Despues de Cristóbal Guerra, ó poco despues que salió de Castilla

para su primer viaje, por el mes de Diciembre y fin del año de 1499,

Vicente Yañez Pinzon, hermano de Martin Alonso Pinzon, que vinieron con

el Almirante al principio del descubrimiento de estas Indias, segun

que arriba se há largamente contado, con cuatro navíos ó carabelas,

proveidas á su costa porque era hombre de hacienda, salió del puerto

de Palos, para ir á descubrir, por principio de Diciembre, año de

1499; el cual, tomado el camino de las Canarias, y de allí á las de

Cabo Verde, y salido de la de Santiago, que es una dellas, á 13 dias

de Enero de 1500 años, tomaron la vía del Austro y despues al Levante,

y andadas, segun dijeron, 700 leguas, perdieron el Norte y pasaron la

línea equinoccial. Pasados della, tuvieron una terribilísima tormenta

que pensaron perecer; anduvieron por aquella vía del Oriente ó Levante

otras 240 leguas, y á 26 de Enero vieron tierra bien léjos; esta fué

el Cabo que agora se llama de Sant Agustin, y los portugueses la

tierra del Brasil: púsole Vicente Yañez, entónces, por nombre, cabo de

Consolacion. Hallaron la mar turbia y blancaza como de rio, echaron la

sonda, que es una plomada con su cordel ó volantin, y halláronse en 16

brazas; van á la tierra y saltaron en ella, y no pareció gente alguna,

puesto que rastros de hombres, que, como vieron los navíos, huyeron.

Allí Vicente Yañez tomó posesion de la tierra en nombre de los reyes de

Castilla, cortando ramas y árboles, y paseándose por ella, y haciendo

semejantes actos posesionales jurídicos; aquella noche, hicieron cerca

de allí muchos fuegos, como que se velaban. El sol salido, otro dia, de

los cristianos 40 hombres, bien armados, salieron en tierra, y van á

los indios; de los indios salen á ellos treinta y tantos con sus arcos

y flechas, con grande denuedo, para pelear, y tras estos otros muchos.

