LA MORAL Y LA ESCUELA.

Las profesiones espirituales, como podemos llamar á las que más

directamente se relacionan con el gobierno ó dirección espiritual de las

sociedades, son las peor desempeñadas. La razón es obvia: reclaman una

vocación más decidida y una noción y cumplimento del deber mucho más

austeros que cualesquiera otras funciones, y es claro que si la moral

condena el descarrío general de vocaciones que caracteriza el período

industrial de la civilización, cuanto mayor sea la transcendencia social

de la profesión, tanto mayor será su responsabilidad en el mal que se

condena.

Se comprende que el labriego no sepa que es una entidad social de primer

orden; se explica que el obrero ignore su importancia social; se concibe

la ignorancia en que viven de la transcendencia de sus funciones

sociales los mil agentes del trabajo industrial: la sociedad de hoy está

fundada sobre la sociedad de ayer, y la sociedad de ayer, ignorando la

igualdad natural de los servicios, ignoraba la igualdad social de los

méritos. Pero que el maestro no sepa á punto fijo el papel que

desempeña; que el cura de almas y el de cuerpos estén casi siempre por

debajo del alto deber de su función; que el sostenedor de la ley y el

que la aplica prefieran los gajes del oficio á la gloriosa

responsabilidad que los distingue y enaltece: que el periodista,

guardián de la civilización, haya reducido á industria comercial de

innoble especie su vasta representación de la razón y la conciencia

populares, ni se concibe ni se comprende ni se explica.

Y aquí no es la sociedad, aquí es el funcionario el primer responsable

del desnivel entre él y su función: también por estar basada la sociedad

contemporánea en la sociedad pasada, duran aún las preocupaciones en

favor de los sacerdocios liberales ó espirituales, y cuanto obsta en las

sociedades no completamente reformadas para la dignificación de los

funcionarios industriales, tanto consta la ayuda y favor de las

profesiones que se tienen por más dignas.

Entre las más, la primera por el orden de su transcendencia, es el

magisterio. Aún no han llegado las sociedades humanas hasta proporcionar

escrupulosamente los honores y la recompensa á la dignidad del

magisterio; pero no hay una sola, principalmente entre las esclarecidas

por la democracia, que no incluya prácticamente entre las primeras y más

dignas de respeto, á la función social que tiene por objeto la guia de

las generaciones.

En cambio no es tan general entre los encargados de esa función el

conocimiento de sus responsabilidades, de su grandeza y de su fin

social. Así, con excepción del corto número de sociedades que tienen de

la educación fundamental la exacta idea que practican los

norteamericanos, la escuela no es lo que debe, porque el maestro no sabe

ser lo que debe ser.

Antes que nada, el maestro debe ser educador de la conciencia infantil y

juvenil; más que nada, la escuela es un fundamento de moral. Si educa la

razón, ha de ser para que se desarrolle con arreglo á la ley de su

naturaleza y para que realice el objeto de su ser, que es exclusivamente

la investigación y el amor de la verdad; si educa los sentimientos, es

porque son el instrumento más universal del bien en cuanto son

instrumento de la atracción universal entre los hombres; si educa la

voluntad, ha de ser para enseñarla á conocer el bien como el único modo

en esencia y el mejor en práctica, de ejercitar la actividad; en suma,

si educa lo que debe y como debe, ha de ser con el supremo objeto de

educar la conciencia, de formar conciencias, de dar á cada patria los

patriotas de conciencia, y á toda la humanidad los hombres de conciencia

que hacen falta. Á ese fin, la Escuela tiene que satisfacer tres

condiciones: ha de ser fundamental, ha de ser no sectaria, ha de ser

edificante.

Fundamental, suministrará sin reservas de ninguna especie los

fundamentos coordinados de toda la verdad que se conozca: así educará la

razón, es decir, la guiará hacia su propio fin, y preparará hombres que

amen la verdad como se ama un bien necesario y conocido, y que detesten

el error con la fuerza viril con que se debe detestar el mal.

No sectaria, la Escuela deberá defender con vigor su independencia de

todo dogma religioso, de todo dogma político, de todo dogma económico,

de todo dogma científico, de todo dogma literario; en una palabra, de

todo dogma. Religión, moral, derecho, Estado, sociedad, literatura, todo

es progresivo, porque todo es expresión de una fatalidad biológica que

ha sujetado y sujeta á la ley de su propio desarrollo á todos los seres,

y triplemente progresivo el ser de razón, de conciencia y de

sociabilidad reflexiva.

Edificante, la Escuela ha de educar en vista y previsión contínua de su

propio objeto moral y del objeto que tiene en la vida y en la humanidad

el niño. El niño es la promesa del hombre, el hombre la esperanza de

alguna parte de la humanidad: la Escuela tiene por objeto moral la

preparación de conciencias. Así, por su objeto como por el del niño que

va á ser hombre, la Escuela ha de edificar en el espíritu del escolar,

sobre cimientos de verdad y sobre bases de bien, la columna de toda

sociedad, el individuo.

Si la sociedad, concibámosla como la concibamos, es de todos modos un

compuesto de individuos, y si experimentalmente se prueba que las

sociedades más sanas son las compuestas de individuos menos corrompidos;

y si la corrupción del individuo empieza por la ignorancia de la

realidad, sigue por el fanatismo de cualquiera orden de creencias y

acaba por el olvido sistemático de la propia conciencia y del deber que

la mejora, es lógico inducir que allí donde empieza el individuo social,

que es en la Escuela, empieza la tarea de moralizarlo socialmente, como

empieza en el hogar, su primer centro, la tarea de moralizarlo

individualmente.

Para que la Escuela moralice, se repite, será fundamental y suministrará

los fundamentos precisos de cuantos conocimientos positivos están

organizados en ciencia y son capaces de educar á la razón en el amor de

la verdad; será no sectaria y educará el sentimiento y la voluntad, no

en dogmas religiosos ó morales ó políticos, ó científicos ó literarios

que sean germen de fanatismo exclusivista, sino en el ejercicio de lo

bello bueno y del bien concreto, en la práctica de todas las tolerancias

y en los horizontes abiertos del sentir y del querer, que no son fuerzas

para puestas al servicio de sistemas deleznables, sino para manifestar

la eficacia de las leyes inconmovibles de la naturaleza; será edificante

la Escuela, y edificará hombres de conciencia y de deber, para la

familia, para la patria y para la humanidad. Los edificará para la

familia, que es la base moral de la patria; los edificará para la

patria, que es el fundamento moral del amor á la humanidad; los

edificará para la humanidad, que es el centro moral de atracción á que

convergen y sobre el cual gravitan todos los seres de razón consciente.

Antología portorriqueña: Prosa y verso · 第 91 / 146 题