras veces de la gruesa

masa de brillantes.

—Estoy hecha una campesina, ¿verdad?—dijo como si leyera en los ojos

de Rafael el asombro por aquel cambio.—La vida del campo obra estos

milagros: un día un adorno, mañana otro, va una despojándose de todo lo

que antes era como una parte del cuerpo. Me siento mejor así... ¿Creerá

usted que hasta tengo abandonado mi tocador y allí se pierden cuantos

perfumes traje? Agua fresca, mucha agua... eso es lo que me gusta. ¡Cuán

lejos está ya aquella Leonora que había de pintarse todas las noches

como un payaso para mostrarse al público! Míreme usted bien: ¿cómo me

encuentra? ¿No es verdad que parezco una de sus _vasallas?_ De seguro

que si salgo esta mañana a darle vivas en la estación, no me reconoce

entre los grupos.

Rafael intentó decir que la encontraba más hermosa que antes, y así lo

creía de buena fe. La veía más cerca de su persona: era como si

descendiese de su altura para aproximarse a él. Pero Leonora, adivinando

sus palabras y queriendo evitarlas, se apresuró a seguir hablando.

—No diga usted que le gusto más así. ¡Qué disparate! ¡ahora que viene

usted de Madrid, de ver un mundo que no conocía!... Pero en fin; a mí me

gusta esta sencillez y lo que me importa es agradarme a mí misma. Ha

sido una transformación lenta, pero irresistible: el campo me ha

saturado con su calma; se me ha subido a la cabeza como una embriaguez

mansa y dulce, y duermo y duermo, siguiendo esta vida animal, monótona y

sin emociones, deseando no despertar nunca. ¡Ay Rafaelito! Como no

ocurra algo extraordinario y el diablo tire de la manta, me parece que

aquí me quedo para siempre. Pienso en el mundo como un marino piensa en

el mar cuando se ve en su casa; después de un viaje de continuos

temporales.

—Sí, quédese usted—dijo Rafael.—No puede usted figurarse el miedo que

he pasado en Madrid, pensando si la encontraría o no al volver.

—No mienta usted—dijo sonriendo Leonora dulcemente con cierta

expresión de gratitud.—¿Cree usted que por aquí no nos hemos enterado

de lo que hacía en Madrid? Usted que nunca tuvo grandes relaciones de

amistad con el bueno de Cupido, le ha escrito con frecuencia contándole

tonterías; todo para al final, como posdata importantísima, encargar

saludos a la _ilustre artista_, tranquilizándose al recibir en la

respuesta la noticia de que esa _ilustre artista_ aún estaba aquí. ¡Poco

que he reído leyendo esas cartitas!

—Eso le demostrará a usted que yo no mentía el día que le aseguré

cierta cosa. Le demostrará que no la he olvidado en Madrid. No, Leonora,

no olvido. Esta ausencia ha agrandado más mi afecto.

—Gracias, Rafael—dijo la artista con gravedad, como si en ella no

fuese ya posible la ironía de otros tiempos.—Estoy convencida de ello,

y me entristece, pues es inútil. Ya sabe usted que no puedo

corresponderle... Hablemos de otra cosa.

Y apresuradamente, queriendo desviar con su charla el curso de la

conversación, que le parecía peligroso, comenzó a hablar de sus rústicos

placeres.

—Tengo un gallinero que es un encanto. ¡Si me viera usted por las

mañanas rodeada de plumas y cacareos, arrojando el maíz a puñados,

teniendo a raya a los gallos que se meten bajo mis faldas y me pican los

pies! Me parece mentira que sea yo la misma de otros tiempos, que

blandía la lanza e interpretaba, así regularmente, los ensueños de

Wagner. Ya verá usted a mi gente. Tengo gallinas de una fecundidad

asombrosa, y como un ratero, revuelvo todas las mañanas la paja para

sorberme los huevos todavía calientes... El piano lo tengo olvidado.