Los cristianos comenzaron á halagarlos, por señas, y mostrándoles

cascabeles, espejos y cuentas, y otras cosas de rescates, pero ellos

no curaban dello, ántes se mostraban muy feroces y á cada momento se

denodaban para pelear; eran, segun dijeron, muy altos de cuerpo, más

que ninguno de los que allí iban de los cristianos. Finalmente, sin

reñir, se apartaron los unos y los otros, los indios se volvieron la

tierra dentro, y los cristianos á sus navíos; venida la noche, los

indios huyeron, que por todo aquel pedazo de tierra, no pareció persona

alguna; afirmaba Vicente Yañez, que la pisada de los piés de aquellos

era tan grande como dos piés medianos de los de nosotros. Alzaron las

velas y fueron más adelante, y hallaron un rio bajo, donde no pudieron

entrar los navíos; surgieron en la boca ó cerca della, salieron en las

barcas, con que entraron en el rio, la gente que pudo caber, bien á

recaudo, para tomar lengua y saber los secretos de la tierra; vieron

luego en una cuesta mucha gente desnuda, como es por allí toda ella,

hácia la cual enviaron un hombre bien aderezado de las armas que pudo

llevar, para que, con los meneos y señas de amistad que pudiese,

los halagase y persuadiese á que se llegasen á conversacion. El que

enviaron, llegóse algo á ellos, y echóles un cascabel para que con

él se cebasen y se allegasen; ellos echáronle una vara de dos palmos

dorada, y, como él se abajase á tomarla, arremeten todos ellos á lo

prender, cercándolo todos al derredor, pero, con su espada y rodela,

de tal manera se dió priesa á se defender, que no les dejó llegar,

hasta que los de las barcas, que estaban á vista y cerca, vinieron á

le socorrer; pero los indios vuelven sobre los cristianos con tanta

priesa, y disparan sus flechas tan espesas, que, ántes que se pudiesen

unos á otros guarecer, mataron dellos 8 ó 10, y algunos dijeron que

11, y otros muchos hirieron. Van luego á las barcas, y, dentro en el

agua, las cercan; llegan con gran esfuerzo hasta tomar los remos

dellas. Tomáronles una barca y asaetearon al que la guardaba dentro,

y muere; pero los cristianos con sus lanzas y espadas, desbarrigan y

matan los más dellos, como no tuviesen otras armas defensivas, sino

los pellejos. Bien pudieran excusar los cristianos estas muertes y

revueltas; ¿qué necesidad tenian de poner aquel cristiano en aquel

peligro, y por consiguiente, á todos ellos, sino que, si vian que no

querian los indios trato ni conversacion con ellos, fuéranse? pero

como no iban por fin de Dios alguno, sino pretendiendo su provecho

temporal, así curaban de llevar los medios, y, por tanto, fueron

reos de la perdicion suya y de aquellos. Viendo, pues, los nuestros

que tan mal les iba con aquellos, con harta tristeza de perder los

compañeros, alzaron las velas, y, por la costa abajo, 40 leguas al

Poniente descendieron; allí hallaron tanta abundancia, dentro en la

mar, de agua dulce, que todas las vasijas que tenian vacías hincheron.

Llegaba este agua dulce, como Vicente Yañez depone en su dicho, en el

muchas veces alegado proceso, dentro en la mar, 40 leguas, y otros

de los que fueron con él, dicen 30 (y áun muchas más es cuasi comun

opinion de los que yo via tratar deste rio en aquellos tiempos);

admirados de ver tan gran golpe de agua dulce, y, queriendo saber el

secreto della, llegáronse á tierra, y hallan muchas islas que están en

ella, todas graciosísimas, frescas y deleitables, y llenas de gentes

pintadas, segun dicen los que allí fueron, las cuales se venian á

ellos tan seguras como si toda su vida hobieran conversado amablemente

con ellos. Este rio es aquel muy nombrado Marañon; no sé por quién ni

por qué causa se le puso aquel nombre; tiene de boca y anchura, á la

entrada, segun dicen, 30 leguas, y algunos dicen muchas más. Estando

en él surtos los navíos, con el gran ímpetu y fuerza del agua dulce y

la de la mar, que le resistia, hacian un terrible ruido, y levantaba

los navíos cuatro estados en alto, donde no padecieron chico peligro;

parece aquí lo que acaeció al Almirante cuando entró por la boca de

la Sierpe y salió por la boca del Drago, y el mismo combate y pelea

juntamente, y peligro, hay donde el agua dulce se junta con la de

la mar, cuando la dulce corre con ímpetu y es mucha, y la playa es

descubierta, mayormente si la mar es de tumbo. Visto que por aquella

tierra y rio de Marañon, y gente della, no habia oro ni perlas, ni cosa

de provecho, que era el fin que los traia, acuerda tomar captivos 36

personas, que tomar pudieron, de aquellos humildes y mansos inocentes,

confesado por ellos, que á los navíos seguramente se les venian, para

que no quedase pedazo de tierra ni gente della, que no pudiese bien,

y con verdad, contar sus obras pésimas, y los que hoy, sin ceguedad,

las oimos podamos afirmar, sin escrúpulo de conciencia, haberse movido

estos á hacer estos descubrimientos, más por robar y hacerse ricos,

con daños y escándalos, captiverios y muertes destas gentes, que por

convertirlos; harto ciego, sin duda, de malicia será el que dudare

desto, aunque poco ménos les dió Dios el pago que á Cristóbal Guerra.

