¿Qué nos prueba esta prolija reseña que acabamos de hacer de las
teorías y sistemas de los primeros publicistas europeos, para conocer
la situación actual de la ciencia política en Europa, en cuanto al
Estado y á los derechos individuales, cuyo conjunto forma lo que
llamamos _libertad_? ¿No está en ella de manifiesto y bien calculada
la inmensa distancia que separa en política al Nuevo Mundo del Viejo?
¿No aparece comprobado hasta la evidencia que no pueden comprender la
democracia americana mejor que lo mal que la comprenden los ingleses
las demás naciones del Continente europeo, cuyo dogma político es la
unidad de la monarquía latina, la universalidad del poder absoluto y
dominador de la conciencia, del pensamiento, de la voluntad, el cual
aniquila al individuo para engrandecer el principio de autoridad que se
apoya en la fuerza?
En Europa domina este principio de autoridad y á él se sacrifica la
actividad humana en todas sus esferas; el individuo y la sociedad
existen para el Estado, los derechos individuales son una gracia que
éste concede cuando le conviene, y los concede á medias.
En América “la democracia tiende á destruir el principio de autoridad
que se apoya en la fuerza y el privilegio, pero fortifica el principio
de autoridad que reposa en la justicia y en el interés de la sociedad”,
como lo hemos notado hace ya tiempo[32]. La diferencia no puede ser
más profunda y marcada; y no habrá poder humano que pueda hacerla
desaparecer, si la Europa entera no se conmueve en sus entrañas, para
convertirse de monárquica, como es, en democrática, que no puede ser,
sino después de una revolución general, dolorosa y prolongada.
Ya lo hemos visto: los principios de la monarquía latina son el fondo
de su existencia civil y política, y dan á su vida la acción y la
forma, el sentimiento y las preocupaciones que constituyen todas sus
relaciones sociales, su modo de ser entero: su juicio, su criterio para
juzgarlo todo, sus hábitos y costumbres, sus actos y manifestaciones.
Esto es cierto á tal punto, que las poquísimas nobles inteligencias
que se lanzan desde aquel caos de dolores y de miserias á las regiones
de la filosofía para buscar remedio á la opresión de la sociedad,
para hallar el fuego de la vida, los derechos aniquilados y muertos,
no pueden desprenderse del dogma de la vida europea, ni de las
preocupaciones con que se han connaturalizado; y acaban por inventar
teorías que no son en sí mismas otra cosa que un círculo vicioso, en
el cual se revuelven sin hallar salida.
Los más adelantados; Humboldt y Eœtvœs en Alemania, Mill y Macaulay
en Inglaterra, Tocqueville, Laboulaye y Simón en Francia, sienten el
mal, conocen la llaga, la tocan, pero no alcanzan á curarla, porque sus
medios son impotentes. Courcelle-Seneuil y algunos filósofos alemanes
tienen vistas más claras, llegan hasta conocer el remedio; pero,
dudando de su eficacia, sólo aspiran á proponerlo como un ideal, cuya
realización está lejana, porque exige condiciones casi imposibles en el
estado actual de Europa.
De todos estos sabios, los que están más cerca de la verdad son los que
divisan la luz del porvenir en América, los que, como la voz que clama
en el desierto, anuncian á la Europa, á riesgo de lastimarla en su
orgullo, que no se salvará si no imita á la América, que no se redimirá
del pecado si no sigue al nuevo Mesías de la nueva redención, que es la
democracia. La luz vuelve ahora del ocaso al oriente; pero la Europa
cierra los ojos y no quiere verla.
Ahora bien: si la Europa desconoce á la América y prescinde de
estudiarla, porque la desprecia sin llegar á comprender en su orgullo
de vieja, irritada por los desengaños del tiempo, que la civilización
cristiana ha encontrado su fuerza y su forma en la democracia
americana; si además de eso hay entre ambos continentes una diferencia
tan profunda de ideas y de intereses políticos que no pueden dejar de
ser dos extremos antagonistas, ¿quién, que no sea un miope, llegará
á imaginarse que entre ambos continentes pueden existir la misma
comunidad de intereses y los mismos vínculos que respectivamente ligan
entre sí á los pueblos que en cada uno de ellos forman su entidad
social?
