--¿Qué tienes, hermana? ¿Por qué lloras?--preguntó Inesita con mucho
cariño apenas entró en el saloncito y vió a Beatriz tan afligida.
Como Beatriz no le contestase y siguiese llorando, Inesita se inclinó
sobre el sofá en que estaba echada Beatriz, y volvió a hacerle las
mismas preguntas, acompañadas de besos y caricias.
Beatriz no pudo ya resistirse; sentía además necesidad de desahogar su
corazón, e incorporándose y teniendo a Inés a su lado, dijo con un
suspiro:
--¡Qué desgraciada soy, Inés!
--¿Qué sucede?--interrumpió ésta.
--Que por mi culpa Braulio está celoso y se ha ido de casa y puede que
no vuelva más.
--¿Y de quién tiene celos?
--Tiene celos del Conde de Alhedín.
--¡Vaya un desatino!--dijo Inesita--. Pues qué, ¿no ve claro que el
Conde no tiene por ti mas que mera amistad?
--Eso no--dijo candorosamente Beatriz, la cual, en medio de todo, amando
a don Braulio, llena de sobresalto por él, y arrepentida de su intimidad
con el Conde, no podía conformarse con que el Conde no estuviese
enamorado de ella.
--Eso no; yo creo que el Conde me ama; pero yo no le he amado nunca.
--Singular idea tienes del Conde, hermana. Créeme, hombres como él no
aman sin ser amados. El Conde te distingue, te aprecia, te halla linda y
agradable y discreta, y por eso habla contigo. Como es muy galante, te
hace doscientos mil elogios; pero de ahí al amor hay una distancia
infinita.
--¿Y quién te asegura que no ha salvado él esa distancia?--preguntó
Beatriz.
--Nadie me lo asegura--contestó Inés--; pero yo lo supongo. En todo
caso, lo mejor es que no te ame. ¿Habías tú de amarle?
--No.
--Pues entonces, ¿para qué querías esa víctima?
--Yo no quería... ni dejaba de querer... no se trataba aquí de lo que yo
quería, sino de lo que era. El Conde estaba asiduo conmigo, y yo, lo
confieso, me complacía en sus asiduidades. No le amaba; pero sentía una
satisfacción de amor propio en creerme amada por él. Esto me ha perdido.
--Vamos, hermana, tranquilízate. Nadie se pierde por tan poco. Si tu
marido tiene celos, con explicarle que no hay motivo para que los tenga,
estará todo terminado.
--¿Y cómo se lo explico? ¿Dónde podré verle? ¿No te he dicho que se fué
y no volverá más? Quizá se mate.
--Tales cosas me dices que empiezas a ponerme en cuidado, aunque no soy
de las que se ahogan en poca agua. Braulio es suspicaz y caviloso;
Braulio te adora; Braulio tiene de sí mismo, allá en el fondo del alma,
la noble estimación que debe tener; pero de sus prendas exteriores no
tiene buena idea. Su modestia en este punto traspasa los límites de la
humildad y raya en desconfianza. Aunque te adora, aunque ha creído
siempre en tu amor, opina en general poco favorablemente de las mujeres;
cree que el lujo, la brillantez, la elegancia y la alta posición nos
deslumbran.
--Y no cree mal. A mí me han deslumbrado, no para dejar de amar a
Braulio y amar a otro, sino para complacerme en otro amor sin pagarle.
--Mira, hermana, no es tiempo de recriminaciones. Si hiciste mal en
complacerte en ese supuesto amor, ya el arrepentimiento es tardío y
estéril. Busquemos remedio a tu ligereza. ¿Ha ido Paco a buscar a
Braulio?
--Ha ido.
--¿Y el Conde? El Conde es menester que también le busque. El Conde
puede y debe explicárselo todo, y negocio concluído.
--¿Y qué es lo que el Conde tiene que explicarle?
--Que te respeta, que te quiere muchísimo, que se deleita en hablar
contigo; pero que no te ama de amor, ni en ello ha pensado nunca.
--¿Y no mentiría el Conde al decir eso?
--No, hermana, ya es tiempo de declarártelo todo--. Aquí, Inesita, a
pesar de su serenidad, que varias veces hemos calificado de olímpica, se
puso roja como la grana--. Ya es tiempo de declarártelo todo--repitió--;
el Conde tiene relaciones conmigo.
Estas palabras cayeron y estallaron como una bomba dentro del corazón de
Beatriz. Malo y horrible era haber lastimado el alma de don Braulio por
la satisfacción de verse idolatrada, según ella suponía; pero era peor y
más horrible el haber motivado la tragedia por una vanidad sin
fundamento; por haberse engañado ella a sí misma, creando en su fantasía
una adoración y un amor que eran para otra mujer y no para ella.
Beatriz se mordió los labios de vergüenza y de despecho. Calló por un
momento; pero las palabras acudían a su boca pugnando por salir y no
pudo menos de exclamar al cabo:
--¡Has estado cruel y has sido traidora! He servido de pantalla. Me
habéis hecho el blanco de la maledicencia. Os habéis conducido de suerte
que todo Madrid me calumnia, que mi marido recibe anónimos delatándome,
y que tal vez muera de dolor o se mate. Debéis estar satisfechos de
vuestra obra.
--Bien sabe Dios--dijo Inés--que me duele en el alma de todo lo que te
pasa; pero ni el Conde ni yo tenemos la culpa. Tú y Braulio sois muy
extraños, cada cual a su manera; ambos os quebráis de sutiles, os pasáis
de listos y os excedéis en el imaginar. Aquí no ha habido propósito
deliberado de mi parte, ni de parte del Conde. Todo ha sido sencillo,
natural, impremeditado. Acuérdate bien de todo. Vimos al Conde en los
Jardines del Buen Retiro, y me excitaste a coquetear con él. ¿Es esto
cierto?
