Pero si, por el contrario, así el designio del autor como la afición del

espectador se alimentan de baja voluptuosidad y deleitación morosa,

entonces la obra es por lo menos sucia, pornográfica, y siempre vitanda,

execrable. Si verdadero es aquel fenómeno psicológico mediante el cual

el horror experimentado por la imaginación y la ejemplaridad que el

entendimiento deduce de este horror engendran en la voluntad motivos

inhibitorios a la manera de normas de conducta que luego impiden en la

realidad la comisión de aquellos mismos actos horribles, vividos ya y

escarmentados de antemano imaginariamente, no menos verdadero es otro

fenómeno psicológico semejante, a saber, que las imágenes horrendas,

crueles o nada más que torpes, por sí solas y desamparadas de toda

interpretación del entendimiento, lejos de apartar la voluntad del

objeto de ellas y sugerir repulsión, van poco a poco creando el hábito,

la idea fija, infundiendo la obsesión, que por último impele fatalmente

a la voluntad a convertirlas en realidades efectivas, de realidades

imaginarias que eran, señaladamente a la voluntad débil. Tales son los

frutos de ciertas obras artísticas. ¿Cabe admitir o justificar estas

obras porque son artísticas? Esta cuestión merece algún examen.

¿Cabe admitir o justificar ciertas obras, éticamente repulsivas, so

pretexto de que son obras de arte? Este es ya pleito viejo. La mayoría

de las opiniones se ha inclinado siempre por la respuesta negativa. Los

menos propugnan la autonomía del arte, una especie de fuero exento

estético, totalmente manumitido de los imperativos morales. Huelga

añadir que estos escasos propugnadores son artistas, o que por tales a

sí propios se reputan. La teoría que ha sustentado la escisión entre la

ética y la estética se acostumbra denominar «del arte por el arte». De

esta teoría derivó, a fines del pasado siglo, una escuela, llamada

«esteticismo»; uno de sus más señalados corifeos fué Oscar Wilde.

Y así tenemos tres categorías de arte: el arte popular, para todo el

mundo, arte sometido a la moral; el arte artístico--valga la

redundancia--, que consiste en una especie de habilidad sólo

justipreciable por aquellas personas que en alguna medida la poseen,

esto es, artistas y deleitantes; arte, si independiente de la moral, no

por eso en contradicción con ella; y el arte exquisito o esteticista,

más difícil todavía de apreciar que el arte artístico, arte para unos

pocos seres superiores, arte no ya indiferente sino enemigo de la moral.

El arte popular es trasunto y reflejo de la vida, pero con ciertas

restricciones. En primer término, no reproduce pasivamente la vida, ni

toda la vida a la manera como se nos ofrece en el curso monótono de los

días, sino que selecciona ciertos elementos significativos, los funde,

y, a la postre, infunde un sentido evidente a esta obra de síntesis;

sentido que en la vida misma acaso no habíamos echado de ver. En segundo

término, este sentido de la obra de arte popular se caracteriza por ser

de naturaleza ejemplar, ética, conforme a los dictados de moral

universalmente admitidos. (Entendemos por arte popular así el que por

manera anónima nace del pueblo, como aquel otro, más copioso, que,

aunque creado por un artista conocido, aspira a ser un fenómeno social y

va enderezado a la muchedumbre, al pueblo.)

El arte artístico pretende ser trasunto de la vida, tanto de la vida

externa como de la vida interior del artista; pero trasunto pasivo,

impersonal, objetivo, fiel, sin cuidarse de seleccionar elementos

estéticos ni de perseguir en la obra propósitos ejemplares. Lo esencial

en el arte artístico es la habilidad--espiritual y técnica--para

percibir con exactitud las cosas y los hechos de la vida y expresarlos

con precisión. Para el arte por el arte, los actos morales o inmorales

son, indistintamente, como los actos de valor o de cobardía, como el

amor o el odio, parte de la vida, temas artísticos. ¿Se cometen en la

vida actos inmorales? Si se cometen, ¿por qué no se ha de estrechar una

obra de arte a reproducirlos impersonalmente? ¿Dejará por eso de ser

obra de arte, si acredita aquellas cualidades esenciales de percepción y

expresión imprescindibles en la obra de arte?

