No es menos europea, y, por consiguiente, errónea, la teoría política
que ha desarrollado en su obra _De la influencia de las ideas reinantes
sobre el Estado en el siglo XIX_ el barón alemán Eœtvœs, húngaro
notable en la revolución de 1848, y, por consiguiente, liberal. El
problema que él se propone resolver es la coexistencia del Estado
todopoderoso con la libertad individual, la libertad religiosa, la
libertad de enseñanza, la libertad de la prensa, la libertad municipal
y la libertad de la asociación, y cree haberlo conseguido con limitar
la acción del Estado á la defensa de la independencia nacional y á la
protección de los intereses morales y materiales de los ciudadanos.
Para defender en lo exterior la independencia nacional y para proteger
en lo interior los derechos de cada uno, es necesario que el Estado
tenga un gran poder, una fuerza considerable, y como no puede haber
fuerza sino en la reunión de los medios y de la voluntad, la única
organización, el único sistema que puede dar esta unión de los medios y
de la voluntad es la _centralización_, una centralización enérgica.
Pero esta centralización tiene sus límites: el Estado no es la sociedad
ni el individuo, pues hay una vida especial é individual que no es de
su resorte; mas en todo aquello en que él debe obrar es necesario que
su poder sea _absoluto_, centralizado: _Imperium nisi unum sit, esse
nullum potest_. Los grandes imperios son necesarios como garantía de la
nacionalidad y de la independencia.
Las ideas de la Edad Media, las ideas municipales y federales han hecho
ya su tiempo: el problema no está ya en romper la fuerza central con
los privilegios locales, sino en favorecer el desarrollo del individuo
sin debilitar la legítima autoridad del Estado.
Con perdón de la admiración con que M. Laboulaye expone y comenta esta
teoría, para nosotros es tan absurda y tan imposible como aquella en
que M. Guizot se propuso dar á la iglesia romana la libertad de examen,
para convertirla en racional, y á la iglesia protestante un papa, con
el fin de que adquiera la unidad católica.
Organizar el Estado absoluto, de centralización enérgica, el _imperium
unum_ de los romanos, en presencia de los derechos ó libertades
individuales y sociales, es pretender aunar el despotismo con la
libertad, al papa de Roma con el protestantismo, la luz con las
tinieblas, el fuego con el agua. ¿Cómo se podría inventar un mecanismo
que mantuviera al Estado absoluto y poderoso en la esfera á que
desea limitarlo el liberal húngaro, sin que jamás pudiera invadir
los derechos del individuo y de la sociedad, ora con el pretexto de
defender la independencia nacional, ora con el objeto de proteger los
intereses de los ciudadanos por medio de la reglamentación y de la
limitación de los derechos de éstos?
Semejante ilusión sólo puede ser efecto de la concepción incompleta
que tiene de la verdad un espíritu sojuzgado por las preocupaciones
políticas que dominan en Europa. El publicista húngaro ha concebido que
el Estado no es ni la sociedad ni el individuo, que hay una vida social
é individual que no es de su resorte, mas no ha comprendido que el
Estado es parte integrante de la sociedad, porque es una de sus esferas
de acción, que está ligada con todas las demás en que se ejercita la
actividad humana, en cuanto tiene por objeto y fin representar el
principio del derecho y aplicarlo á todas, no para dirigir y gobernar
la vida social é individual, sino para facilitarles las condiciones de
su desarrollo respectivo, esto es, para que el derecho sea respetado y
cumplido en cada una de ellas.
Así, pues, la acción del Estado no se limita á la defensa de la
independencia nacional en lo exterior y á la protección de los derechos
de cada uno en lo interior, sino que se extiende á representar la
justicia en todo y en toda la inmensa latitud de la vida humana, sea
que un interés extranjero pretenda violarla, sea que aspire á invadirla
un interés nacional, cualquiera que sea su dominación, llámese interés
de una mayoría, de la moral, de la religión, de la industria, de la
educación, de la municipalidad ó de una clase cualquiera.
Defender la independencia nacional y proteger los derechos morales y
materiales de los ciudadanos son propósitos vagos é indefinidos; porque
así se puede defender la independencia iniciando una guerra injusta
ó por interés de una dinastía, como se pueden proteger los intereses
de los ciudadanos limitando los derechos de los unos en favor de los
otros, so pretexto de que su latitud es dañosa ó de que es perjudicial
al orden y á la estabilidad de un gobierno.
