Más franca y explícita es la teoría que M. Courcelle-Seneuil, expone
en sus _Estudios sobre la ciencia social_, obra admirable por su
conjunto, porque refunde cuanto la sabiduría moderna puede proclamar
y respetar como leyes naturales del ser inteligente y de la sociedad.
No es de este lugar el análisis de aquellos _Estudios_, bien que
desearíamos hacerlo para pagar nuestro homenaje al sabio y al amigo.
Nos limitaremos sólo á exponer su teoría sobre el Estado.
Antes de todo--dice--conviene determinar el objeto de los arreglos
sociales. Ellos deben ser conformes al interés colectivo del género
humano, que exige la conservación, el acrecimiento y la duración de
la vida. El arte social tiene, pues, un objeto muy aparente: él debe
buscar un arreglo que permita vivir sobre el planeta el mayor número
posible de hombres y llevar en cada uno de ellos la vida á su máximum
de intensidad. La sociedad debe organizarse para la paz y en vista de
la paz, no para la guerra.
La existencia de Estados separados, sin otra relación que la de la
guerra, es un hecho histórico, y no un hecho necesario, que ha recibido
una modificación profunda por la introducción del derecho de gentes y
del comercio, y por la extensión que éstos han tomado. Ese hecho debe
desaparecer delante de un derecho político común y un derecho civil,
que, como el derecho comercial actual, tienda á la uniformidad.
Desde que se considera el interés colectivo de todos los hombres, se
comprende que si el Estado debe tener una organización particular,
si es una individualidad, no es un hecho aparte destinado por su
naturaleza á un aislamiento eterno. La unidad del _Poder político_ y el
establecimiento permanente de relaciones pacíficas sobre un territorio
dado constituyen el Estado, aunque sean dos ó más las sociedades que
se hayan reunido bajo el mismo Estado, y aunque aquéllas no tengan el
mismo gobierno interior, la misma administración, como sucede en los
Estados Unidos de América.
En la organización del Estado se presenta como la primera y más alta
cuestión que puede ofrecerse en la política práctica la de si conviene
que los dos poderes, espiritual y temporal, estén personificados, ó,
como se dice, organizados.
El poder espiritual puede estar organizado en una autoridad que
en cierto modo tenga un mandato general ó especial de todos los
individuos para pensar y juzgar por ellos, para hacer en todo tiempo
y circunstancias por ellos la separación del bien y del mal, para
propagar las buenas ideas y combatir ó destruir, si se puede, las
malas.
Si hubiese un conjunto de opiniones bastante completas, bastante
ciertas y bastante claras, para no admitir ni duda, ni discusión
razonable, ni progreso posible; si al mismo tiempo existiese un hombre
que no pudiese engañarse, y señales y condiciones que nos permitieran
descubrirle, se podría proponer la organización del poder espiritual
y su personificación en aquel hombre, ó en varios, si se encontraran
muchos que gozaran de tal privilegio.
Pero si la experiencia nos prueba demasiado que todo hombre es falible,
que toda opinión formulada y comprendida por los hombres puede ser hoy
ó mañana razonablemente discutida y contestada, que ninguna opinión
abraza el dominio entero del pensamiento, que ninguna es bastante clara
para no necesitar jamás la interpretación, no es ni justo ni conforme á
la naturaleza de las cosas pretender establecer un poder coactivo del
pensamiento.
Su existencia supondría que la naturaleza humana no es lo que es,
que la humanidad vive puramente de instintos, dando vueltas sin
cesar en un círculo de ideas explorado y cerrado, no aprendiendo,
no perfeccionándose; desde que está de manifiesto que la humanidad,
siempre ignorante, aprende y se perfecciona sin cesar, la utilidad del
establecimiento de un poder coactivo del pensamiento no soporta el
examen un solo instante.