Aparte de que el arte artístico alcance mayor o menor popularidad, que

puede alcanzar mucha, se supone que el artista o creador se ha propuesto

realizar ante todo obra artística pura, bien que por añadidura descubra

que además está realizando obra social.

Al pasar del arte artístico al esteticismo, ya nos hallamos en terreno

difícil. El esteticismo no admite otro fin artístico sino la creación de

la belleza. El arte popular selecciona los elementos significativos de

la vida, los más inteligibles. El arte artístico recibe como tema o

asunto todos los elementos de la vida y de la realidad, por ser materia

viva y real. El esteticismo sostiene que la vida, en sí misma, no es

sino fealdad y torpeza. Al arte compete inventar la belleza. La vida,

para ser vivible y tolerable, debe estetizarse, asumir en la conducta

diaria aquellas normas de belleza y exquisitez con que el arte la

provee. En el esteticismo vemos trocados los términos usuales de las

otras dos categorías de arte. Así el arte popular como el artístico se

supone que provienen, por imitación, de la vida. Pero en el

esteticismo, la vida debe provenir, por imitación, del arte, nada más

que del arte. Ahora bien: como quiera que el esteticismo no se ajusta a

otro patrón que el de la belleza, y, por otra parte, el esteticismo no

se esfuerza en especular y definir teóricamente la belleza, sino que

para los efectos prácticos da por sabido e indubitado que es bello todo

lo exaltado o sutil, todo lo que no es acostumbrado, todo lo que está

por fuera del nivel usadero, sea para bien, sea para mal; en general,

todo lo que proporciona un intenso placer, ya intelectual, ya sensual

(Salomé se supone que es una figura bella sólo a causa de su rara

perversidad), y nada de lo atañedero a la vida normal humana es bello

para el esteticismo; así resulta que la mayoría de las obras de arte

exquisito contradicen flagrante y escandalosamente, no ya los usos

éticos y sociales, sino, además, el mismo fundamento de la moral; y esto

no por caso, sino de propósito.

El arte popular sigue los derroteros de la moral, bien que en ocasiones

el artista, animado de puro celo social y amor del mejoramiento humano,

parezca oponerse a ciertas ideas morales--en rigor, inmorales--de sus

contemporáneos (por ejemplo, Tolstoy). El arte artístico, si no va del

brazo de la moral, tampoco se enfrenta con ella, ni la contradice. Cabe

aquí decir que la obra de arte, aunque su contenido esté compuesto de

acciones calificadas de inmorales en la vida, no es moral ni inmoral,

puesto que el artista no buscó sino dar artísticamente la sensación de

la vida misma. Y aun podría añadirse que si el artista acertó a

mantenerse impersonal en todo punto, sin incurrir en deleitación inmoral

de simpatía o admiración por el acto inmoral, habiendo sabido penetrar

en los motivos fatales de los actos reprobables, entonces, la obra de

arte, aunque de traza inmoral, es verdaderamente moral, puesto que,

resolviendo el instinto pecaminoso en conocimiento liberador, cumple en

aquel elevado menester del arte trágico, generador de la piedad,

expurgador de pasiones, extirpador de sombríos estímulos de conciencia.