Hace más de una semana que no lo había abierto; pero esta tarde, no sé

por qué, sentí el deseo de rozarme con los genios. Tenía sed de

música... algo de los caprichos melancólicos de otros tiempos. Tal vez

el presentimiento de que usted vendría: los recuerdos de aquellas tardes

en que usted estaba arriba, sentadito e inmóvil como un bobo,

escuchándome... Pero no vaya usted a creer, señor diputado, que todo es

aquí juego con las gallinas y pereza campestre. Han entretenido mi

soledad de este invierno cosas más serias. He hecho en la casa grandes

obras. Un cuarto de baño que escandaliza a mi pobre tía y hace que le

diga a Beppa que es pecado pensar tanto en las cosas del cuerpo. Aunque

olvidadas mis antiguas costumbres, yo no podía pasar sin el baño; es el

único lujo que conservo, y mandé venir de Valencia artesanos con

mármoles y maderas finas para que arreglasen una preciosidad. Ya lo verá

usted; cosa buena. Si algún día me da el arrechucho de huir y levanto el

vuelo, ahí quedará eso para que mi pobre tía se indigne a cada instante

viendo que su loca gastó tanto dinero en tonterías pecaminosas, como

ella dice.

Y reía mirando a la inocente doña Pepa, que allá en el otro banco

explicaba por centésima, vez a la italiana, los portentosos milagros del

patrón de Alcira, con el anhelo de que la extranjera pusiera su fe en el

santo, dando de lado a todos los bienaventurados de su país.

—No crea usted—continuó la artista—que yo le he olvidado en este

tiempo. Soy su amiga y lo de usted me interesa. He sabido por Cupido,

que de todo se entera, lo que usted hacía en Madrid. También he figurado

entre sus admiradores. ¡Lo que puede la amistad!... Yo no sé qué será

esto; pero tratándose del señor Brull, me trago las mayores mentiras,

aun sabiendo que lo son. Cuando usted habló en el Congreso sobre eso del

río, envié a Alcira a comprar el periódico y lo leí no sé cuántas veces,

creyendo ciegamente cuanto allí decían en su honor. Yo he hablado con

Gladstone en un concierto de la reina en Windsor; he conocido a hombres

que llegaron por su palabra a presidentes de República; y no digamos de

los políticos de España: a la mayoría de ellos los tuve como cadetes de

mi _camerino_, una vez que canté en el Real. Y a pesar de esto, yo tomé

en serio por unos días los elogios disparados con que le incensaban sus

correligionarios. En mi imaginación aparecía usted al mismo nivel que

todos esos señores solemnes y poderosos que he conocido. ¿Por qué será

esto? Tal vez el aislamiento y la calma que agrandan las cosas; tal vez

el ambiente de esta tierra, en la que es imposible vivir sin ser súbdito

de Brull... ¿Si me iré enamorando de usted sin saberlo?

Y volvía a reír con la risa regocijada y francamente burlona de otros

tiempos. Le había recibido grave y sencilla, influida por el cambio que

la soledad, la vida campestre y el deseo de descanso producían en ella.

Pero al contacto de Rafael, al ver en sus ojos aquella expresión amorosa

que ahora se marcaba con más atrevimiento, reaparecía la mujer de antes

y reía con la misma carcajada irónica que penetraba como acero en las

carnes del joven.

—¿Y qué de extraño tendría eso?—preguntó audazmente Rafael, imitando

la sonrisa burlona.

—¿No podría ser que usted, compadecida de mí, acabase por amarme? ¿No

se han visto cosas más imposibles?

—No—dijo rotundamente Leonora.—No le amaré a usted nunca... Y si

llegase a amarle—continuó en un tono dulce y casi maternal—se lo

ocultaría piadosamente para evitar que usted se exaltara viéndose

correspondido. Toda la tarde estoy evitando esta explicación. He hablado

de mil cosas, me he enterado de su vida en Madrid hasta en detalles que

nada me importan; todo para impedir que llegásemos a hablar de amor.

Pero con usted es imposible; hay que abordar la materia más pronto o más

tarde. Ya que usted lo quiere, sea... Yo no le amaré nunca; yo no debo

amarle. Si le hubiera conocido lejos de aquí, aproximados por las

circunstancias, como en aquella noche de la inundación, no digo que no.