El fin de la sociedad es llevar al máximum la intensidad de la vida de
todos y de cada uno. ¡Qué triste modo de alcanzar este fin sería el de
conferir á uno solo ó á algunos el mandato de pensar y de juzgar por
los demás sobre cualquier materia, es decir, el de mutilar la vida del
mayor número!
Esta mutilación de la vida existe desde que un individuo no se atreva
á pensar sobre un hecho ó sobre un orden cualquiera de hechos, puesto
que es evidente que la Providencia ha entregado el universo y todas
sus partes al pensamiento y al juicio del hombre. De consiguiente es
necesario reconocer que el único poder espiritual que se puede ejercer
sobre el hombre es el de la persuasión, la cual nace del pensamiento y
es tan libre como éste.
Querer dominar y regir el pensamiento de una sociedad por una autoridad
constituida materialmente es intentar lo imposible, sin otro resultado
que aumentar los obstáculos que se oponen naturalmente á los progresos
de la Ciencia y al trabajo del espíritu; es querer privar al mundo de
todas las ventajas de las invenciones é innovaciones, es borrar una
gran parte de la vida.
Pero si existe un poder espiritual constituido, vale más que esté
separado del poder temporal, porque de este modo podrá dañar menos,
siendo más débil, y podrá prescindir de la persuasión menos que cuando
dispone de la fuerza del Estado.
El deseo de asegurar el orden y la unidad es lo que ha dado origen á
la constitución de la autoridad espiritual; pero basta observar cómo
procede la inteligencia humana y cómo se propaga la enseñanza en la
sociedad, para no alarmarse de un desorden que no es más que aparente.
No hay que temer que la opinión abandonada á sí misma se extravíe
sin remedio y sin vuelta, porque ella está incesantemente corregida
y conducida por la experiencia. Por el contrario, es peligroso
personificar en uno ó muchos hombres débiles y falibles, como todos,
a la autoridad espiritual, y más peligroso todavía atribuirles el poder
de emplear contra las opiniones disidentes otras armas que la de la
persuasión, porque el uso que de ellas podrían hacer no dejaría de ser
jamás dañoso al pensamiento y á la vida.
La sociedad no debe, pues, reconocer más que un solo poder constituido:
el que se ha convenido en llamar poder temporal, quedando el espiritual
puramente en la opinión y debiendo extenderse sobre toda la sociedad y
cada uno de los individuos que la componen.
El poder político puede estar investido de atribuciones directivas y
coactivas. En virtud de las primeras dirige la actividad de todos y
de cada uno, prescribe lo que se ha de hacer, empleando una fuerza
coactiva contra los que se resisten activa ó pasivamente á la acción
prescripta; pero en este caso la fuerza coactiva es una parte de las
funciones directivas, á las cuales sirve de sanción. Las atribuciones
coactivas propiamente dichas son aquéllas en virtud de las cuales el
poder civil impide hacer una acción considerada como dañosa, ó la
castiga, á fin de reducir á la inacción las voluntades rebeldes, por la
fuerza material.
En la historia vemos que el progreso consiste desde muchos siglos
ha en reducir las atribuciones directivas concedidas en los tiempos
antiguos al poder político. En el nuevo estado social, el gobierno no
conserva casi atribuciones directivas sino para la acción diplomática
y la guerra. La dirección de los socorros públicos y de la enseñanza
primaria son excepciones motivadas únicamente por la ignorancia
excesiva de una gran parte de la población. Las funciones del gobierno
se limitan á proteger por la fuerza coactiva la libertad de las
personas y la seguridad de las propiedades; á asegurar la ejecución de
las leyes particulares ó contratos en que se empeñan los individuos.
Entretanto, éstos deben tener toda la autoridad directiva en lo que
les corresponde. La historia y la razón nos enseñan que las funciones
directivas son más útilmente ejercidas por los jefes de familia que por
el gobierno. Estas reglas son la consecuencia del arreglo general que,
como lo hemos dicho, tiene por objeto legítimo favorecer en todos los
individuos y en cada uno en particular el desarrollo de la vida.