Las ideas dan su esencia y su forma á las costumbres. Esta es una
verdad probada. Siendo diversas y aun contrarias las ideas dominantes
en Europa y América sobre la sociedad y el Estado, sobre el poder de
la autoridad y los derechos individuales que forman la libertad; las
costumbres que tienen su fundamento en tales ideas y los intereses
que forman no pueden dejar de ser también diferentes y opuestos. Y
como aquellas ideas fundamentales tienen un roce íntimo con las ideas
fundamentales de la religión y de la moral, la diferencia va más
allá de las costumbres que podríamos llamar políticas, y llega hasta
dar á la civilización otro criterio moral y religioso, que regla los
intereses sociales.
Entre las costumbres de la América española y las europeas será todavía
embrionaria esa diferencia, lo confesamos, porque la regeneración en
las ideas políticas, morales y religiosas no ha hecho aquí todo su
camino; pero también es necesario que se nos confiese que cuando esta
regeneración se complemente y llegue al grado en que se halla en la
América inglesa, donde se ha purificado la fuente de las costumbres
desde que se han rectificado las ideas viejas y cristalizado las
nuevas, entonces la diferencia no estará en embrión y alcanzará á ser
tan evidente y chocante como es la que hoy existe entre las costumbres
europeas y las de la democracia norte-americana.
Es verdad que la obra de la regeneración hispano-americana es lenta,
porque es espontánea, es decir, porque se opera únicamente en virtud
del desarrollo natural, en virtud de las leyes que rigen la marcha
de la humanidad. Pero cuando los hombres llamados á influir en los
destinos de su generación se convenzan de que ellos tienen el deber
de servir á esa regeneración, despojándose de todas las influencias
y preocupaciones europeas, cuando se persuadan de que su misión es
esencialmente americana y de que el modelo que deben imitar está en el
norte y no en Europa, entonces el efecto de las leyes naturales de la
humanidad, que reglan nuestra regeneración, será no sólo más efectivo,
sino más pronto, pues que la naturaleza será ayudada por la cooperación
del hombre.
Estudiadas y conocidas las ideas que han regido la vida de los pueblos
hispano-americanos durante su infancia y bajo la tutela infecunda y
aniquiladora de la España, las generaciones que han aceptado el legado
de la independencia tienen el deber de regenerar aquellas ideas para
adaptarlas á la nueva situación, porque cada siglo es responsable de
la manera como _corrige y completa la experiencia_ y la educación de
sus antepasados, pues los acontecimientos, los sucesos no son obra de
la casualidad, sino puros efectos de las ideas dominantes; pues la
humanidad es dueña de sus destinos y está en el deber de dirigirlos,
para desarrollar sus fines naturales.
Tenemos que reconstruir la ciencia social[33] como la han reconstruido
los anglo-americanos, aceptar ciegamente las tradiciones europeas,
continuar los errores y las preocupaciones que nos legó la nación que
se quedó más atrás de todas las naciones cristianas, desde que se
convirtió en el _último baluarte de la uniformidad_, del despotismo
y de las ideas paganas sobre la organización de la sociedad y el
Estado; trasplantar á la América netamente y sin reflexión el criterio
histórico, político y moral dominante en las sociedades europeas, ese
criterio que podría llamarse oficial, porque no puede separarse de
los principios de orden dominantes, y que cuando se eleva sobre las
preocupaciones es rechazado ó condenado, ó, por lo menos, desdeñado
como una utopía ó una herejía, es contrariar nuestra regeneración,
retardarla, extraviándola de su curso natural.
Enseñemos la historia, la filosofía, la moral, el derecho, las ciencias
políticas, no bajo las inspiraciones del dogma de la fuerza, del dogma
de la monarquía latina, del _imperium unum_ que rige la conciencia y
la vida en Europa, sino bajo las del nuevo dogma de la democracia, que
es el del porvenir, que es nuestro _credo_, que es el modo de ser que
nos han impuesto el imperio de las circunstancias y las condiciones que
produjeron y consumaron esa revolución de 1810, el acontecimiento más
grande de los siglos, después del cristianismo.