La representación del principio del derecho ó de la justicia no tiene
esa vaguedad peligrosa, porque es fácil concebir que sólo es justo lo
que es conforme al fin natural del hombre y de la sociedad, es decir,
al desarrollo de sus facultades físicas, morales é intelectuales; y
en dondequiera que el hombre social prosiga ese desarrollo, ahí debe
estar el Estado para favorecerlo ó suministrarle las condiciones de que
depende, una de las cuales es la seguridad de que no será coartado en
el ejercicio de sus derechos, cuyo ejercicio es la libertad.
De consiguiente, si son condiciones de aquel desarrollo los derechos
que se llaman libertad individual, libertad religiosa, libertad del
pensamiento ó de la palabra escrita ó hablada, libertad de asociación,
libertad de enseñanza, libertad política, el Estado debe dar la
ley para que tales derechos sean siempre y en todas circunstancias
respetados y ejercitados ampliamente, sin que puedan limitarse en
favor de intereses extraños que no pueden tener el mismo carácter de
condiciones del fin social, y sin que el hombre pueda jamás estar
sujeto á la penalidad legal si no perturba las condiciones de la
existencia y del desarrollo de su semejante, lo que sucede en el
orden material solamente y nunca en el intelectual y moral, en el
cual la naturaleza no ha puesto límites, como en el mundo material.
Para ejercer ese poder, el Estado no necesita ser el _imperium unum_,
ni grande imperio, ni todopoderoso, ni tener una fuerza poderosa
por el sistema de la unidad de los medios y la voluntad, por la
_centralización_ administrativa, que tanto encanta á Eœtvœs y de cuyos
vicios, tan prolijamente enumerados por Mill, se deduce que es el
sistema más antisocial y más contrario á todas las condiciones de la
existencia ó del desarrollo de la sociedad.
Por otra parte, tratar de hacer todopoderoso al Estado con el pretexto
de la defensa de la independencia, es creer que la sociedad debe ser
organizada para la guerra. “La sociedad debe ser organizada para la paz
y sólo en vista de la paz; no para la guerra.
“Si se considera en detalle en qué puede consistir el interés del
género humano, no se podrá encontrar en la guerra: ella ha podido ser
en los siglos pasados un medio de progreso y de mejora, pero un medio
oblicuo, poco eficaz, útil solamente en los tiempos en que no se sabía
qué era progreso y mejoramiento, y contra las sociedades malhechoras
que ignoraban ciencia y justicia y rehusaban reconocer los preceptos
que garantían á los demás contra el mal. La guerra llamada la última
razón de los pueblos es la razón de los que no tienen otra”[11].
Á la verdad, el publicista de quien hablamos parece que se limita á
desear que la monarquía austriaca no se despoje de su poder absoluto, y
se resigne á tolerar el ejercicio de aquellos derechos individuales;
y por eso sostiene que el gobierno constitucional no le satisface,
puesto que es un gobierno de mayoría, y también puede mostrarse inicuo
y violento, de modo que sus instituciones no pueden dar garantía.
“Una representación nacional, una prensa y una tribuna libres atemperan
el gobierno en lo interior, y le hacen todopoderoso para defender el
honor nacional contra el enemigo; pero por grandes y necesarias que
sean estas garantías, ellas no bastan para la protección del individuo.
Cuando las pasiones religiosas ó políticas inflaman al país, ¿qué puede
impedir á la opinión el ser violenta, ni quién puede impedir á las
Cámaras el votar la persecución?”
Enhorabuena, lo que se llama en Europa gobierno constitucional,
esa transacción de la monarquía latina, del _imperium unum_ con
el sistema liberal, ese gobierno de transición, de interinato, en
el cual se reconoce como condición de su existencia que el rey no
gobierne (en cuyo caso el rey está de más), porque si gobierna puede
hacerlo todo, desde que su perpetuidad y su irresponsabilidad, que
es la consecuencia, no pueden coexistir con la represención del
pueblo[12]; un gobierno así, decimos, no basta para la protección del
individuo, porque sus instituciones llamadas constitucionales, que
tanto amor y tantos sacrificios le han merecido al escritor húngaro,
no reconocen sino á medias los derechos individuales, cuando los
reconocen; y porque su decantado mérito sólo consiste en atribuir á los
representantes del pueblo el ejercicio de una parte de la soberanía,
limitada en toda su extensión, pero absoluta en todo lo que puede
decidir.