Esta participación de las atribuciones entre el poder político y los
particulares es la más fecunda en el orden industrial. Conviene, pues,
limitar lo más posible las atribuciones del gobierno y extender lo más
posible las de los particulares. Desde el momento que cada familia es
responsable de la satisfacción de sus necesidades, de la conservación y
del desarrollo de la vida de cada uno de sus miembros, es justo, como
consecuencia necesaria, que ella sea libre de emplear para alcanzar
su objeto todos los medios que no dañan al desarrollo de las demás
familias y que son facultativos para todas; es justo que el trabajo sea
libre. Y como el pensamiento y la invención son la forma fecunda del
trabajo, éste no puede ser libre verdaderamente, sino con la condición
de que el pensamiento lo sea y de que éste sea respetado de una manera
absoluta por el poder coactivo.
Desde que no es conveniente establecer un poder espiritual, ni dar
á la autoridad pública el cuidado de dirigir la actividad de los
individuos, no debe estar limitada la iniciativa de éstos, ni debe ser
contenida sino cuando tienda á comprimir la de otro, á atentar contra
la igualdad en las condiciones del conjunto. En el orden _material_ es
necesario limitar esta iniciativa, porque la materialidad misma de las
cosas las hace exclusivas en su uso: esta es la razón porque ha sido
bueno dar leyes para defender la propiedad y la persona de cada uno y
establecer límites á las atribuciones individuales. Pero en el orden
_intelectual_ y _moral_ se ve desde luego que tal necesidad no existe.
El dominio del pensamiento no está limitado como el mundo material
de que disponemos: allí no es posible la ocupación exclusiva, y el
pensamiento de cada uno puede extenderse tan lejos como se quiera, en
todas direcciones, sin invadir jamás el pensamiento ajeno, sin dañar
en algo la actividad y la vida del prójimo. Por eso importa que cada
uno pueda concebir, guardar ó manifestar sus opiniones, cualesquiera
que sean. Toda limitación, toda traba impuesta á esta libertad es
arbitraria y dañosa, porque ella no puede sino poner obstáculos á la
manifestación de la verdad, que no tiene lugar entre los hombres sino
por la manifestación sucesiva de una serie de errores.
“Si es cierto, como todos saben, que á pesar de la diversidad de las
funciones de todos los individuos la razón les es común; si todos sin
excepción son susceptibles de educarse en el conocimiento de la verdad
y susceptibles de engañarse, no hay motivo alguno de interés público
para emplear los medios coactivos de que el Poder dispone contra las
personas que profesan opiniones opuestas á las opiniones dominantes.
Desde que el poder espiritual es común, sin estar delegado en cierto
modo á ninguno, todos y cada uno en particular pueden juzgar las
opiniones y aceptarlas ó rechazarlas.
“Allí donde los derechos de todos son iguales, cada uno defiende
el suyo y no hay lugar á la opresión; mas para eso no basta que la
igualdad esté en las leyes, es necesario que ella exista también para
las ideas y las creencias, que la mayoría respete el derecho de la
minoría, aun cuando ésta se componga de un solo hombre; es preciso
que la opinión colectiva ponga límites al espíritu de proselitismo y
contenga las tentativas que con el pretexto del proselitismo, del bien
del prójimo podrían hacerse contra la libertad de las personas.
“Conviene dejar á cada uno y á todos la facultad de enseñarlo todo, aun
el error y el mal, porque jamás el error es tan prontamente vencido
como cuando se muestra libremente en plena luz, y porque si el mal
tuviera por sí mismo una fuerza superior, nada le habría impedido
prevalecer en el inmenso desorden cuyo recuerdo llena los anales de la
humanidad.