¿Pero aquí?... Serán escrúpulos de los que puede usted reírse, pero me

parece que amándole, cometería un delito; algo así como si entrase en

una casa y agradeciera la hospitalidad robando un objeto.

—¿Pero qué disparates son esos?—exclamó Rafael.—¿Qué quiere usted

decir?... Crea que no la entiendo.

—Como usted vive aquí no se da cuenta del ambiente que le rodea.

¡Amarse sólo por el amor! Eso puede ser en ese mundo del cual vengo;

donde la gente no se escandaliza; donde la virtud es ancha y no pincha,

y cada uno, por egoísmo, porque respetan sus debilidades, procura no

censurar las ajenas. ¡Pero aquí!... Aquí el amor es un camino recto que

forzosamente ha de conducir al matrimonio; y vamos a ver, ¿sería usted

capaz de mentir asegurando que se casaría conmigo?...

Miraba de frente al joven con sus grandes ojos verdes, luminosos y

burlones, con tal franqueza, que Rafael inclinó la frente tartamudeando.

—No se casaría usted, y haría muy bien. ¡Como que resultaría una

solemne barbaridad! Yo no soy de las mujeres que sirven para eso. Muchos

me lo han propuesto en mi vida, acreditándose con ello de imbéciles. Más

de una vez me han ofrecido sus coronas de duque o de marqués, creyendo

que con esto me aprisionaban, me podían conservar, cuando yo sintiendo

fastidio pretendía levantar el vuelo. ¡Casada yo! ¡Qué disparate!...

Reía como una loca con una risa que hacía daño a Rafael. Era una

carcajada sardónica, de inmenso desprecio, que recordaba al joven la

risa de Mefistófeles en su infernal serenata a Margarita.

—Además—continuó Leonora serenándose,—usted no se da cuenta de lo que

soy aquí. ¿Cree usted que ignoro lo que de mí se dice en la ciudad?...

Me basta ver los ojos con que me contemplan las señoras las pocas veces

que voy allá. Y también conozco lo que le ocurría a usted antes de ir a

Madrid. Aquí se sabe todo, Rafaelito; el chismorreo de esa pobre gente

es tan grande que llega hasta esta soledad. Conozco perfectamente el

odio que la madre de usted me tiene y hasta he oído algo de disgustos

domésticos, por si usted venía o no venía aquí. Si han de repetirse esas

cosas tan enojosas, le ruego que no vuelva; seré siempre su amiga; pero

no viéndonos, ganaremos usted y yo.

Rafael se sentía avergonzado al ver que Leonora conocía sus secretos. Se

creía en ridículo, y para salir del pasó afirmó con petulancia:

—No crea usted tales cosas; son chismes de enemigos. Yo soy mayor de

edad, y me figuro que sin miedo a mamá puedo ir donde mejor me parezca.

—Sea así; siga viniendo, ya que tal es su gusto; pero no me negará

usted que existe contra mí una hostilidad declarada. Y si yo llegase a

amarle, ¡Dios mío! ¿qué dirían entonces de mí? Creerían que había venido

únicamente para seducir a don Rafael, y ya ve usted cuán lejos estoy de

ello. Con esto perdería la tranquilidad que tanto me gusta. Si ahora

hablan contra mí ¡figúrese lo que sería entonces!... No: yo deseo

permanecer quieta. Que me muerdan cuanto quieran pero que sea sin

motivo; por pura envidia. Ya ve usted el caso que hago.

Y mirando hacía el punto donde estaba la ciudad oculta tras las filas de

naranjos, reía desdeñosamente.

Volvía otra vez aquella franqueza regocijada, de la que se hacía ella la

primera víctima, y continuó bajando el tono de voz con su acento

confidencial y cariñoso:

—Y luego, Rafaelito, usted no se ha fijado bien en mí. ¡Si soy casi una

vieja!... Ya lo sé; no necesito su advertencia: tenemos la misma edad,

pero la diferencia de sexo y de vida aumentan considerablemente la mía.