¿Cabe semejante excusa en una obra de esas que arbitrariamente son

consideradas como exquisitas? Su problemática exquisitez, ¿las limpia de

pecado? ¿Será lícito establecer para ellas la distinción e independencia

entre la moral y el arte? Claro está que no, puesto que la estética

esteticista no establece esa distinción e independencia, sino que, por

el contrario, se ha constituído en madrina de lo inmoral cuando lo

juzga bello, y, lejos de mantenerse en este límite, defiende que ciertas

formas de inmoralidad, celebradas artísticamente, se trasladen a la vida

real, a fin de amenizarla y embellecerla. Adviértase la diferencia entre

lo inmoral como tema artístico en el arte por el arte y en el arte

esteticista. En el arte por el arte, lo inmoral no interviene por razón

de su linaje inmoral, sino como uno de tantos motivos extraídos del

innúmero repertorio de la vida; en tanto, en el arte esteticista lo

inmoral se impone por virtud de una selección y por razón de su belleza;

con que se asienta una jerarquía de superioridad a favor de ciertas

acciones inmorales con daño de otras acciones morales. Es decir, que

ciertas obras de arte esteticista son deliberadamente inmorales.

¿Y eso qué importa?, objetará alguno. ¿Es su inmoralidad impedimento

para que alcancen el mismo punto de mérito artístico que otras obras

acomodadas a la moral corriente? Procedamos con parsimonia en la

respuesta.

¿Eso qué importa?, pregunta un exquisito. Y otro, que no es exquisito,

replica: A usted, que no se sirve en la vida sino de un valor, el arte,

no le importará; a mí, que poseo una compleja serie de valores, en lugar

de uno solo, y que cotizo tan por alto la moral como el arte, sí me

importa. La casi totalidad de los hombres computan y cotizan tan por

alto, si no más, la moral como el arte. Luego un arte que

voluntariamente se ajena de la humanidad casi entera, y de esta suerte

renuncia a ejercer un ministerio artístico sobre la sociedad, adolece de

cierta insensatez radical.

¿Es la inmoralidad impedimento de la excelencia artística? Sin duda. Los

profesionales del arte y algunos aficionados, quizás a causa de

encerrarse demasiadamente en el cultivo o estudio de un arte

determinado, suelen incurrir en una aberración de aprecio que a la

postre redunda en un error de concepto. Consiste en preterir, y

últimamente en ignorar, uno de los elementos--el de mayor

importancia--del arte. Estos son dos: el contenido y la técnica, ya se

llame este último forma, estilo o factura. Por el contenido, el arte es

un fenómeno humano. Por la factura, es una actividad profesional. Los

artistas, como profesionales, caen, harto frecuentemente, en el vicio de

juzgar las obras de arte por la factura, figurándose que la factura es

todo el arte, cuando no es sino un elemento, supeditado al contenido,

pues por sí nada vale. Ocurre que se encomia de artística una obra a

causa de su factura. Pero si carece de contenido, que es por donde el

arte se inserta en la naturaleza humana, o su contenido repugna a la

naturaleza humana, esta obra, aun cuando algunos profesionales la tengan

en estima, a causa de la habilidad

o novedad de su factura, no es una

obra de arte. Y así, la inmoralidad

deliberada se erige

como impedimento

de la excelencia

artística.

[Nota: _TEATRO DE JUSTICIAS Y LADRONES_]

COMPARADA EN cantidad y volumen, la obra de Shakespeare

con la de Lope de Vega, resulta algo así como un grano de pimienta al

lado de una poderosa sandía. Pero si la comparación se aplica a la

calidad, el teatro del versátil, elocuente y amoroso Lope cede no pocos

grados en jerarquía al teatro del dulce, jovial y temible William. Y

tanto vale, para el caso, decir teatro de Lope y teatro de Shakespeare,

como teatro español y teatro inglés. En Lope y en Shakespeare están

cabalmente representadas las respectivas dramaturgias nacionales, con

sus virtudes y flaquezas. Lope persiguió en sus obras la _amenidad_;

