Al entrar en mi casa, á descansar de la brega cotidiana, oí con
negligente oído que me recomendaban la lectura de un artículo literario,
«muy bien escrito,» que expresamente me habían dejado sobre mi mesa de
lectura.
Á ella acababa de sentarme, cuando la víctima menor de mis extremos
paternales abrió la puerta de mi toma-café, se me sentó en la falda, me
sobornó con un beso, y me pidió un barco de papel.
Tendí el brazo, tomé el primer papel impreso que hube á mano, le
arranqué un pedazo, saqué las tijeras que, para ese y otros oficios de
padrazo, llevo siempre en un bolsillo, y recorté lo mejor que pude un
cuadradito. Lo doblé primero en un doblez rectilíneo; después, en
dobleces angulares; en seguida, en rebordes muy simétricos; luego, en
dirección de fondo á borde; acto continuo, en repliegues de adentro para
afuera, y tomándolo gloriosamente, y mostrándolo con aire victorioso á
la atentísima sobornadora:--¡Ea!--le dije--un beso, ó no hay barco! Me
dió el beso, le dí el barco.