--Lo es.
--¿Es cierto que hasta me diste lecciones de coqueteo, con el fin...
pásame lo grosero de la expresión... más grosera es la idea... con el
fin de ver si lograba pescarle para marido?
--También es cierto; no lo puedo negar.
--¿No te respondí yo entonces que el Conde estaba prendado de ti y no de
mí, y no replicaste tú que la conquista debía hacerla yo y no tú?
--Todo es como dices.
--Pues bien, yo coqueteé siguiendo tu consejo, y todo te lo hubiera
confesado, si no hubiera advertido en seguida que iba a darte un
disgusto; si no hubiera advertido que, sin amar al Conde, te deleitabas
en verle o en creerle rendido a tus pies. En un principio había hasta un
motivo de delicadeza para no revelarte nada. Decirte que yo empezaba a
coquetear con el Conde hubiera sido excitarte a que desistieses de la
diversión de tenerle o de creer que le tenías enamorado y cautivo.
--Eso debiste hacer si hubieras sido franca y leal--dijo Beatriz.
--Difícil era hacerlo en un principio. Más tarde fué imposible. El mismo
Conde (¿qué quieres?, los hombres son fatuos) llegó a presumir que tú le
amabas, que tu amor era etéreo, purísimo, que estimabas a tu marido y
que jamás le ofenderías; pero, en fin, que angélica o seráficamente le
amabas. ¿Cómo desengañarte? Creyéndote él y yo en aquella disposición de
espíritu, nos movimos más al disimulo, el cual, te lo confieso, ha sido
extraordinario. Nos hablábamos poco, y nos escribíamos mucho. No
podíamos suponer que nuestro amor tuviese las consecuencias
desagradables que ha tenido. El Conde estimaba a Braulio. Braulio estaba
tan encantado del Conde, que no recelaba de él, y que no vivía sin él.
Braulio, que ha sido siempre tan hurón, buscaba al Conde y charlaba con
él y jamás tenía celos de que hablase contigo. ¿Quién hubiera podido
imaginar que los celos viniesen de repente, a deshora y cuando menos se
temían?
--Inés, Inés, tu falsía ha sido espantosa, y sólo comparable con tu
liviandad.
--Toda injuria que me dirijas ahora la llevaré con paciencia. Soy
culpada, muy culpada: pero te juro que jamás preví que pudieran haber
tenido mis culpas tan fatales consecuencias para ti. Quisiera yo
volverte la paz a costa de mi sangre. Quisiera morir para que tú y
Braulio fueseis dichosos. La maldad, el pecado de que me motejas, le
reconozco, le confieso, y estoy pronta a recibir por él el merecido
castigo. No voy, pues, a disculparme, sino a explicar mi conducta. Así
me comprenderás, aunque no me perdones. Seguí tu consejo y coqueteé con
el Conde, porque el Conde me enamoró. Fríamente, por cálculo, jamás
hubiera coqueteado con él. Indigna he sido; pero, según mi conciencia,
hubiera sido más indigna haciendo otra cosa que el mundo no reprueba,
sino aplaude; atrayendo con astucia al Conde, con persistencia
reflexiva, sin más pasión que el deseo de colocarme; esto es, de lograr
un título, quince mil duros de renta al año y una brillante posición.
Seré todo lo perversa que quieras, pero eso jamás lo hubiera yo hecho, y
eso era lo que, siguiendo la prudencia social, me aconsejabas tú. Pobre,
huérfana de un hidalgo lugareño arruinado, y cuñada de un triste
empleadillo en Hacienda, que casi me mantiene, mi orgullo se rebelaba
contra la idea de conquistar dinero, nombre preclaro y consideración en
el mundo, negociando con mi hermosura, por más que el matrimonio viniese
como a santificar luego mis cálculos, ruines. Te repito, pues, que seguí
tu consejo de coquetear, no por reflexión, sino por instinto; no con
estudio y cautela, sino ciegamente y poniendo en ello todo mi ser y toda
mi alma. Todavía, si el Conde hubiera sido pobre como yo, obscuro como
yo, menesteroso como yo, yo le hubiera dicho: cásate conmigo; pero
siendo quien es, me repugnaba decírselo. Decírselo, era como decirle:
porque te amo, dame diamantes y perlas, llévame en coche, haz que habite
en un hermoso hotel, coloca una corona de condesa sobre mi frente,
cómprame muebles bonitos, cuadros y estatuas; tenme criados que me
sirvan al pensamiento; proporcióname, en suma, cuantas elegancias y
comodidades trae el dinero consigo, y después obtendrás el goce y la
posesión de mi alma y de este amor vehemente que te profeso, por más que
esté refrenado y domesticado por la circunspección más severa. Yo no
quise, ni pude decir esto al Conde, y esto hubiera sido menester
decirle, aunque atenuado con rodeos y primores de estilo. Por no decirle
esto, porque me repugnaba decírselo, y porque le amaba, me he rendido
sin condiciones, le he abandonado mi alma y mi vida. Lo justo, lo
honrado, hubiera sido no coquetear con él, no atraerle, ni para
conquistar su mano con calculadora frialdad, ni para faltar como he
faltado.
--¡Desdichada!--exclamó Beatriz--. Aún no sabes las consecuencias
tremendas de tu falta. Braulio, por esa falta tuya, cree tener una
prueba evidente de la falta que en mí supone: ha visto al Conde, tres
noches ha...
--¡Dios mío!--dijo Inesita.
Toda su serenidad olímpica desapareció entonces al fin. Se cubrió el
rostro con las manos y rompió a llorar como una Magdalena.