_Fragmento de un discurso de Corchado._
Contemplando Fidias, el gran artista griego, la inimitable labor de su
cincel, sintióse dominado por la ambición de gloria, sintió el anhelo de
inmortalidad, y concibió la idea de dejar su nombre escrito de un modo
imperecedero. Labró entonces su maravillosa estatua de Minerva, apoyada
majestuosamente en el escudo, y en medio de éste esculpió en visibles
caracteres el nombre de "Fidias."
¿Por qué lo esculpió en el escudo, y no en otro sitio más importante de
la famosísima escultura? Porque el escudo estaba tan íntimamente
adherido á la mano, la mano al brazo y el brazo al resto del cuerpo, que
no era posible arrancar el nombre sin arrancar el escudo; éste, sin
destruir la mano; la mano, sin romper el brazo; el brazo, sin arruinar
la obra en su totalidad. Así está, Señores, así está la Justicia
grabada en la conciencia del hombre y de los pueblos. ¿Queréis
arrebatarla de mi alma? Pues destruidme, pulverizadme, si queréis
conseguir vuestro propósito.... Pero he dicho mal; ni aún así llegaréis
á conseguirlo; no lo conseguiréis jamás. Mi alma, donde reside
necesariamente la idea de la justicia, no puede morir. Libre, por
vuestro atropello, de las ligaduras corporales, se remontará viva y
fulgente al trono del Eterno, arquetipo de lo justo, y allí,
alimentándose de su bondad sin límites, sentirá anhelo infinito de
imitarle, y habrá de ser justa con Dios que la ha creado; justa con las
otras almas que la solicitarán hacia el bien, y justa consigo misma....
¿No veis, no comprendéis ahora claramente que la justicia, siendo
ingénita en los seres humanos, tiene que ser al mismo tiempo eterna? ¿No
existe el alma? ¿No es inmortal? Sí; luego la razón, que es facultad del
alma, será eterna como ella, y conservará eternamente entre sus formas
la forma indestructible de la justicia.