De allí, del rio Marañon, vinieron la costa abajo, la vuelta de Paria,

y en el camino hallaron otro rio poderoso, aunque no tan grande como el

Marañon, y, porque se bebió el agua dulce otras 25 ó 30 leguas en la

mar, le pusieron el rio Dulce. Creo que es este rio un brazo grande del

gran rio Yuyaparí, el cual dijimos en el cap. 134, que hace la mar ó

golfo Dulce que está entre Paria y la isla de la Trinidad, que estimaba

el Almirante salir del Paraíso terrenal; y aquel brazo y rio dulce que

de aqueste camino halló Vicente Yañez, tambien juzgo que es el rio

donde habita aquella gente buena, que nombramos los aruacas. Pasaron

adelante y entraron en Paria, y creo que tomaron allí brasil; aunque,

como hallaron la gente de Paria escandalizada por haberles muerto mucha

gente Cristóbal Guerra, ó otro salteador de los que allí llegaron,

segun arriba dijimos, y lo dijeron con juramento los mismos que fueron

con Vicente Yañez, y no osaban saltar en tierra, no sé como lo pudieron

tomar. De Paria navegaron á ciertas islas de las que están por el

camino de la Española, no supe con qué intencion, ni si en la costa de

Paria, ó en alguna de las islas dichas, le acaeció la tribulacion que

le vino: por el mes de Julio, estando surtos todos cuatro navíos en la

parte ó tierra donde era, súbitamente vino una tan desaforada tormenta,

que, á los ojos de todos, se hundieron los dos navíos con la gente;

el otro, arrebatólo el viento, rompiendo las amarras de las anclas, y

llévalo el viento con 18 hombres, y desaparece. El cuarto, sobre las

anclas, que debian ser grandes y buenos cables, tantos golpes dió en

él la mar, que, pensando que se hiciera pedazos, saltaron en la barca

y viniéronse á tierra, no les quedando de él alguna esperanza. Dijeron

que comenzaron á tratar, los pocos que allí estaban, que seria bien

matar á todos los indios que por allí moraban, porque no convocasen

los comarcanos y los viniesen todos á matar. Ellos pensaban en aquella

tierra buscar manera para vivir y remediarse; gentil remedio habian

hallado matando las gentes que no les habian ofendido en nada, por

ellos imaginar por aquella vía de salvarse, para que Dios les ayudase;

pero la bondad del misericordioso Dios no dió lugar á que cometiesen

tanta maldad, porque el navío que se habia desaparecido con los 18

hombres, volvió, y el que estaba allí presente, amansando la tormenta,

no se hundió. Con los dos navíos, vinieron á esta isla Española,

donde se rehicieron de lo que habian menester, y de aquí tomaron el

camino y llegaron á España en fin de Setiembre de 1500 años, tristes,

angustiados, lesas las conciencias, pobres, gastados los dineros que

puso de su hacienda Vicente Yañez en el armada, muertos los más de los

compañeros, dejando alborotada y escandalizada la tierra por donde

habian andado, é infamado la gente cristiana, y agraviados los que

habian hecho pedazos, y echándoles al infierno las ánimas, sin causa, y

los demas inocentes que captivaron, sacados y traidos de sus tierras,

privándoles de su libertad y de sus mujeres y hijos, padres y madres,

y de las vidas, por esclavos, solamente, que habian descubierto 600

leguas de costa de mar hasta Paria, gloriándose.

CAPÍTULO CLXXIV.

