XXI

--¿Qué tienes, hermana? ¿Por qué lloras?--preguntó Inesita con mucho

cariño apenas entró en el saloncito y vió a Beatriz tan afligida.

Como Beatriz no le contestase y siguiese llorando, Inesita se inclinó

sobre el sofá en que estaba echada Beatriz, y volvió a hacerle las

mismas preguntas, acompañadas de besos y caricias.

Beatriz no pudo ya resistirse; sentía además necesidad de desahogar su

corazón, e incorporándose y teniendo a Inés a su lado, dijo con un

suspiro:

--¡Qué desgraciada soy, Inés!

--¿Qué sucede?--interrumpió ésta.

--Que por mi culpa Braulio está celoso y se ha ido de casa y puede que

no vuelva más.

--¿Y de quién tiene celos?

--Tiene celos del Conde de Alhedín.

--¡Vaya un desatino!--dijo Inesita--. Pues qué, ¿no ve claro que el

Conde no tiene por ti mas que mera amistad?

--Eso no--dijo candorosamente Beatriz, la cual, en medio de todo, amando

a don Braulio, llena de sobresalto por él, y arrepentida de su intimidad

con el Conde, no podía conformarse con que el Conde no estuviese

enamorado de ella.

--Eso no; yo creo que el Conde me ama; pero yo no le he amado nunca.

--Singular idea tienes del Conde, hermana. Créeme, hombres como él no

aman sin ser amados. El Conde te distingue, te aprecia, te halla linda y

agradable y discreta, y por eso habla contigo. Como es muy galante, te

hace doscientos mil elogios; pero de ahí al amor hay una distancia

infinita.

--¿Y quién te asegura que no ha salvado él esa distancia?--preguntó

Beatriz.

--Nadie me lo asegura--contestó Inés--; pero yo lo supongo. En todo

caso, lo mejor es que no te ame. ¿Habías tú de amarle?

--No.

--Pues entonces, ¿para qué querías esa víctima?

--Yo no quería... ni dejaba de querer... no se trataba aquí de lo que yo

quería, sino de lo que era. El Conde estaba asiduo conmigo, y yo, lo

confieso, me complacía en sus asiduidades. No le amaba; pero sentía una

satisfacción de amor propio en creerme amada por él. Esto me ha perdido.

--Vamos, hermana, tranquilízate. Nadie se pierde por tan poco. Si tu

marido tiene celos, con explicarle que no hay motivo para que los tenga,

estará todo terminado.

--¿Y cómo se lo explico? ¿Dónde podré verle? ¿No te he dicho que se fué

y no volverá más? Quizá se mate.

--Tales cosas me dices que empiezas a ponerme en cuidado, aunque no soy

de las que se ahogan en poca agua. Braulio es suspicaz y caviloso;

Braulio te adora; Braulio tiene de sí mismo, allá en el fondo del alma,

la noble estimación que debe tener; pero de sus prendas exteriores no

tiene buena idea. Su modestia en este punto traspasa los límites de la

humildad y raya en desconfianza. Aunque te adora, aunque ha creído

siempre en tu amor, opina en general poco favorablemente de las mujeres;

cree que el lujo, la brillantez, la elegancia y la alta posición nos

deslumbran.

--Y no cree mal. A mí me han deslumbrado, no para dejar de amar a

Braulio y amar a otro, sino para complacerme en otro amor sin pagarle.

--Mira, hermana, no es tiempo de recriminaciones. Si hiciste mal en

complacerte en ese supuesto amor, ya el arrepentimiento es tardío y

estéril. Busquemos remedio a tu ligereza. ¿Ha ido Paco a buscar a

Braulio?

--Ha ido.

--¿Y el Conde? El Conde es menester que también le busque. El Conde

puede y debe explicárselo todo, y negocio concluído.

--¿Y qué es lo que el Conde tiene que explicarle?

--Que te respeta, que te quiere muchísimo, que se deleita en hablar

contigo; pero que no te ama de amor, ni en ello ha pensado nunca.

--¿Y no mentiría el Conde al decir eso?

--No, hermana, ya es tiempo de declarártelo todo--. Aquí, Inesita, a

pesar de su serenidad, que varias veces hemos calificado de olímpica, se

puso roja como la grana--. Ya es tiempo de declarártelo todo--repitió--;

el Conde tiene relaciones conmigo.

Estas palabras cayeron y estallaron como una bomba dentro del corazón de

Beatriz. Malo y horrible era haber lastimado el alma de don Braulio por

la satisfacción de verse idolatrada, según ella suponía; pero era peor y

más horrible el haber motivado la tragedia por una vanidad sin

fundamento; por haberse engañado ella a sí misma, creando en su fantasía

una adoración y un amor que eran para otra mujer y no para ella.

Beatriz se mordió los labios de vergüenza y de despecho. Calló por un

momento; pero las palabras acudían a su boca pugnando por salir y no

pudo menos de exclamar al cabo:

--¡Has estado cruel y has sido traidora! He servido de pantalla. Me

habéis hecho el blanco de la maledicencia. Os habéis conducido de suerte

que todo Madrid me calumnia, que mi marido recibe anónimos delatándome,

y que tal vez muera de dolor o se mate. Debéis estar satisfechos de

vuestra obra.

--Bien sabe Dios--dijo Inés--que me duele en el alma de todo lo que te

pasa; pero ni el Conde ni yo tenemos la culpa. Tú y Braulio sois muy

extraños, cada cual a su manera; ambos os quebráis de sutiles, os pasáis

de listos y os excedéis en el imaginar. Aquí no ha habido propósito

deliberado de mi parte, ni de parte del Conde. Todo ha sido sencillo,

natural, impremeditado. Acuérdate bien de todo. Vimos al Conde en los

Jardines del Buen Retiro, y me excitaste a coquetear con él. ¿Es esto

cierto?