“Si él no ha podido resistir á los movimientos de instinto, á un
sentimiento de conservación vivísimo en los momentos de peligro, pero
poco razonado y casi insensible en tiempos de calma, ¿cómo podría
resistir á las luces de la discusión libre y de la experiencia? En
realidad el error no es peligroso sino en tanto que puede apoderarse
del poder coactivo y á causa del uso que de éste puede hacer contra la
verdad, mas desde que se quita á este poder toda atribución espiritual,
el peligro desaparece”.
M. Courcell-Seneuil cree, como Stuart Mill, que estos principios,
proclamados desde hace _poco tiempo_ en Europa, están muy lejos de su
aplicación, porque todos los gobiernos de la tierra, cuál más, cuál
menos, se atribuyen una porción de poder espiritual y pretenden dirigir
la opinión en ciertos respectos, corregirla á su fantasía, y porque la
opinión pública no está aún más avanzada, puesto que si se la consulta
bien, se la encontrará más intolerante que los gobiernos mismos en
muchos casos.
Ello es cierto si se habla de la Europa y de la América ibera;
pero de ningún modo es cierto si se habla de los Estados Unidos
de Norte-América, porque allí, como lo hemos dicho, el poder del
Estado no puede legislar sobre la religión, ni sobre el pensamiento
ni su expresión, ni sobre la asociación, ni sobre nada de lo que
corresponde á los dominios del espíritu y de la libertad individual,
pues su Constitución se lo prohibe expresamente. Así es que aquellos
principios, apenas enunciados en la ciencia política europea, son una
realidad práctica en Norte-América y cada día conquistan más realidad
en el resto del Continente, merced á las instituciones democráticas.
Pero sin hacerse cargo de aquella realidad, el filósofo francés va
más rectamente que el inglés y con más franqueza que todos los demás
políticos europeos á la democracia, porque sostiene que solamente en
ella puede realizarse el ideal de los principios que proclama, es
decir, ese arreglo social cuya primera y más indispensable condición es
la independencia absoluta del poder espiritual, la libertad absoluta
del pensamiento y de su expresión bajo todas sus formas, libertad
que no bastaría por sí sola, si no se asegurase al mismo tiempo el
predominio de la opinión pública sobre el poder coactivo.
Toda sociedad--dice--tiende á armonizar los dos poderes por la
subordinación del uno al otro; luego está en el orden natural que el
pensamiento domine y dirija la acción, que ésta no sea más que una
manifestación, y en cierto modo la estampa del pensamiento. Tal es el
ideal de la democracia.
Pero para que las instituciones democráticas funcionen bien y produzcan
todo el efecto que hay derecho de esperar de ellas, es necesario que
sean generalmente comprendidas, que existan en la sociedad costumbres
capaces de soportarlas, que el Poder político esté organizado de tal
manera que los funcionarios públicos estén sometidos á la opinión y
no puedan fácilmente servirse de su mandato en provecho de un interés
privado contrario al interés social.
Esas son también las condiciones que señala Stuart Mill como
indispensables para que el gobierno democrático pueda subsistir; ambos
filósofos creen que sin ellas no hay democracia posible. Pero es
necesario que adviertan que solamente la práctica de este gobierno es
capaz de producir tales condiciones.
Solamente un pueblo regido democráticamente, aunque principie sin
comprender las instituciones democráticas, puede ilustrar sus ideas y
modificar sus costumbres de modo que se forme en él, sin esfuerzo y
sin violencia, el hábito de considerar las funciones públicas como un
mandato revocable por su naturaleza, que debe ejercerse por el interés
colectivo de los mandantes, y no por el del mandatario. Solamente el
gobierno democrático, que soporta y aun exige una gran división de los
servicios públicos, á fin de que el mayor número de los ciudadanos
se inicie en el servicio de los intereses colectivos, puede por su
práctica dar á la opinión pública ese vivo sentimiento de justicia que
impide que la mayoría se sirva del poder como de un instrumento de
opresión de la minoría, y que hace que cada uno respete en otro sus
propios derechos, que son los de todos.