Por eso es que cuando esa representación anómala es elegida por el
ejecutivo y se convierte en un simulacro embustero, ó cuando se liga
á él por intereses políticos, el despotismo de ambos, sus poderes
absolutos, se aúnan y pesan como el despotismo de un solo tirano
sobre una minoría del pueblo y sobre los derechos individuales. No
es raro, pues, que los amantes de la libertad en Europa comiencen á
desencantarse de aquel sistema, que tanto se parece á los despotismos
de partido ó de caudillaje que se han organizado tantas veces en la
América española con el pomposo nombre de república, y que también han
desacreditado aquí las instituciones constitucionales. En esas parodias
sacrílegas del gobierno representativo es claro que las minorías no
pueden hallar sino persecuciones, y que los derechos individuales, en
lugar de protección, solamente pueden esperar la muerte del capricho
de un déspota y de los secuaces que á nombre de una soberanía absoluta
sancionan la barbarie y la injusticia.
Y si la pasión política ó la ambición rastrera se han abierto paso al
través de las instituciones liberales y se han revestido de las formas
del gobierno representativo para disfrazar y legitimar sus iniquidades,
¡cuán fácil no les sería hacerlo mejor en el sistema que se propone
organizar el Estado absoluto dentro de ciertos límites, que serían
una vana fórmula cuando él quisiera ejercer más allá su autoridad
todopoderosa!
¡Es lamentable que inteligencias tan elevadas y corazones tan
sinceros como los de Humboldt, Eœtvœs y Laboulaye se alucinen con
la incomprensible esperanza de que á la centralización, que creen
buena y legítima cuando defiende la independencia y la paz del
país, y despótica y revolucionaria cuando sale de su dominio, se
pudiera oponer, para mantenerla dentro de aquellos límites, el libre
gobierno del individuo por sí mismo, el _Self-government_ de los
norte-americanos!
No, el gobierno de sí mismo no puede coexistir con el Estado absoluto,
con la soberanía ilimitada ejercida por un monarca, temporal ó
perpetuo, ó por un Congreso, ó por ambos á un tiempo. El gobierno no
necesita de un poder considerable, de una centralización enérgica
para llenar sus fines; y antes bien, lo natural y lógico es que
no los llene justamente cuando tiene un poder vasto, aunque sea
limitado á su objeto, porque ese poder lo conduce á la invasión de
los derechos individuales. No, los grandes imperios han pasado, ellos
son los que han hecho su tiempo, y no las ideas municipales y las
federales, por más que pretendan los sabios europeos demostrarnos lo
contrario, con la historia en mano. Ahí está la historia viviente,
la historia contemporánea, demostrándonos que la independencia se
puede defender y que la paz se puede restablecer con el triunfo de
las instituciones, cuando el pueblo es grande, aunque el Estado sea
limitado: nosotros conquistamos nuestra independencia cuando la
sociedad y el individuo sintieron la omnipotencia de sus derechos; los
mejicanos reconquistarán la suya mientras haya un puñado de hombres
libres que amen sus derechos; los norte-americanos acaban de salvar
sus instituciones, mostrando, á todos los que tengan ojos para verlo,
que no es necesaria una centralización enérgica ni débil como el único
sistema de dar unidad á los medios y á la voluntad, que constituyen la
fuerza.
Esos medios abundan y esa voluntad sobra cuando existe el
_self-government_; y el Estado no poderoso, el gobierno limitado,
un presidente temporal, sin más facultades que las necesarias para
representar el principio del derecho, es bastante para dar unidad
á los medios y á la voluntad, para asombrar al mundo con la fuerza
titánica de los pueblos, para sacar de la mediocridad un Washington, un
Lincoln, y de las filas populares un Grant, un McClellan, un Sherman,
un Sheridan, un Bolívar, un San Martín, un Sucre, que en virtudes y en
genio obscurecen á los Césares, á los Napoleones, á todos los héroes de
la fuerza despótica, á todas las celebridades de los grandes imperios.
Á nuestro turno repetiremos también con Eœtvœs y Laboulaye, pero no en
el sentido de sus falsas ideas, sino en favor del sistema americano:
¿Qué es lo que se opone á esta reforma, en la cual nada tiene que
perder el Estado, puesto que gana en influencia y en fuerza verdadera
lo que pierde de sus prerrogativas embarazosas y peligrosas? Lo que
se opone es la preocupación. Estamos imbuidos en las ideas griegas
y romanas, que son las que se encuentran en el fondo de las teorías
democráticas y socialistas.
Todos esos sistemas que se dicen liberales dan al pueblo una soberanía
ilusoria y en realidad no hacen más que fundar el despotismo del
Estado. Si se quiere que la civilización entre en su vía de progreso,
si se quiere desarmar la revolución, es necesario independizar al
individuo, es preciso desarrollar las libertades personales.