Shakespeare, la _humanidad_. La materia dramática de las obras de Lope

son los _sucesos_; la de Shakespeare, las _acciones_. Lope fué «monstruo

de la naturaleza»; esto es, él mismo, más que sus propias obras, fué

producto prodigioso de la naturaleza. Las obras de Shakespeare son ellas

mismas como obras de naturaleza. Según esto, la obra de Lope es quizás

un vasto museo, un microcosmos; pero la de Shakespeare es el cosmos. Las

obras de Shakespeare son patrones o normas insuperables: se deben

seguir e imitar, pero no es dable aventajarlas. Quienes en él osaron

poner mano, salieron mohinos de la empresa. A Lope, en los mismos

géneros y aun con los mismos temas, sobrepujaron en perfección otros

autores españoles: Calderón, Moreto, Rojas, Alarcón. En esto reside

justamente el valor de Lope, en haber desflorado todos los géneros y en

haber roturado, aunque a veces corto trecho, todos los caminos, algunos

de ellos que todavía pisamos los hombres de hoy.

Uno de los géneros teatrales predilectos de nuestro público

contemporáneo es la comedia de bandidos y policías, de justicias y

ladrones. Si investigamos los orígenes de este género tropezamos, desde

luego, con Lope de Vega. Escribió Lope algunas comedias de bandoleros.

¿Cómo trató nuestro autor este escabroso asunto? Nada mejor, para

averiguarlo, que separar una de sus comedias y seguirla paso a paso.

Hemos elegido una, titulada _Antonio Roca_. Lope tomó pie de la realidad

para su comedia. Antonio Roca fué, en efecto, un feroz bandido catalán

de mediados del siglo XVI. Además, era clérigo: pintoresco contraste.

Lope nos presenta al protagonista, en la iniciación de la primera

jornada, acabando de ordenarse de Epístola. Hablan Roca y su amigo

Feliciano, vestidos de clérigos, y les acompaña Mendrugo, criado de

Roca, de capigorrón. Excusado es añadir que Mendrugo hace el papel de

gracioso y que se esforzará en movernos a risa con sus estupideces y

salidas de tono. Estamos en Lérida. Nos informamos que Roca se ha

ordenado con cierta premura, por consejo de Feliciano, que es muy

piadoso y va a adoptar, de un momento a otro, el hábito de San

Francisco, en Tarragona. Feliciano comunica a Roca, de parte del señor

obispo:

que reformes el cabello

y que no pase del cuello.

Y añade que, en cortándoselo, vaya a Barcelona a visitar a sus padres.

Barcelona, Tarragona, Lérida... La obra no puede tener más sabor

regional.

¿A qué ha obedecido el precipitado consejo de Feliciano? Aludimos al de

tomar las órdenes, no al de cortarse el cabello. El mismo nos lo dice:

Ordenarte

con tanta aceleración

fué, Antonio a mi persuasión,

recelando que a inquietarte

viniese, si lo sabía,

Laura, que estabas muy ciego.

Antonio no niega que la quería y tenía intento de desposarla. Interviene

Mendrugo:

Ya en Lérida la tuvieras,

a saber, cuando partiste,

el intento que trujiste

y quizá no consiguieras

tan presto haberte ordenado.

Pasa el señor obispo. Retírase Feliciano a hablarle. Quedan solos

Antonio y su fámulo. Y he aquí que aparece Laura, seguida de su criada

Juana. Natural sorpresa de Antonio. Escena de recriminaciones. Nos

enteramos que Laura es viuda y que Antonio ha gozado de sus más

recónditas mercedes:

Y después que tus fuerzas

consiguieron obligarme

y entrada te di en mi casa...

No cabe duda. Y luego:

¿Era necesario, infame,

el desordenarme a mí

para que tú te ordenases?

Mas ya la cosa no tiene remedio. Antonio responde con razones mesuradas

y humildes. Sale Feliciano y se le encara Laura, achacándole la culpa de

todo:

Más quisiera, ¡vive el cielo!,

para que me aconsejase

un salteador entendido

que un virtuoso ignorante.

Sabia máxima, que debiera entenderse igualmente en cuanto atañe a la

gobernación de los pueblos. Vase Laura, después de amenazar a Roca con

el escándalo. Llega un correo de a pie con una epístola para Antonio.

