(fragmento)
El aire fresco de la mañana serenó la frente de Aníbal. Aquella noche
sin descanso había impreso en su rostro las huellas de un malestar
indecible, comunicando al alma la languidez enfermiza de su cuerpo.
Sentíase ávido de respirar la brisa matutina, como si buscase en ella
algo que calmara la sed inextinguible de su anhelo.
Entornó suavemente la puerta de la entrada y se encontró en el arroyo.
Nadie transitaba aún por las calles de la ciudad dormida. Aquella
soledad augusta en plena alborada tuvo para él encantos seductores,
complaciéndose en mirar descaradamente el rostro soñoliento de las
casas, cuyas puertas aún cerradas parecían grandes párpados caídos bajo
la enorme pesadumbre de un buen sueño matutino.
Subió por la calle de la Tanca hasta la plazuela de San Francisco. Allí
se detuvo breves instantes mirando irresoluto la sucia fachada de la
Iglesia, que la tranquilidad exquisita de la hora semeja presentar en
toda la desnudez de su fea y pobre arquitectura.
En aquel fondo de color de rosa denegrido por la intemperie se abría una
ancha boca negra con trasuntos de puerta cochera. Aníbal en el afán de
hallar consuelo para su triste pecho, dudó un poco si entrar en la
iglesia, echarse ante el ara y buscar en el aniquilamiento de todo su
ser moral la fe, aquella fe hermosísima que ya empezaba á abandonarle,
dejándole expuesto, inerme y sin auxilio, á los fieros embates de la
duda.
Miró al cielo, y aquella diafanidad incomparable le sedujo por completo.
Determinó entonces no entrar en la iglesia y correr á la ventura,
sumergido en la luz blanquecina del crepúsculo. Su fe poderosa le
llevaba hacia Dios, pero á su corazón de artista repugnaba buscarle en
aquel templo sombrío, donde por todas partes se veía la mano del hombre,
sin que se transparentara en el más mínimo detalle la augusta majestad
del cielo. Sí, en el espacio sin límites, en aquellos hermosos
horizontes de una serenidad incomparable, él comprendería mejor la
grandeza divina. Entonces, y como temeroso de un arrepentimiento tardío,
echó á andar muy de prisa por la calle de San Francisco hasta la Plaza
de Armas, que solitaria parecía dormitar aún arrullada por los ecos de
la última retreta. Las cuatro dieron en el reloj del Municipio. Aníbal
siempre de prisa dobló por la calle de San José arriba. Sus pasos
resonaban sobre el macadán de la acera con golpes secos que retumbaban
como el de un martillo en la estrecha galería de un cementerio.
La catedral á la izquierda solicitó su espíritu, mas alzó de nuevo sus
ojos y aquella cúpula negra, de una negrura mate, y aquella torrecilla
recortada bruscamente como para impedir que llegase al cielo, le
hicieron una impresión terrible, determinándolo á seguir adelante.
Continuó, pues, hallándose luego en la esquina de la calle de San
Sebastián, en la que ya comenzaba á notarse un átomo de vida. Se detuvo
otra vez. Á la derecha el Mercado empezaba á animarse. Algunos caballos
cargados de frutas y legumbres se hallaban agrupados entre los dos
pabellones, frente á la puerta del centro. El arroyo aparecía sembrado
aquí y allá de hojas de hortaliza, frutos podridos y recortaduras
variadísimas.
Aníbal siguió andando hacia la izquierda, hallándose por último en la
Plazuela de San José cuyos árboles, retorcidos los unos, parecían
viejos decrépitos; estirados y flacos los otros, semejaban niños
enfermos. Bordeó la Audiencia y enfiló por la calle del Cristo,
encontrándose á poco en la cuesta del Cementerio, por la que empezó á
descender lentamente. Aquella rampa lisa é inclinada, de una tristeza
profunda, parecía llevarle á algo desconocido que tenía su comienzo un
poco más allá, en aquella bóveda obscura que se abría debajo del verdor
húmedo del césped, como para indicar al que por ella entraba el abandono
irremediable de toda esperanza. Tuvo que hacer sobre sí un poderoso
esfuerzo para no seguir descendiendo. El abismo le atraía con su quietud
misteriosa. Desvióse hacia la izquierda y empezó á caminar sobre el
menudo césped. El castillo del Morro pintado de blanco recortaba en la
limpidez del cielo las líneas rectas de sus troneras, la torre del
vigía, el faro con sus barandas de hierro y sus reflejos metálicos, y
por último el semáforo de náutico atalage.
