La institución de la familia es común al estado de aislamiento y al
estado social, porque se funda en el instinto de la conservación de la
especie, del que gozan hasta los animales irracionales; pero en el
aislamiento, la naturaleza y la duración de las relaciones que
constituyen la familia dependen enteramente de la duración y de la
intensidad de los afectos que la han fundado; mientras que en el estado
social, estas relaciones se convierten en deberes, los cuales son
obligatorios durante un término fijado de antemano para cada miembro de
la familia.
No he de tratar aquí de la influencia de esta institución en el
desarrollo moral de los individuos, porque la consideraré únicamente
como institución social, que puede obrar y obra en efecto en el
desarrollo material de la sociedad, formando una parte integrante de ese
orden social que me he propuesto hacer conocer.
En la palabra responsabilidad se resume todo lo que las leyes y las
costumbres del estado social añaden á la familia natural. El padre de
familia es responsable ante la opinión pública, y á veces ante los
tribunales, de la suerte y de la conducta de su esposa y de sus hijos; y
esta responsabilidad dura, con respecto á los últimos, por lo menos
hasta que llegan á la mayor edad; y en cuanto á la primera, en tanto que
no se disuelve el matrimonio.
De aquí es que brota propiamente el germen de todo lo que la familia
llega á ser bajo el régimen de la civilización. Esa responsabilidad es
la que hace tan vivos y duraderos los afectos domésticos, la que
mantiene aun después de la primera edad la autoridad de los padres y la
sumisión de los hijos; pero sobre todo, y ese es el punto de vista
capital que debe hacerse resaltar aquí, por esa responsabilidad es que,
encontrándose las necesidades del padre de familia aumentadas con las de
todos los miembros de ella, crece en la misma proporción la fuerza de
estímulo de esas necesidades.
El primer trabajador que sintió sobre sí el peso de semejante
responsabilidad, el primero al cual dijo la sociedad; «tú serás el único
encargado y por largo tiempo de proveer á las necesidades de tus hijos,
cualquiera que sea su número, y á las de tu esposa, cualesquiera que
sean los sentimientos que le profeses,» ése inventó ciertamente algún
nuevo medio de hacer productivo su trabajo, porque indudablemente debió
poner en tortura su inteligencia y su actividad por ese aumento de
necesidades, por esa fusión íntima de sus intereses comunes con los de
otros seres á los que se hallaba unido por un instinto benévolo.
Y cuando llega la edad del desarrollo intelectual, cuando el padre
siente un noble orgullo al pensar que dejará una posteridad que le
honrará después de su muerte y que elevará su nombre por encima de los
demás, ¡qué aumento tan prodigioso encuentran sus facultades
productoras! Ya no se trata solamente para él de satisfacer las
necesidades físicas de sus hijos, sino que es necesario darles los
alimentos del espíritu, proveer al desarrollo de su inteligencia,
cultivar su razón y su sentido moral. ¿Quién es capaz de decir las
riquezas y los progresos de todo género que las sociedades deben á la
acción poderosa de esos móviles, que sólo pueden impulsar el espíritu de
la familia y el sentimiento de la responsabilidad?
Sin la institución de la familia la de la propiedad hubiera sido casi
estéril, y apenas hubiera bastado para hacer atravesar á las sociedades
humanas esa primera etapa de la civilización, ese estado social tan
imperfecto, que se asemeja tanto á la barbarie, y en el que vegetan
todavía los pueblos del Oriente, en los que la poligamia no ha permitido
que desarrolle y ejerza la acción que le es propia el espíritu de
familia.
En la época presente han aparecido algunos soñadores que, en sus planes
quiméricos de organización social, han hecho abstracción de la familia,
como otros habían hecho antes abstracción de la propiedad: y los hay
como los discípulos de Fourier, los falansterianos, que libertando al
padre de toda responsabilidad por lo que toca á su esposa y á sus hijos,
y á éstos de toda dependencia de aquél, pretenden hacer á la sociedad la
única responsable de lo que hiciera y llegara á ser cada uno de sus
miembros desde el momento de nacer hasta la hora de su muerte.
Pretenden según dicen, si no estoy errado, no destruir la familia sino
desembarazarla de las obligaciones onerosas que tiene, conservándola
todas sus ventajas. En su falansterio, creen ellos que el libre impulso
de las pasiones naturales bastará para hacer nacer esas relaciones
mutuas de protección y dependencia, que han establecido las leyes y las
costumbres de las sociedades civilizadas; pero puede asegurarse que con
la realización de esta monstruosa utopia se destruiría más radicalmente
la familia, que pasando bruscamente á un completo estado de aislamiento.
Entre los salvajes, en efecto, como no existe la sociedad como ser
colectivo, y no puede por tanto encargarse de proveer á las necesidades
de las esposas y de los hijos, ni protegerlos de ningún modo, su
debilidad relativa los somete necesariamente á la dominación del padre
de familia, al mismo tiempo que los afectos instintivos de éste les
aseguran, por todo el tiempo que les es preciso, su asistencia y su
protección, tanto en las necesidades á que están sujetos, cuanto en los
peligros á que se hallan expuestos; por lo cual puede decirse que la
familia existe en el estado de aislamiento, si bien de una manera
imperfecta y precaria, pero con sus caracteres esenciales y aun con
cierta especie de responsabilidad, de hecho si no de derecho, para el
que es jefe de ella.
En el falansterio nada de esto existe. La sociedad ó la falange,
sustituyendo bajo todos los puntos de vista al padre de familia, no
dejaría nacer esas simpatías y esos hábitos que tiende á producir la
vida común, y que en el salvaje sustituyen al sentimiento del deber. No
sólo se vería de este modo alterada la familia en lo que constituye su
esencia, sino que sería imposible, y la humanidad descendería más abajo
de la línea en que se encuentran las razas que permanecen todavía
extrañas á la civilización.