Viene de su madre, que le requiere al punto en Barcelona, porque «un

caballero traidor me ha muerto a tu padre». Mendrugo, aparte, supone que

el matador ha sido el barón Alverino, que cortejaba a la señora. Y para

cohonestar--si es lícito aquí el uso de este verbo--que la atribulada

dama sea madre de su amo, y al propio tiempo posea incentivo con que

encalabrinar de tal suerte cortejadores, dice Mendrugo en voz alta,

dirigiéndose a Antonio:

Trece años tenía, cuando

te parió, y aun no cabales.

Extraña precocidad la de las catalanas de entonces. Roca y Mendrugo

vanse por la posta.

Ya estamos en Barcelona. Escena entre el Virrey y el Justicia. El Virrey

es un caballero y pide que se aplique rectamente la ley al barón. Pero

el Justicia es un galopín y lagarto como él solo. Se ve que le han

untado la mano y que al barón no le pasará nada. Mal ejemplo de justicia

catalana.

Otra escena. Antonio y su madre. Julia. La madre pide al hijo venganza,

con elevado acento. Refiere cómo el barón Alverino,

al sol de mi honor opuso

sombras de torpes deseos,

cómo la perseguía sin tregua y, de industria con una mala amiga, había

querido forzarla, trance de donde por milagro libró, no sin haber

recibido en el rostro una bofetada del barón; y cómo, por último, entre

el barón y dos criados le mataron al marido. Roca responde paciente y

resignado, como buen cristiano y buen sacerdote. Julia exclama:

Cierra los labios.

¿Esto engendró Pedro Roca?

¿En mi rostro un bofetón

y un padre muerto a traición,

cobarde, no te provoca?

Éntrase furiosa la madre, y a poco vuelve a salir con espada y daga,

determinada en vengarse por su cuenta. Aquí Roca pierde los estribos, y

no es para menos:

Dadme esa daga y espada,

que a matar estoy dispuesto,

donde estuviere, al barón.

Replica Julia:

De gozo no estoy en mí

Los brazos y el corazón

toma.

Antonio pregunta en qué prisión se halla el asesino.

_Julia_ La Atarazana; mas no es

prisión, pues están abiertas

siempre de día las puertas.

Mas la salida después

será difícil.

_Antonio_ En dando

muerte al infame homicida

yo buscaré la salida

o, al fin, moriré matando.

Cuando se piensa que este mismo hombre se ha ordenado de epístola no ha

mucho, y, enfervorizado de religioso sentimiento rompió las deleitosas

ligaduras de la carne y rehuyó los señuelos del mundo, a fin de

consagrar su vida entera a Dios, fuerza es considerar con maravilla de

qué insospechados accidentes pende la voluntad y con ella el futuro de

los mortales. Hace un instante, no más que un breve instante, el

porvenir de Antonio estaba en suspenso impelido de contrarias fuerzas,

unas interiores, exteriores las otras; la _Vocación_ frente al

_Destino_, la _Libertad_ frente a la _Predestinación_. Venció lo de

fuera a lo de dentro. De aquí en adelante, el porvenir de Antonio estará

a merced de las circunstancias. Cuanta más violencia lleva la pelota,

tanto más rebota sobre el muro. ¡Pobre Antonio! Apercíbete, triste

clérigo, a darte de calabazadas contra la negra y dura pared que llaman

_Destino_.

El Justicia dijo

al barón que no se prueba

nada, y que de aquí a dos días

le dará su casa mesma

por cárcel.

Así habla uno de los guardas, a las puertas, abiertas de par en par, de

Atarazana. Llega Antonio, animado de cólera funesta. Pregunta cuál es el

barón. «El que está de espaldas»--responde otro de los guardas--. «Buena

es la ocasión»--murmura entre sí Antonio--. «Y los dos sus

criados»--prosigue el guarda--. «No me pesa»--murmura Antonio--. Penetra

en la cárcel, y, en menos que se santigua un cura loco, que no otra cosa

es ahora Antonio, los mata a los tres. Acude el alcaide a prenderle y

mata al alcaide. (Ya van cuatro.) Ábrese paso hasta la calle. Síguenle.