Andando así, lentamente, sintiendo crugir bajo sus plantas la hierba
húmeda aún por el rocío de la mañana, llego Aníbal á la izquierda del
castillo, entrando en un pequeño reducto que--como un cenador--se
desprende de uno de los muros del foso y avanza hasta inclinarse sobre
la vegetación bravía de la playa. Una vez allí á solas consigo mismo,
frente á frente de aquel malestar indefinible, se sentó tristemente
sobre el parapeto, dando la espalda á la boca del Morro. Dolor agudísimo
le torturaba sin descanso. El hundimiento de sus plácidos amores había
venido á sorprenderle sin misericordia, dejando en el fondo de su alma
una amargura insoportable. Él vivía confiado, sin presentimiento alguno,
y hé aquí que de súbito se le presentaba, anonadándole bajo su gravedad
de plomo, aquel horrendo infortunio. Tendió su mirada y pudo descansar
un momento en la contemplación de aquel hermoso panorama. Frente por
frente y allá en último término, avanzando hasta sumergirse atrevidas en
las ondas del mar, las Cabezas de San Juan, cuyas verdes cabelleras se
destacaban, sobre el azul pálido del agua; un poco más acá y recortando
siempre la tierra, algo sin nombre que avanzaba también hasta formar con
las Cabezas un pequeño golfo á cuya entrada vió Aníbal el islote de los
Pájaros. Después hasta el cementerio la costa acantilada con sus enormes
rompientes y sus quejidos interminables. El Tiro al blanco sobresalía en
un ángulo de la muralla que, inconmovible y dura, ahoga la ciudad con su
dogal de piedra. El Castillo de San Cristóbal manchaba de rosa el tono
lúteo de las fortificaciones. Más abajo y bebiendo casi el agua salada
del mar, el Matadero; después, un gran claro de vegetación escasa y
raquítica, é intramuros la parte N. E. de la ciudad, dominada por el
Parque de Artillería, la iglesia de San José, el Cuartel Nuevo y la
Beneficencia, en primer término. Á la izquierda la inmensidad de las
aguas con su rumor eterno, y arriba el cielo, de una pureza inmaculada.
Cuando Aníbal se hubo dado cuenta de tanta hermosura, se levantó y
avanzando hasta el parapeto, inclinó el busto como si buscase en aquel
rincón del mundo nuevas bellezas que admirar. Entonces sus ojos
tropezaron con un ángulo del cementerio, que la ciudad de los vivos
parecía haber arrojado de su seno colocándole extramuros para después
anegarle en las profundidades del abismo. Á aquella hora nadie
transitaba aún por las tristes avenidas, pareciendo que los muertos,
como los vivos, encontraban cierta voluptuosidad exquisita en dormir
arrullados por las frescas brisas de la mañana. En el centro, la capilla
elevaba su cúpula obscura, pudiendo verse á la derecha la angosta
galería, y á la izquierda, entre la calle central y la habitación del
sacerdote, varias tumbas con sus estatuas de mármol en actitud doliente,
y sus verjas de hierro guarnecidas de flores marchitas. Calor tibio
parecía levantarse de aquel suelo en continuo trabajo de renovación,
sintiéndose ese olor indefinible, repulsivo, mezcla extraña de vapores
humanos, aromas insípidos de flores mustias y vahos fríos de tierra
humedecida. Aquel silencio de muerte volvió á despertar en su memoria la
cruel idea de su infortunio. Él se veía abandonado como aquellos seres
que allí dormían eternamente, pero con abandono más triste y despiadado.
Vivo, hallábase condenado á pasear sin rebeliones el cadáver de su alma.
¿Por qué no morir por completo como los otros, y acostarse allí y dormir
ese sueño perdurable llamado la muerte? Y suspiró profundamente,
anhelando la hora del eterno descanso...