Usted es hombre y casi comienza ahora a vivir. Yo voy desde los

dieciséis años rodando por el mundo, de escenario en escenario, y este

maldito carácter, este afán de no ocultar nada, de no mentir, ha

contribuido a hacerme peor de lo que soy. Yo tengo en el mundo muchos

enemigos que a estas horas se creerán felices con mi inexplicable

desaparición. En nuestra vida de artistas es imposible avanzar un paso

sin despertar el odio del camarada, la más implacable de las pasiones. Y

¿sabe usted lo que han dicho de mí esas buenas gentes? Pues que soy una

mujer galante más bien que una artista; una especie de _cocotte_ que

canta y se exhibe en el escenario como en un escaparate.

—Eso es una infamia—dijo Rafael con arrogancia.—Quisiera que alguna

vez lo dijesen delante de mí.

—¡Bah! No sea usted niño. Será una infamia, pero no carece por completo

de fundamento. He sido algo de eso que dicen; pero a los hombres les

corresponde más culpa que a mí... He sido una loca sin freno en mis

caprichos, dejándome tentar unas veces por el esplendor de la riqueza,

otras por la hermosura o por el valor; huyendo tan pronto como me

convencía de que no había de encontrar nada nuevo, sin importarme la

desesperación de los hombres al ver su ensueño interrumpido. Y de toda

esta carrera loca, desesperando a unos, enloqueciendo a otros,

trastornando la vida en muchos puntos de Europa, he sacado una

consecuencia: o eso que los poetas llaman amor no existe y es una

invención agradabilísima, o yo no he nacido para amar y soy inmune,

puesto que después de una vida tan agitada, cuando recopilo el pasado,

reconozco que mi corazón no ha sentido de verdad... ni esto.

Y hacía chasquear entre los dientes la uña sonrosada y aguda de su

pulgar.

—A usted se lo digo todo—continuó.—Después de su larga ausencia, en

la que alguna vez me he acordado de usted, siento el deseo de que me

conozca bien y para siempre. A ver si así vivimos tranquilos. Comprendo

que ansíen confesarse esas buenas mujeres de los huertos, que van en

busca del cura caminando bajo el sol o la lluvia. Esta tarde necesito yo

decirlo todo. Tengo aquí dentro un diablillo que empuja y empuja para

echar afuera todo mi pasado.

—Pues hable usted. Si soy su confesor y merezco su confianza, algo voy

adelantando.

—¿Para qué quiere usted adelantar en mi corazón si está vacío? ¿Cree

usted que haría una gran cosa conquistándome? ¡Si no valgo nada! No ría

usted: no valgo nada. Aquí en esta soledad, puedo examinarme

detenidamente y lo reconozco: nada. ¿El físico?... sí: confieso que no

soy fea, y aunque lo negase con ridícula modestia, ahí está mi historia,

para probar que he gustado mucho. Pero ¡ay, Rafaelito! eso es el

exterior, la fachada, y con unos cuantos inviernos que lluevan sobre

ella quedará despintada y llena de grietas. Pero interiormente créame

usted, soy una ruina. Con tantas fiestas y alborotos los tabiques se

caen, los pisos se bambolean. He corrido muy aprisa; me he quemado las

alas por arrojarme de cabeza en la llama de la vida. ¿Sabe usted lo que

soy? Una de esas barcas viejas, caídas en la playa, que vistas de lejos

aún conservan el color de sus primeros viajes, pero que sólo piden el

olvido para ir envejeciendo y pudriéndose sobre la arena. Y usted que

empieza ahora, ¿se presenta pidiendo un puesto en la peligrosa carroña

que al volver al oleaje perecería llevándoselo a fondo?... Rafael, amigo

mío, no sea usted tonto. Yo soy buena para amiga; no puedo ser ya más...

aun cuando le amase. Somos de diferente casta. Le he estudiado a usted y

veo que es sensato, honrado y tímido. Yo soy de la casta de los locos,

de los desequilibrados; me alisté para siempre bajo las banderas de la

bohemia, y no puedo desertar. Cada uno por su camino. Usted encontrará

fácilmente una mujer que le haga feliz... Cuanto más tonta, mejor...