La gente se arremolina. Ya llega la Justicia, gritando: «¡Matadle!» A lo

cual, Antonio comenta sarcástico: «No es tan fácil como piensa.» Antonio

ya es otro hombre. Se le revela una cualidad que hasta ahora nos era

desconocida: la agudeza maliciosa.

El alboroto atrae al Virrey. El Justicia, fuera de sí, le da nuevas de

lo ocurrido. El Virrey, después de culpar al Justicia por haber dejado

desguarnecida la cárcel, dice:

Permisión del cielo es,

sobre ultrajar a su madre,

si tres mataron al padre

que el hijo mate a los tres.

Pase, pero «¿y la muerte del alcaide?»--objeta con cierto buen sentido

el Justicia. Y el Virrey:

Si ya se halló

perdido, de cualquier modo

bien hizo en querer salir,

que siendo fuerza morir,

lo mismo es morir por todo.

Entra un guarda, a quien se le escapa esta frase de admiración y

entusiasmo: «¡Raro valor!» El nombre de Antonio Roca comienza a ser

acariciado por el aura de la simpatía popular. El guardia relata que

Antonio ha muerto a cinco hombres más (y ya van nueve) y ha herido a

tres muy mal, según le perseguían. De huída robó un niño que estaba a la

puerta de una casa principal, y con él en brazos fué a encerrarse, de

acogida, en una vieja torre de iglesia. El Justicia ya lo da todo por

resuelto; o se entrega Antonio, o le dejarán morir de hambre. Pero el

Virrey no lo ve tan claro, a causa del niño, «porque no ha de perecer

un ángel».

_Justicia_ _Con ese intento_

sin duda se lo llevó.

_Virrey_ De que tan en sí estuviese,

que ese riesgo previniese,

es lo que me admiro yo.

Y luego, el Virrey, rezonga aparte:

(Si yo Virrey no me viera,

¡vive Dios!, que le pusiera

en salvo, por valeroso.)

Preséntase la madre del niño, llorosa, y al brazo un canasto de

mantenimiento, porque su hijo no pase necesidad. El Virrey le da palabra

de no sitiar por hambre a los de la torre. En esto, asómase en lo alto

de la torre Antonio, y, en un aparte, comunica que le aflige la sed. Sí,

después de todo, debe de tener seca la boca. El Justicia niega el agua.

Antonio asoma el niño, el cual grita: «¡Agua, agua!» La madre suspira:

«¡Ay hijo de mi alma!» El niño pide, además, de comer. El Virrey ordena

que se lo den. El Justicia, aparte: «No estoy en mí de furor.» Antonio

inculpa de lo ocurrido al Justicia y repite que así pasó: «Por no hacer

justicia vos.» La simpatía popular hacia Antonio va dilatándose y

robusteciéndose.

A todo esto, Laura ha llegado a Barcelona, y, de acuerdo con los padres

del niño, urde el escape de Antonio, el cual descuelga desde lo alto de

la torre una cuerda, en donde atan la cesta de los mantenimientos, no

sin haber metido en ella, de matute, una pistola y una carta con

instrucciones. Por la carta viene Antonio en conocimiento de que en el

puerto le aguarda, aparejado, un navío. A la noche, Antonio logra

libertad. Al evadirse, mata a otro hombre. (Y ya van diez.)

Jornada segunda. Después de unas escenillas superfluas, nos trasladamos

a bordo del navío. Antonio habla a solas:

Yerro ha sido fiarme

del capitán que, aunque ofreció ampararme,

el verle disgustado

me tiene receloso y asustado.

* * * * *

¡Malhaya el hombre que en el hombre fía!

No era baldía la escama de Antonio. El capitán del navío viene a

prenderle. Antonio se lo afea:

Un caballero

español y capitán,

¿quiere entregarme a la muerte,

prometiéndome amparar

hasta dejarme seguro

en Nápoles?