Solamente el gobierno democrático, en fin, puede hacer que la opinión
sea bienintencionada é ilustrada, que tenga una idea distinta y neta
del interés público, que tenga principios comunes reconocidos por
todos, que las bases sobre que reposa la sociedad sean definidas y
no contestadas; que la opinión, en una palabra, aperciba y sienta
claramente la diferencia que existe entre el bien y el mal.
Bajo el gobierno de los privilegios, de la desigualdad, de la jerarquía
social y administrativa; bajo la monarquía, que no puede dejar el uso
franco de los derechos individuales sin peligro de su existencia;
que no puede consentir en que las funciones públicas se miren como
revocables, sin destruirse á sí misma; que no puede convenir en que
estas funciones se den sólo á la capacidad, y no como un honor ó una
recompensa, porque eso sería contradecir su propio fundamento; bajo
ese gobierno la sociedad no puede jamás adquirir las condiciones de la
democracia.
Y como no es posible encontrar siempre un pueblo preparado por los
antecedentes tan raros como felices que en el de Estados Unidos
hicieron que las instituciones democráticas produjeran todos sus
efectos desde luego, es indispensable que los publicistas europeos
amantes de estas instituciones se convenzan de que solamente ellas
pueden producir las condiciones de su existencia y de su progreso,
porque así lo dicen la razón y la experiencia que se hace en América.
“Esas instituciones--dice el filósofo francés--son sin contradicción
las que llaman á todos los ciudadanos al ejercicio pleno de toda
iniciativa, de toda su libertad de pensamiento y de acción, y que
los admiten á todos á concurrir á todas las funciones. El pueblo que
se aleje de ellas no puede jamás, en igualdad de circunstancias,
desarrollar tanta fuerza como el que se acerque á ese ideal.
“Allí donde el mayor número de ciudadanos ha abdicado en cierto modo el
derecho de ocuparse en los asuntos colectivos de la sociedad, la vida
no podrá ser jamás tan activa como en donde los intereses de todos son
considerados en derecho como los intereses de cada cual, ó en donde
cada uno cuida de todos ellos. Si la Constitución de una dictadura es
favorable al desarrollo de la fuerza militar en un momento determinado,
ella daña al desarrollo permanente de lo que en definitiva constituye
la fuerza, aun la militar, la población y la riqueza”.
Señalando los caracteres generales de una Constitución democrática, el
autor cree que donde la opinión no considera al funcionario público,
por muy elevado que sea su grado, como mandatario subordinado, no hay
democracia posible: la sociedad vive todavía bajo el viejo principio de
autoridad.
Además que siendo las funciones públicas por su esencia un verdadero
mandato, conviene que éste sea dado libre y expresamente, y que se
pueda revocar después de cierto tiempo; porque sin estas condiciones el
mandatario no tarda en imperar y su responsabilidad desaparece. En la
sociedad democrática, por otra parte, debe ser preponderante la opinión
de los hombres industriales; esta es otra facción característica de la
democracia, porque las sociedades modernas están constituidas para la
industria, y los hombres que las ejercen viven libres, bajo el imperio
de una organización natural que coloca á cada uno de ellos en ciertas
condiciones de responsabilidad análogas y casi idénticas á aquéllas á
que se encuentra sometida la humanidad entera.
En cuanto á la organización de los poderes que aconseja sólo tenemos
que reprochar al autor que crea; como todos los publicistas europeos,
que los encargados del Poder legislativo deben ser elegidos por poco
tiempo, para que abusen lo menos posible de un mandato que les confiere
un poder, _cuya limitación es imposible_.
Varios son los motivos que aconsejan esa regla de organización, sin
que haya necesidad de suponer imposible aquella limitación del mandato
legislativo, puesto que ha sido muy posible en la Constitución de la
Unión Americana, en las de todos sus Estados y en varias de las demás
repúblicas de América, como lo tenemos ya manifestado.