Tras Vicente Yañez salió otro descubridor, ó quizá destruidor, por

el mismo mes de Diciembre y año de 1499 años. Este fué un Diego de

Lepe, vecino del Condado, no sé si de Lepe ó de Palos y Moguer, pero

la más gente que fué con él, dicen, haber sido de Palos; llevó dos

navíos aderezados. De la isla del Fuego, que es una de las de Cabo

Verde, siguió hácia el Mediodia algo, y despues al Levante, por el

camino que hizo Vicente Yañez; llegaron al cabo de Sant Agustin, y

dicen que lo doblaron, pasando adelante algo. El Diego de Lepe tomó

posesion por los reyes de Castilla, haciendo en todos los lugares que

llegaba actos que se llaman posesionales, segun derecho necesarios; uno

dellos fué, que escribió su nombre en un árbol de grandeza extraña,

del cual, dijeron, que 16 hombres asidos de las manos, extendidos los

brazos, no pudieron abarcarlo. Cosa es esta increible pero posible,

porque los mayores los hay en estas islas y tierra firme, que parece no

haberlos en otras partes del mundo hallado, y todos los que por ellas

hemos andado, y visto las ceynas, que son muchos y grandes árboles,

como los hay, no nos espantamos. Entraron en el rio Marañon, y allí

robaron y saltearon la gente que pudieron, donde Vicente Yañez habia

tambien tomado con injusticia las 36 ánimas, que se venian pacíficos

é confiados á los navíos, y traídolos por esclavos. Parece, que como

quedaron del Vicente Yañez agraviados y experimentados, llegando el

Diego de Lepe, pusiéronse en armas, matáronle 11 hombres, y porque

siempre han de quedar los indios más lastimados, debian de matar muchos

dellos y prender los que más pudiesen por esclavos. Del rio Marañon,

viniéronse costeando la tierra firme por el camino que habia hecho

Vicente Yañez; de creer es que saltaria en algunos lugares, y lo

que allí saltearon y mal hicieron ellos se lo saben, y áun hoy mejor

que entónces, que ya son todos en la mar ó en la tierra sepultados.