Usted ha nacido para padre de familia.

Rafael creyó que se burlaba de él como otras veces. Pero no: su acento

era sincero, su rostro no estaba contraído por la sonrisa irónica;

hablaba con ternura, como amonestando a un hijo que sigue torcidos

derroteros.

—Sea usted como es. Si el mundo se compusiera de gente como yo

resultaría imposible la vida. También tengo mis ratos en que quisiera

transfigurarme, ser ave de corral como toda la gente que me rodea.

Pensar en el dinero y en lo que comeré mañana, comprar tierras, discutir

con los labriegos, estudiar los abonos, tener hijos que me preocupen con

sus resfriados y los zapatos que rompen; no llevar mis aspiraciones

mundanales más allá de vender bien la cosecha. Hay momentos en que

quisiera ser gallina. ¡Qué bien! Un cercado de cañas por todo mundo, la

comida al alcance del pico, y pasar horas y más horas al sol, inmóvil

sobre una caña... ¿Se ríe usted? Pues esta vida he comenzado a ensayarla

y me va muy bien. Voy todos los miércoles al mercado, compro pollos y

huevos, discuto por gusto con las vendedoras para acabar dándolas lo que

piden, convido en la chocolatería a las hortelanas de este contorno, y

vuelvo a casa escoltada por todas ellas, que se admiran al oírme hablar

con Beppa en un lenguaje extraño. ¡Si viera usted lo que me quieren!...

En sus ojos leo el asombro al reconocer que la _señoreta_ no es tan mala

como dicen las de la ciudad. ¿Recuerda usted la pobre hortelana enferma

que vimos en la ermita aquella tarde? Pues viene por aquí con frecuencia

y siempre la doy algo. También esa me quiere... Todo esto es muy

agradable, ¿verdad? Paz; cariño de los humildes; una anciana inocente,

mi pobre tía, que parece haberse rejuvenecido teniéndome aquí. Sin

embargo, cualquier día esta corteza rústica, formada por el sol y el

aire de los huertos, se romperá en mil pedazos y volverá a aparecer la

de siempre, la walkiria. ¡A caballo en seguida! ¡A galopar otra vez por

el mundo, entre la tempestad de placeres, aclamada por el coro del deseo

brutal!... Presiento que esto va a ocurrir. Hasta la primavera he jurado

estar aquí y ya comienza a aletear sobre este suelo. Mire usted estos

rosales; mire esos naranjos... ¡Ay! me da miedo la primavera; ha sido

siempre para mí la estación fatal.

Quedó pensativa algunos minutos. Doña Pepa y la italiana se habían

metido en la casa. La buena vieja no podía pasar mucho tiempo lejos de

la cocina.

Leonora había dejado caer su labor sobre el banco y miraba a lo alto,

marcándose la suave curva de su garganta en tensión. Parecía sumida en

un éxtasis, como si pasase ante sus ojos la visión del pasado. De pronto

se incorporó con un estremecimiento.

—Creo que estoy enferma, Rafael. No sé qué tengo hoy. Tal vez la

extrañeza de verle; de seguir esta conversación que evoca mi pasado

después de tantos meses de calma... No hable usted; no diga nada, por

favor. Usted tiene la rara habilidad, sin saberlo, de hacerme hablar, de

recordarme lo que deseo tener olvidado... A ver, deme usted el brazo,

paseemos por el jardín: esto me sentará bien.

Se levantó Leonora apoyándose en el brazo de Rafael, y comenzaron a

pasear por las ancha avenida que conducía a la plazoleta desde la verja

de entrada. Al alejarse de la casa, por entre las tupidas copas de los

naranjos, la artista sonrió maliciosamente, moviendo una mano en actitud

de amenaza.

—Confío en que usted habrá vuelto de su viaje más serio y respetuoso.

Nada de juegos y atrevimientos, ¿eh? Ya sabe usted que soy fuerte y cómo

las gasto.

Entre naranjos · 第 11 / 25 题