--Lo es.

--¿Es cierto que hasta me diste lecciones de coqueteo, con el fin...

pásame lo grosero de la expresión... más grosera es la idea... con el

fin de ver si lograba pescarle para marido?

--También es cierto; no lo puedo negar.

--¿No te respondí yo entonces que el Conde estaba prendado de ti y no de

mí, y no replicaste tú que la conquista debía hacerla yo y no tú?

--Todo es como dices.

--Pues bien, yo coqueteé siguiendo tu consejo, y todo te lo hubiera

confesado, si no hubiera advertido en seguida que iba a darte un

disgusto; si no hubiera advertido que, sin amar al Conde, te deleitabas

en verle o en creerle rendido a tus pies. En un principio había hasta un

motivo de delicadeza para no revelarte nada. Decirte que yo empezaba a

coquetear con el Conde hubiera sido excitarte a que desistieses de la

diversión de tenerle o de creer que le tenías enamorado y cautivo.

--Eso debiste hacer si hubieras sido franca y leal--dijo Beatriz.

--Difícil era hacerlo en un principio. Más tarde fué imposible. El mismo

Conde (¿qué quieres?, los hombres son fatuos) llegó a presumir que tú le

amabas, que tu amor era etéreo, purísimo, que estimabas a tu marido y

que jamás le ofenderías; pero, en fin, que angélica o seráficamente le

amabas. ¿Cómo desengañarte? Creyéndote él y yo en aquella disposición de

espíritu, nos movimos más al disimulo, el cual, te lo confieso, ha sido

extraordinario. Nos hablábamos poco, y nos escribíamos mucho. No

podíamos suponer que nuestro amor tuviese las consecuencias

desagradables que ha tenido. El Conde estimaba a Braulio. Braulio estaba

tan encantado del Conde, que no recelaba de él, y que no vivía sin él.

Braulio, que ha sido siempre tan hurón, buscaba al Conde y charlaba con

él y jamás tenía celos de que hablase contigo. ¿Quién hubiera podido

imaginar que los celos viniesen de repente, a deshora y cuando menos se

temían?

--Inés, Inés, tu falsía ha sido espantosa, y sólo comparable con tu

liviandad.

--Toda injuria que me dirijas ahora la llevaré con paciencia. Soy

culpada, muy culpada: pero te juro que jamás preví que pudieran haber

tenido mis culpas tan fatales consecuencias para ti. Quisiera yo

volverte la paz a costa de mi sangre. Quisiera morir para que tú y

Braulio fueseis dichosos. La maldad, el pecado de que me motejas, le

reconozco, le confieso, y estoy pronta a recibir por él el merecido

castigo. No voy, pues, a disculparme, sino a explicar mi conducta. Así

me comprenderás, aunque no me perdones. Seguí tu consejo y coqueteé con

el Conde, porque el Conde me enamoró. Fríamente, por cálculo, jamás

hubiera coqueteado con él. Indigna he sido; pero, según mi conciencia,

hubiera sido más indigna haciendo otra cosa que el mundo no reprueba,

sino aplaude; atrayendo con astucia al Conde, con persistencia

reflexiva, sin más pasión que el deseo de colocarme; esto es, de lograr

un título, quince mil duros de renta al año y una brillante posición.

Seré todo lo perversa que quieras, pero eso jamás lo hubiera yo hecho, y

eso era lo que, siguiendo la prudencia social, me aconsejabas tú. Pobre,

huérfana de un hidalgo lugareño arruinado, y cuñada de un triste

empleadillo en Hacienda, que casi me mantiene, mi orgullo se rebelaba

contra la idea de conquistar dinero, nombre preclaro y consideración en

el mundo, negociando con mi hermosura, por más que el matrimonio viniese

como a santificar luego mis cálculos, ruines. Te repito, pues, que seguí

tu consejo de coquetear, no por reflexión, sino por instinto; no con

estudio y cautela, sino ciegamente y poniendo en ello todo mi ser y toda

mi alma. Todavía, si el Conde hubiera sido pobre como yo, obscuro como

yo, menesteroso como yo, yo le hubiera dicho: cásate conmigo; pero

siendo quien es, me repugnaba decírselo. Decírselo, era como decirle:

porque te amo, dame diamantes y perlas, llévame en coche, haz que habite

en un hermoso hotel, coloca una corona de condesa sobre mi frente,

cómprame muebles bonitos, cuadros y estatuas; tenme criados que me

sirvan al pensamiento; proporcióname, en suma, cuantas elegancias y

comodidades trae el dinero consigo, y después obtendrás el goce y la

posesión de mi alma y de este amor vehemente que te profeso, por más que

esté refrenado y domesticado por la circunspección más severa. Yo no

quise, ni pude decir esto al Conde, y esto hubiera sido menester

decirle, aunque atenuado con rodeos y primores de estilo. Por no decirle

esto, porque me repugnaba decírselo, y porque le amaba, me he rendido

sin condiciones, le he abandonado mi alma y mi vida. Lo justo, lo

honrado, hubiera sido no coquetear con él, no atraerle, ni para

conquistar su mano con calculadora frialdad, ni para faltar como he

faltado.

--¡Desdichada!--exclamó Beatriz--. Aún no sabes las consecuencias

tremendas de tu falta. Braulio, por esa falta tuya, cree tener una

prueba evidente de la falta que en mí supone: ha visto al Conde, tres

noches ha...

--¡Dios mío!--dijo Inesita.

Toda su serenidad olímpica desapareció entonces al fin. Se cubrió el

rostro con las manos y rompió a llorar como una Magdalena.

Pasarse de listo · 第 22 / 24 题