Antonio se resiste a entregarse. El capitán requiere al alférez y

soldados a que le prendan o le maten; pero el alférez se niega. No

quiere cumplir en menesteres policíacos:

Venablo me dió el rey

sólo para pelear

con sus enemigos.

Y luego:

General de las galeras

es don Alvaro Bazán.

Él me dió vuestra bandera

y, aunque sois mi capitán,

solamente obedeceros

me toca en lo militar.

¡Lo que va de ayer a hoy! Aprovechando la discordia, Antonio se arroja

al mar.

Cambio de decoración. Despoblado. Una casuca. Antonio, mojado. El húmedo

prófugo llama a la puerta. En la casa no hay sino una temerosa mujer y

un difunto. La mujer, por miedo del difunto, alberga a Antonio en el

fúnebre aposento. Quedan en íntima compaña el clérigo criminal y el

difunto. Habla el clérigo:

Señor difunto, preciso

es que nos acomodemos

en esa cama los dos,

que ni es razón que viniendo

yo tan mojado y molido,

me eche a dormir en el suelo,

ni arrojarle de su cama

tampoco fuera bien hecho.

Hágase a un lado, y perdone.

Mas, ¡ay!, que agora me acuerdo

de que ayer y hoy mis desdichas

me han olvidado del rezo

a que por la Orden sacra

estoy obligado.

Abre el breviario: _Domine labia mea aperies_. Mas ¿qué es esto? Óyese

ruido. La mujer, que conoce a Roca ya por fama, y desea ampararlo, le

advierte que cuatro hombres armados vienen a prenderlo. Antonio,

inmutable, responde:

Vuelve y diles que durmiendo

estoy; pero no les digas

que hay en aqueste aposento

difunto.

Tapa al difunto y métese debajo de la cama. Precipítanse los cuatro a

apuñalar al que yace en el lecho, tomándolo por Antonio. Danle por

muerto, y siéntanse en el suelo a celebrar la hazaña, dejando las

carabinas no lejos de la cama. Antonio las va retirando con tiento.

Preséntase entonces armado y fuerza la salida, matando de paso a uno.

(¿Cuántos van?) Ya está Antonio nuevamente en campo abierto. Da con

Laura, Juana y Mendrugo, que venían en su busca, y todos juntos toman la

derrota de Francia. Pero, no han caminado gran trecho, cuando les

atajan el paso unos bandoleros, que les piden vestidos, armas, ropa,

alhajas y dinero, amén de:

ese par de taifas,

porque de verdad las hemos

menester, y no pedimos

mucho.

«No habéis pedido mucho--vocifera Antonio--, porque yo os voy a pedir,

además, la vida, si no os valen los pies. Luchan.» Los bandoleros

reconocen a Roca, se rinden y le aclaman por capitán. Antonio acepta.

Hace el panegírico del bandolerismo en una larga tirada de versos. Los

grandes reinos, ¿cómo se hicieron? Por el bandidaje y el robo. Los

monarcas famosos, ¿qué fueron? Ladrones. En este punto hay en la comedia

una indicación para los cómicos: _Desnudándose el brazo, pica con el

puñal una vejiga y va saliendo la sangre, de que ha de estar llena, que

será clarete._ Antonio quiere que sellen todos el pacto, bebiendo de su

sangre, a la usanza de los lacedemonios.

Los otros sienten terror y repugnancia; pero concluyen bebiendo el

clarete. Da fin la segunda jornada con los versos siguientes:

_Todos_ ¡Viva Antonio Roca,

heroico caudillo nuestro!

_Antonio_ Pues mi estrella lo ha querido,

seguir su influjo pretendo,

guardando mi vida a costa

de muchas, ¡viven los cielos!

Esto nos hace recordar _El Tenorio_.

Las máscaras, vol. 2/2 · 第 2 / 15 段