Llegaron á Paria, y como hallaron las gentes della extrañadas y

alborotadas, por los muchos que le habian muerto, en pocos dias habia,

de los pasados (segun lo dice hombre de los mismos de Diego de Lepe y

en el cap. 171 fué tocado), debian de hacerles guerra y captivar los

que pudieron haber á las manos; y así lo confiesa otro de los que con

ellos se hallaron, y debia el Obispo de Badajoz de sabello, D. Juan

de Fonseca digo, y tomárselos, por eso dice aquel en su dicho, que

en la Paria tomó Diego de Lepe ciertos indios, los cuales, el dicho

Diego de Lepe, trajo en los navíos y los entregó al Obispo D. Juan de

Fonseca en esta ciudad de Sevilla. Estas son sus palabras; y fuera

justo que el Obispo lo castigara, y quizá lo hizo, si por ventura su

ceguedad, que en este negocio de las Indias siempre tuvo, no se lo

estorbaba. No supe destos qué más hicieron ni en qué pararon, porque,

en estos dias mismos, despues de los dichos descubridores castellanos

de aquella tierra firme, acaeció hacer el rey de Portugal armada para

ir á la India, y acaso descubrir la misma tierra, que ya los nuestros

habian descubierto y bojado, como dicen los marineros, y parecióme

no dejar de dar aquí noticia dello, puesto que sea obra de los

portugueses, porque al ménos no pretendan, por sólo su descubrimiento,

aquella tierra pertenecerles, y en Castilla no lo ignoremos. Envió,

pues, el rey de Portugal, D. Manuel, el primero de aquel nombre,

una bien proveida armada de trece velas grandes y menores, en las

cuales irian hasta 1.200 hombres, entre marineros y gente de armas,

toda gente muy lucida, y á vueltas de las armas materiales, dice

su historia, que mandó proveer de las espirituales, y estas fueron

ocho religiosos de la órden de San Francisco, cuyo Guardian fué fray

Enrique, el cual, despues, fué Obispo de Cepta y confesor del Rey,

varon de vida muy religiosa y gran prudencia. Envió eso mismo ocho

Capellanes y un Vicario para que administrasen los Santos Sacramentos

en una fortaleza que el rey de Portugal mandaba hacer, todos varones

escogidos, cuales convenia para aquella obra evangélica. Y dice el

historiador portugués, Juan de Barros, que el principal capítulo de

la instruccion que llevaba el Capitan de la Armada, que se llamaba

Pedro Álvarez Cabral, era, que primero que acometiese á los moros y á

los idólatras, con el cuchillo material y seglar, haciéndoles guerra,

dejase á los religiosos y sacerdotes usar del suyo espiritual, que

era denunciarles el Evangelio con amonestaciones y requirimientos de

partes de la Iglesia romana, pidiéndoles que dejasen sus idolatrías,

y diabólicos ritos y costumbres, y se convirtiesen á la fe de Cristo,

para que todos fuésemos unidos y ayuntados en caridad de ley y amor,

pues todos éramos obra de un Criador y redimidos por un Redentor,

que era Jesucristo, prometido por los Profetas y esperado por los

Patriarcas tantos mil años ántes que viniese, para lo cual, trujesen

todas las razones naturales y legales, usando de aquellas ceremonias y

actos que el derecho canónico dispone; y cuando fuesen tan contumaces

que no aceptasen esta ley de fe, y negasen la ley de paz que se debe

tener entre los hombres para conservacion de la especie humana, y

defendiesen el comercio ó conmutacion, que es el medio por el cual se

adquiere, y trata y conserva la paz y amor entre todos los hombres,

por ser este comercio el fundamento de toda humana policía, pero

con que los contratantes no difieran en ley y creencia de la verdad

que cada uno es obligado á tener y creer de Dios, que, en tal caso,

les pudiesen hacer guerra cruel á fuego y sangre. Esto dice aquella

Historia de Juan de Barros, libro V, cap. 1.º de su primera Década.

Por manera, que á porradas habian de recibir la fe, aunque les pesase,

como Mahoma introdujo en el mundo su secta, y tambien que, aunque

no quisiesen, habian de usar el comercio y trocar sus cosas por las

ajenas, si no tenian necesidad dellas. Miedo tengo que los portugueses

buscaban achaques, con color de dilatar la religion cristiana, para

despojar la India del oro y plata y especería que tenia, y otras

riquezas, y usurpar á los Reyes naturales sus señoríos y libertad,

como nosotros los castellanos habemos hallado para estirpar y asolar

nuestras Indias, y todo procede de la grande y espesa ceguedad, que,

por nuestros pecados, en Portugal y Castilla caer há Dios permitido;

y es manifiesto, que primero comenzó en Portugal que en Castilla,

como parece clarísimo en los principios, y medios, y fines que han

tenido los portugueses en la tierra de Guinea, como pareció arriba en

los capítulos 19, 22, 24 y 25. Gran ceguedad es, y plega á Dios que

no intervenga grande malicia, querer que los infieles de cualquiera

supersticiosa religion que puedan ser, fuera de herejes, que la fe

católica una vez hayan voluntariamente recibido, la reciban con

requerimientos y protestaciones y amenazas que si no la reciben,

aunque les sea persuadida por cuantas razones naturales quisiéremos,

por el mismo caso pierdan las haciendas, los cuerpos y las ánimas,

perdiendo miserandamente, por guerras crueles, las vidas; ¿qué otra

cosa esta se puede nombrar, sino que la paz, mansedumbre, humildad

y benignidad de Jesucristo, que, señaladamente y en particular, nos

mandó que de él aprendiésemos, y usásemos con todos los hombres

indiferentemente, y la religion cristiana, sin cesar, cada dia nos lo

acuerda, amonesta y predica, las convertiamos en la furibunda y cruel

ferocidad y costumbre espurcísima mahomética? Gentiles milagros se

hallaban los portugueses para confirmar la doctrina que los religiosos

habian predicado, roballos, captivallos, quemallos y hacellos pedazos;

fuera bien preguntalles, si fueron por esta vía y con estas amenazas,

ellos á la fe llamados: perniciosísima y muy palpable insensibilidad

fué á los principios y agora es esta. Poco ménos materia es decir ó

creer que los comercios y conmutaciones hayan de hacer las gentes

con otros no cognoscidos hombres, no voluntaria, sino contra toda su

voluntad y libertad; pero porque desta materia y destos errores, y

de la averiguacion y claridad dellos, habemos, con el favor divino,

largamente grandes volúmenes escrito, no es cosa conveniente á la

historia, en ello más alargar de lo dicho.

