Paco Ramírez, entre tanto, había buscado inútilmente a don Braulio por
mil partes y de mil modos.
Luego discurrió ir a casa del Conde de Alhedín.
El criado que le abrió la puerta le dijo que el Conde dormía con
tranquilidad, que aquélla no era hora de visitas, que él no le pasaba
recado y que se exponía a que le tirase a la cabeza los libros, el vaso
de agua y cuanto tenía sobre la mesita de noche.
Paco insistió, sin embargo, con tal brío, hablando de lo importante,
urgente y sagrado del asunto que le traía a hablar con el Conde, que el
criado, que dió la casualidad de que era su ayuda de cámara, se decidió
al fin a llamar al Conde.
Bien advirtió Paco que la palabra mágica que le abría la puerta de aquel
encantado recinto era el nombre de la señora de don Braulio González,
por quien dijo que venía enviado.
Fuese como fuese, le hicieron entrar en el despacho, donde aguardó más
de media hora bramando de cólera y de impaciencia.
El Conde, no obstante, había hecho prodigios inusitados de prontitud
para vestirse.
Al cabo apareció.
Paco, que venía muy fosco contra él, se quedó pasmado de la afabilidad,
llaneza y dulzura de aquel elegante, cuyo igual o parecido no había
visto jamás en su lugar; pero cuando subió de punto su pasmo fué cuando,
después de referir precipitadamente lo ocurrido, notó el vivo interés y
la emoción profunda que agitaban el alma del Conde y que se retrataban
en su bello rostro.
--Vamos a buscar a don Braulio por todas partes--dijo--; Dios querrá que
demos con él. Doña Beatriz le quiere: es incapaz de faltarle. Yo le
convenceré de la inocencia de doña Beatriz. ¿Quién será el autor del
infame anónimo? Alguna malvada mujer. ¡Dios mío! ¡Qué horror! No me lo
perdonaré nunca si ocurre alguna desgracia.
Dicho esto, el Conde dió órdenes a sus criados, escribió a los jefes de
la policía, tomó, por último, el sombrero, y ya se disponía a salir él
también en compañía de Paco a buscar al desesperado marido de doña
Beatriz, cuando le anunció su ayuda de cámara que un dependiente de uno
de los juzgados de Madrid traía para él una carta que debía entregarle
en propia mano.
El dependiente entró en el despacho y entregó la carta al Conde.
Estaba cerrada y sellada con lacre.
En el sobrescrito reconoció el Conde con asombro la letra de don
Braulio.
Abrió el Conde la carta, no sin bastante zozobra, y temblándole las
manos y con la cara demudada, leyó lo siguiente:
«Señor Conde: Yo no podía servir en el mundo sino de estorbo. Cuando
reciba usted estos renglones el estorbo no existirá ya. Que la propia
conciencia perdone a los que me han hecho padecer, como yo los perdono.»
--¿Dónde se ha hallado esta carta?--preguntó el Conde.
El portador de ella contestó:
--En el bolsillo de un hombre que hace media hora se arrojó de cabeza
por el viaducto de la calle de Segovia. No sabemos quién es. Usted,
señor Conde, nos dirá el nombre del difunto.
--Don Braulio González--dijo el Conde de Alhedín.
Cuando supo Beatriz la muerte de su marido, su dolor tocó en los límites
de la desesperación; mas no le resucitó por eso.
Inesita estuvo también punto menos que desesperada.
El Conde, compungido por todas aquellas lástimas, se esforzó por
consolar a Inés: todo le parecía poco para consolarla. Venció la
oposición de su madre, que no gustaba de casamiento tan desigual, e
Inés, al año de muerto don Braulio, fué Condesa de Alhedín.
Paco, que había quedado burlado en sus esperanzas, decía con este
motivo:
--Inesita, por no ser fríamente calculadora, ha conseguido lo que con el
cálculo frío no hubiera conseguido acaso: bien es verdad que, para
conseguirlo, ha sido menester que don Braulio se mate.
Más de dos años vivió Beatriz, de viuda, con el más profundo y sincero
duelo en el alma.
Se retiró al lugar de su nacimiento, donde hizo vida ejemplar y propia
de una santa.
A la memoria de don Braulio rendía verdadero culto.
Aquel beso, que estando él celoso y dormida ella, le dió don Braulio, en
vez de matarla, como pensaba, le sentía ella en lo íntimo del corazón y
difundía en su espíritu suave y pura melancolía.
La modestia y el recogimiento de doña Beatriz hacían que gastase
poquísimo en su persona, así es que le sobraba mucho, en proporción de
su corta hacienda, y todo lo consumía en obras de caridad.
Paco Ramírez, testigo de todo esto, y única persona que veía a doña
Beatriz en su soledad, acabó por enamorarse de ella perdidamente.
Ya hemos visto lo sensible que era doña Beatriz a que de ella se
enamorasen. Primero, agradeció. Después luchó contra el recuerdo de don
Braulio una naciente inclinación. Por último, la pobre doña Beatriz no
era de bronce; pasados más de los dos años, el amor nuevo venció los
recuerdos del amor antiguo.
Paco y Beatriz se casaron: y Paco borró con besos, que dió a Beatriz
despierta, la impresión al parecer indeleble de aquel beso tan poético
que ella había recibido dormida.
Paco, algo recelosillo, como buen lugareño, se guardó bien de llevar a
Madrid a Beatriz, no hiciera el diablo que se le antojase de nuevo que
el Condesito estaba enamorado de ella seráficamente.
Este y su mujer siguieron siempre en la corte siendo dechados de
elegancia.
Inesita, luego que pasó tiempo, filosofó con serenidad acerca de don
Braulio y explicó su muerte de un modo satisfactorio para ella.
Don Braulio se había suicidado porque era tétrico de carácter; porque
tenía menos religión que un caballo; porque estaba desesperado de ser
feo y enclenque; porque había cometido la imprudencia de haberse casado
con mujer joven y hermosa; porque tenía el ridículo empeño de ser
adorado; y porque el amor, que no tenía, por carencia de fe, para las
cosas del cielo, le había puesto en algo de mundanal y finito que no lo
merecía, empeñándose en revestir a este ídolo de calidades y excelencias
que sólo a los seres sobrenaturales convienen.
En suma, Inesita daba por evidente que lo mejor que don Braulio podía
haber hecho era matarse.
No creemos que Inesita tuviese gran erudición clásica; pero si la
hubiera tenido, hubiera repetido, a propósito de don Braulio, cierto
verso, nos parece que de Homero, que dicen que declamó Scipión al saber
la muerte de Cayo Graco, su sobrino, y que en mal romance y peor prosa
se interpreta así: _Perezca como él quien imitare su ejemplo._