“Los que tienen poca fe ó poco valor nos repiten sin cesar que hoy el
progreso es imposible. Se compara nuestra edad á los últimos tiempos
del imperio romano, se habla de una decadencia que también salió de un
exceso de civilización; el mismo apetito de goces materiales, se nos
dice; la misma ausencia de principios en el individuo y en las masas;
la misma bajeza delante del Poder; el mismo desprecio de todo lo que
los siglos han respetado; el mismo vacío en el alma humana. Felizmente
son superficiales estas vistas; hay un abismo entre las dos sociedades.
“Cuando pereció la antigua civilización su obra estaba acabada,
ella había subyugado el individuo al Estado. Todos los famosos
jurisconsultos, los Papinianos, los Paulos, los Ulpianos no enseñaron
jamás que el ciudadano, en su cualidad de hombre, tuviese derechos que
el emperador debiera respetar; esta santidad del individuo es una idea
cristiana, el paganismo ni tan siquiera la sospechó[13]. Hoy esta
idea hace el fondo de nuestra civilización. El dogma se ha debilitado
quizás, pero los sentimientos de humanidad, la fraternidad, la
igualdad, que son la esencia del cristianismo, son más vivos que jamás.
“En los últimos tiempos del imperio, la estrechez del despotismo había
sofocado el amor de la Patria y de la libertad, el alma de la antigua
civilización se había desvanecido. Hoy la pasión de la libertad, de
la libertad civil, individual, cristiana, se aumenta y gana terreno.
Al través de todas las revoluciones, bajo el nombre de igualdad, de
nacionalidad, de Constitución, ¿qué buscan, qué piden los pueblos, sino
libertad? Una sociedad que tiene semejantes deseos no es una sociedad
que se extingue. Una civilización cae cuando le falta la idea que la
hacía vivir; por el contrario, nosotros estamos en el penoso parto de
una idea nueva; ella es la que perseguimos; sin que ningún estorbo
nos canse, sin que ninguna miseria nos abata. No nos dejemos asustar
por vanas apariencias. Un vino viejo que se altera, un vino nuevo que
fermenta, están igualmente turbios; pero del uno sale la corrupción y
del otro un licor generoso. Tengamos fe en el porvenir.
“La lucha es difícil, el día está tenebroso; lo que conmueve al
Continente no es un combate entre dos partidos que se disputan el
poder; es un combate entre dos civilizaciones. Roma y la Germania
recomienzan su duelo eterno; una vez todavía la idea pagana y la idea
cristiana, el despotismo y la libertad se disputan el imperio del
mundo; pero por terrible que sea la prueba, el triunfo no es dudoso.
“Cuando una verdad sale á luz, cuando los ojos se vuelven hacia un
astro nuevo que se levanta, el triunfo no es sino una cuestión de
tiempo.
“Las pasiones envejecen y cambian, los partidos se debilitan, la
verdad no perece jamás. Sin duda, en un país como la Francia, en que
se ha destruido toda organización particular, en que se ha habituado
al ciudadano á la tutela del Estado, en donde, por decirlo así, se
ha quitado al individuo la capacidad de gobernarse á sí mismo, será
necesario más de un día para cambiar un sistema viejo. El árbol que
durante medio siglo se ha podado á la francesa no echará ramas libres
y vigorosas en una sola noche y hará esperar largo tiempo una sombra
protectora. ¿Pero qué importa? La idea hará su camino, se apoderará de
los espíritus; el Estado acabará por comprender su verdadero interés, y
la revolución será consumada; tan pronto como el Estado no pese sobre
el ciudadano, la libertad saldrá del suelo con una prodigiosa energía”.
Pero que no se engañen los que así esperan en la envejecida Europa;
el combate no será entre las dos civilizaciones; la idea pagana no
desaparecerá en presencia de la idea cristiana mientras los liberales
busquen allí el triunfo del derecho á la sombra de la monarquía, que no
vive ni puede vivir sino del poder absoluto y bajo el amparo de las
ideas griegas y romanas.
¿Qué significa el privilegio de una dinastía, la perpetuidad y la
irresponsabilidad de un monarca, sino un peligro latente contra todos
los derechos del individuo y de la sociedad, que sólo pueden tener
aliento á la sombra de la igualdad y al amparo de un poder protector
nacido del pueblo y limitado, como lo está la soberanía de éste por el
principio de justicia? Las teorías de los nuevos liberales europeos son
tan falsas como las teorías democráticas y socialistas, que llevan en
su fondo las ideas griegas y romanas.
El sistema liberal sólo puede hallar su forma definitiva en la
República americana, y son las ideas americanas las únicas que pueden
acabar para siempre con la civilización pagana, que se perpetúa en
la política europea merced al gobierno monárquico, á los privilegios
aristocráticos y á las crasas preocupaciones y funesto orgullo con que
la Europa desdeña al Nuevo Mundo, que es el mundo de la nueva luz.