Precisamente es el gobierno democrático el único en que se puede
limitar práctica y efectivamente el poder del Estado, y aunque en él
sea necesario que los legisladores posean la libertad absoluta del
pensamiento, sin responsabilidad alguna por sus opiniones, no deja por
eso de ser muy posible limitar sus atribuciones, prohibiéndoles hacer
leyes sobre derechos que no pueden tocar, como lo hace la Constitución
de los Estados Unidos.
M. Courcelle-Seneuil concluye su teoría de organización democrática
enunciando un gran problema que no resuelve, y que, sin duda, le
ha sugerido la contemplación de la América española, en la cual ha
residido por algunos años.
“No hay una situación más difícil--exclama--y más digna de todas las
meditaciones de los pensadores que la de los pueblos colocados entre la
_democracia_ y el _despotismo_, aspirando de corazón y por convicción
á la primera y recayendo por costumbre bajo el yugo del segundo;
pueblos cuyas costumbres son todavía insuficientes para la libertad,
y que están minados y corrompidos por la tiranía. Esta situación,
común á tantos pueblos en el siglo en que vivimos, es dolorosa como la
agonía de un joven robusto y fuerte, que se esfuerza en nadar y que se
sumerge, que siente que se ahoga y que quiere vivir”.
Sin duda es esa la situación de muchos pueblos americanos, de esos que
el filósofo francés, como todos los publicistas europeos más ó menos
amantes del gobierno representativo, creen que no están maduros para la
democracia, porque les quedan muchos progresos que hacer.
“Es evidente--dice el autor, hablando de su teoría constitucional
democrática--, que tal Constitución no es practicable ni en todas
partes, ni en todo tiempo. No podría ser introducida, por ejemplo, y
durar en un pueblo privado de espíritu de justicia, cuyas costumbres,
demasiado indulgentes para los apetitos groseros y la fuerza brutal,
excusarían de antemano todo abuso de poder, y desconocerían las
relaciones respectivas del mandatario y los mandantes; donde se hiciera
confusión de los intereses de éstos y los de aquél; donde cada cual se
arrogase el derecho de sindicar los actos, los escritos, las palabras
y hasta los pensamientos de su prójimo, sin reconocer él mismo ninguna
censura; donde no hubiera ni buena fe, ni sentimiento de interés
público, ni espíritu de asociación”.
Pero si un pueblo, por semejantes vicios, no es digno de la democracia,
tampoco es digno de forma alguna de gobierno; porque cualquiera que
ésta fuese, fracasaría en su empresa de gobernar bien lo ingobernable.
Si cuando los ciudadanos desconfían habitualmente los unos de los
otros y se tienen recíproca aversión, “es en vano que en un momento de
entusiasmo se establezcan las instituciones democráticas, porque de
ellas saldrá siempre el despotismo”, no sabemos por qué razón no habría
de convertirse también en despotismo cualquiera otra forma gubernativa,
sea aristocrática, sea monárquica. ¿Será preciso consentir en que el
gobierno despótico es el preferible en una situación como la que se
supone, la cual en gran parte es la de varias repúblicas americanas?
De ninguna manera. El mismo escritor reconoce que á pesar de lo dicho
“el despotismo no sería mejor y no debería ser jamás considerado como
permanente por los hombres que se cuidaran del porvenir; porque allí
donde reina el despotismo, el pensamiento soporta un peso que afloja,
desarregla y paraliza poco á poco sus movimientos en toda dirección; la
actividad de cada uno y de todos se disminuye, no solamente en cuanto á
los servicios políticos, sino también en todas sus demás aplicaciones.