No es esto renegar de los progresos de la ciencia europea, ni pretender
borrarlos para comenzar de nuevo esa penosa y larga carrera que la
inteligencia ha hecho en el Viejo Mundo para llegar á colocarse donde
está. No, desde 1842 lo decíamos á la juventud de nuestra patria, y
hemos repetido siempre que debemos y podemos aprovechar la experiencia
de los siglos, que debemos utilizar la ciencia europea, apoderarnos
de ella; que la Europa nos lo ofrece todo hecho, que sólo tenemos
que aprender, pero para adaptar; que imitar, pero no ciegamente,
sin olvidarnos de que somos antes que todo americanos, es decir,
demócratas, y, por tanto, obligados á desarrollar nuestra vida y
preparar nuestro porvenir como tales, y de ninguna manera destinados á
continuar aquí la vida europea, que tiene condiciones diametralmente
opuestas á las de la nuestra.
En historia, por ejemplo, la Europa honra á los héroes de la fuerza, á
los azotes del derecho y de la libertad, y presenta como altos ejemplos
y como de una benéfica transcendencia social los hechos que no han
tenido otro resultado que contrariar y desnaturalizar el desarrollo de
los fines de la humanidad.
Dejémosla santificar á César, embriagarse de admiración por Napoleón.
“Decidme los nombres que honráis en el pasado--exclama Laboulaye--; yo
os diré los vicios ó las virtudes que tenéis en el corazón”.
Nuestros héroes deben ser otros; los hechos de alto ejemplo y las
lecciones de la historia para nosotros deben tener otro carácter. En
filosofía, en moral, en derecho, en las ciencias políticas, la Europa
deja en el campo de lo ideal, en la categoría de las utopías todas las
altas concepciones de la verdad, y acepta como practicables y como
necesarias únicamente las doctrinas que se adaptan al dogma oficial y á
las preocupaciones en que apoya su dominación la falsa civilización de
que vive el Estado absoluto y dominador de la vida social.
En la América española esas ciencias no deben ser falsificadas con
los hechos y absurdos de que vive la Europa, deben enseñar la verdad
que allá se desdeña por irrealizable; deben emanciparse de las
conveniencias y dogmas oficiales, y sobre todo deben esforzarse en
propagar el nuevo elemento de la vida americana; en enseñar y realizar
en la práctica el gran principio que en la vida anglo-americana domina
completamente y hace que la democracia sea allí una realidad, un modo
de ser natural, á saber: que _la Providencia ha dado á cada individuo,
cualquiera que sea, el grado necesario de razón para que pueda
dirigirse por sí mismo en las cosas que le interesan exclusivamente_.
Esta es la gran máxima--dice Tocqueville--sobre la cual reposan, en
los Estados Unidos, la sociedad civil y política: el padre de familia
la aplica á su hijo, el amo á sus sirvientes, la municipalidad á
sus administrados, el Poder á las municipalidades, el Estado á las
provincias, la Unión á los Estados.
Extendida esta máxima al conjunto de la nación, llega á ser el dogma
de la soberanía del pueblo, y por eso esta soberanía deja de ser una
doctrina aislada, desligada de los hábitos y del conjunto de las ideas
dominantes, y, por el contrario, es preciso mirarla como el último
anillo de una cadena de opiniones que envuelve al mundo anglo-americano
todo entero.
Así, pues, cuando utilicemos en nuestro sentido americano la ciencia
europea, serviremos bien á nuestra regeneración, y el triunfo de
nuestra civilización democrática hará tan patente nuestro antagonismo
con la Europa, como es en el día el que con ésta tiene la democracia
anglo americana.
El antagonismo existe, pues, y nos empuja á cimentar nuestra vida y
costumbres, nuestros intereses y derechos en principios diferentes.