Partió, pues, la flota portuguesa, cuyo capitan fué Pedro Álvarez

Cabral, de Lisboa, lunes, á 9 dias del mes de Marzo, año de 1500, y

tomó su derrota para las islas de Cabo Verde, y de allí, por huir de la

costa Guinea, donde hay muchas y prolijas calmerías, metióse mucho á

la mar, que quiere decir á la mano derecha, hácia el Austro, y tambien

porque como sale muy mucho en la mar el cabo de Buena Esperanza, para

podello mejor doblar; y habiendo ya un mes que navegaba, siempre

metiéndose á la mar, en las ochavas de Pascua, que entónces fueron á

24 de Abril, fué á dar en la costa de tierra firme, la cual, segun

estimaban los pilotos, podia distar de la costa de Guinea 450 leguas,

y en altura del Polo antártico, de la parte de Sur, 10°. No podian

creer los pilotos que aquella era tierra firme, sino alguna gran

isla, como esta isla Española, que llamaban los portugueses Antella,

y para experimentallo, fueron por luengo de la costa un dia; echaron

un batel fuera, llegaron á la tierra y vieron infinita gente desnuda,

no prieta ni de cabellos torcidos como los de Guinea, sino luengo y

correntio y como el nuestro, cosa que les pareció muy nueva. Tornóse

luego el batel á dar nuevas dello, y que parecia buen puerto donde

podian surgir; llegóse la flota á tierra, y el Capitan mandó que

tornase allá, y, si pudiese, tomase alguna persona, pero ellos fuéronse

huyendo á un cerro, y juntos, esperaban qué querrian los portugueses

hacer; queriendo echar más bateles fuera y gente, vino un grande viento

y alzaron las anclas, y vánse por luengo de costa la vuelta del Sur,

donde les servia el viento, y surgieron en un buen puerto. Envió un

batel y tomó dos indios en una canoa; mandólos vestir de piés á cabeza

y enviólos á tierra: vinieron gran número de gente cantando, bailando

y tañendo ciertos cuernos y bocinas, haciendo saltos y bailes de

grande alegría y regocijo, que verlo era maravilla. Salió en tierra el

Capitan con la más de la gente, dia de Pascua, y al pié de un grande

árbol hicieron un altar, y dijo misa cantada el susodicho Guardian;

llegáronse los indios muy pacíficos y confiados, como si fuesen los

cristianos de ántes sus muy grandes amigos, y como vieron que los

cristianos se hincaban de rodillas y daban en los pechos, y todos los

otros actos que les veian hacer, todos ellos los hacian. Al sermon que

predicó el Guardian estaban atentísimos, como si lo entendieran, y

con tanta quietud y sosiego y silencio, que dice el historiador, que

movia á los portugueses á contemplacion y devocion, considerando cuan

dispuesta y aparejada estaba aquella gente para recibir doctrina y

religion cristiana. Despachó luego de allí el Capitan un navío al rey

de Portugal, el cual dice que recibió grande alegría con las nuevas

de la tierra nuevamente descubierta, y todo el reino. Dió licencia el

Capitan á la gente de los navíos aquel dia, despues de comer, para que

saliesen en tierra y se holgasen, y rescatasen con los indios cada uno

lo que quisiese; á trueque de papel y de pedazos de paño, y de otras

cosillas, les daban los indios papagayos y otras aves muy pintadas y

muy hermosas, de que habian muchas, de las plumas de las cuales tenian

sombreros y otras cosas muy lindas y hermosas hechas: dábanles ajes ó

patatas, y otras frutas, que habian, muchas. Fueron algunos portugueses

á las poblaciones, vieron infinitas arboledas, aguas y frescuras, y

tierra viciosísima y deleitable, muy abastada de maíz y otras cosas de

comer, y donde se hacia mucho algodon. Vieron allí un pece más grueso

que un tonel, de longura de dos toneles, la cabeza y ojos como de

puerco, las orejas como de elefante, no tenia dientes, en la parte de

abajo tenia dos agujeros, la cola de un codo y de ancho otro tanto, el

cuero era como de puerco de gordor de un dedo. En esta tierra mandó el

Capitan poner una cruz muy alta y muy bien hecha, y por esto se llamó

aquella tierra de Sancta Cruz, por los portugueses, algunos de años;