El hombre es uno: desde que su actividad está comprimida en una de
sus esferas, la vida se relaja y se extingue más ó menos lentamente;
parece en los primeros tiempos que la actividad, extraviada de su curso
natural, se dirige á otros ramos y les da una vida nueva; mas esa vida
excesiva y mórbida no tarda en agotarse casi, como un canal cuya fuente
ha dejado de verter. Se consuela uno desde luego de la pérdida de
responsabilidad y de dignidad política, pensando en que va á trabajar
más útilmente para la riqueza y las bellas artes pero en poco tiempo el
gusto se bastardea y se pierde, las artes languidecen y se abaten; la
riqueza, después de haber arrojado cierto brillo, se va poco á poco y
queda la penuria, después la pobreza, después la miseria. La sociedad
sufre en todo sentido y la vida, bajo todos sus aspectos, se postra,
desde que son prohibidas al alma las altas regiones del pensamiento y
de la acción”.
La historia testifica á cada paso esos resultados inevitables del
gobierno despótico, que desarrollados al calor de los vicios de
un pueblo, tal como esos que se consideran indignos del gobierno
democrático, serían todavía más tremendos y acabarían por reducirlo á
una horda de esclavos impotentes y corrompidos. Si es en vano que en
un momento de entusiasmo se establezcan las instituciones democráticas
en semejantes pueblos, porque de ellas saldrá siempre el despotismo,
¿será preciso confesar que hay pueblos destinados á perecer, porque
ni el despotismo mismo puede hacer otra cosa que envilecerlos más y
apresurar su muerte?
También huye el autor de tan horroroso extremo. Pensando justamente en
que sólo la democracia puede dar fuerza á las naciones, porque sólo
ella desarrolla de un modo conveniente y permanente la población y la
riqueza, reconoce también que por lejos que un pueblo se encuentre de
la verdadera democracia, debe procurar acercarse á ella lo más pronto,
so pena de perecer; por que es sabido que la sociedad cuyos arreglos
son defectuosos, no tarda en caer á la discreción de aquella cuyos
arreglos son mejores.
“Si, como lo dicen á cada instante la pereza y el estrecho egoísmo
de los maléficos intereses privados, hubiera naciones naturalmente
incapaces de la democracia, cuyos ciudadanos fuesen de tal manera
indisciplinables que no pudiesen vivir en ellas un instante sin la
vigilancia de un gendarme; de tal modo inhábiles á la acción colectiva
que no pudiesen estar sin tutores; tales naciones estarían destinadas
á una decadencia incurable y á un fin próximo; la humanidad, por otra
parte, no tendría motivo alguno de afligirse de su pérdida. Pero no
hay absolutamente pueblo alguno en el cual á la larga y bajo las duras
lecciones de la experiencia, el sentido común no pueda triunfar; pueblo
alguno, que, según la expresión de la Escritura, no sea curable”.
Luego es preciso convenir en que tampoco hay sociedad que por poco
madura que esté, no sea digna de las instituciones democráticas;
tanto más cuanto que es incuestionable que la práctica del gobierno
democrático mismo es la única que puede disciplinar á los pueblos y
darles los hábitos y las virtudes, las ideas y los sentimientos que las
instituciones democráticas necesitan para producir todos los buenos
efectos que la humanidad tiene derecho de esperar de ellas.
El problema está, pues, resuelto, y quien lo resuelve actualmente á
costa de su sangre y de sus lágrimas, en beneficio de la humanidad
entera, es la calumniada América española, que prosigue con ciencia y
con entusiasmo, con fe y con humildad, su martirio en esa vía sacra de
la democracia, hasta llegar á la redención futura del mundo.
La situación es difícil y digna de las meditaciones de todos los
hombres pensadores, es verdad; pero no se puede desesperar de ella, ni
hay motivo serio para temer que sucumba en las ondas el joven robusto y
fuerte que se esfuerza por nadar y se sumerge. Él reaparecerá y saldrá
vigoroso á la ribera.
Esos pueblos que están colocados entre la democracia y el despotismo
regeneran en la lucha sus costumbres insuficientes para la libertad, y
aunque están minados y corrompidos por la tiranía de tres siglos, se
educan y se reforman aun bajo el imperio del despotismo que surge de
sus instituciones democráticas. Este es un hecho altamente curioso, que
explica luminosamente el poder que la democracia tiene para formar las
ideas y las costumbres que ella necesita.
No ha surgido en la América española despotismo alguno, por feroz que
haya sido, que no haya buscado la razón de su existencia en un interés
social, nunca en el interés de una dinastía ó de un principio falso,
antisocial y anticristiano, como lo hacen los despotismos europeos. Ya
esto es un progreso.
La razón es que los despotismos americanos se constituyen por el
triunfo de un partido político que se apodera de la autoridad, no para
reaccionar, salvas algunas excepciones contra la igualdad, contra la
libertad, contra las instituciones republicanas, porque entonces no
habría partido alguno que se sostuviera en el Poder, sino para excluir
al partido adverso de la dirección de los negocios públicos y para
beneficiarse á costa de los vencidos. El déspota elevado en hombros
del partido triunfante ensaya su arbitrariedad contra los derechos
de los vencidos, pero se cuida bien de atentar á los derechos de sus
amigos. Suspende todas las garantías contra sus adversarios, dispone
de la fuerza y de los tesoros, corrompe y desmoraliza, estimulando los
maléficos intereses egoístas; pero siempre á nombre de una idea grande
que hace que la sociedad se someta á la situación extraordinaria: pero
no que reniegue de la democracia ni de los derechos conquistados.
Las instituciones democráticas son bastardeadas y quedan como en
suspenso; pero la sociedad no piensa en abjurarlas ni reniega de ellas.
Así es que tan luego como el despotismo es vencido ó se modifica por
las circunstancias, aquellas instituciones renacen con un poder más
atractivo, la sociedad respira y vuelve á ellas con fe y entusiasmo,
aprovechando indudablemente las crudas lecciones de su dolorosa
experiencia. El triunfo del despotismo no ha hecho otra cosa con sus
arbitrariedades que exaltar el espíritu de justicia, enseñar que es
funesta la costumbre de ser indulgentes con los groseros apetitos de
la fuerza brutal y con los abusos del poder, ilustrar al pueblo sobre
las verdaderas relaciones que deben existir entre el mandatario y los
mandantes, hacerle sentir la necesidad de la responsabilidad de los
funcionarios públicos, y persuadirlo prácticamente de que es necesario
tolerar y no impacientarse contra los defectos de la organización que
se ensaya, de que es necesario tener buena fe é interesarse por los
negocios públicos, á fin de que no vuelva á predominar la tiranía.
Siendo esos los resultados prácticos del despotismo que nace de las
instituciones democráticas en un pueblo que no las comprende bien
y que no tiene costumbres para soportarlas, no hay alucinación en
creer que hasta ese mismo despotismo contribuye, sin saberlo y aun
sin pretenderlo, á formar esas costumbres y á dar más atractivo, más
interés á aquellas instituciones. Si se quiere ver la verdad de esos
resultados, estúdiese la historia de los despotismos y de la reacción
que han aparecido: en Chile bajo la administración de Portales, en la
República Argentina bajo la dominación de Rosas, en el Perú después
de 1839, en Venezuela después de la de los Monagas, y se verá cómo
es cierto que aquellos pueblos, colocados entre la democracia y la
tiranía, no han sucumbido en la lucha y han salido de ellas con altas
lecciones que los han hecho avanzar en su regeneración. ¡Admirable y
santo poder de las instituciones de la democracia!
M. Courcelle-Seneuil lo reconoce, y aunque niega la bondad de esas
instituciones en los pueblos que no las comprenden y que no están
preparados para soportarlas, cree, sin embargo, que ellas son el ideal
á que todos los pueblos de la tierra deben acercarse lo más posible,
y halla en ellas la única solución del problema de la limitación del
poder del Estado y del restablecimiento de los derechos individuales
que los demás políticos europeos buscan en teorías más ó menos
lisonjeras, pero fútiles y absurdas.