despues, el tiempo andando, como hallaron en ella brasil, llamaron

y hoy se llama la tierra del Brasil. Traia el Capitan 20 hombres

desterrados por malhechores, y acordó dejar allí dos dellos para que

supiesen los secretos de la tierra y aprendiesen la lengua, los cuales

los indios trataron muy bien, y, despues, el uno dellos sirvió de

lengua ó intérprete mucho tiempo en Portugal. Todo lo que aquí desto

he dicho, lo saqué de dos historiadores portugueses que escribieron

toda la historia, desde su principio, de la India; el uno es Juan de

Barros, en el libro V, cap. 2.º de su primera Década, y el otro es

Fernan Lopez de Castañeda, en el libro I, cap. 29 de la «Historia de la

India.» Parece, pues, bien probada manifiestamente la bondad natural,

simplicidad, hospitalidad, paz y mansedumbre de los indios y gente

de cuasi toda esta nuestra tierra firme, y cuan aparejados estaban,

ántes que hobiesen recibido agravios y daños de los cristianos, y

experimentado sus injusticias, para recibir la doctrina de nuestra

fe, y ser imbuidos en la religion cristiana, y á Cristo, criador

universal, todos atraidos, no solamente por testimonio de infinitos

que los hemos experimentado y visto, y abajo, en muchas partes desta

historia, larguísimamente se verá, y de todos los mismos castellanos

descubridores, de los cuales muchos eran dellos escandalizadores y

destruidores, que para que lo confesasen de su propio motivo, la

misma razon y fuerza de la verdad los constreñia, pero tambien ordenó

Dios que los portugueses fuesen desta verdad, por vista de ojos y

experiencia, testigos. Y esto se verá bien claro en los siguientes

capítulos.

CAPÍTULO CLXXV.

Si bien miramos, en todas las cosas que en este mundo visible acaecen,

hallaremos por experiencia lo que la Escritura divina nos enseña cerca

de la infalible providencia de Dios, conviene á saber, que uno de los

principales cuidados que Dios tiene, si se puede decir, porque con un

cuidado y un sólo acto lo gobierna y rige todo, es cerca de la prueba

y de la guarda y conservacion de la verdad; de aquí es lo que dice el

salmista David: _qui custodit veritatem in sæculum_, y por Esdras:

_veritas manet, et invalescit in æternum et vivit et obtinet in sæcula

sæculorum_. Por manera, que para que esta verdad, de ser estas gentes

dóciles, pacíficas, benignas de su natural, y aparejadas, tan bien

y muy más que otras, para ser doctrinadas y acostumbradas en toda

virtud moral, y, por consiguiente, capaces y fácilmente atraibles á

la fe católica y religion cristiana, si les es propuesta y predicada

como Cristo lo estableció, y á todas las otras naciones del mundo

la Iglesia universal la ha propuesto siempre y predicado, ha tenido

por bien la divina Providencia, de que no sólo por experiencia los

religiosos y siervos de Dios castellanos, y descubridores seglares y

profanos, que sólo han venido á estas tierras por cudicia de amontonar

riquezas temporales, y no sólo tambien habiendo llegado á una parte

destas Indias y visto una gente, pero á muchas, y en muchas varias y

diversas lenguas y naciones, pero que la gente portuguesa, seglares

y religiosos, y personas de todo trato y profesion, confiesen todos,

sin lo poder negar, que aquestas gentes no son otras sino aquellas

que sucedieron de nuestro primer padre Adan, y esto basta para que

con ellas se deban guardar los preceptos divinos y naturales, y las

reglas de caridad que han sido guardadas y usadas con nosotros,

á quien Dios ha hecho tantos bienes y mercedes, que primero que

ellas fuésemos llamados y traidos á la cristiandad. Vista, pues,

la disposicion tan afable y apta para recibir todo bien moral y

espiritual, que de aquellas gentes, moradores y habitadores en aquella

tierra firme, aquestos portugueses, primeros que allí llegaron este

año de 500, testificaron conforme á la que hallaron, y no callaron

nuestros castellanos, refiramos en este capítulo y en el siguiente,

la que vieron y trataron y experimentaron, y el fruto que por ella,

con el divino favor, hicieron ciertos predicadores portugueses, que se

llamaban de la Compañía de Jesus, despues deste tiempo muchos años;

ciertos de los cuales, haciendo relacion del fruto que Dios sacaba de

sus manos, escribieron á Portugal, á los de su profesion, las cosas

siguientes, por muchas cartas, y dicen así:

Historia de las Indias (vol. 2 de 5) · 第 35 / 40 段